OPINIÓN | Catalunya: la oscuridad
Con tanto bullicio de alegres jubilados, acabas en la cafetería del AVE. En la sinuosa barra me topo con periódicos capitalinos. La unanimidad es preocupante y compacta, no hay sitio para la disidencia, todos contra la calamidad del separatismo, manifiestos, firmas, la amenaza aglutina; igual habría pasado si la velocidad me trajera allende el Ebro. Unanimidad en lo suyo en ambas orillas, imposible disentir.
Estamos en un tiempo polar y también lanar, por ideología o por salvar el futuro precario que acaba con el más pintado. Es el tiempo de la mediocridad del pensamiento. Si acaso, irrumpe en el debate la reclamación o la acusación y señalamiento de equidistancia. Yo no me declaro equidistante, reclamo ser distante de los unos y de los otros, es mi libertad; soy distante de todos pero cercano e involucrado en la defensa de las libertades y la democracia. Las libertades están en peligro, la primera la libertad de expresión. Sin ella, el ejercicio de las demás libertades es una quimera. Así lo supieron, y a ello dedicaron sus vidas, los primeros demócratas de las dos orillas del Atlántico cuando aquí lo más original que se nos ocurría eran golpes tras golpes, espadones con fusiles y crucifijos, contra todo aquel que propusiera algo de libertad.
Si no estás con uno de los dos te machacan, tiempos de invierno nuclear, oscuridad construida con las cenizas de panfletos, nóminas debidas o soñadas, artículos escritos o radiados de ocasión, editoriales forzosas o meritorias, demoscopias de cámara, leyes aceleradas, fiscales dicharacheros, argumentarios de hambre y dependencia de lo que sea, precariedad material, sin duda, la que esclaviza la libertad.
No, entre el camino pedestre a la independencia y el rupestre a la unidad, no me da la gana de estar con nadie.