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Urda, un pueblo cuajado de ambulancias: “Las sirenas no paraban”

Raúl Rejón

Urda (Toledo) —

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Urda es un pueblo toledano de 2.500 habitantes que este miércoles 28 de octubre de 2026 ha sido tomado por una infinidad de ambulancias. Las incesantes sirenas han alertado a muchos los vecinos de que algo inusual había ocurrido. “No paraban de pasar”, describe María Gómez, farmacéutica de la localidad, ya de vuelta a su oficina.

Tras el choque mortal entre dos trenes de alta velocidad en la línea Madrid-Sevilla que ha dejado al menos 68 fallecidos, la carretera que une esa localidad con la de Consuegra (prolongación de la calle que atraviesa este pueblo) se ha convertido en una pista continuada de vehículos de asistencia que trasladaban los heridos más graves de este siniestro ferroviario. Un sinfín de sirenas.

“Alguna gente sintió un estruendo muy grande, como de bomba y eso ha hecho que enseguida los vecinos se hayan volcado”, añade ya a mediodía el párroco de Urda José Miguel Fernández.

Esas sirenas que han inundado esta localidad monteña han llegado de muchas partes. Por las calles han transitado vehículos de socorro de Tembleque, Yuncar, Villamiel de Toledo, Pinto, la policía local de Galapagar (Madrid), los coches de incendios forestales de Castilla-La Mancha, el SUMMA de Madrid, la Cruz Roja. Cada espacio abierto ha sido un aparcamiento de la solidaridad.

En una de las plazas del pueblo, Soraya regenta un supermercado: “En cuanto hemos abierto ha empezado a llegar gente para comprar cosas con las que ayudar, sobre todo agua y leche”, explica a elDiario.es. Los vecinos –“aquí nos conocemos todos”– se han puesto directamente a “hacer bocadillos”, recuerda Soraya. Se trataba de atender a los familiares y heridos que ya se agolpaban en los pabellones del pueblo a la espera de trasladarse o tener noticias de sus allegados.

“Estamos muy afectados porque aquí nunca había ocurrido una tragedia de este tipo”, cuenta su compañero Juan José. También subraya “lo bien que se ha portado todo el mundo”. Él relata que estaba fuera de la localidad a la hora del accidente, pero que, en cuanto se ha enterado ha regresado: “Hemos empezado a preguntar qué había ocurrido porque en la carretera que pasa cerca del punto del choque hay muchos accidentes de tráfico”. Con la noticia confirmada: “He agarrado un palé de agua mineral y la he llevado a los pabellones”.

Mientras, Juan José se acercaba a las instalaciones deportivas, la farmacéutica María Gómez ya se había desplazado hasta allí: “Hemos visto cómo se vaciaba el consultorio y que todos los médicos se marchaban a ayudar y nosotras también. Todo el pueblo ha echado una mano”. Ella ha podido, explica, “hacer algunas curas a heridos leves”.

Mientras esos afectados menos graves recibían las primeras curas y los viajeros sin lesiones esperaban autobuses que los trasladaran a sus destinos, el pabellón se ha llenado de víveres. Almudena, una de las vecinas que ha estado coordinando esas ayudas dice mientras se mete en su coche con el maletero lleno de garrafas de agua: “Hay tanto que vamos a llevarlo a las instalaciones de la escuela donde están los familiares de los desaparecidos”.

Enfrente de la calle que sale de esas instalaciones estaba a pie firme Víctor, otro vecino de Urda, que ha decidido ayudar ofreciendo café. “He bajado a desayunar a un bar que hay justo debajo de mi casa y ahí he visto que la gente estaba ya poniéndose a preparar ayuda. He ido a por la máquina de café [industrial] que utilizo porque monto un puesto en las ferias y me he venido para aquí”.

“La verdad es que todavía tengo el cuerpo dado la vuelta”, admite María Gómez una vez reabierta su farmacia pasadas las cinco de la tarde. Lo cierto es que, paseando por las calles de Urda, poco a poco los vecinos han ido recobrando su actividad más normal.

Ya con el sol puesto, en el bar cervecería García, las televisiones tenían conectada permanentemente información sobre el accidente, aunque los parroquianos parecían tratar de pasar página. Sin embargo sobrevolaban los comentarios de lo ocurrido: “Ahora mismo el tren no es nada seguro”. Sergio, el camarero al cargo, resume rotundo la jornada: “Ha sido tremendo. Tremendo” y vuelve a atender la barra.