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Simulacros

Nos hemos rodeado de monologuistas que han convertido el Parlamento en un congelador del diálogo, un pudridero de buenas intenciones, un cementerio de ideas.

Pleno del Parlamento de Cantabria. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Pleno del Parlamento de Cantabria. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Los locutores de radio y televisión tienen un truco para vocalizar perfectamente. Es una nueva versión de lo que hacía Demóstenes para perfeccionar su oratoria. Si este entrenaba con la boca llena de piedras, los locutores se ponen un lápiz entre los dientes antes de entrar en directo. No tiene por qué ser un lápiz, pero el lápiz es un buen invento que está a mano desde la infancia. No solo se articulan mejor las palabras al colocarse un palo con grafito entre los dientes, sino que se piensa mejor. La explicación es que la mordedura activa los mismos músculos que la risa. Es un autoengaño que se inocula el cuerpo: activa las músculos y piensa que el ocupante está contento: y realmente acaba más contento.

Nuestros munícipes debieran dictar bandos en los que se obligara a la población local a salir de casa con un lápiz entre los dientes. Seguro que el clima se elevaría varios grados y bajarían los niveles de testosterona. Pero como esto se me antoja difícil, bastará con que el presidente de la Cámara recomendara a sus señorías tan curioso ejercicio: no solo pronunciarán mejor, sino que además nos alegrarán el día, estoy seguro.

La capacidad de diálogo está embotada. Hasta el lenguaje se ha convertido en un simulacro. Cuando no hay más medios que nunca para dialogar e intercambiar opiniones, el resultado no es la comunicación, sino el soliloquio. Exigimos que se nos preste atención, pero como pocos se la prestan, los medios digitales, las redes y hasta las conversaciones en la calle son monólogos a voz en grito a los que nadie presta atención. Mucho ruido, vamos. Si todos saliéramos a la calle con un lápiz en vez de con un megáfono, versión antediluviana del smartphone, habría más contento y menos acolechamiento.

Los ejemplos de incomunicación seudocomunicativa son cotidianos. Por ejemplo, ahí tienen al presidente de los empresarios que está como loco por que le dejen hablar en el Parlamento y hacer planes y estrategias, pero ni uno ni lo otro. Así que si uno quiere intervenir en política tendrá que presentarse a las elecciones, pero esto es como decirle a un político que se haga empresario para gestionar la economía o la industria. A mí esto me recuerda cuando a los antifranquistas se les espetaba aquello de '¡Pues váyase usted a Rusia!', aunque se hubiera nacido en Alcorcón. Pero este es un pensamiento que prolifera y además en todas direcciones: tampoco me imagino al presidente de la patronal abriendo el plenario de CEOE a un líder sindical.

Hablar y sobre todo escuchar son formas de complicarse la vida. Van más allá de la cortesía y presuponen que el escuchante barajaría la posibilidad de cambiar de opinión. Eso no se tolera. Así que nos hemos rodeado de monologuistas que han convertido el Parlamento en un congelador del diálogo, un pudridero de buenas intenciones, un cementerio de ideas.

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