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CRÍTICA

La ‘María Magdalena’ de Ariadna Gil nos devuelve a la mujer que nos enseñaron a no ver

Juanjo Villalba

Barcelona —
23 de enero de 2026 23:30 h

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Casi todo el mundo cree saber quién fue María Magdalena. O, mejor dicho, casi todos creen saber qué fue: una prostituta, una mujer pecadora perdonada por la bondad infinita de Jesús, una figura secundaria en los evangelios cuya función principal consistía en llorar. Bajo esta concepción, su figura ha atravesado dos mil años de sermones, textos religiosos y todo tipo de obras de arte sacro y popular hasta establecerse como una verdad incuestionable.

El problema es que esa María Magdalena está muy alejada de la figura, real o no, representada originalmente en los evangelios y otros textos apócrifos. Lo que nos ha llegado de ella es, podríamos decir, la caricatura interesada de una figura mucho más compleja e importante en el cristianismo primitivo.

Esta reducción deliberada es, precisamente, el punto de partida de Maria Magdalena, el nuevo espectáculo que Carme Portaceli dirige en el Teatre Nacional de Catalunya (TNC), con texto de Michael De Cock y dramaturgia compartida con Inés Boza. Una obra que, lejos de pretender ofrecer una 'versión definitiva' del personaje, sí que aspira a dinamitar el relato heredado sobre esa mujer llamada María, nacida en Magdala, y, de paso, hacer preguntarse al público cuántas otras historias de mujeres han sido deformadas del mismo modo.

El peso de un bulo fundacional

La confusión que rodea a María Magdalena no es casual ni inocente. Como se recuerda en el propio espectáculo, en el siglo V el papa Gregorio Magno decidió fundir en una sola figura a varias mujeres distintas de los evangelios. Aquella operación teológica tuvo consecuencias muy importantes: “María Magdalena se convirtió en una pecadora y en una prostituta”, explican Portaceli y De Cock en el texto introductorio del proyecto, un gesto que supuso, en su opinión, uno de los primeros y más importantes actos fundacionales del patriarcado.

Esta nueva obra, una producción del Teatre Nacional de Catalunya junto al KVS de Bruselas, que estará en la Sala Gran del TNC hasta el 22 de febrero y que posteriormente realizará una gira internacional, no nace de la nada, sino que se inscribe en un contexto más amplio de revisión contemporánea de la figura de la Magdalena. Un movimiento que no solo atraviesa la creación artística, sino también el ámbito académico y expositivo.

No una, sino muchas Magdalenas

Sin duda, uno de los ejes conceptuales del espectáculo es la idea de que no existe una sola María Magdalena, sino muchas. Incluso en nuestros días abundan las mujeres relegadas al olvido o al descrédito solo por el hecho de serlo.

Una encarnación contemporánea de ellas es la protagonista de la obra, Miriam, interpretada por Ariadna Gil, que es una profesora que viaja de Bruselas a Barcelona para dar una conferencia sobre María Magdalena.

Su vida, en ese momento, está en plena crisis. Acaba de irse de casa con la intención de divorciarse de su marido y la hija de ambos no la apoya. Sumida en sus pensamientos, al llegar a Barcelona la recoge un extraño taxista portugués que dice llamarse Jesús. A través del estudio que la propia Miriam realiza para preparar su conferencia, el público va conociendo y penetrando en las diversas capas de la historia de la Magdalena.

La figura histórica (o mítica) se convierte así en un prisma desde el que observar la opresión femenina a lo largo de la historia y mostrar que pocas cosas han cambiado. “Queremos hablar de todas esas mujeres rechazadas que han hecho cosas importantes en la historia pero que nadie, o casi nadie, conoce”, señalan los creadores, mujeres que “han transgredido los valores predominantes” y por ello han sido rechazadas e insultadas como nunca lo habrían sido si hubieran sido hombres.

De la tradición escrita a la memoria oral

Durante la preparación de la obra, el equipo ha dedicado mucho esfuerzo a investigar y cuestionar las fuentes oficiales que nos hablan de la Magdalena. Frente a la historia impuesta por la jerarquía eclesiástica, en Maria Magdalena se rastrea y reivindica la tradición oral, la leyenda, el mito y la cultura popular como espacios de conocimiento donde se han tenido que refugiar las mujeres.

“Incluso yo misma me autocensuraba”, reconoce Inés Boza al hablar del proceso de investigación. Acostumbradas a un canon académico masculino, muchas formas de saber transmitidas por mujeres han sido consideradas poco fiables o directamente irrelevantes. Sin embargo, como recuerda Boza, hay lugares como Saintes-Maries-de-la-Mer o la Gruta de Sainte-Baume (donde se supone que la Magdalena acabó sus días), en los que la tradición vinculada a ella sigue viva desde hace dos mil años. “Esto debe considerarse una fuente”, insiste, “porque si no aceptamos esta tradición popular, estamos aplicando la misma censura que la propia Iglesia”.

Portaceli va más allá y conecta esa exclusión con una violencia estructural: “La religión cristiana ha anulado a las mujeres”, afirma. Y no solo en el pasado. “Lo sigue haciendo”. No obstante, tampoco se trata de sustituir un dogma por otro, sino de evidenciar cómo se construyen los relatos de poder.

Mujeres que piensan, trabajan, dudan

En escena, Miriam no aparece sola ni aislada. El espectáculo se construye como una comunidad de mujeres que investigan, discuten, discrepan, bailan, celebran y se contradicen. Un elenco en el que destacan Miriam Moukhles en el papel de la hija mayor de Miriam, Anna Ycobalzeta como su amiga escultora, Salomé, o la soprano albano-belga Ana Naqe.

Pero, sin duda, es necesario destacar la actuación de Ariadna Gil. Su Miriam transita el escenario con una naturalidad que combina autoridad y fragilidad, y lo hace sin imponerse al resto del conjunto actoral: ejerce de primera figura cuando la dramaturgia lo requiere, pero sabe integrarse en el trabajo coral y pasar a un segundo plano cuando la escena lo pide. Lejos del lucimiento individual, su interpretación aporta cohesión y ritmo al montaje.

Pero en Maria Magdalena tan importantes son las actrices como el entorno en el que se mueven. La propia Ariadna Gil define el montaje como “un espectáculo poco convencional en el que el escenario es muy importante para explicar lo que les pasa a los personajes”. Para la actriz, los intérpretes “son una parte más” de un engranaje que incluye música, imagen, palabra y movimiento“, y que está especialmente bien engrasado. Un dispositivo escénico muy potente, creado por Marie Szersnovicz, que se transforma, dialoga y apuntala la narración.

También es oportuno señalar el importante papel que la música de Laia Vallés, casi siempre presente en escena y tocando en directo, tiene en la representación. Sonidos electrónicos, con tendencia a la distorsión, que evocan las manipulaciones que ha sufrido el relato magdaleniense.

Recuperar la narrativa es recuperar el poder

Maria Magdalena huye de las conclusiones unívocas. No hay una intención de sentar cátedra sobre nada, insisten las responsables. La obra no busca demostrar si la Magdalena fue o no prostituta, ni caer en revelaciones efectistas al estilo de El Código Da Vinci.

Mientras Portaceli y De Cock preparaban el texto, tenían en mente una frase que en la Biblia pronuncia Poncio Pilato: Quod scripsi, scripsi. Lo que está escrito, está escrito. Frente a esa sentencia, Maria Magdalena propone un gesto radicalmente opuesto: reescribir, revisar, imaginar de nuevo. Porque poseer la narrativa es tener el poder.

Narrativa y poder, dos asuntos que no podrían estar más de actualidad en nuestro presente acosado por los bulos, la posverdad, la simplificación interesada de los relatos, la viralidad de mensajes descontextualizados y la autoridad creciente de algoritmos que deciden qué vemos, qué se amplifica y qué queda en los márgenes.

A ello se suma una inteligencia artificial cada vez más perfeccionada, capaz de generar imágenes, textos y voces casi indistinguibles de la realidad.

En este contexto, la Maria Magdalena de Portaceli y De Cock funciona como una metáfora particularmente oportuna, como una afirmación de que recuperar la narrativa es también recuperar la posibilidad de pensar por cuenta propia.