'Galleteras', un libro sobre las 'chiguitas' de las María Fontaneda que impulsaron Aguilar de Campoo con sus manos
Muchos todavía lo recordarán. El olor a galleta en la carretera de Santander, o incluso la tradición de comprar las galletas de Fontaneda allí mismo, donde se fabricaban. Ahora ya no huele a galleta y hace mucho que la propia fábrica de Gullón ya no vende su producto in situ, sino en una tienda dentro de Aguilar de Campoo. Laura Sanz Corada es hija de esa Aguilar que ha ido cambiando en las últimas décadas: hija de galletera y nieta del de la vainilla, ha querido plasmar en su último libro las vivencias de una villa -que no pueblo- de la mano de uno de sus grandes iconos: la galleta María Fontaneda; a través del recuerdo de las mujeres que trabajaron en sus fábricas. Muchas de ellas solo tenían 14 años cuando empezaron a trabajar en algunas de las secciones, solo eran unas chiguitas, como dicen en Palencia, cuyas primeras veces estuvieron fuertemente marcadas por la fábrica. Galleteras. La otra memoria de la galleta maría (2026) aborda cómo fueron las mujeres que sostuvieron no solo la fábrica de Fontaneda, sino el propio símbolo de la galleta maría desde la antropología y la sociología.
Las protagonistas de este ensayo son la madre de Sanz Corada, trabajadora en Fontaneda durante 21 años, y algunas de sus compañeras, que recibieron con “vértigo” la oferta de entrevistarlas para conocer su historia. “Tenían miedo a tocar heridas que no están todavía cerradas. Esos recuerdos las llevan a un lugar muy concreto en sus emociones, pero estaban muy dispuestas a hablar de lo feliz y de las partes buenas”, reconoce Sanz Corada. En Aguilar de Campoo se mezclaba lo industrial con lo social y lo afectivo, igual que ella ha plasmado en su obra a través del recuerdo, el olor y la memoria corporal.
Estas mujeres sacaron adelante Aguilar de Campoo con su esfuerzo, su cuerpo y sus manos. Porque esas manos -y sus esparadrapos- resultaban especialmente importantes. “La tecnología tiene un papel más importante en las fábricas de galletas que todavía hay en Aguilar, pero durante la transición, y antes, había mucha más carga física. Me interesaba el impacto que la fábrica en su cuerpo, casi me interesaba más reflejar eso que la propia fábrica por dentro: ver cómo se recuerda a través del cuerpo, sus dolencias de huesos, los morados...”, explica la escritora y antropóloga social a elDiario.es. El libro se apropia del término de 'galleteras', que los estudiantes utilizaban de manera despectiva, para reivindicar el trabajo de esas mujeres.
Sanz Corada quería “explorar la fábrica y la galleta desde todas las vías posibles”. Por eso la obra recorre la historia industrial de Aguilar a través de múltiples voces, que recorren la galleta “como materia, necesidad gastronómica”, pero también desde lo afectivo y lo industrial a escala local e internacional, la “conexión mundial que ocurre a la hora de llevarnos una galleta a la boca”.
“Quizá una entra en el libro pensando que que va a rememorar o que va a tener recuerdos de infancia feliz, merendando, pero de repente se encuentra también con con una serie de emociones muy distintas que tienen que ver con el dolor, que tienen que ver con el asco, que tiene que ver con con el trabajo esclavo de las plantaciones de azúcar”, comenta por teléfono.
La escritora reflexiona también sobre cómo esas empresas familiares se acaban desdibujando en el panorama actual, e incluso aquellos que quieren 'consumir local' lo tienen más complicado. “Con una marca como Fontaneda queda reflejado. Esas multinacionales vinieron a comérsela y hoy en día no sabemos muy bien quién está... cada vez tenemos menos acceso a esas historias, porque ya no son negocios familiares y el tipo de acceso es otro. Y eso tiene un punto perverso y extraño de injusticia con las manos que fabrican esas galletas”, agrega.
Un trabajo muy feminizado
El trabajo de la fábrica de Fontaneda -que después continuó con Ruvil, Fontribre, Tefe y Gullón- estuvo especialmente feminizado. Aguilar de Campoo llegó a producir casi una carta parte de todas las galletas de España en los años 60. Los hombres trabajaban en otros departamentos como los de carga o el turno de noche, pero muchas de las secciones eran femeninas. Eso sí, encabezadas por un jefe.
En Aguilar, por lo tanto, las mujeres fueron un pilar importante no solo en la economía doméstica, sino también en la industrial e incluso sindical. Esto les dio mucha más independencia económica y social que a otras mujeres de la España rural, según interpreta Laura Sanz Corada. “Hay una sociología muy específica de lo que es la mujer aguilarense y creo que tiene que ver con esto”, ahonda. Empezaron a trabajar muy temprano en una fábrica y luego tomaban sus propias decisiones: se esperaba de ellas que el trabajo fuera una especie de pausa entre la escuela y el matrimonio, y muchas todavía recuerdan el nombre de la primera mujer que decidió continuar trabajando una vez casada. “El director la llamó para felicitarla y le dijo que era una valiente. Muchas de estas galleteras recuerdan a este hombre como un ser muy machista en esa época, pero lo reconoció. Esto refleja también cómo funciona el feminismo desde un lugar muy afectivo y muy sencillo. Es una una decisión que parece sencilla, pero que implica una serie de de cambios estructurales muy fuertes y supone un modelo para que otras lo repliquen”, apunta.
Un ERE que todavía deja huella 30 años después
Esa decisión supuso un cambio, aunque todavía les quedaba mucho por recorrer: al trabajo en la fábrica se le sumaban las labores del hogar y la crianza, y a las escasas bajas por maternidad se les acabó añadiendo una sensación de abandono a finales del siglo pasado. El despido de un centenar de trabajadoras en 1996 dejó un sabor amargo en la industria galletera, que vio escaso respaldo del pueblo ante los recortes de la industria.
“La mayoría de las despedidas eran mujeres y muchas estaban afiliadas a Comisiones Obreras. Se generó una tensión muy importante porque todos querían permanecer en sus puestos de trabajo”, desgrana Sanz Corada. Y cuando se convocó un encierro no se apoyó por todas partes, y el pueblo ni siquiera de cuenta de lo que está ocurriendo, como sí pasó en 2002, cuando la gente se movilizó contra United Biscuits -que ya había comprado Fontaneda- tras su anuncio de cierre de la fábrica. “Ellas lo recuerdan casi como un abandono. Llevaban adelante la industria del pueblo, la crianza del pueblo y se las dejó solas.... así es como ellas lo sienten. Y en 2002 muchas ya no tienen fuerza para luchar por la marca, porque ellas peleaban por unos puestos de trabajo que pudieran permanecer en el pueblo”, apunta.
Laura Sanz Corada insta a recordar la historia de María, Piedi, Luisa y las demás 'galleteras': cómo tuvieron que cargar con el trabajo y los cuidados, cómo pelearon por sus derechos laborales y cómo reclamaron que no se despidiera a sus compañeras. Porque lo que les dio la fábrica, a pesar de todo, no era tan fácil de quitar: el compañerismo, la amistad y las primeras veces, de las que Aguilar de Campoo fue mero espectador mientras ellas aprendían a vivir.
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