Los espacios de cultura de base de Barcelona presentan batalla a un año de las elecciones
Esta semana podría marcar un antes y un después en el devenir cultural de Barcelona. Decenas de colectivos procedentes de los circuitos de base, entre ellos espacios del subsuelo y la contracultura, equipamientos municipales de gestión comunitaria y cooperativas y proyectos de la economía solidaria, se han reunido dos días en el Centre Cultural La Model. El objetivo de las ‘Jornades de Treball de Cultura de Base i Comunitària’ era elaborar propuestas que, más allá de garantizar la subsistencia de los proyectos culturales de base, impugnen un modelo de “ciudad sumida en la lógica neoliberal” que ha perdido decenas de espacios y puede perder aún más.
El encuentro parte de un diagnóstico claro presentado por Diego Salazar, socio fundador de la cooperativa Connectats e impulsor del proyecto Fes! Cultura. Así como está clara la existencia de un modelo cultural privado y otro modelo institucional, “no hay un reconocimiento político ni mediático de un tercer modelo que es la cultura de base y comunitaria”.
Sin embargo, la vida cultural de Barcelona no se puede explicar sin esta tercera pata en la que orbitan cientos de espacios y proyectos que no entienden la cultura como un producto que vende la empresa privada o como un servicio que ofrece la administración al ciudadano, sino como dinámicas cotidianas diseminadas por los barrios y de las que los habitantes son partícipes activos. “Es urgente cambiar el marco cultural de esta ciudad” porque “sin cultura de base no hay cultura de ciudad”, concluyó.
Un frente de luchas compartidas
A diferencia de otros momentos en los que la cultura de base se postulaba como un gremio con demandas concretas y particularidades muy sectoriales, e incluso como una plataforma desde la que resolver problemas concretos, en La Model flotaba la necesidad, diríase que hasta la urgencia, de conectarse con otras luchas de ciudad. Algunas intervenciones estuvieron protagonizadas por portavoces del movimiento Regularización Ya!, del colectivo No a l’Ampliació del Macba, de la Plataforma de Gestió Ciutadana (cuyas entidades gestionan 80 proyectos) y de Cultura Coop (con 120 cooperativas culturales en Catalunya).
Perfectamente hubiesen encajado más intervenciones de docentes, bibliotecarios y espacios okupados, pues, en palabras de Salazar, lo que se estaba impugnando era “un modelo de ciudad que no reconoce ni cuida las formas de cultura que producen las comunidades, sostienen la vida de los barrios y quedan fuera de las lógicas extractivistas del mercado”.
Las cifras presentadas fueron concluyentes. Los 112 millones destinados a la ampliación del MNAC, los 16 para la del Macba, los 70 para la construcción de una nueva sede del Liceu en el Port Vell o los 11 para el nuevo teatro y escuela de artes escénicas Génesis contrastan con los apenas 15 millones que destina el ayuntamiento al tejido cultural barcelonés.
La desproporción entre grandes inversiones y la paralela desatención a “artistas, colectivos y entidades de base que sostienen la cultura desde el territorio” revelan un modelo de ciudad “entregada al turismo, al negocio urbanístico y a la expulsión vecinal”, mientras “la cultura arraigada en los barrios se relega al ostracismo”, apuntó Salazar. Semolina Tomic, directora del Antic Teatre, calificó los patronatos y fundaciones que gestionan los grandes recintos culturales de la ciudad como “un entramado neoliberal muy heavy en favor de unos pocos”.
El encuentro de esta semana tiene su raíz en jornadas intermitentes que se han ido celebrando desde 2018. Pero, como remarcó Gerard Altaió, poeta y artista visual, esta vez la intención era ir más allá del diagnóstico de carencias y problemática para dibujar un nuevo escenario donde la cultura de base y comunitaria juegue un papel central en el entramado de la ciudad. Para ello, se organizaron siete mesas de trabajo desde las que profundizar en diferentes ámbitos y trazar unas primeras líneas de acción.
Las hubo sobre sostenibilidad económica y laboral, sobre la lucha para preservar los espacios, sobre burocracia administrativa, sobre reconocimiento institucional, sobre articulación interna y autoorganización, sobre alianzas con otras luchas ciudadanas y sobre cómo generar un relato que visibilice y legitime la aportación de la cultura de base y comunitaria a la sociedad.
Avalancha de propuestas
Propuestas no faltaron. La primera, reclamar una interlocución directa con el Ministerio de Trabajo, y no ya con el de Cultura, para asentar de una vez las especificidades laborales de los trabajadores del sector. La segunda, reclamar el censo de edificios de titularidad pública de Barcelona para, por un lado, saber quién los gestiona y si están ofreciendo algún tipo de retorno a la ciudad y, por otro, exigir la implantación de modelos de cogobernanza público-comunitaria.
También se habló de crear un observatorio que investigue cómo se reparten los presupuestos de cultura y a quién van. Y de aplicar prácticas reparadoras a los colectivos sistemáticamente excluidos que impliquen no solo cuotas preferenciales en puestos de trabajo, sino también destinar recursos específicos.
La avalancha de demandas y propuestas fue ordenada en una asamblea final dinamizada por la arquitecta Itziar González. Su elección no era caprichosa, pues preside el Observatori Ciutadà Contra la Corrupció. Lo primero que hizo fue asumir que todas las propuestas “serían integrales y no pensadas para satisfacer capillitas”. Y así fue. Tan integrales eran que muchas de ellas quedaron en simples esbozos de intenciones. No es fácil concretar tanto en tan pocas horas.
Aun así, y fruto de esa necesidad de plantear soluciones estructurales a problemas estructurales, apareció como una inesperada tabla de salvación articular una alianza sólida con la Xarxa d’Economia Solidària (XES). Un frente común de espacios de cultura de base y comunitaria, de cooperativas y asociaciones en la órbita de la economía social y solidaria ya serían palabras mayores. Como lo es el concepto de los derechos culturales. Como lo es el de bien común frente al del ánimo de lucro. Se habló incluso de reforzar el ya existente Laboratorio Jurídico impulsado por la XES con demandas específicas desde el flanco cultural.
Por escrito todo suena algo espeso y confuso, pero, en caso de concretarse, son medidas y estrategias que atacarían directamente a la línea de flotación del sistema cultural barcelonés tal y como se entiende desde hace décadas. Porque en La Model no se habló solo de recursos económicos, sino de política y, más concretamente, de “un pacto social contra el actual modelo de política cultural”.
No faltó quien subrayó que nada de esto será posible si la ciudadanía no defiende sus derechos culturales como los educativos y sanitarios. Y ahí hay un gran desafío. Tal vez por ello se incidió en la importancia de la cultura de base, sus espacios diversos y prácticas comunitarias, como un dique fundamental ante el auge de la extrema derecha. Tampoco faltó quien lamentó tanta utopía. A esto último, González solo respondió: “Todo es utopía hasta que deja de serlo”.
Ni el Ministro de Cultura ni el PSC
En el acto final, el de presentación de conclusiones, destacó y fue destacada la ausencia de varias autoridades convocadas, pues habían confirmado su asistencia. Ni el Ministro de Cultura, Ernest Urtasun, ni nadie del gabinete del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, acudieron a La Model. Semolina Tomic, de l’Antic Teatre, no se mordió la lengua. “Todo el PSC ha excusado su presencia”, informó, “pero yo quiero denunciar su ausencia. Su deber era estar aquí. Pagamos su sueldo con nuestro dinero”, recordó, mientras lamentaba el agravio comparativo que supone que, “cuando una empresa como Focus presenta la maqueta de su nuevo edificio allí están todas las autoridades”.
Para gran parte de los allí presentes, la ausencia de autoridades del Ayuntamiento es una forma de negar una realidad: la de la existencia de estos circuitos y espacios de cultura de base y comunitaria. “Y es una negación que dura ya cuarenta años”, recordó Tomic.
Tanto entre los ponentes de las jornadas como entre los asistentes destacó la diversidad de perfiles, reflejo de la diversidad ya existente no solo en la ciudad sino en muchos de los espacios de gestión comunitaria que nutren de vida y cultura el subsuelo barcelonés. La paridad de género estuvo más que superada y la presencia de identidades no binarias también era notable.
Además, llamó positivamente la atención la variedad de acentos catalanes: no solo de Sarrià o Sant Andreu, sino también gallegos y castellanos, latinoamericanos y balcánicos, prueba de que muchos de los espacios que garantizan que Barcelona no sea solo una ciudad macrofestivalera y disponga de actividad cultural durante todo el año están sostenidos por catalanes llegados de todos los rincones del planeta.
La única presencia no prevista el martes en La Model fue el muy violento chaparrón que cayó durante el acto de la clausura. No solo llovió agua; también, piedra. Más de uno lo interpretó como una metáfora climatológica de la que se avecina. Las elecciones municipales de mayo de 2027 son el horizonte cargado de nubarrones que tienen entre ceja y ceja los impulsores del encuentro.
Así lo debieron percibir los representantes de los tres únicos partidos políticos presentes en la sala: Barcelona En Comú, ERC y CUP. El objetivo de los espacios de cultura de base y comunitaria reunidos esta semana ya no es mendigar recursos para seguir existiendo desde la marginalidad económica y política, sino hacer temblar las estructuras que sostienen el entramado cultural de Barcelona.