Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Un entierro digno para Pere tras malvivir más de un año en la calle

El entierro de Pere tuvo lugar en el cementerio de Montjuïc.

ACN

0

Flores, una placa con su nombre y una lata. Arrels despidió el viernes en el cementerio de Montjuïc a Pere López, una persona de 63 años que vivía en la calle en Barcelona y a quien el equipo de calle de la entidad acompañaba desde hacía un año y medio. Pere murió en el hospital después de que miembros de Arrels lo encontraran en mal estado y alertaran a una ambulancia.

Es una de las 21 personas sin hogar de cuya muerte la entidad ha tenido conocimiento desde principios de año; de ellas, once vivían en la calle y cuatro han muerto este verano. Arrels alerta de que las personas que han vivido en la calle mueren, de media, unos 25 años antes que el resto de la población. “Dormir en la calle mata”, resume Bob Walker, del equipo de calle de la entidad.

Pere era “una persona muy afable, muy alegre”, recuerda Aranxa Carassa, educadora social del equipo de calle de Arrels. Lo conoció hace aproximadamente un año y medio y, desde el primer momento, explica, estableció un buen vínculo con él. Le gustaba hablar de política y de la monarquía y, en ocasiones, también de la familia, aunque este era un tema más difícil para él. Arrels lo describe también como una persona divertida, con un gran sentido del humor, crítica con la sociedad y profundamente sensible ante las injusticias.

Cuando le preguntaban qué necesitaba, solía pedir poca cosa: alguna prenda de ropa o un refresco. “Acostumbramos a poner siempre flores y después un objeto que represente un poco a la persona”, explica Carassa. También han colocado una placa identificativa. “Las personas que viven en la calle también tienen nombre, apellidos y fecha de cumpleaños”, reivindica. “Es una manera de dignificar su muerte”.

Miembros del equipo de calle encontraron a Pere en mal estado y alertaron a los servicios de emergencias. Fue trasladado al Hospital de Sant Pau, donde murió posteriormente. Walker señala que muchas personas que duermen en la calle tienen una salud de base muy frágil, tanto física como psíquica o neurológica, y a menudo no pueden realizar el seguimiento médico que necesitarían.

“Dormir en la calle acorta la vida”, señala Walker. Según los datos que maneja la entidad, la esperanza de vida de las personas sin hogar es entre 20 y 25 años inferior a la del conjunto de la población. “Al final, dormir en la calle mata”, sentencia.

Vivir y morir en la calle

Desde principios de año, Arrels ha tenido conocimiento de la muerte de 21 personas sin hogar. Once vivían en la calle en el momento de su fallecimiento y las otras diez estaban en recursos de alojamiento. De las once que todavía vivían a la intemperie, ocho murieron directamente en la calle y las otras después de ser trasladadas al hospital.

Solo durante los meses de julio y agosto han muerto cuatro personas que vivían en la calle en Barcelona: dos en la calle y dos en el hospital. Además de Pere, Arrels recuerda a Raúl E., de 49 años, que tenía un estado de salud frágil y murió en el hospital; Lauris D., de 34 años, que murió el 9 de agosto en un banco de la calle, en el barrio de Les Corts, y Sergi Lluís M., de 51 años, que murió en la calle el 18 de agosto.

Arrels subraya que las muertes se producen durante todo el año porque los factores que deterioran la salud de las personas que viven a la intemperie son permanentes. Los episodios de temperaturas extremas, sin embargo, añaden un factor de riesgo. La entidad recuerda que el invierno pasado murieron un hombre en Badalona y otro en Barcelona coincidiendo con los días de mayor frío.

Entre los elementos que perjudican la salud, Arrels señala el tiempo acumulado viviendo en la calle, la imposibilidad de tener cubiertas las necesidades básicas, las agresiones físicas y verbales y otras situaciones de riesgo, la falta de tarjeta sanitaria o las experiencias traumáticas que pueden haber precedido a la pérdida de la vivienda.

A estos factores se suman las condiciones climáticas. Durante los episodios de calor aumenta el riesgo de quemaduras e insolaciones y pueden agravarse las enfermedades crónicas. La entidad también alerta de que durante el verano hay menos recursos abiertos y algunos reducen sus horarios, lo que obliga a las personas sin hogar a pasar todavía más horas en la calle.

Más allá del termómetro

Ante esta situación, Arrels reclama “mirar más allá del termómetro”. La entidad sostiene que vivir en la calle supone un riesgo durante todo el año y pide que las políticas y los servicios de las administraciones tengan una perspectiva a medio y largo plazo que vaya más allá de los dispositivos temporales que se activan durante episodios de frío o calor.

Entre las medidas que propone está habilitar recursos de alojamiento que aporten estabilidad y permitan ofrecer un acompañamiento y una atención integrales. A corto plazo, también plantea abrir espacios nocturnos y diurnos de baja exigencia en cada barrio, con servicios como duchas, consignas para guardar las pertenencias o salas de estar climatizadas.

Torralba explica que dejar la calle tampoco significa necesariamente dejar atrás las consecuencias de haber vivido en ella durante años. En algunos casos, es precisamente cuando la persona consigue estabilidad residencial cuando vuelve a acudir al médico y se le diagnostican enfermedades que llevaban años sin ser detectadas. “Quizá hacía diez o quince años que no habías ido al médico y salen a la luz muchas cosas”, señala.

Menor esperanza de vida

Cada año, Arrels y otras entidades de Barcelona celebran un acto conjunto de recuerdo a las personas sin hogar que han muerto. Habitualmente, explica Torralba, recuerdan entre 70 y 80 personas que vivían o habían vivido en la calle. Su edad media en el momento de morir suele situarse entre los 56 y los 58 años. “Mueren unos 25 años antes de media que el resto de la gente que sí tenemos casa”, lamenta.

El acto se celebra habitualmente en la plaza de la Catedral y consiste en un sencillo homenaje en el que se recuerda a cada una de las personas con una placa con su nombre, edad y fecha de defunción, unos zapatos y una flor. También hay música y se leen en voz alta los nombres y apellidos de los fallecidos. Según Arrels, unas 300 personas participan cada año.

Evitar entierros en soledad

El acompañamiento de la entidad no termina con la muerte. Arrels procura asistir también a los entierros de las personas con las que ha establecido un vínculo y organizar una despedida con profesionales, voluntarios y otras personas que las conocían. Comparten anécdotas, pueden poner música que les gustaba e intentan, explica Walker, que sea “un final de vida digno y humano”.

“Si no hubiéramos venido hoy aquí, a Pere lo habríamos enterrado en soledad”, afirma Torralba. Arrels empezó a prestar especial atención a estas despedidas después de que, hace años, se enterara tarde de la muerte de una persona a la que acompañaban y que ya había sido enterrada. A raíz de aquel caso, la entidad creó un grupo específico para velar por el acompañamiento hasta la muerte y evitar que volvieran a producirse entierros sin nadie presente.

Walker reivindica que el objetivo es acompañar a las personas “sin temporalidad”, desde el momento en que las conocen “hasta la muerte”, y que este vínculo va mucho más allá de dar respuesta a las necesidades materiales. “No solo hablamos de salud, vivienda, dinero o papeles. Hablamos de cine, de fútbol, como con nuestros amigos o la familia”, explica. “Al final, la intención es humanizar y dignificar a las personas”, concluye.

Etiquetas
stats