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Entrevista

Viola Ardone, la escritora de moda en Italia: “Los libros tienen que ser generadores de dudas”

Viola Ardone, en una imagen cedida por su editorial.

Juanjo Villalba

Barcelona —
6 de octubre de 2026 22:02 h

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Hace ya más de cuatro años que comenzó la guerra en Ucrania y, como todo conflicto que se alarga en el tiempo, la opinión pública europea ha tendido a normalizarlo. Las noticias de nuevos bombardeos y el número de muertos y heridos se han convertido en música de fondo.

Tras una primera oleada de solidaridad masiva, la sobreinformación sobre el conflicto ha dado paso de forma casi imperceptible a un cierto olvido.

Frente a esta frialdad, la literatura, que tiene tiempos mucho más largos que los del flujo informativo, puede convertirse en un antídoto capaz de romper con nuestra coraza de insensibilidad y devolvernos la empatía. Así lo entiende al menos la escritora napolitana Viola Ardone, una de las voces más destacadas de la narrativa italiana, que acaba de publicar en castellano, dentro de la colección Random House, su nueva novela,Tanta vida todavía, traducida por Marilena de Chiara.

Tras su éxito con El tren de los niños y La decisión, obras en las que exploraba episodios silenciados de la posguerra y de la lucha por los derechos de la mujer en Italia, en esta ocasión la autora se fija en el impacto de la guerra en la vida de las personas.

Con una estructura a tres voces, la novela relata cómo se entrecruzan los destinos de tres personajes marcados por la ausencia y la pérdida. El primero es Kostya, un niño de diez años que huye solo de los bombardeos de Mariúpol. También está Irina, su abuela, una migrante ucraniana que trabaja en Nápoles como empleada doméstica tras haber estudiado Filosofía en Kiev. Finalmente, está Vita, una profesora de literatura sumida en una profunda depresión tras la muerte de su único hijo.

Ardone muestra en Tanta vida todavía su capacidad para abordar la historia contemporánea desde el punto de vista de las personas. Y lo hace además sin renunciar al humor ni a la ironía, recordándonos que incluso aunque el mundo estalle en pedazos, el afecto y la empatía todavía pueden salvarnos.

¿Cuál es el origen de esta novela?

Los tanques rusos atravesando la frontera de Ucrania supusieron para mí una señal de alarma. Pensé que si podía ocurrir eso, podía suceder cualquier cosa.

Entonces pensé tres cosas: la primera fue que la paz y el derecho internacional no se mantienen solos. Son como los árboles centenarios, que hay que cuidarlos continuamente. También que la guerra es algo que siempre nos concierne, incluso cuando aparentemente no afecta a nuestro país.

Finalmente, que la guerra solo genera cosas negativas, pero también, desde la Ilíada de Homero hasta ahora, es una fábrica de historias. En ellas las personas se mueven, se encuentran, sus destinos se entrecruzan, y entonces me pregunté de qué forma está vinculado esto con mi vida, con mi historia.

Tengo la sensación de que, aunque tenemos muchas noticias sobre la guerra de Ucrania, no tenemos mucha idea de sus auténticos efectos en las personas.

Era lo que quería contar. Al principio estábamos todos muy implicados, luego nos volvimos insensibles. Ahora esta guerra casi nos molesta porque sigue y nos hace preguntarnos si estamos apoyando lo suficiente o no.

Creo que el antídoto a la indiferencia es acercarnos a las historias personales. En literatura la historia de una persona vale más que la de todo un país. Pienso que la literatura es la ciencia de las personas particulares.

Hay cierta dosis de humor e ironía en su novela. ¿Qué función cumple?

La ironía es una manera de vivir lo real. En los momentos más dolorosos o trágicos siempre hay algo que te hace ver las cosas desde otro punto de vista. Esto es el sentido del humor. Una mirada que no le quita nada de drama.

A veces incluso lo aumenta.

Sí. De hecho, para mí contar historias es como tocar un instrumento. Tienes que tocar todas las teclas y no solo la octava más baja que te impulsa a llorar.

Quizá es un poco feo decirlo, pero cuando escribo, no estoy pensando en los lectores

Todos nos contamos historias para seguir viviendo, también los personajes de su novela. Pero, ¿cuál es el límite al que pueden llegar esas historias? ¿Cuándo deja de protegernos esa ficción?

Creo que la ficción no nos protege del mundo exterior, pero sí que hace que estemos más al descubierto, que seamos más permeables a lo que pasa a nuestro alrededor. Necesitamos que se nos exponga más, o sea nos quita como una coraza.

El mundo de la información nos coloca una coraza a nuestro alrededor. Y nos produce miedo, y el miedo hace que nos encerremos, ya sea en nuestras casas, en nuestros miedos o en nuestros prejuicios y, en cambio, la literatura hace que nuestro techo se abra. Quizás nos mojaremos, pero entenderemos qué significa que nos mojemos, y nos volveremos más sensibles.

En las historias de todos los protagonistas la ausencia es muy importante. ¿Qué le interesaba explorar a través de las distintas formas de pérdida que aparecen en la novela?

Creo que todos somos un puzle al que le falta alguna pieza y eso nos da la posibilidad de ser solidarios entre nosotros. Cuando ves que al otro le falta una pieza, nuestro propio agujero no nos resulta tan pesado.

En la novela hay tres personajes a los que les faltan piezas. La casa del niño, Kostya, se derrumbó sobre su cabeza. Vita también ha sufrido un bombardeo en su vida, pero de otro tipo, y lo que destruyó ya no se puede volver a construir.

La historia del niño tiene la capacidad de sacarla de su casa y volver a colocarse en el camino. Los personajes de la novela son muy diferentes, pero cuando sus burbujas explotan, se convierten en una pequeña comunidad, que podemos llamar familia, y pueden hacer algo que solos nunca hubieran podido hacer.

Los libros tienen que ser generadores de dudas

Defiende una literatura centrada en conmover al lector y no en “escribir para otros escritores”. ¿Cómo equilibra su ambición literaria con el compromiso de crear historias accesibles que conecten con los lectores?

Quizá es un poco feo decirlo, pero cuando escribo, no estoy pensando en los lectores. Yo escribo para mí y para mis personajes y punto. Por otra parte, yo soy profesora y cuando explico una lección, no lo hago solo para los que están en la primera fila, sino para toda la clase. Y esto no significa bajar el nivel o simplificar.

Sé que tengo que ser buena para que el mismo contenido pueda llegar a las últimas filas de la clase. Tengo que captar su atención, porque si no se van a dormir. Lo mismo hago en la literatura. Siempre hay que imaginar que hay alguien en la última fila y yo quiero llegar a él. Este es mi deseo y mi ambición.

¿Cuál es para usted el mensaje principal de Tanta vida todavía?

No hay exactamente un mensaje, pero me gustaría que los lectores y lectoras cerraran el libro con muchas preguntas. Los libros que más me han gustado en la vida son los que no he acabado de entender.

Por ejemplo, Viaje al fin de la noche de Céline o En busca del tiempo perdido de Proust. Acabé esos libros con dudas y me daban ganas de volverlos a leer. Son novelas que se parecen a un cubo de Rubik, pero al final su mensaje llega al lector.

Los libros tienen que ser generadores de dudas. Por ejemplo, con mi novela me gustaría que el lector se planteara ¿qué quiere decir ser un héroe? O, ¿qué es el patriotismo? ¿Qué es la traición? Ese tipo de cuestiones.

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