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A favor y en contra de 'Captain Fantastic', de Matt Ross

¿Se puede educar y vivir al margen del sistema? Dos visiones de una de las películas más controvertidas de los últimos años

Viggo Mortensen es el capitán protagonista de esta tragicomedia que pone sobre la mesa un conflicto nada desdeñable

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'Captain Fantastic'

A favor: Una utopía del amor

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

Captain Fantastic

 

Las convicciones son un elemento crucial en la película, que ofrece una crítica a la sociedad estadounidense más allá del tono sarcástico de Mortensen y que se convierte en la base de lo que quiere transmitir ‘Captain Fantastic’: que queremos construir un mundo mejor que aquel en el que vivimos, porque ahí fuera solo vemos personas ignorantes, enganchadas a los videojuegos y que no hacen suficiente deporte y están gordos. Mientras tanto, los seis niños hablan múltiples idiomas, son prácticamente atletas de élite y tienen conocimientos claramente superiores en política, ciencias y artes. Pero, ¿es suficiente? ¿es esto lo que necesita nuestra sociedad?

El relato deja rápidamente clara la respuesta: no. Son fuertes pero también débiles, porque solamente conocen lo que han creado en su propio mundo, que parece de fantasía a pesar de las inclemencias que sufren. Pero el poder del experimento familiar y sociológico que han creado deja su mella en todos, incluso en aquellos que deciden optar por la rebeldía y querer vivir en el mundo de los normales. Es el amor el que salva a Ben de la soledad, de la culpa, de la rabia, de la tristeza. Un amor que nace precisamente de la certeza de que no son como los demás, de que su vida tiene un propósito muy claro: la supervivencia, pero nunca solos, siempre juntos.

El relato no oculta el extremismo y la intolerancia de esta familia, pero esto no los convierte en unos personajes insoportables, sino que incluso les ofrece un carácter dulce, ingenuo, incluso rozando la infantilidad. Esto lleva al espectador al quid de la cuestión: desprenderse de lo innecesario y lo superfluo para poder encontrar lo esencial, la fuerza que está dentro de nosotros mismos y así trabajar por la vida que queremos. No en vano viene la cita de Noam Chomsky, una suerte de Papá Noel para los Cash: “Si asumimos que hay un instinto por la libertad, entonces habrá una oportunidad para cambiar las cosas”.

Captain fantastic

Alrededor de una pira funeraria, un guiño a costumbres ancestrales que celebraban y no lloraban la muerte de sus seres queridos, se baila y se canta ‘”Sweet Child O’Mine”, un himno popular que resume perfectamente bien visión paralela de la vida que se retrata en la película, de jóvenes prodigiosos que sólo quieren ser normales y admitidos por sus semejantes. “Mi cara es mía, mis manos son mías, mi boca es mía, pero yo no. Yo soy tuyo”, es la declaración de Ben a su mujer Leslie, que sufre en la película de un trastorno que también tiene dos partes: el bipolar. La actuación de Viggo Mortensen no ofrece ningún altibajo: funciona como un poderoso pilar y un camino para los más jóvenes: no en vano el mismo actor es sumamente ducho en técnicas de supervivencia, políglota y con reconocidas habilidades en distintas ramas de las artes. ¿Quién mejor que él para este capitán fantástico?

En contra: un precioso error

‘Captain Fantastic’ propone una Odisea singular. Nos habla de Ben Cash (Viggo Mortensen) y de sus seis  hijos, los cuales se ven obligados a regresar a la civilización tras años criándose aislados de la sociedad, en los bosques del norte de EEUU. Alejados de cualquier tipo de comodidad consumista,  centrados en la lectura incesante de libros y entregados a un programa extremo de entrenamientos que les permite sobrevivir en plena naturaleza.

La celebrada producción de Matt Ross es una película provocadora y apasionante, que hace gala de un inteligente sentido del humor, pero que cuenta con un “precioso error” como  punto de partida. Y es que no consigue alcanzarnos de lleno, tocar ese territorio mental donde se ubican nuestras fantasías sobre los paraísos perdidos o anhelados. Y eso que al sueño descabellado de nuestro Capitán Fantástico no le falta atractivo, al menos, en el plano teórico. Él y, en otros tiempos, también su mujer, se propusieron criar a sus vástagos como si fuera posible que el hombre volviera a sus orígenes y, al mismo tiempo, pudiera refugiarse en una especie de República de Platón. Una buena causa que “bien vale una misa”, pero que en este caso se nos queda a las puertas, en el  umbral de una Shangri-La impostada, con cierto postureo y rebeldía a corto plazo.

Captain Fantastic

Es decir, al romanticismo de la película le falta gancho y no tendría la menor importancia si no fuera porque nos plantea una desconexión empática con el protagonista desde el inicio de su aventura. Algo que puede resultar intrigante en otro tipo de historias, pero que no llega a encajar en una que acaba por tomar ciertos derroteros convencionales y en la que se nos pide cierto nivel de compromiso a la hora  entender el viaje emocional y mental que realizan sus personajes.

Ben es un tipo que ‘reza’ verdades como puños, mezcladas con pensamientos delirantes. Es un extremista que se atrinchera en sus hijos, unos “reyes filósofos”, esclavos eruditos que no saben “nada sobre nada” (“a no ser que haya salido en un puto libro”), para esconderse de una sociedad que detesta y a la que no pretende comprender.  Pero también es un hombre en lucha por construir un mundo mejor, comprometido con unos ideales y unos valores justos,  que acaba siendo derrotado por una realidad arrolladora y por un guion que parece acobardarse.

Existen ciertos “resbalones de credibilidad” en la narración (o fantasmadas argumentales innecesarias) que tampoco ayudan demasiado a la película, como el hecho de que ‘apenas un hijo’, en plena época de descubrir el mundo, se declare en rebeldía. Es  decir, manifieste abiertamente su rechazo a vivir completamente aislado, ajeno al confort de una sociedad que podría estar llena de atractivos para los jóvenes. O el sospechoso grado de ‘excelencia’ que se intuye en el método pedagógico integral empleado por el progenitor,  donde parece no haber espacio para la falta de motivación o para los individuos del montón.

Captain Fantastic

Sin embargo, la película también cuenta con momentos memorables, como ese retrovisor vacío, colmado de ausencias para un padre que se aleja de sus hijos o el hallazgo narrativo que supone ‘que te echen de tu propio funeral’. La interpretación de Mortensen es poderosa, sutil, tornasolada, y Frank Langella está soberbio como el abuelo usurpador, tan cruel como providencial. El humor  corrosivo, arrollador, es quizás el principal logro del film.

Mención aparte merecen sus planteamientos morales y filosóficos. Es una película que apela directamente a la conciencia del espectador para que tome partido ante temas polémicos o para, sencillamente, medir su grado de tolerancia hacia las propuestas de vida anti-sistema, más allá de la civilización capitalista que habitamos. En ese limbo de lo opinable, surgen un buen puñado de temas controvertidos y arriesgados. Por ejemplo, pone sobre la mesa  una necesaria reflexión sobre el sistema educativo más adecuado para que los jóvenes salgan de la cueva y realmente entiendan el mundo que les rodea. Habla también de los límites a partir de los cuales se llega al ‘maltrato infantil’. Incluso refleja la infelicidad inevitable del disidente, de aquel que sueña con un mundo mejor, pero se permite el lujo de pensar que siempre y, en cualquier caso, “el infierno son los otros”.

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