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Del respeto mal entendido

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Hay una frase que se ha puesto de moda y que escuchamos con la misma frecuencia que el parte meteorológico en estos días: “Hay que respetar todas las ideas”. La podemos oír en el mercadillo de Invasores de Albacete, las tertulias, en los bares y hasta en los plenos municipales, como si su contenido fuera una señal de buena educación. Pero no lo es, o al menos no siempre lo es. Porque hay ideas que no merecen respeto alguno, igual que no lo merecen las infecciones, las cucarachas o la calumnia.

Vivimos tiempos de confusión, donde la palabra 'democracia' sirve para justificar cualquier barbaridad y la palabra 'libertad' se emplea como salvoconducto para el disparate. En Castilla La Mancha, donde la llaneza sigue siendo una de nuestras grandes virtud, cómo el sentido común, aunque cada día un bien más escaso, abundan últimamente los que hablan de democracia con la misma familiaridad con la que hablan del tiempo que va a hacer. Son los nuevos sacerdotes del respeto, que reclaman consideración para sus insultos, comprensión para su odio y espacio público para su ignorancia. 

La cosa sería cómica si no fuera porque esos adalides de la tolerancia solo creen en ella mientras están en minoría. En cuanto logran poder o les colocan delante un micrófono, su democracia se convierte en ordeno y mando. Entonces cierran las puertas, encienden los focos y exigen a los demás sumisión, pero siguen hablando de respeto, por supuesto, igual que un ladrón puede hablar de la propiedad privada. 

Uno asiste a este espectáculo con una mezcla de asombro y cansancio. En la plaza del pueblo, bajo las persianas a medio subir, el barullo de las noticias, y los discursos que se copian de las redes sin pasar por la cabeza, el ciudadano medio castellanomanchego (ese que aún piensa antes de opinar) se siente cada día más extranjero en su propia tierra. Y no porque le falten raíces ancladas al suelo, sino porque sobra ruido. 

Vivimos tiempos de confusión, donde la palabra 'democracia' sirve para justificar cualquier barbaridad y la palabra 'libertad' se emplea como salvoconducto para el disparate. En Castilla La Mancha abundan últimamente los que hablan de democracia con la misma familiaridad con la que hablan del tiempo que va a hacer

El problema, supongo, no es de ideología sino de educación, entendida no como poseer títulos o carreras universitarios, sino como el esfuerzo de razonar, dudar y saber escuchar. Pero eso cansa, y en estos tiempos nadie quiere cansarse: mucho mejor dejarse llevar por el eslogan fácil, por el grito o por la consigna precocinada. Así se está consolidando una democracia hueca, de verbena, hecha de selfis, aplausos y víctimas voluntarias. 

Y mientras tanto, en los pueblos manchegos, donde la historia se mide en siglos y los inviernos en días de soledad, el eco de tanto rebuzno mediático resuena más de la cuenta. El campesino que madruga, la médico de guardia o el maestro de escuela ya no entienden bien qué significa eso de la libertad de expresión cuando lo que se expresa es solo odio, eso sí, revestido de opinión. 

Quizá este sea un buen momento para recuperar la cordura, esa palabra que ya resulta tan poco moderna. De recordar que la democracia no es un corral donde cualquiera puede lanzar estiércol al vecino en nombre de la libertad. La democracia es, o debería ser, un espacio exigente, donde las ideas se debaten y se confrontan, sí, pero con la condición de que quien hable haya al menos intentado pensar antes. 

Porque, y conviene repetirlo, sobre todo aquí, donde los molinos aún enseñan la diferencia entre lo que es viento y lo que se llama vendaval, no todas las ideas merecen respeto. Algunas solo merecen compasión, y otras, sencillamente, silencio, eso tan nuestro de “a palabras necias...”