Tres generaciones unidas por la música para recuperar la comunidad en plena Sierra de Alcaraz
El pasado sábado 23 de agosto vivimos en Ituero una de esas noches que quedarán grabadas en la memoria de la aldea. No exagero si digo que fue la mayor concentración de gente que hemos tenido en muchos años: familias enteras, jóvenes, vecinos que hacía tiempo que no subían, y hasta un autobús lleno de gente llegado desde Albacete exclusivamente para asistir al festival. Ver a la aldea llena, con tantas personas distintas mezclándose en la misma plaza y en el mismo campo, me hizo sentir que Ituerock ya no es solo un concierto: es un punto de encuentro que mueve a la gente a venir aquí, a compartir y a quedarse.
Más que una cita estrictamente rockera, este año el ambiente fue de comunidad. Se notó en las mesas, en los corrillos, en los abrazos de reencuentro y en las familias que vinieron con niños y mayores. Lo dije varias veces y lo repito: Ituerock 2025 fue, ante todo, un lugar donde varias generaciones reconectaron. Me quedo con una frase que me dijo un vecino: “Mira que a mí me gusta Manolo Escobar, pero esta noche me lo estoy pasando de diez aunque no sea del todo mi estilo”. No hay mejor resumen del espíritu que buscamos: que la música sea el hilo conductor, pero que el tejido sea el pueblo.
Tuvimos momentos que, como organizador, llevaré conmigo mucho tiempo. En el concierto de Haceros Inoxidables, varios vecinos subieron al escenario a cantar; verlos ahí arriba, con una sonrisa amplia y la aldea vitoreando, fue puro Ituerock. Con Vennus Aeterna, la aparición de una bailarina añadió un toque inesperado que elevó el conjunto y demostró que también hay espacio para la sorpresa estética. Y entre bandas, nuestro pequeño espectáculo con Rocko y el presentador volvió a funcionar: sí, somos un festival “raro” por tener mascota y maestro de ceremonias, y quizá por mezclar una mitología propia con música en directo, pero la acogida fue excelente. Cada año comprobamos que esa rareza suma, porque le da identidad a la noche y hace que la experiencia sea nuestra, reconocible.
El festival tuvo su momento de máxima repercusión entre la mitad del concierto de Vennus Aeterna y la mitad del de Haceros Inoxidables: ahí la plaza estaba a rebosar, con un ambiente vibrante, de esos que cuesta creer que ocurran en un lugar tan pequeño. Para el final de Haceros es cierto que ya quedábamos menos —aproximadamente la mitad de la asistencia inicial— porque muchos prefieren retirarse antes. Y a las 2:30 de la madrugada, en el cierre del festival, lo que quedaba era la gente con más espíritu joven y ganas de apurar hasta el último acorde. Incluso, como en Villarrobleo, surgió un “AntiItuerock” espontáneo tras el festival, con otro tipo de música que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, demostrando que la noche todavía tenía cuerda para rato.
Otro acierto fue la foodtruck de Galgo. Gustó muchísimo; era un punto donde la gente se encontraba, charlaba y alargaba la noche con calma. Lo mismo la barra del bar de Masegoso, que sostuvo un ritmo constante durante horas. Es verdad que esa doble atracción —foodtruck y barra— dividió por momentos al público en grupos y dio la sensación de menos gente junto al escenario, pero, siendo honesto, prefiero ese estilo que generó movimiento y negocio a quedarnos exclusivamente con la música. Desde un rato antes de empezar hasta pasada la medianoche, todo parecía dilatarse: las conversaciones eran eternas, las colas se volvían tertulias y el tiempo corría a nuestra favor.
No todo salió como estaba previsto. Una de las bandas, Kicki'n Kidneys no pudo tocar: Poco tiempo antes del concierto, su batería sufrió un accidente laboral con una lesión en el tobillo. Fue un duro golpe para el festival y el mismo grupo, son una banda fantástica, implicada, joven y contábamos con su energía. Con muy pocas horas de margen, rearmamos el cartel, ajustamos el orden y pudimos sumar a Padre Jornimans para que la noche no perdiera ritmo. Fue una decisión práctica y, a la vez, una prueba de cómo reacciona el equipo cuando la realidad te pide reflejos. El público lo entendió y respondió con esa emoción que, en el fondo, es el mejor “todo bien” que puede recibir una organización.
Quiero detenerme en la gente que hace que todo esto ocurra. A los voluntarios, patrocinadores y amigos que ayudan antes, durante y después: gracias. A quienes no son de la aldea y aun así se han implicado como si este fuera su pueblo: gracias. Y, en especial, a los que siempre se presentan a primera hora para montar al inicio, a los que ponen la primera lona o hacen llamadas para gestionar, sin fotos ni focos que les den protagonismo; y a los que, cuando la música se apaga, se quedan ayudar, a cargar y a dejarlo todo preparado para que el ayuntamiento tenga que hacer el menor trabajo de recogida posible. A menudo no salen en ninguna publicación, pero son los que sostienen la columna vertebral de Ituerock.
También quiero subrayar algo que para mí fue simbólico. Ver a la gente mayor subir y disfrutar, quedarse hasta tarde, comentar sobre cada grupo y vivir la noche con curiosidad sincera, me emocionó. Y el autobús llegado desde Albacete nos dio otra pista: Ituerock ya suena fuera. Trajo esa chispa más “rockera”, más de cuernos en alto, que se mezcló con la atmósfera familiar y de reencuentro. Esa mezcla —el corazón local y el impulso de gente que llega por primera vez— es la que le da sentido a lo que hacemos.
Sé que nuestro formato no es el habitual. Entre bandas tenemos un presentador, presentamos pequeñas piezas con nuestra mascota, contamos historias, hacemos participar a la gente. No pretendemos copiarnos de nadie ni parecernos a los grandes: preferimos ser nosotros mismos. Y este año la respuesta fue clara: esa identidad “rara” funciona porque la gente la abraza. Nos hace distintos, locales y, sobre todo, nos hace memorables.
Ituerock no busca crecer por crecer. No queremos convertirnos en algo que no somos, ni aspirar a un volumen que nos desdibuje. Nuestro objetivo es aportar valor a la aldea: mantenerla viva, generar motivos para volver, dar puntos de encuentro, sumar recuerdos buenos a los veranos y a las fiestas. Mientras el Ayuntamiento siga confiando y dándonos luz verde, creo que Ituerock debe seguir celebrándose. Y si algún día la fórmula deja de funcionar, seremos los primeros en proponer cambios, en reinventarnos, en asumir que las etapas tienen principio y fin.
No voy a obviar que, como en cualquier proyecto vivo, hay miradas escépticas. Incluso con las inevitables voces que prefieren quedarse al margen o mirar con recelo cualquier iniciativa, lo cierto es que la mayoría del pueblo se volcó, y esa imagen de unión es la que me llevo grabada. Ojalá el tiempo haga ver estos cambios con buenos ojos, porque lo único que falta es que todos rememos en la misma dirección: en favor de la aldea y de que siga viva.
De cara al futuro, solo deseo que las bandas que no pudieron tocar este año puedan hacerlo en la próxima edición. Se lo merecen y nosotros también nos merecemos ver ese concierto en nuestro escenario. Y deseo, sobre todo, que mantengamos este equilibrio: que sigamos siendo un festival que convoca, que mezcla generaciones, que invita a los de fuera sin perder su raíz, que celebra la música como pretexto para reconocernos como comunidad.