ADELANTO EDITORIAL

'Así están las cosas': la estrategia exterior de Puigdemont después de la sentencia del procés trazada por Gonzalo Boye

Portada del libro, que sale a la venta esta semana

Capítulo 10. Octubre

El comienzo de mes me pilló de viaje en Escocia, y por la mañana del 1 de octubre regresé a Madrid en el primer vuelo vía Londres. Fue más largo que el de ida pero no había otra combinación posible que me permitiese estar en el despacho antes de las 14.00, cuando tenía una reunión convocada que fui preparando, en gran medida, en ambos vuelos, ya que me quedaba por revisar una parte importante de la documentación.

Al día siguiente, 2 de octubre, y una vez más a primera hora de la mañana, tuve que volar a Ginebra, donde tenía concertada una importante reunión con la defensa de Marta Rovira y con la propia Marta para coordinarnos de cara a todo lo que sucedería a partir del dictado de la sentencia. El vuelo de ida fue todo menos agradable, porque nos pilló una fuerte turbulencia que ni me dejó dormir ni mucho menos trabajar; pensé que lo mismo sucedería esa noche al regreso, pero afortunadamente no fue así.

El jueves 3 estuve toda la mañana en el despacho, donde tenía muchos temas que solucionar y el tiempo apremiaba. A las 3 de la tarde me tenía que ir nuevamente al aeropuerto para volar en esta ocasión a Palma de Mallorca, donde tenía una presentación de mi libro y posteriormente una cena con los organizadores del evento.

Conseguí llegar justo a la hora prevista para el despegue y traté de dormir en el vuelo, pero la cabeza me daba vueltas y vueltas pensando en algo fundamental: cualquier día de esos saldría la sentencia y, si hasta ahora la cosa estaba agitada a partir del dictado de la misma y las consiguientes euroórdenes, no tendría un minuto de calma.

Palma es una ciudad que me encanta y a la que, por motivos profesionales, me tocó ir muy seguido hace ya algunos años. Además, en ella tengo recuerdos muy buenos porque fue allí donde se estrenó un documental que hizo Sebastián Arabia sobre mí, que fue presentado por uno de mis mejores amigos, Rafa Escudero, y adonde acudieron Isabel, mi hija Sandra y mi querida tía Graciela; esta, como regalo, me trajo dos grandes álbumes en los que había recopilado y ordenado todas las cartas que le envié en los casi ocho años que estuve en prisión.

En esta ocasión presentaba mi libro, pero la presentación fue mucho más allá de lo que se cuenta en él y se centró, a través de las preguntas que surgían del público, en la situación que se vivía en ese momento y en las muchas dudas que generaba todo lo que estábamos haciendo de cara al Parlamento Europeo. También se hicieron preguntas sobre cómo veía el juicio y qué sentencia esperaba; sobre ese tema siempre fui claro y crítico, pero a la vez muy realista: no podíamos esperar nada bueno como días después se confirmó.

También desde el público se me hizo una dura pero educada crítica por mis quejas acerca de la actuación del Tribunal Supremo y de la JEC; intenté explicar mis razones, pero era evidente que a mi interlocutor no le interesaban, y estoy seguro de que aún hoy, y ya con el tema resuelto por el TJUE, esa persona no es capaz de aceptar que todo lo que he dicho sobre lo hecho en este caso por el Supremo y la JEC ha terminado siendo cierto y jurídicamente bien fundamentado. Lo realmente inadmisible es pretender, como intentan muchos, que el poder judicial esté exento de críticas, mucho menos cuando estamos viendo, día a día, que el auténtico problema que tiene España, para su democratización, no es la falta de independencia del poder judicial, sino que este no tiene contrapesos y además cuenta con una agenda política propia; me refiero a sus altas instancias jurisdiccionales.

Es evidente que nadie criticaría a un tribunal, mucho menos al Supremo, si no fuese con una base clara y con fundamentos jurídicos contrastados. Nosotros siempre que les hemos criticado lo hemos hecho con razones jurídicas y con el deseo de provocar un cambio de rumbo no solo en este caso, sino también en términos generales y para que comiencen a aplicar la Ley desde una perspectiva democrática.

Como cada día, iba tan pillado de tiempo que el vuelo de regreso lo reservé para primera hora de la mañana, con lo que salí del hotel sobre las 05.00 para poder tomar el de las 06.30. El aeropuerto de Palma parecía desértico, lo que no es habitual, y tardé mucho menos de lo esperado en hacer todo el embarque y pasar los controles de seguridad.

El fin de semana nos reunimos con varios amigos en casa y pudimos relajarnos un poco sin perjuicio de las llamadas, que no cesaban porque, a esas alturas, ya todo el mundo estaba instalado en la rumorología y cada día surgía un rumor nuevo sobre cuándo saldría y cómo sería la sentencia del Supremo. El tema era, en esos momentos, muy fatigoso, pero no quedaba más remedio que ser didáctico y explicar a todo el mundo que Marchena tenía una agenda y que solo él y el resto de miembros de la Sala la conocían; por tanto, la sentencia saldría cuando ellos quisieran y en todo caso sería dura.

Internamente el razonamiento era más complejo: Marchena había jugado muy fuerte con las prejudiciales solicitadas por la defensa de Oriol Junqueras. Pero la verdad es que, de acuerdo con lo previsto en el artículo 267 apartado tercero del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, como último órgano decisorio en la jurisdicción interna, no tenía más remedio que cursarlas al venir solicitadas por una de las partes en el proceso; es decir, tuvo que cursar las prejudiciales porque le obliga el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y ahí se vio entrampado.

Poniéndome en su lugar, la cuestión no era cursarlas o no, sino cómo hacerlo para, sin incumplir su obligación, conseguir que las mismas no le explotasen en la cara, como finalmente terminó sucediendo. Nosotros veníamos sosteniendo, públicamente y al menos desde marzo, una serie de ideas que nadie quería aceptar, y una de ellas era que la condición de eurodiputado se alcanzaba por la elección y proclamación de los resultados y, a partir de ese momento, se contaba con inmunidad.

Teniendo presente tal razonamiento, que finalmente ha sido avalado por el TJUE, es evidente que Marchena, que siendo buen jurista se pierde al salir del derecho español, hizo un juego de malabares para, de una parte, no reconocerle la inmunidad a Junqueras y, de otra, remitir unas preguntas que, en la forma en que iban redactadas, le cubrían solo para el periodo en que siguiesen en prisión provisional. Su jugada, la que diseñó desde el principio, era plantear prejudiciales referidas a un preso preventivo, y luego, antes de que se pronunciase el TJUE, cambiarle la condición a la de penado; de esa forma no se vería vinculado por la decisión que dictase el TJUE.

En realidad, y como se ha demostrado posteriormente, cursó las prejudiciales en el caso de Junqueras con la vista puesta en Puigdemont, Comín y Ponsatí, que, en definitiva, es lo que realmente le obsesiona. Hizo trampas y le salió mal, por mucho que sigan existiendo algunos medios que le entronizan como salvador de la patria o vaya uno a saber qué.

Dicho ahora no tiene mucho valor, pero lo dijimos desde marzo, como consta publicado en diversos medios de comunicación y artículos que escribí sobre el tema. Cuando decíamos estas cosas, tanto a Costa como a mí se nos dijo de todo y se nos trató como auténticos iluminados, vendedores de humo y cuantos otros calificativos se quiera uno imaginar. De una parte, el relato instalado desde el Supremo era muy potente y, de otra, muchos repiten lo que escuchan sin mayor estudio ni análisis; en realidad, les pueden los sentimientos y se aferran a los relatos surgidos del Supremo como a un clavo ardiendo. Tampoco faltan los que tratan de justificar sus propios errores tácticos y estratégicos a costa de desprestigiar al exilio y el trabajo que se ha hecho fuera del Estado, que, en definitiva, es el único que ha dado resultado. Son como el sol de invierno: iluminan un poco pero no calientan.

Marchena tenía que dictar sentencia antes de que se pronunciase el TJUE, ese era nuestro auténtico análisis, y lo más seguro es que tuviese que retirar la prejudicial, aduciendo que había devenido inútil porque se había dictado sentencia. Esto era lo más sensato poniéndonos en sus zapatos, y por eso escribí y publiqué un artículo titulado «¿De quita y pon?» en elnacional.cat. Está claro que Marchena no me hizo caso y eso ha terminado siendo su perdición, o puede ser que saberse tan buen jurista le llevase a pensar que en Luxemburgo las cosas se resolvían como en Madrid. Hoy sabemos que, al final, Waterloo estaba en Luxemburgo y no en Bélgica, y que su objetivo no era Junqueras, a quien ya tenía entre rejas, sino Puigdemont, a quien quería atar con esas prejudiciales.

El resto de la semana estuve sacando escritos y resolviendo temas que teníamos pendientes, y el jueves 10 fui a Lleida para dar una charla en su universidad, en la sede de Linyola. La gente que la organizó, aparte de cariñosa y muy bien informada, tuvo detalles muy prácticos, como reservarme hotel para esa noche junto a la estación del AVE para poder regresar en el primer tren de la mañana siguiente.

El domingo 13 fui a Igualada, donde me concedían un reconocimiento. No conocía la ciudad, pero me llevé una grata impresión no solo de su pasado medieval, sino de cómo abordan el tema del turismo y de su historia. El viaje fue breve e intenso porque regresé esa misma noche a Madrid; no quería estar fuera el 14 porque estaba prevista la vista de las prejudiciales de Junqueras ante el TJUE y, además, ya el viernes habían comenzado los fundados rumores sobre la inminente notificación de la sentencia por parte del Supremo.

En realidad esta había sido filtrada a determinados medios que desde el viernes comenzaron a publicar partes de su contenido. Para ser la sentencia más importante de la historia reciente de España y haber sido «un juicio modélico», como lo definieron muchos corifeos, o «justo», como sin rubor ni estrategia lo definió otro abogado, lo cierto y verdad es que filtrar la sentencia fue una más de las múltiples vulneraciones y errores cometidos por el director de orquesta, al que unos determinados medios no se cansaban de elevar a los altares.

La sentencia era importante, pero, en lo que a mis defendidos respecta, lo auténticamente relevante estaba aún por venir: a partir de su notificación sería cuestión de horas o días que se cursasen las nuevas euroórdenes. El lunes 14 fue hecha pública la sentencia, cuyos principales «misterios» ya habían sido adelantados por los medios más afines a su muñidor; por tanto, lo que correspondía era un análisis sosegado de la misma para ver sus vulnerabilidades. El problema es que desde primera hora de la mañana no paró el teléfono con llamadas de distintos medios que, por una parte, intentaban tener unas primeras impresiones y, por otra, algún tipo de pista o explicación sobre las claves de tan esperada como filtrada resolución.

Mi primera lectura de la sentencia fue en diagonal y partiendo por el final, que es donde está la parte dispositiva, donde se establece la absolución o condena y las penas. Una vez comprobada esa parte me dirigí, directamente, a los «hechos probados», que es donde se establece la «verdad jurídica» y que necesitaba conocer para ver cómo afectaba a nuestros defendidos y en qué medida nos beneficiaría o perjudicaría de cara a las euroórdenes.

La lectura de los hechos probados la hice con rotulador amarillo para ir destacando aquello que más me llamaba la atención y que no fue poco. La sedición era evidente que carecía de cualquier sustento fáctico que permitiese encajar los hechos en ese tipo penal, algo que ya habíamos demostrado en Schleswig-Holstein hacía más de un año, por mucho que les duela a tantos. Mi conclusión fue clara: nos acababan de regalar la euroorden. En cuanto a la malversación, que es un delito «feo» o «sucio», por tratarse de dineros públicos, y al que tratarán de agarrarse en el futuro, la sentencia era lapidaria afirmando y dando por probado que: «Ninguno de esos pagos fue finalmente ejecutado». Eso es lo mismo que hemos venido sosteniendo durante más de dos años: no existía malversación pero se condenaba por ella, y mis defendidos serían reclamados, en las correspondientes euroórdenes, como si la misma se hubiese producido.

Repasados los hechos probados comencé la lectura de los fundamentos jurídicos, que es la parte donde se razona cómo se llega a la conclusión de absolución o condena. Esta lectura me resultó muy compleja por las continuas interrupciones y porque en medio nos enteramos de algo que, para mis defendidos, era esencial: Llarena había cursado, por tercera vez, la euroorden.

No sabíamos cómo pero, el jueves anterior a conocerse la sentencia, la Fiscalía del Supremo, que se supone que es una parte más del proceso y por tanto debería conocer lo mismo que nosotros, solicitó que se cursase una euroorden en contra del president Puigdemont. Ante dicha solicitud, Llarena, que no forma parte del Tribunal de enjuiciamiento, acordó emitir una nueva orden nacional de búsqueda, detención e ingreso en prisión para el president. Solo era en su contra y eso ya era raro.

A partir de ese momento, y en medio de una reunión con un par de periodistas amigos, llamé al president Puigdemont y después comuniqué al resto de defendidos la situación indicándoles, expresamente, que solo se había cursado una euroorden. Acto seguido me puse en contacto con el que hemos denominado Brussels Team, el equipo de abogados de Bélgica, para informarles de la situación y poner en marcha el protocolo que meses antes habíamos diseñado.

Una vez hecho lo más urgente contacté con el Scottish Team y con Marc, el abogado suizo de Marta Rovira, con quien mantengo una buena relación. La idea era ponerlos al día de todo lo que sabíamos hasta ese momento y que supiesen, sobre una base fáctica cierta, cuál era la situación a la que nos enfrentábamos.

Todo lo teníamos preparado, y los equipos ya estaban activados; el proceso no duró más de diez minutos y se hizo evidente que el trabajo realizado en los meses precedentes había dado sus frutos. Terminada esa ronda de activación continué con mi reunión y mis dos amigos periodistas acababan de ser testigos de un momento crucial en toda esta estrategia de internacionalización; pero como buenos profesionales y amigos que son saben lo que es un off y mucho más lo que es la amistad.

Ese día no fue sencillo, pues no solo eran las llamadas de los medios, sino también algún dúplex o entrada en directo en distintas televisiones y radios, lo que me fue marcando la agenda de manera irremediable. Mientras todo esto sucedía, Isabel entraba y salía de mi despacho haciéndome comentarios sobre la sentencia, que la iba indignando por momentos; ella es mucho mejor penalista que yo, que soy más procesalista y, por tanto, sus comentarios se centraban en eso: el derecho penal puro y duro, que no dejaba de sorprenderla y a mí interesarme, pues en estos temas siempre me fío de lo que me dice.

A mediodía tuve una larga conversación con Paul Bekaert y, acto seguido, otra con Christophe Marchand. No sabíamos cuándo se activarían las euroórdenes contra Toni y Lluís pero, en principio, nos quedaba claro, o me quedaba claro, que no la habría contra Meritxell, ya que su conselleria ni siquiera se mencionaba en la sentencia. Decidimos que lo mejor era que Paul contactase con la Fiscalía de Bruselas y allí acordasen cuál sería el procedimiento que había que seguir para presentar al president ante las autoridades, dando formal cumplimiento a la orden de detención... que nunca será de entrega.

Terminamos muy tarde ese día porque, aparte de todo esto, tenía que preparar una serie de documentos y papeles para llevarme a la mañana siguiente a Algeciras, donde me habían señalado diligencias en un juzgado de allí. El viaje lo haría en AVE hasta Sevilla y luego en coche, y la intención era regresar el mismo día porque el miércoles 16 tenía que estar en Madrid a primera hora.

Desde Sevilla a Algeciras el teléfono no paró de sonar, y una y otra vez la pregunta era la misma: «¿Habiendo sentencia firme será más sencillo que Bélgica los entregue?». Era evidente que quienes me la hacían, varios periodistas especializados, no habían escuchado ni leído nada de lo que yo había dicho y escrito en todos esos meses, que resumidamente consistía en que la sentencia sería nuestra principal aliada para conseguir que no les entregasen. Marchena y Llarena tampoco me habían leído, como se está demostrando día a día.

No eran capaces de abstraerse de los «relatos» que tan interesadamente les habían vendido desde la Sala y la Fiscalía del Supremo. La realidad ha ido demostrando que estos no eran ciertos y que, como tantas veces ha sucedido en estos más de dos años, al final la razón la teníamos nosotros, pues trabajábamos sobre bases ciertas, objetivas y jurídicas, en lugar de hacerlo desde una construcción emocional impropia de profesionales del Derecho.

El problema que tienen algunos es que asumen, como si de un dogma de fe se tratase, todo lo que les dicen las «fuentes oficiales», sin discernir si lo hacen con algún interés o no y mucho menos si saben siquiera de lo que les están hablando. En estos dos años debería ya ser evidente que esas «fuentes oficiales» son interesadas y en la mayoría de los casos no tienen ni idea de lo que están hablando.

Aproveché el viaje de regreso para darle un nuevo repaso a la sentencia; siempre había sostenido que sería dura, pero sinceramente creía que sería, al menos, técnicamente más sólida, y que obviamente no tendría errores sintácticos ni faltas de ortografía. Las penas eran duras o muy duras, carecían de un sustento legal claro y, además, la métrica penológica se había construido, como todo en esta causa, forzando el derecho de forma tal que nos generaba una nueva vía de defensa para las euroórdenes y, de pasada, dejaba abierta una excelente oportunidad de defensa para los condenados, al establecer una nueva e inesperada definición del tipo penal, lo que vulnera el artículo 7 del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

El miércoles 16, por la mañana, me llamó Paul Bekaert para informarme de que la Fiscalía de Bruselas quería que al día siguiente presentásemos al president Puigdemont ante la policía e iniciásemos los trámites de la nueva euroorden. De pasada, pero de manera muy clara y contundente, me dijo que el fiscal había pedido absoluta discreción y que no quería tener cientos de medios en la puerta de los juzgados mientras se realizaba toda esa tramitación inicial; por tanto, me pidió que no se lo dijese a nadie.

Minutos después el president Puigdemont y yo hablamos de cómo organizarlo, y, mientras eso sucedía, en el despacho trataban de conseguirme un billete para el jueves 17 a primerísima hora a Bruselas que me permitiese regresar por la noche a Madrid, ya que el viernes 18, también a primera hora, tenía previsto salir hacia Frankfurt para presentar mi libro en el marco de la Feria del Libro, que se celebraba en esa ciudad y que es una de las más relevantes del mundo.

Tomé, ya el jueves 17, un vuelo a las 6 de la mañana a Bruselas y aterricé sobre las 08.15. Nada más bajar del avión contacté con el president Puigdemont y acordamos dónde nos veríamos, muy cerca de la comisaría principal de Bruselas. Llegué minutos antes que el president, que vino acompañado de Jami y dos personas de su seguridad. A los pocos minutos llegó Paul y, luego de revisar los últimos temas, nos encaminamos a la comisaría, donde inmediatamente fuimos atendidos por tres agentes que no solo fue- ron muy amables, sino que, además, eran perfectamente conscientes de la situación y relevancia del caso.

Subimos a la novena planta y allí, en un moderno y frío despacho con vistas a toda Bruselas, una vez que llegó la traductora de neerlandés, se procedió a los trámites de lectura de derechos, entrega de copia de la euroorden cursada por Llarena y el resto de trámites necesarios para regularizar la situación del president Puigdemont. Con la policía tuvimos ocasión de hablar por espacio de unas cuantas horas y pudimos explicarles aquellos datos que ellos no conocían aún. Si algo les quedó claro, y así lo demostró el trato recibido, fue que se trataba de una persecución política y no de la detención de un presunto delincuente.

La paradoja, que comentamos con el president Puigdemont y con Paul, fue que desde la ventana de esa sala estábamos viendo un constante ir y venir de helicópteros y, al fondo, el edificio donde esa mañana estaban reunidos los jefes de Gobierno de los países miembros de la Unión Europea. Mientras, nosotros comenzábamos a solucionar la tercera euroorden sin que nadie se enterase de ello.

Terminados los trámites, Paul y yo nos fuimos hacia los Juzgados, que quedan a unos mil metros de distancia, y el president se quedó en las dependencias policiales, desde donde fue trasladado al cabo de una hora aproximadamente. De camino a los juzgados nos reunimos con Jami y le explicamos la situación y lo que vendría después: comparecencia ante el Juzgado de Guardia, que era el que debía acordar la puesta en libertad del president y fijar la agenda para comparecer ante la Cámara del Consejo, el tribunal encargado de resolver sobre la entrega o no a España.

Cuando Paul y yo llegamos al juzgado nos estaban esperando, y a los pocos minutos se nos unió Simon, que venía de un juicio. Nos hicieron pasar a la sala de prensa y allí nos encontramos, casi media hora después, con el president. Cuando ya estábamos todos reunidos, bajó el fiscal para saludarnos y comentar cuál era su visión de lo que había que hacer; nosotros le expusimos la nuestra y acordamos entre todos la mejor forma de proceder.

Desde antes de la comparecencia habíamos indicado al fiscal nuestra intención de reclamar la inmunidad con la que contaba el president, y le informamos de que el Parlamento Europeo no la estaba reconociendo y de que teníamos dos demandas pendientes en el TJUE por este tema, más una cuestión prejudicial que había cursado Marchena en relación a Oriol Junqueras.

El tiempo pasaba y no entendíamos por qué seguíamos esperando que nos llamaran para la comparecencia ante el juez, por lo que fui a preguntar y me indicaron que seguía con detenidos y que se iba a alargar un poco más. Simon tenía que coger un vuelo a Madrid y yo otro; al final solo Simon cogió el vuelo previsto.

Sobre las 18.30 subimos al despacho del juez y, nada más entrar, nos saludó a los tres y me preguntó por mis otros defendidos; le indiqué que estaban en Bélgica pero que, según teníamos entendido, solo se había cursado una única euroorden. Tras revisar los documentos me confirmó que así era pero que no lo entendía; nosotros tampoco, pero, a esas alturas, en la justicia belga ya no tratan de entender a Llarena, sino simplemente de cumplir con sus compromisos internacionales.

El juez informó al president Puigdemont de los cargos, como era su obligación, y le preguntó si quería ser entregado; la respuesta fue simple, clara y sin márgenes para la duda: «No, no quiero». Continuó la comparecencia y se entró en el ámbito de la situación personal, es decir, qué medida se acordaba mientras se sustanciaba el procedimiento. Fue entonces cuando Paul alegó que se trataba de un diputado al Parlamento Europeo y que, por tanto, contaba con inmunidad.

Como habíamos hecho con el fiscal, fuimos claros indicándole al juez la situación completa y dejando patente que el Parlamento negaría tal condición, al menos mientras el TJUE no se pronunciase respecto a los casos que allí teníamos. El juez nos comunicó lo que había decidido: el president debería permanecer en dependencias policiales hasta la mañana siguiente, que sería cuando el Parlamento le respondería a la consulta que iba a realizar en esos momentos; si era positiva, se rechazaría la euroorden y quedaría en libertad, y si era negativa, la euroorden seguiría su curso pero el president, igualmente, quedaría en libertad con la obligación de informar al juzgado si iba a salir de Bélgica. La situación no era la mejor, en realidad no nos la esperábamos, y todos los esfuerzos de discreción que nos había pedido o mejor dicho impuesto la Fiscalía saltaron por los aires, pues a nadie se le escapó que el president Puigdemont llevaba todo un día en silencio y no se encontraba localizable.

Ante ese panorama pedí instrucciones al propio president y acordamos que yo hablaría con Elsa Artadi para que ella se encargase de lo político, y nada más salir también hablaría con Jami para llamar a su esposa y explicarle la situación. No quedaba más remedio y, según nos habían asegurado, los trámites se terminarían a la mañana siguiente sin más demora.

Nos despedimos del president, que me dio algunas instrucciones de ámbito más doméstico. El jefe de la unidad policial me pidió mi teléfono y me dio el suyo por si teníamos que comunicarnos, cosa que hicimos en un par de ocasiones entre esa noche y la mañana siguiente.

Antes de separarnos les expliqué a los policías que, si introducían en el sistema la situación del president, en España se filtraría la noticia y toda la discreción solicitada por la Fiscalía de Bruselas saltaría por los aires. Me indicaron que no lo harían sino hasta muy avanzada la noche, para de esa forma evitar una filtración hasta que hubiese finalizado el proceso de regularización de la situación del president.

Al salir, Paul tuvo que correr para alcanzar el último tren a su casa, y, como me estaban esperando Jami y los responsables de la seguridad del president, me encargué de informarle inmediatamente y procedimos a llamar a Marcela para explicarle la situación. La entereza, determinación, entrega e inteligencia emocional de Marcela Topor algún día serán apreciadas en toda su intensidad, pero quienes la conocemos no necesitamos esperar nada para saberlo.

Después de esta llamada, que no es ni un trámite ni algo sencillo, Jami y yo nos encargamos de cuestiones más prácticas como, por ejemplo, conseguir un hotel donde alojarme y ver de comprar artículos de aseo y una muda de ropa, puesto que yo había ido solo para un día. Con todo esto resuelto llamé a Isabel para contárselo, aun cuando ella estaba al tanto de cómo iban las cosas.

Al llegar al hotel lo único que me apetecía era dormir un poco; no había comido en todo el día, pero en la tensión entre hambre y sueño siempre se termina cediendo a favor de este último, y en esta ocasión no iba a ser distinto. Justo cuando me estaba acostando me llamó el policía encargado de la situación del president para preguntarme si habría alguien en Waterloo para ir a buscar sus artículos de aseo y ropa para la mañana siguiente; claro que sí, pues siempre hay alguien allí por razones de seguridad, así es que avisé de que iban de camino y me fui a la cama, dejando el teléfono conectado y con la alarma puesta para las seis de la mañana. Menos mal que la puse.

Por la mañana del 18, después de ducharme bajé a desayunar para estar preparado para un día que no sabía cuán largo sería, con la cabeza puesta en lo que teníamos que resolver en Bruselas y mirando en Internet la mejor forma de llegar a Frankfurt antes de la hora de la presentación a la que me había comprometido.

Jami y yo quedamos para juntarnos sobre las 8 de la mañana cerca de los juzgados, en una cafetería que conocíamos de anteriores ocasiones. Mientras iba en el taxi me sonó el teléfono. Era un periodista madrileño de tribunales que me dijo: «Gonzalo, tengo alguna información y necesito confirmar si Puigdemont está detenido». No tuve mucho que pensar porque era evidente que al introducirse los datos en el sistema desde España se había filtrado la noticia y no tenía sentido negarla, así que mi respuesta fue directa: «Sí, pero quedará en libertad antes de las 3 de la tarde. No puedo darte más datos».

Al juntarme con Jami, y antes de que le dijese nada, me soltó: «Ya es público, así que ahora hay que sacarlo cuanto antes». La respuesta fue simple: «No te preocupes, lo tengo claro». Y es que en esos momentos en Catalunya se estaban viviendo intensas y duras jornadas de protesta como reacción a la sentencia, y tanto el president como Jami y yo éramos conscientes de que, si se alargaba la situación, el simple hecho de que Puigdemont estuviese detenido incendiaría más los ánimos y las calles. Muchas veces, a lo largo de estos más de dos años, el contexto ha sido clave, y eso es algo que no se puede omitir si se quiere actuar correctamente y con responsabilidad.

No podíamos fallar, se trataba de evitar males mayores y, por tanto, había que correr. No alcanzamos a tomarnos un café entre llamadas y más llamadas, muchas de periodistas y otras de gente cercana al president, muy molestos porque no se les hubiera informado con antelación a su presentación. No entendían, creo que ahora ya lo hacen, que se actuó como se debía y que eso fue lo mejor y lo más responsable, pero nada impidió que tuviese que oír todo tipo de improperios.

Pocos minutos después me llamó la policía para decirme que trasladaban al president al juzgado y que fuese lo antes posible porque ya se había filtrado la noticia. Inmediatamente pagamos y nos fuimos para allá. Al llegar vi a un grupo de periodistas catalanes y españoles, entre ellos algún buen y querido amigo, pero mi misión ahí no era atenderles, sino solucionar la situación, así que, aprovechando que llovía, puse el paraguas de lado y pasé junto a ellos sin que se diesen cuenta, entrando rápidamente en el edificio y subiendo a la planta donde está ubicado el juzgado de guardia.

Arriba, en una amplia sala de reuniones, me esperaban los policías del día anterior y el president Puigdemont, que venía perfectamente vestido y afeitado... Él se había podido afeitar mientras yo, que no estaba detenido, no lo había conseguido. Nos trajeron café en cantidades industriales y pudimos retomar la conversación donde la habíamos dejado la noche anterior, no sin antes informar al president de todo lo sucedido y de las diversas conversaciones con las personas de su equipo político y con Marcela, que era la que más le preocupaba.

Sin solución de continuidad, el president me dijo: «Confío en que esto se solucione rápido porque estoy muy preocupado con la situación en las calles». La respuesta fue sencilla: así se haría. Justo en esos momentos entró una persona pidiéndome que fuese al despacho del fiscal jefe para comentar un tema. Al llegar, este me saludó con exquisita corrección y muy afablemente, y lo primero que me dijo era que sentía el retraso y que abajo estaba lleno de medios, por lo que sería conveniente que acordásemos una línea de comunicación para que todos dijésemos más o menos lo mismo. Me enseñó el borrador del comunicado que había preparado y le indiqué que me parecía bien, que no veía problemas y que nosotros diríamos lo mismo. Es un placer trabajar en las jurisdicciones donde existe respeto mutuo y donde al abogado no se le ve ni como un contrario, ni como un enemigo, ni como a uno de «los malos», sino como a otra parte necesaria para que la administración de justicia y el sistema de justicia democrática funcione.

Volví a la sala de reuniones, comenté con el president y con los policías lo acordado y a los pocos minutos agentes del juzgado nos informaron de que ya había contestado el departamento de protocolo del Parlamento Europeo indicando que «hasta la fecha no les consta el señor Puigdemont como diputado». Por tanto, el juez no le reconocería por ahora la inmunidad y continuaría la tramitación del procedimiento, dejándole en libertad en ese mismo momento.

Sabíamos que esa sería la respuesta del Parlamento, no esperábamos otra, pero desde un punto de vista de nuestra estrategia legal era absolutamente obligatorio plantear la concurrencia de un requisito de procedibilidad como era la inmunidad, que en nuestra opinión y como se ha demostrado posteriormente tenían el president Puigdemont y, cuando llegase el momento, también Toni Comín y Clara Ponsatí.

Al salir fuimos rodeados por los muchos periodistas allí presentes y el president explicó la situación, luego yo di algunas respuestas técnicas y finalmente logramos avanzar y subirnos al coche en el que nos esperaba Jami. Partimos rumbo a la Gare du Midi, donde me dejarían a mí, ya que tenía que tomar el próximo tren a Frankfurt si quería llegar a tiempo a mi presentación.

El viaje lo hice pegado al teléfono, solucionando temas del despacho y contestando a múltiples llamadas de medios, y también hablando con Christophe y con Aamer, que necesitaba saber cómo habíamos resuelto lo del president; él, como yo, no entendía por qué Llarena solo había cursado esa euroorden... no sabíamos si era un error, una trampa o simplemente una más de las estrategias de Llarena, que tan malos resultados le han dado siempre.

En Escocia la cosa era más confusa si cabe, puesto que la policía nos informaba de que estaban activas las euroórdenes pero aún no ejecutaban la de Clara; más tarde descubrimos que era porque el servicio jurídico de la NCA, la agencia contra el crimen del Reino Unido, consideraba que la euroorden contra Clara era confusa, poco definida y por unos hechos que no tenían encaje delictivo en el Reino Unido. Cuando eso se hizo público fue un nuevo revés para el Tribunal Supremo, tanto es así que la diplomacia española tuvo que salir a ganarse el sueldo y mover Roma con Santiago para conseguir que se rectificase el comunicado y salvar la situación.

Al poco de producirse esa rectificación, Borrell salió en Twitter exhibiendo la nueva resolución, pero, como suele hacer, con excesivo ímpetu y escaso consejo legal, desvelando datos protegidos de Clara, cosa que más temprano que tarde le traerá una nueva sanción. Los nervios le pudieron y siempre son malos consejeros, más aún en personas a las que se les presume cierta capacidad y experiencia.

Al llegar al hotel de Frankfurt me duché, necesitaba despejarme, y me cambié de ropa por otra que había comprado cerca de la estación de Bruselas. Desde allí me fui a la presentación, que duró cerca de dos horas; al finalizar me invitaron a cenar y luego partí, cerca ya de medianoche, hacia mi hotel junto al aeropuerto para tomar el vuelo de las 6 de la mañana rumbo a Madrid.

Sábado y domingo lo pasamos en casa, descansando y revisando algunos temas pendientes; en esos momentos ni Isabel ni yo podíamos ser conscientes de lo que se nos venía encima y de lo mal que lo pasaríamos, especialmente nuestra hija Elena, unas pocas horas después. La mañana del 21 de octubre me levanté, como suelo hacer casi a diario, sobre las 05.30; después de ducharme saqué a pasear a Lili. Nada más salir vi al fondo de la calle un coche con el motor y las luces encendidas, algo que siendo una zona muy tranquila y en la que todos nos conocemos me llamó la atención, pero seguí caminando. Al girar hacia la calle principal observé cómo un coche aparcaba pero nadie se bajaba del mismo, lo que no dejó de parecerme extraño teniendo en cuenta que eran las 6 de la mañana y que en esa zona solo hay casas... Sabía que algo estaba sucediendo, pero no tenía claro el qué.

Regresé con Lili y sobre las 07.15 desperté a Elena para que se preparase para ir al colegio. Justo antes de las 08:00, mientras Elena desayunaba y yo leía la prensa, sonó el timbre. Nuestra hija quiso ir a abrir pero la frené en seco, pues en esos momentos caí en la cuenta de que evidentemente nada era casual y se me vino a la cabeza el nombre de Manuel Puentes Saavedra, su falsaria declaración y las palabras que me dijo Wolfgang al despedirse en agosto, así como más de una advertencia que había recibido meses antes sobre cuál sería mi futuro si seguía «defendiendo a esos catalanes»... Todo pasó por mi cabeza a gran velocidad, pero no me impidió actuar como tenía que hacerlo.

Cogí el telefonillo y, sin alcanzar a decir nada, escuché una voz de mujer que decía: «Policía, abra la puerta». Salí no sin antes decirle a Elena que fuese a buscar a su madre, que se estaba terminando de vestir.

Cruzaron el jardín un grupo de unas ocho personas con chalecos de policía, de esos que se ven en las películas y en los telediarios; entre ellos vi una cara conocida: era la secretaria judicial —ahora se llaman letrados de la Administración de Justicia— del Juzgado Central de Instrucciones Número 3 de la Audiencia Nacional, a quien conozco por razones profesionales desde hace ya muchos años.

Me entregaron copia de la parte dispositiva del mandamiento de entrada y registro y me preguntaron por mi teléfono móvil. Les señalé que estaba encima de la mesa del escritorio y uno de los policías fue a cogerlo. El trato, desde el comienzo, fue muy correcto y la pobre secretaria judicial me saludó con un gesto de «lo siento», pero tampoco era momento y lugar para decir nada.

Isabel bajó inmediatamente acompañada de Elena, y justo en esos momentos llegó Sandra, la persona que nos ayuda con el cuidado de nuestra hija. La agente encargada del operativo, con muy buen criterio, le dijo a Isabel que esto era «rutinario», en lo que creo que fue una forma de rebajar tensión ante la presencia de mi hija. Inmediatamente Isabel repitió «rutinario» y Elena hizo lo propio.

Le di un gran abrazo y un beso a nuestra hija, pues en esos momentos no sabía cuándo ni cómo ni dónde volvería a verla, pero sabía que era un momento clave en nuestras vidas, especialmente en la suya. Por tanto, manteniendo la serenidad, le deseé un buen día en el colegio y la volví a besar, pero no le dije el acostumbrado «nos vemos a la noche». No sabía si eso iba a ser así y no quería mentirle o que ella, luego, se sintiese engañada. Acto seguido, Sandra la sacó de allí, haciéndonos un gesto de complicidad a Isabel y a mí, y partieron rumbo al colegio.

La policía buscaba algo en mi teléfono y en nuestros ordenadores y memorias USB, nunca hemos sabido el qué, pero a medida que los iban probando nos los iban devolviendo con manifiesto desengaño. Lo revisaron todo muy superficialmente y sin atropello ni desorden alguno. Debo decir que nada me encajaba porque he estado en muchos registros y no suelen ser así, mucho menos en una casa donde hay tantos libros que podrían ser el escondite perfecto para cualquier tipo de objeto, documento o lo que sea.

Al cabo de hora y media y antes de terminar les pregunté si estaba detenido y la primera en responder fue Isabel, que dijo: «No, eso ya lo han dejado claro». La verdad es que no entendía en qué momento lo habían dejado claro, pero seguramente yo no me había dado cuenta y era el único que no sabía cuál era la situación.

Sabiendo ya que no estaba detenido, les informé de que me haría un café y les ofrecí lo mismo, pero nadie aceptó, imagino que por protocolo de actuación. Antes de terminar hablé con la agente al mando y acordamos que Isabel y yo nos iríamos al despacho en mi coche para poder volver a casa por la tarde; en realidad, lo que quería era estar seguro de que no sería detenido después.

Cuando nos indicaron que habían terminado —cuando ya no quedaban memorias USB ni ordenadores por revi- sar—, nos organizamos para irnos y les recomendé seguirme porque no es sencillo salir hacia el despacho, donde tendría lugar el siguiente registro.

Isabel y yo nos subimos a mi coche, y nada más salir del portal nos encontramos con dos cámaras de televisión cubriendo en directo el espectáculo del registro en la casa «del abogado de Puigdemont», pues ese era, en definitiva, el titular que buscaban. Creo que la cara de sorpresa de los cámaras fue mayúscula cuando me vieron a mí conduciendo, la misma que puso más de uno cuando comprobaron que no estaba detenido.

De camino a Madrid conecté el teléfono de Isabel al manos libres, y justo en ese momento entró una llamada de un periodista de la Cadena Ser, Miguel Ángel Campos, al que le contesté yo mismo. Tampoco él daba crédito a todo esto y a que fuese yo quien atendía el teléfono mientras conducía. Cuando colgó llamé a Wolfgang Kaleck para informarle de la situación, pero él iba ya por delante y justamente esa mañana su equipo y una serie de organizaciones y destacados abogados habían remitido a Diego García-Sayán, reportero especial de Naciones Unidas para la Independencia de Jueces, Fiscales y Abogados, una comunicación denunciando la situación de acoso y de continuos ataques que yo venía recibiendo desde hacía meses por mi trabajo de defensa de los procesados catalanes.

Claro está, alcanzaron a incorporar lo de las entradas y registro. Wolfgang estaba muy preocupado, trataba de darme ánimos, de indicarme lo que estaban haciendo y de transmitirme saludos de muchos amigos y compañeros de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Estados Unidos, Australia, Suiza, Italia, etc. Las muestras de solidaridad fueron múltiples y en el momento preciso, sumándose, minutos después, la de Edward Snowden, amigo y defendido, que la hizo pública en Twitter y luego en privado.

Le expliqué que íbamos al despacho y que en principio no estaba detenido, pero que mi teléfono había sido incautado y se encontraba en poder de la secretaria judicial porque querían clonarlo. Wolfgang no daba crédito a una medida así e insistía en preguntarme si eso de verdad lo había autorizado un juez. Mi respuesta: «Eso parece, no creo que se hayan inventado la resolución cuya parte dispositiva me han enseñado».

Una y otra vez me insistía Wolfgang en lo mismo: «Gonzalo, no deben acceder a tu móvil, no es tuyo lo que hay ahí, sino de tus defendidos». Yo lo tenía claro, lo sorprendente es que se hubiese autorizado, algo que no habría pasado en ningún otro país de la Unión Europea... Veremos cuál será la respuesta judicial que tal medida obtendrá de la Justicia europea si llega ese momento.

Antes de llegar al despacho les hice señas a los policías que venían en un coche detrás del nuestro de que iría a aparcar; por tanto, en lugar de girar en la calle del despacho seguí unos metros más y me metí por otra. Bajamos al parking y de ahí fuimos caminando hacia nuestra oficina para, metros antes de llegar, encontrarnos con los compañeros de despacho, que estaban allí esperándonos, desconcertados y dispuestos a ayudar en lo que fuese necesario.

Isabel y yo les indicamos que se podían ir a casa y que era mejor así, pues no sabíamos cuánto tiempo llevaría todo aquello. Nuestros compañeros no quedaron convencidos y nos dieron ánimos y dijeron que, de ocurrir cualquier cosa, les avisásemos. Isabel y yo continuamos caminando hasta llegar al despacho no sin antes encontrarnos con multitud de cámaras de televisión y periodistas apostados frente a nuestras oficinas, vaya uno a saber avisados por quién.

En la puerta del despacho nos esperaba una persona del Colegio de Abogados en representación del decano, como establece la ley para estos casos, y una vez se presentó entramos todos. El registro fue, al igual que en casa, muy superficial, sin entrar en los ordenadores de ninguno de nuestros compañeros ni tampoco en el de Isabel, y limitándose a buscar en mi ordenador unas palabras claves que traían apuntadas en un papel, ejercicio que repitieron una vez dentro de mi correo corporativo pero sin resultado alguno, lo que se reflejaba en las caras de frustración que iban poniendo.

Al no encontrar nada de lo que buscaban optaron por copiar todo el correo electrónico desde 2012 en adelante en un disco duro que llevaban a dichos efectos. Luego, se instalaron en la sala de reuniones para intentar clonar mi teléfono móvil por orden judicial, porque yo me negué a que se llevasen el equipo, ya que ahí tengo todo mi trabajo, contactos, notas profesionales, etc., todo ello amparado por el secreto profesional.

El proceso de clonado fracasaba, por razones técnicas que me superan, una y otra vez, por lo que dicha acción se iba eternizando. En un momento dado me preguntaron si teníamos caja fuerte y les indiqué que no. Fue un grave error, porque solo dos horas más tarde me pidieron que bajase y me enseñaron, justo debajo de la escalera, lo que parecía ser una caja fuerte; yo, por extraño que parezca, no tenía ni idea de que existiese.

Mi cara de sorpresa debió de dejarles descolocados, pero, como estaba muy tranquilo, reaccioné bien y les dije que, si querían, lo consultábamos con el propietario de la casa donde tenemos el despacho, a lo que accedieron. Contactamos con él y nos indicó que, efectivamente, era una caja fuerte, que llevaba ahí décadas y que, seguramente, estaba abierta. No era así y no había forma de abrirla, por lo que llamaron a una unidad especial de la Policía Nacional.

Llegaron dos agentes con monos azules y comenzaron a maniobrar con la caja. Al no poder abrirla acordaron perforarla con un equipo que traían e introdujeron una pequeña cámara que les permitía ver todo su interior: la caja, efectivamente, estaba vacía, por lo que todos los esfuerzos, y más de dos horas de trabajo policial, corroboraban lo que se les 203 había dicho. Meses más tarde sufrimos un extraño robo en el cual no se llevaron nada, y por sorprendente que parezca los «ladrones» trajeron un soplete especial para abrir esa misma caja fuerte que, hasta el 21 de octubre de 2019, era desconocida para nosotros.

El clonado de mi teléfono, auténtico objetivo de toda la operación, seguía sin poderse realizar, y mientras todo esto sucedía Isabel iba recibiendo cientos de llamadas de familiares, amigos, clientes, periodistas, etc., y me iba informando. Eran momentos complejos y todos los apoyos recibidos ese día se agradecieron y se agradecen mucho, pues es en situaciones como esa en las que uno ve con quién cuenta y con quién no. A mí, entonces y ahora, lo que realmente me preocupaba era Elena y cómo estaba yendo su jornada escolar; en realidad, no me preocupaba tanto ese día como los siguientes, porque cuando se filtró la noticia ella ya estaba en el colegio y, por tanto, sus compañeros no contaban con información, pero al día siguiente sí que la tendrían y eso podía pasarle una dura factura a nuestra hija.

Sobre las 21.30 llegó al despacho Eduardo García- Peña, abogado al que designé, junto a Francisco Andújar, para mi defensa. Ambos son no solo grandes abogados, sino buenos amigos, y en sus manos me siento absolutamente seguro. Eduardo venía muy acelerado de un largo juicio, y cabreado con la situación pero no sorprendido porque, estando ellos personados en el mismo procedimiento, conocían las declaraciones de Puentes Saavedra y sabía cuán falsas e interesadas eran.

Nos reunimos en mi despacho un buen rato, Eduardo habló con el compañero que había enviado el decano y luego se instaló en la sala de reuniones, donde seguía el proceso para clonar mi móvil. Sobre la medianoche terminó el proceso y, antes de irse, la policía montó una pequeña caja de esas que se usan para sacar los efectos intervenidos; como no lo entendíamos, porque no se había intervenido nada, el representante del decano preguntó para qué era y, sin rubor, uno de los agentes dijo: «Después de quince horas no podemos salir con las manos vacías, esto está lleno de periodistas».

Sí, los periodistas seguían ahí y yo ni me había dado cuenta de que, por la mañana, uno había intentado entrar diciendo que era «prensa policial» y venía, como el resto de policías, con un chaleco policial; fue Isabel quien lo impidió porque, sinceramente, yo ni me enteré de ese episodio hasta muy avanzada la noche. Teniendo una unidad de «prensa policial» no me extraña que sean tan comunes las filtraciones que se producen de causas secretas, con lo que ello implica a nivel de respeto a la presunción de inocencia y a lo expresamente establecido en la Directiva Comunitaria 2016/343, que por lo visto en España creen que no les afecta.

Una vez se fueron, y como habíamos pedido a nuestra compañera Rocío que se acercase, nos sentamos los tres con Eduardo a estudiar los pasos que debíamos seguir toda vez que me habían dejado citado para declarar, en calidad de investigado, para el miércoles siguiente, 23 de octubre. Además habían bloqueado mi cuenta personal y la del despacho, lo que, estando a fin de mes, nos generaba serios problemas.

Cuando terminamos, cada cual se fue a su casa después de ser abordados por una periodista joven que era la única que seguía «al pie de la noticia». Después de contestar a sus preguntas, Isabel y yo nos fuimos a coger el coche y regresamos a casa, donde Elena dormía plácidamente. Aprovechamos para hablar con su cuidadora y explicarle lo sucedido, aunque ella lo tenía bastante claro, y darle una serie de pautas para el día siguiente, ya que nosotros teníamos que ir a Barcelona y hacer noche allí.

Casi sin dormir, porque la cabeza no paraba de darme vueltas, sobre las 5 de la mañana me levanté, me duché, me vestí y saqué a pasear a Lili. Con las imágenes del día anterior muy vivas, puse atención a cualquier cosa que me llamase la atención durante el paseo. Al regresar salí disparado al aeropuerto ya que volaba a las 07.00 a Barcelona e Isabel lo haría a mediodía; por la tarde yo tenía una serie de reuniones y ella una mesa redonda organizada por la gente de VilaWeb.

Estaba agotado, pero no dormí durante el viaje porque tenía mil cosas en la cabeza y no fueron pocas las personas que me saludaron durante el vuelo y dieron discretas pero claras muestras de apoyo. Al llegar a Barcelona cogí un taxi para ir al hotel donde nos alojaríamos y dejar el equipaje para moverme con más tranquilidad. El taxista fue muy discreto, me saludó y no dijo nada, pero al llegar a mi destino y preguntarle por el importe me dijo: «Si le cobro a usted, después de todo lo que está haciendo por nosotros y de lo que está padeciendo, mi mujer me echa de casa. Le deseo mucha suerte, señor Boye».

Al entrar en el hotel, el mismo donde nos alojamos siempre, las muestras de apoyo y cariño por parte de los trabajadores fueron un no parar y, mientras me tomaba un café, apareció uno de los dueños a darme un abrazo y todo su apoyo. Así sería durante todo el día allí adonde fuese, y sinceramente es algo que tanto Isabel como yo agradecimos entonces y agradecemos ahora.

Tuve una primera reunión en el despacho de Costa a la cual se acercó Cekpet, que llegó un poco tarde porque se nos olvidó pedir una credencial para su acceso al Parlament; en ella hicimos una breve valoración de lo sucedido con el registro de mi casa y despacho, pues había que discernir a cuánta documentación confidencial habían podido tener acceso. Inmediatamente nos pusimos a trabajar, no teníamos tiempo que perder toda vez que nos vencía un tema del Supremo relacionado con la demanda que habíamos interpuesto por no notificar al Parlamento Europeo los resultados electorales y su correcta proclamación.

Nada más salir de allí me fui caminando al Palau de la Generalitat, donde tenía prevista una reunión con el president Torra y su equipo para ir preparando su juicio, que se celebraría en tres semanas. Como siempre hago cuando acudo a una reunión con el president Torra, antes de llegar pregunto por dónde hay que entrar, pues su agenda es muy compleja y nos reunimos en una u otra zona del Palau en función de ella. Se me informó de que entrase por delante y al acceder me estaban esperando y me escoltaron para subir al patio de los naranjos. En el rellano de la escalera estaba ya el president Torra; me sorprendió la situación, pero al acercarme a él me dio un fuerte abrazo y me dijo: «Aquí te recibimos como a una autoridad. Confiamos en que tú, Isabel y Elena estéis bien después de lo de ayer».

Fue un claro acto de cariño y apoyo que me vino muy bien, y hasta después de salir del Palau no supe que el president Torra, muy valientemente, había tuiteado una foto que nos hicieron al saludarnos con un mensaje de apoyo. Se lo agradezco mucho porque, como digo, es en estos momentos donde uno sabe con quién cuenta y con quién no. Comí con el president Torra y su equipo, y aprovechamos ese tiempo para revisar algunos temas de su juicio y, sobre todo, algunos planteamientos que queríamos hacer, pues si bien técnicamente eran acertados requerían ser contrastados con el defendido porque, como he dicho en más de una ocasión, defender a un político implica no solo el uso de la técnica jurídica, sino también la comprensión de a quién se está defendiendo y qué defiende el defendido. Abstraerse de ello es renunciar a ver la realidad y dejar coja la defensa; un buen abogado siempre mira la situación en su conjunto y no la segmenta; de hacerlo solo demostrará una escasa o nula comprensión sobre el encargo profesional que ha asumido.

La reunión fue fructífera, logramos avanzar mucho y dejamos establecida la agenda previa al juicio, en que ya abordaríamos aspectos más puntuales que en esos momentos no eran necesarios. El president Torra tenía las ideas muy claras, su condición de abogado facilita mucho la discusión jurídica, y compartía plenamente la línea de defensa escogida.

Al salir fui a otra reunión con una buena amiga abogada para comentar todo lo sucedido el día anterior; ella era consciente, desde hacía tiempo, de que me habían transformado en un objetivo que abatir y, por tanto, que algo así podía suceder en cualquier momento y bajo cualquier pretexto. Lo estuvimos analizando todo por espacio de cerca de dos horas para irnos juntos al acto en que participaba Isabel. Cuando llegamos nos dimos cuenta de que estaba lleno a rebosar, y es que era un buen panel: Jon Iñárritu e Isabel Elbal presentados o moderados por Josep Casulleras. Nos sentamos donde pudimos y seguimos el acto con mucha atención; la conversación, porque no era debate, fue tremendamente interesante, en un tono amable y con mucha profundidad.

Al finalizar nos fuimos a cenar con Josep, Jon, Vicent Partal con su esposa e hija y algunos amigos, entre ellos Costa y Miriam. Fue una cena muy agradable, pero siempre he tenido la impresión de que todos estaban como despidiéndose de mí, pues eran conscientes de que al día siguiente comparecería en la Audiencia Nacional y poco o nada se sabía de lo que allí me esperaba y se pudiese decidir. Por eso, al despedirnos, todos nos dieron fuertes y emotivos abrazos.

Después de dormir muy pocas horas, nos levantamos y partimos al aeropuerto, ya que teníamos que coger el primer vuelo de la mañana. Al subirnos al avión una de las azafatas me dio la mano y me dijo: «Mucho ánimo, señor Boye, somos muchos los que le apoyamos y confiamos en que vaya todo bien». Esa no fue la única muestra de apoyo vivida en ese vuelo, ya que muchas personas pasaron junto a nosotros dándonos muestras inequívocas de cariño. También, es innegable, todos nos miraban con cierta pena.

Al llegar pasamos por el despacho para hablar con nuestros compañeros, dejar el equipaje y coger algunos documentos que podíamos necesitar. Una vez hablamos todos, y tras tomar un par de cafés, salimos hacia la Audiencia Nacional, ya que habíamos quedado con Francisco Andújar en una cafetería cercana; Eduardo García Peña vendría cuando terminase un juicio por jurado que tenía ya comenzado.

Cuando llegamos a la cafetería en la que habíamos quedado con Paco, nos saludamos efusivamente y comenzó a explicarnos lo que había preparado; a medida que avanzaba vi no solo lo mucho que conocía la causa, sino lo preocupado que estaba por si adoptaban una medida de prisión provisional. Paco es muy buen abogado y, en este caso, le tocaba defender a un amigo; conociendo como conoce la Audiencia Nacional, venía preparado para todo.

Minutos antes de la hora prevista cruzamos hacia la Audiencia y allí nos encontramos con muchos periodistas de diversos medios de comunicación; gran parte de ellos conocidos o amigos nuestros de tantos años trabajando allí. En general fueron muy respetuosos y nos preguntaron si haríamos declaraciones en ese momento o al salir y contesté rápidamente: «Al salir». Creo que lo hice como reforzándome en la idea de que saldría a pesar de no saber a qué me enfrentaba.

La jueza nos hizo pasar con exquisita puntualidad y me ofreció sentarme en el estrado para declarar, pero decliné su oferta indicándole que me sentaría donde me correspondía en función de mi situación procesal. No quise ser desagradable, pero creo que era lo correcto. Como ya me habían leído mis derechos como investigado, fue al grano indicándome que me encontraba allí expresa, única y exclusivamente en relación con un presunto delito de blanqueo de capitales, porque habría fabricado unos contratos mercantiles para intentar recuperar un dinero incautado en Barajas a unos clientes míos. Me explicó, aunque yo ya lo sabía, que la pieza de blanqueo de capitales de la causa que se seguía en contra de mis defendidos había sido declarada secreta y me preguntó si iba a declarar.

Tal cual habíamos acordado con Paco e Isabel, y también antes con Eduardo, indiqué que, primero, me ratificaba en lo dicho en un escrito presentado el 26 de julio, después de las declaraciones de Puentes Saavedra. Dije que no había cometido ningún delito pero no podía declarar al estar la causa secreta y sin saber en qué medida y sobre qué base mis defendidos se podían ver afectados; de hacerlo podía incurrir en un delito de deslealtad profesional o de revelación de secretos. Por tanto, cuando se levantase el secreto de las actuaciones, hubiese visto en qué medida se veían o no afectados mis defendidos y, llegado el caso, solicitase las oportunas dispensas de secreto profesional, yo mismo pediría comparecer y declarar.

Mientras iba explicando mi postura, el fiscal asentía con la cabeza porque todo lo que les estaba diciendo era de una lógica jurídica apabullante. Un abogado, en una situación como esa, primero debe velar por los intereses que tiene encomendados, luego por el respeto a la legalidad y, finalmente, por su propia situación: ese y no otro es el orden que ha de seguirse. Esto, en resumidas cuentas, nos pone, a mí y a cualquier abogado en mi situación, en una tesitura extremadamente compleja... básicamente en una posición de indefensión.

Al terminar de hablar, el fiscal intentó solicitar una medida cautelar consistente en firmar ante la autoridad judicial los días 1 y 15 de cada mes, a lo que con sólidos argumentos se opuso Paco, mi abogado, con mucha coherencia y vehemencia. Cuando me concedieron la palabra traté de ser lo más claro posible: no es necesaria la medida porque todos los días del año estoy a disposición judicial, el daño reputacional ya hecho es bastante y una medida cautelar lo sería aún más; además, una medida de esas características podía afectar a derechos de terceros, ya que una parte importante de mis defendidos vive en el extranjero y comparecer quincenalmente me impediría desarrollar libremente mi profesión.

La jueza, que iba mirando todo atentamente, dijo muy directamente: «Voy a dejarlo claro: no voy a adoptar ninguna medida cautelar porque no es necesario, así que esta comparecencia ya ha finalizado». Luego firmamos todos el acta, Isabel incluida porque estuvo presente en toda la diligencia, y salimos con la intención de atender a los medios con los que nos habíamos comprometido antes de entrar y en lo que tardamos unos quince minutos.

No eran pocos los periodistas que no entendían lo sucedido pero eran perfectamente capaces de darse cuenta de que nada era inocuo y que las coincidencias no existen en la vida, mucho menos en la Audiencia Nacional, por lo que sus preguntas iban en esa dirección: «¿Por qué crees que ha pasado todo esto?».

Estábamos terminando cuando llegó Eduardo y los cuatro cruzamos a otra cafetería para tomarnos una merecida cerveza y ponerlo en antecedentes de cómo se había desarrollado todo y de cuáles eran los siguientes pasos toda vez que se pretendía acceder al contenido de mi móvil, a mis correos, y habían decretado el embargo preventivo de mi cuenta bancaria... Trataban de paralizarnos.

Al llegar al despacho nos reunimos con todos los compañeros que esperaban ansiosos por saber cómo había ido todo y qué había sucedido. Fuimos bastante detallistas a la hora de dar explicaciones, más bien lo fue Isabel, que es quien tiene la paciencia y, justo al finalizar, les indicamos que, si alguien se sentía incómodo en el despacho o consideraba que era mejor no seguir con nosotros, lo entenderíamos; la respuesta fue unánime y, a lo largo de estos meses, nuestro equipo ha ido demostrando que no solo lo fue de compromiso, sino por convicción: nadie mejor que la gente del despacho para saber cómo trabajamos, qué hacemos, qué no hacemos y que, en este caso, no se trata más que de un montaje por el cual una persona presuntamente involucrada en dos delitos de tráfico de drogas, y también presuntamente en un asesinato, fue puesta en libertad después de declarar en mi contra... Blanco y en botella.

Por la tarde, y de forma inesperada, llegó al despacho una gran amiga que estaba de vacaciones en Madrid y al ver las noticias pasó a saludarnos y a ofrecernos todo su apoyo en lo que pudiésemos necesitar; el gesto no pasaría más allá de lo anecdótico si no fuese por el puesto que ocupa como fiscala jefa de Lavados de Activos en su país. Nos tomamos unos cuantos cafés y le estuvimos explicando todo lo sucedido y, al final, sentenció: «Eso no es lavado ni es nada, simplemente han venido a molestarle y a preocuparle».

Por la noche tuve una larga conversación con Wolfgang Kaleck, que estaba preocupado por la comparecencia en el juzgado y quería todos los detalles. Entre mi anterior conversación, el lunes cuando se produjeron los registros, y ahora había una novedad importante: Diego García-Sayán, reportero especial de Nacional Unidas para la Independencia de Jueces, Fiscales y Abogados, había emitido un comunicado expresando su preocupación por mi situación, y eso se había producido en un plazo de veinticuatro horas, lo cual deja patente el nivel de preocupación que mi situación generó a nivel internacional. Era la primera vez que su gabinete emitía una comunicación de este tipo respecto a un abogado en un país de la Unión Europea... Así de grave era todo y así lo asumió el reportero especial.

Las llamadas y mensajes de apoyo no cesaron en todos esos días y, como he dicho muchas veces, son muy de agradecer porque es lo que al final cuenta. Entre los mensajes destaco uno de Edward Snowden en que me decía: «Permanece libre, amigo mío. Estoy contigo». Lo destaco porque Ed sabe muy bien lo que es ser perseguido no por delinquir, sino por hacer lo que se considera correcto. Todo el jueves lo dediqué a contestar correos, sacar escritos y atender llamadas, y también a darle vueltas a la situación que me habían construido y a cómo eso terminaría afectando a Elena, que hasta ese momento no había tenido problemas en el colegio y a la cual Isabel había preparado mucho por si sucedía cualquier cosa.

Lo triste de todo es que estas cosas ocurran sin más y, abiertamente, para mermar el derecho de defensa de quienes no son considerados como oponentes, sino como auténticos enemigos. El viernes a primera hora salí hacia Bruselas donde teníamos programada una reunión del Brussels Team y también con el president Puigdemont, Lluís y Toni, toda vez que era inminente que cursasen las órdenes de detención en contra de ellos. No sabíamos el día, pero estábamos seguros de que así sucedería y, por tanto, teníamos que evaluar cómo lo habíamos hecho en el caso del president Puigdemont y qué había salido bien y qué mal; sin autocrítica no hay progreso y en un trabajo como este resulta fundamental para no tropezar dos veces con la misma piedra.

En el aeropuerto me estaba esperando Christophe Marchand, que me recibió con un fuerte abrazo, muy emocionado de verme libre; como somos amigos desde hace muchos años, sé que su preocupación era sincera. Aparte de eso, Christophe y yo habíamos hablado hacía más de un año de que era posible que se intentase alguna acción policial, y seudolegal, en mi contra para tratar de neutralizar la estrategia internacional. Del aeropuerto nos fuimos directamente a Waterloo y, nada más entrar, tanto el president como Jami me dieron sendos abrazos y me preguntaron todo tipo de detalles sobre lo sucedido; ellos habían estado en todo momento en contacto con Isabel durante los registros, pero no es lo mismo que contar las cosas directamente.

Poco después llegó Lluís, y más tarde y con algo de retraso —tengo que decir que poco para lo que es habitual en él— Toni. Ambos fueron muy cariñosos y estaban sinceramente preocupados, eran y son conscientes de que este tema no hubiese sucedido de no llevar la defensa que llevamos. También lo era mucha gente, unos lo admiten y otros no, pero es evidente que algo así no habría sucedido sin el papel que me ha tocado jugar en este caso.

Sobre las 12.00 llegaron Paul, Simon y Michelle Hirsh, y dimos comienzo a la reunión con la revisión de lo sucedido durante la comparecencia del president Puigdemont buscando cómo evitar que algo así volviese a suceder; el tiempo que transcurrió entre comisaría, fiscalía y juzgado fue excesivamente largo y debíamos buscar la forma de acortarlo. Después de dar muchas vueltas encontramos la manera y todos estuvimos de acuerdo en que era la mejor solución, porque no podíamos renunciar a plantear, en el caso de Toni, el tema de la inmunidad.

Superado el tema de análisis y decisiones sobre la primera fase de la euroorden de Toni y Lluís, teníamos que abordar una no menos relevante: llevar los tres procedimientos a un mismo tiempo porque existen elementos de lógica jurídica, pero también de derechos fundamentales, que obligan a hacerlo así. Al president y a Toni se les reclama por un delito de sedición en concurso medial con otro de malversación, y a Lluís se le reclama por uno de desobediencia y otro de malversación que, dicho así, parece sencillo, pero técnicamente hablando es algo bastante complejo en el marco de una euroorden.

Cuando terminamos la reunión, Toni y yo nos quedamos con el president y la conversación discurrió, más bien, sobre el tema del Parlamento Europeo y los diversos escenarios a los que nos podríamos enfrentar en cuestión de días o semanas, ya que, de una parte, el recurso de casación en contra de la decisión que nos denegó las cautelares estaba listo para sentencia y podía resolverse en cualquier momento y, de otra, en el tema de las prejudiciales de Junqueras estaba previsto que el abogado general se pronunciase en dos semanas. Finalmente, respecto de nuestra demanda de anulación solo faltaba fijar fecha para la vista oral.

Todos los caminos estaban abiertos y lo que uno y otro me pedían era un escenario lo más realista posible; para ello lo mejor es pensar qué haría uno si estuviese en los zapatos del otro. Así es como hemos operado todo este tiempo y así es como mejor nos ha ido. Les indiqué que, en mi opinión, nadie diría ni movería nada mientras no estuviese el informe del abogado general, previsto para el 12 de noviembre, que abordaría en un único documento la globalidad del problema planteado porque no podía permitirse fisuras en la doctrina que emitiese; finalmente, que las resoluciones saldrían por orden de mayor a menor en función del nivel de la Sala.

Me dijeron: «Traducido, ¿eso qué significa?», y expliqué que, en mi opinión, primero saldría el informe del abogado general en el que daría respuesta a lo de Junqueras, a nuestra casación y a nuestra demanda de anulación, luego se pronunciaría la Gran Sala, es decir el TJUE en pleno, que lo haría en el caso de Junqueras, y luego la vicepresidenta del TJUE, que iría en la línea marcada por el abogado general y la Gran Sala para, finalmente, hacerlo el Tribunal General en relación a la demanda de anulación. Ante ese escenario Toni hizo una de sus clásicas, por agudas, preguntas de cierre: «¿Y cuándo habremos ganado?». A esto contesté que cuando tengamos las dos primeras, porque el abogado general sienta la doctrina del TJUE y la Gran Sala su jurisprudencia, y en un caso así necesitamos de ambas.

Las cosas quedaron claras, pero, antes de separarnos, acordamos un plan de actuación para las siguientes semanas, que, como creíamos y luego así se demostró, serían claves dentro de la estrategia política y jurídica que se había gestado dos años antes a partir de que ellos tomaran la decisión de exiliarse, sobre la base de los distintos «Efectos Dominó» que les fuimos enviando.

Con el tiempo justo llegué al aeropuerto para coger el último vuelo de regreso a Madrid, pues quería pasar el fin de semana en casa y reunirme con calma con mis amigos y abogados para revisar la situación en la que me habían metido, sin comerlo ni beberlo, a partir de la declaración de Manuel Puentes Saavedra, cuyas múltiples contradicciones y mentiras habían servido de base para investigarme y acordar una entrada y registro en nuestra casa y despacho.

A pesar de la ingente actividad, mi estado de ánimo no era el mejor, puesto que no paraba de darle vueltas a la situación, a cómo enfrentarla y al mucho daño que se nos había hecho y, sin duda, aún se nos podía hacer. Mi cerebro bullía pensando en Elena y las consecuencias que todo esto tendría para ella, que es, por su edad, la que más lo sufre y la que menos herramientas tiene para combatirlo.

El sábado, a primera hora, me fui al supermercado para hacer las compras de casa y lo necesario para hacer una barbacoa a la que vendrían Eduardo, Carola y la hija de ambos, así como Paco, Salva y Marta, también con su hijo. La idea era que mientras nosotros hablábamos los niños se entretuviesen y, de esa forma, que no se convirtiese en una aburrida reunión de mayores para nuestra hija.

Fue un día muy agradable, lo revisamos todo y, como siempre ocurre con Eduardo y Paco, sus impresiones eran las correctas y tanto Isabel como yo necesitábamos conocerlas para saber qué terreno estábamos pisando. Ya al anochecer la conversación derivó hacia el tema del caso de nuestros defendidos catalanes y cómo podría terminar todo; meses más tarde, Salva me ha recordado que esa noche dije algo que le llamó mucho la atención: «Les vamos a ganar la partida, de eso no me cabe duda, y mi única preocupación es cómo me lo van a cobrar desde las cloacas del Estado». El precio aún está por fijarse.

El lunes 28 cogí el primer vuelo a Barcelona porque tenía señaladas unas declaraciones en un juzgado de Sabadell por una querella presentada en defensa de los intereses de una farmacéutica palestina. Al llegar al juzgado nos informaron de que se suspendía dicha diligencia porque los testigos no habían sido localizados; estas cosas suceden y es tiempo que los abogados perdemos pero que nadie valora.

Por la tarde tenía que dar una charla en Hospitalet y, durante el día, acudí a varias reuniones que había organizado para revisar y resolver diversos temas. Como no podía ser de otra forma, también me reuní con Costa y con Cekpet, los tres desbordados, y es que nuestra estrategia en relación al tema del Parlamento Europeo tenía un punto débil: nuestro agotamiento. Fueron tantas las demandas que interpusimos por los diversos temas que 217 fue entonces cuando comenzábamos a ver cuánto trabajo genera gestionar, en paralelo, tantos procedimientos, que además han de ser contestados al más alto nivel porque cualquier cosa que dijésemos sería utilizada en contra de lo que estábamos defendiendo.

Para ordenarnos habíamos confeccionado en el despacho una hoja excel de procedimientos con sus correspondientes temas, el estado de cada cual y lo que tendría que ir pasando en cada demanda o procedimiento y en la fase en que nos encontrábamos. Es un esquema que refleja muy bien que el camino a Europa no era sencillo pero sí posible, así es que nada más sentarnos los tres sacamos la hoja y establecimos quién hacía qué en cada situación para, de ahí, discutir nuevas vías dentro de cada procedimiento, así como comentar los puntos esenciales de lo que estaban planteando los contrarios y a los que deberíamos dar respuesta en breve.

Nuestras reuniones suelen ser bastante ejecutivas porque, de una parte, mantenemos comunicación constante y, de otra, porque los tres sabemos muy bien lo que estamos haciendo y cómo lo hacemos y, sobre todo, porque nos fiamos mucho de los criterios jurídicos de cada uno. Además, porque Cekpet tiene que robar tiempo a su trabajo y escaparse para acudir a las reuniones con nosotros. Obviamente nunca dejamos de discutir cuál es la respuesta más adecuada ni qué línea jurídica es la mejor, pero eso, entre buenos y cualificados profesionales, es algo que solo lleva a mejores soluciones.

El martes regresé a Madrid después de tener varias reuniones a primera hora en Barcelona; debía estar en el despacho antes de mediodía porque había quedado con clientes que venían de fuera y, además, no podía postergar una comida con un buen amigo al que también habían tratado de causar daño con la campaña de desprestigio orquestada en mi contra, que tan rabiosamente se había reeditado a partir de las entradas y registro.

El resto de la semana lo usé para ir sacando trabajo de despacho, atendiendo diversas reuniones y tratando aún de digerir todo lo que había sucedido desde el 21 de octubre y cómo ello afectaría al despacho, a nuestra familia y, en especial, a nuestra hija pequeña.

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13 de junio de 2020 - 21:49 h

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