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El sobrecoste de Valdecilla

Mariano Rajoy en el área materno-infantil del nuevo Hospital de Valdecilla.

Me da que a la gente le importó más bien poco que Mariano Rajoy viniera a "inaugurar" el nuevo Valdecilla seis meses antes de su puesta en marcha. No fue más que la crónica de una muerte anunciada para el Gobierno de Ignacio Diego, que quiso dejar claro con esta visita quién había logrado "poner fin a más de 14 años de obras". Por si las moscas. Por si perdía las elecciones autonómicas.

No dudó en improvisar y levantar un atril entre cementos para que todos supiésemos quién era merecedor de los aplausos: el Partido Popular. Me da que a la gente le hubiera interesado más, que el contrato suscrito con la UTE adjudicataria fuera accesible; y a los profesionales, ser parte activa del proyecto para que, en vez de un hotel de cinco estrellas, fuera cogiendo forma de hospital. Es lo que han denunciado, ahora, cerca de 70 trabajadores, públicamente.

La Consejería de Sanidad reconoce que el centro no es funcional. No hay espacio para el trabajo médico en las plantas, el diseño es inadecuado en el área de farmacia y el área de ginecología no cuenta con la Unidad de Reproducción Asistida.

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Yo quise ser posmoderno

Yo de mayor siempre quise ser posmoderno. Totalmente posmoderno, rigurosamente posmoderno. Pero ahora creo que se me están adelantando todos, y que, a estas alturas, la misma realidad es posmoderna, con la falta de posmodernidad que eso acarrea. No sé si me explico. Supongo que no.

A mí de lo posmoderno siempre me llamó la atención especialmente lo de la autocreación del mundo circundante. Oigan, fuera pompa, miren qué cosa, ¿eh?. Nada menos que cuestionarnos si la realidad es auténticamente “real” (o paradójicamente “real”, tanto viene a dar) o si, por el contrario, es una construcción autónoma de cada ser humano, y lo que yo considero realidad es radicalmente diferente (o sutilmente diferente, vuelve a dar lo mismo) de lo que considera usted realidad, y ambas realidades son tan reales y tan irreales como la misma frase, larga y farragosa, que estoy proponiendo. En resumen, que inventamos nuestro propio mundo, y que ese existe única y exclusivamente porque lo inventamos. Y que, claro, cada universo es una experiencia forzosamente personal e intransferible tan solo coincidente en parte con la de los demás. Tranquilos, un poco de barro filosófico nunca viene mal. Además, si les aburre la explicación teórica se pueden leer cualquier obra de Pynchon, o de Danielewski, incluso de Steven Hall, y lo entenderá perfectamente. Además de pasar un rato estupendo, claro. Que de eso se trata. Y a Wittgenstein lo dejamos para otro día, por no agotar el tema. O al lector.

Nada menos que ir construyendo, poco a poco, nuestro propio mundo, aquel en el que moramos solamente nosotros, y que únicamente se ve “invadido” con cierta habitualidad por las construcciones de los demás. No me digan que no suena genial. Personal, transgresor, un puntito polémico. Cool, pero con ese rollito vintage que tan de moda está. En pocas palabras, perfecto. Lo de ser posmoderno. Mi sueño. Al menos mi sueño de antes. Y ahora esto.

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Libertad

La libertad tenía un precio. | JORGE VILLASOL

«Si realmente estás a favor de la libertad de expresión, eso significa que estás a favor de la libertad de expresión precisamente para los puntos de vista que no compartes». (Noam Chomsky)

Los casos que activan los debates sobre la naturaleza y los límites de la libertad de expresión se propagan como incendios: en cuanto uno se extingue, ya se huele la humareda de otro. En esos debates –tengan lugar en sede parlamentaria, periodística, callejera, o en el, desde ese momento, inestable confort del salón comedor–, suele descollar un individuo que se caracteriza por: 1) su oceánico saber (es experto en todo y siente una inextinguible necesidad de levantar acta de ello a cada instante), y 2) su ubicuidad (siempre está presente). Detrás de tan divina apariencia se suele agazapar la indigencia conceptual («las cosas son más sencillas de lo que crees»), el poderío en la argumentación elíptica («la libertad de uno acaba donde comienza la del otro»), y el sentido común de baja intensidad («cada uno es libre de decir lo que le dé la gana»).

En cuanto un individuo de esos gestiona el debate sobre la polémica de turno las posiciones intermedias se volatilizan y el mundo se divide en dos: bomberos y pirómanos. A medida que avanza la discusión surgen dos seres intermedios: los bomberos pirómanos (dispuestos a apagar la fogata con lanzallamas) y los bomberos toreros (que no sofocan ni avivan el incendio, pero tienen su gracia). Si uno no es un integrista, rápidamente intuye que los bomberos, los pirómanos y los seres intermedios se distribuyen por igual en todo el espectro ideológico. Sí, en los que comparten su ideología –y la mía, si se diera el caso de que usted y yo no la compartimos– también.

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Palabras

Joven leyendo sentada bajo un árbol. Fotografía anónima (Holanda, 1907). |

Cuando era pequeño jugaba a repetir muchas veces seguidas una palabra hasta que la palabra comenzaba a sonarme extraña y acababa reducida a unos sonidos que se quedaban flotando en el aire desprovistos de significado: balónbalónbalónbalónbalónbalón; cochecochecochecochecochecoche; terrazaterrazaterrazaterrazaterraza; árbolárbolárbolárbolárbol; niñaniñaniñaniñaniña. No recuerdo por qué hacía aquello, supongo que un niño tiene que estar muy aburrido para acabar haciendo cosas así. Solo sé que lo hacía. Siendo adulto otras personas me han confesado que, en su infancia, también jugaban a repetir una y otra vez una misma palabra hasta que la palabra se convertía como por arte de magia en otra cosa.

Quizá todos los niños hicimos eso alguna vez. Quizá los niños que jugábamos a aquello somos hoy los adultos que repetimos una y otra vez algunas palabras hasta que la convertimos en cosas vacías, en cáscaras que no contienen nada más que un lejano eco: amoramoramoramoramoramoramor; libertadlibertadlibertadlibertadlibertad; democraciademocraciademocracia; vidavidavidavidavidavidavida. Algunas palabras se usan tanto y se usan tan mal que más que palabras que dicen cosas acaban siendo comodines que se insertan en el discurso y que o bien no dicen nada o bien lo que dicen no tiene nada que ver con el significado de la palabra. Ya saben, ese "te quiero" que se repite una y otra vez pero que no dice realmente "te quiero", o esa "igualdad" o esa "justicia" tan en la boca de todos como un resorte.

La técnica de vaciar a una cosa de su significado puede ser muy interesante desde el punto de vista artístico pero catastrófica para la comunicación. ¿Si las palabras no significan lo que significan cómo vamos a entendernos? ¿Cómo desactivar ese vaciado del lenguaje? Quizá acercándonos a los significados de las palabras con un poco de calma, parándonos a pensar lo que las palabras dicen y buscando la precisión a la hora de decir para que lo que pensamos pueda ser trasladado a los otros a través de lo que decimos. Pensar antes de decir y pensar en lo que se dice, también en lo que nos dicen. No vaya a ser que cuando nos digan algo crucial no nos demos cuenta, no vaya a ser que cuando tengamos que decir algo realmente importante no sepamos cómo hacerlo ni encontremos palabras porque ya las hayamos vaciado todas de sus significados.

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Valdecilla: el gran fraude

Los sindicatos han denunciado el colapso de las urgencias sanitarias de Valdecilla. | Luis A. García Gómez

Dieciséis años después del accidente y tras más de una década de obras, por fin hemos inaugurado la 3ª Fase del nuevo Hospital Valdecilla. Y hemos podido ver, una vez más, cómo nuestros dirigentes políticos se apuntaban el tanto sobre su construcción, su financiación, el éxito de su gestión... También hemos podido ver cómo los medios de comunicación local daban cuenta del evento y, una vez más, se quedaban en lo externo, en la fachada: el nuevo Valdecilla es supermoderno y cuenta con unas instalaciones fantásticas.

Sin embargo, han pasado ya un par de meses desde los primeros traslados a tan esplendoroso hospital y nadie se ha molestado, una vez más, en considerar la humilde opinión de los trabajadores del centro. Probablemente se deba a la falta de costumbre, pues nunca, en todos  estos años de obras y proyectos se les ha preguntado nada a los trabajadores, ni desde la dirección del propio hospital, ni desde los representantes políticos, ni desde los medios de comunicación.

Pues bien, ya que sabemos que nadie nos va a preguntar, perdonen si por esta vez levantamos la voz y tenemos el descaro de opinar sobre el Hospital de todos los cántabros, desde nuestro doble punto de vista: como trabajadores y como usuarios de sus servicios. El nuevo Valdecilla como instalación hotelera puede alcanzar una buena nota, sin embargo, creemos que Valdecilla debe seguir siendo un hospital y, como tal, está más cerca del muy deficiente que del aprobado.

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La Europa de las ovejas blancas

Cartel del referéndum en Suiza.

Dos días antes de participar en un concierto por la paz en Jamaica, unos encapuchados entraron en la casa de Bob Marley y dispararon contra el cantante, que fue herido en el pecho y en los brazos. El día del concierto, Marley, todavía convaleciente, se presentó ante el público y actuó como si nada hubiera ocurrido. Cuando después le preguntaron por qué no se había quedado en casa respondió: "La gente que está intentando hacer de este mundo un lugar peor no se toma ni un solo día libre, ¿por qué iba a hacerlo yo?".

A todos nos iría mucho mejor si esa gente cogiera vacaciones de cuando en cuando. Pero no descansan. Tampoco en Europa, donde asistimos a un revival de tiempos oscuros que creíamos superados para siempre. La semana pasada un centenar de personas jaleadas por la extrema derecha se concentraron para impedir la llegada de un autobús lleno de refugiados a un centro de acogida en Clausnitz, Alemania.

Las imágenes dejan en muy mal lugar a la especie humana: niños, hombres y mujeres aterrorizados bajan del autobús mientras la multitud les insulta y grita consignas como "Nosotros somos el pueblo" o "Fuera extranjeros". Pocos días después, también en Alemania, otro grupo de ciudadanos se echó a la calle para celebrar el incendio de un viejo hotel que iba a ser utilizado como albergue temporal para los refugiados.

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De la rosa solo queda el nombre desnudo

El escritor italiano falleció el pasado 20 de febrero a los 84 años de edad.

"Así era mi maestro", escribe Adso de Melk en el primer capítulo de 'El nombre de la rosa', cuando Guillermo de Baskerville le explica cómo ha deducido que las huellas sobre la nieve son las del potro del Abad. "No sólo sabía leer en el gran libro de la naturaleza, sino también en el modo en que los monjes leían los libros de la escritura, y pensaban a través de ellos. Además, su explicación me pareció al final tan obvia que la humillación por no haberla descubierto yo mismo quedó borrada por el orgullo de compartirla ahora con él, hasta el punto de que casi me felicité por mi agudeza. Tal es la fuerza de la verdad, que, como la bondad, se difunde por sí misma".

Mi propia edad me tenía que haber avisado de que era cercano el tiempo en que se iría mi maestro, pero no por ello el golpe ha sido menos doloroso y la herida menos descarnada. La reciente pérdida de Umberto Eco me ha asaltado no solo por la oscuridad que deja en el mundo de la literatura, la semiótica, la filosofía o el periodismo, sino a nivel personal por el vacío de quien pierde a un maestro.

La primera vez que leí 'El nombre de la rosa' sufrí un electroshock. Naturalmente que ya era, para entonces, un lector empedernido, pero por primera vez sentí que las letras no solamente eran capaces de transportarte en el espacio y el tiempo, sino que, también, manejadas con maestría, podían hacerte respirar la atmósfera del pasado.

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Territorios amables

Un aparcamiento de bicicletas junto a una zona verde en el casco urbano. |

Durante la semana llegaba del cole, de entrenar o de francés, que suponían para mí el final de un día. Era entonces cuando recuerdo jugar con mi hermana a adivinar cuánto valía el escaparate de Joaquín Prat o los viernes llegaba el concurso de la Ruperta, las secretarias con sus gafotas, Ángel Garó, los eternos debates en las subastas.

Imagino en la actualidad el 'Un, dos, tres', con Lydia Bosch como azafata después de sus papeles de culto en 'Lleno por favor' (sí, la del Gasofa...) o '¿Quién da la vez?' (sí, la de Viviano...) calculando los aciertos de palabras que terminan en -dad. Un, dos, tres, responda otra vez: "Sostenibilidad, transversalidad, impunidad, municipalidad, generosidad, viralidad, empoderamiento....". Tinitiiitinitiitinitiii....vale, salen los supertacañones y me dicen que la palabra empoderamiento no es válida. Lo sé, no ha colado, pero es que había que decirla, que el disco se ha rallado ya en algún discurso.

Pues bien, hoy toca hablar de una de esas palabras que en los últimos meses parece que se está poniendo de moda en nuestro día a día y, por qué no decirlo, se ha colado en las agendas de las administraciones públicas, esperemos que para bien: la movilidad.

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Tú a Londres, yo a Homs

Migrantes detenidos por una barricada en la frontera de Hungría con Serbia. |

Europa siempre ha sido un lugar extraño. Después de siglos de guerras internas entre reinos que nunca fueron uno, de disputas por la cabeza de un imperio en conformación, agarró el discursito este de la unión y la ciudadanía para tratar de creerse la cuna de la única civilización posible del planeta, un lugar ejemplar al que el resto de las regiones solo podían aspirar a parecerse.

Europa, la impulsora de cruzadas y conquistas, la que se ha alimentado de sangre "bárbara", la que cuida en sus museos la prueba de su robo planetario, gusta de dar lecciones. La Unión Europea, que solo es, en el mejor de los casos, una inmensa oficina de cabildeo para sus empresas y un brazo diplomático para apagar los incendios provocados por su propia ambición, reparte dinero para contener amenazas y levanta murallas para proteger su "civilización" "democrática". Sus habitantes, no más que súbditos de los verdaderos dueños del pastel, somos cómplices y beneficiarios, víctimas y victimarios, del doble rasero permanente de una Unión pegada con babas de caracol y de esa práctica de esquilmar al otro para mayor gloria del espacio común.

Por eso duele tanto la situación de los refugiados –que han opacado a los inmigrantes económicos (es decir, también políticos)- que salen por miles de Siria –por ejemplo- y que solo encuentran rechazo y problemas en este paraíso de los derechos humanos en el que se decide quién es humano para merecerlos.

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Cogiéndonosla con papel de fumar

Sin duda, esta es una de esas frases que han revoloteado en mi cabeza durante toda mi vida. Y, aunque no tengo muy claro cuándo fue la primera vez que la escuché, en mis neuronas pervive el vertiginoso olor de aquella adolescente sensación de pensar que no-puede-significar-lo-que-parece-que-significa.

- ¡Error!

Esta exagerada metáfora de la personalidad viene a decir algo así como que, a veces, somos tan escrupulosos, meticulosos o sumamente pesados que terminamos agarrando nuestro querido apéndice sexo-urinario (perdonen, una vez más, las hembras a los varones por el uso de la lengua) con un papel tan fino como el de fumar.

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