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Dolores Sarto

Dolores Sarto es periodista. Ha trabajado y colaborado en empresas como RBA, Unidad Editorial y en la agencia Europa Press. La mayor parte de su trayectoria profesional la ha desempeñado en el ámbito de la comunicación corporativa. El cine negro y sus perdedores, Orson Welles, el final de 'El Tercer Hombre' o la clavícula intercostal de Cary Grant en 'La fiera de mi niña' acabaron convirtiéndola en una espectadora adicta a los viajes emocionales del Séptimo Arte. Hoy, comparte sus opiniones de cinéfila 'amateur' en la bitácora Cinetario. “Está allí, en el mundo suyo, viento de cine, ese viento…” (Pedro Salinas)

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‘Lo que queda del día’, de James Ivory: amor sin suceder

Un millonario americano (Cristopher Reeve) es el nuevo propietario de la mansión Darlington Hall. Su mayordomo, el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), solicita de manera excepcional unos días de permiso para visitar a una vieja amiga. En el trayecto, Stevens viaja por su memoria para remontarse 20 años atrás, en los tiempos en los que el antiguo propietario de la casa señorial, un noble inglés (James Fox) se convierte en el anfitrión de personajes clave para la historia de Inglaterra de los años 30. De camino por sus recuerdos, Stevens también realiza una visita a la relación que mantuvo con la antigua ama de llaves, Miss Kenton (Emma Thompson). La amiga que ha de ser su destino.

El pasado año tuvimos noticias de él. Cuando nos deslumbró con una historia que parecía ser la de un primer amor accidental, pero acabó llevándonos por muchos otros derroteros, entre torpezas apasionadas, angustias y una felicidad sin miramientos. La excusa fue una suerte de encuentro entre dos hombres que lanzaba un mensaje directo a la mala conciencia de los que pasan de largo por su propia vida. En ‘Call me by your name’, James Ivory no estaba detrás de las cámaras, pero sí con la pluma en la mano, escribiendo el guion, y demostrando que es uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos.

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‘Mystic River’, de Clint Eastwood: a veces un hombre es solo un niño

Tres niños juegan al hockey en una calle de una barriada de Boston. Cuando la pelota se cuela por una alcantarilla deciden entretenerse grabando sus nombres en el cemento todavía húmedo de una baldosa de la acera. Jimmy y Sean (futuros Sean Penn y Kevin Bacon) así lo hacen, pero mientras Dave (futuro Tim Robbins) todavía no ha escrito la segunda letra del suyo aparece un supuesto policía que les increpa su acción y obliga a este último a subir al coche. Ocurre algo espantoso, algo que conmociona al barrio y que marca la vida de Dave. Muchos años después, las vidas de los tres volverán a cruzarse por el asesinato de la hija adolescente de Jimmy, cuya investigación recae en el ahora policía Sean.

El paso del tiempo, las dudas inconexas, las fatales coincidencias, la interpretación propia de los actos ajenos, los traumas de la niñez y un destino malparado harán que la pérdida de la inocencia quede suspendida en un interrogante eterno, en una imposible vuelta atrás. El gran Clint Eastwood abrió las siete llaves del baúl donde había atesorado todas sus grandes inquietudes sobre la moral y la justicia cuando hace más de diez años rodó esta adaptación de la novela de Dennis Lehane. Sombría, conmovedora, tramposa y emocionalmente contenida y afilada, su asombroso reparto y una dirección entregada por completo al sufrimiento del espectador, la convirtieron en una de las obras maestras del nuevo siglo y de toda la filmografía del cineasta norteamericano.

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A favor y en contra de 'Captain Fantastic', de Matt Ross

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

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A favor y en contra de ‘El guateque’, de Blake Edwards

‘El guateque’ es mucho más que una película. Es optimismo en estado puro, alegría de vivir que nace del absurdo, de un universo alocado que se sale de su órbita psicodélica para anclarse en nuestra memoria, en nuestro Olimpo de películas imprescindibles. Allí, alterando nuestra percepción del espacio, del tiempo, y del sentido común, echó raíces esa casa automatizada de Hollywood, donde sitúa su acción. Donde tiene lugar una desenfrenada fiesta en la que se lo pasan en grande (o no tanto) camareros borrachos, productores que no soportan a la parienta, bellas italianas de gula insaciable, elefantes coloristas y pollos asados con un punto retozón. Y por supuesto, donde se encuentra el protagonista más divertido de la historia del cine, Hrundi V. Bakshi: el educado, optimista, ceremonioso, pesado, torpe e inocente hindú interpretado por Peter Sellers. Un pobre diablo que intenta hacerse un hueco como estrella de Hollywood con las maneras de un arma de destrucción masiva. 

Heredero del humor de los Hermanos Marx y de las películas que protagonizaron bajo las órdenes de Leo McCarey, ‘El guateque’, de Blake Edwards, es la esencia del cine. Puro lenguaje visual y gestual. Edwards logra un magistral ‘tempo cómico’ haciendo uso de tomas largas llenas de ocurrencias inesperadas, con gags y diálogos impresionistas de acento cínico. Cada plano, cada secuencia, cada diálogo están llenos de potencial cómico y de una mirada sarcástica que dirige hacia el mundo de Hollywood y sus habitantes.

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‘Jurassic World. El reino caído’, de J. A. Bayona: superproducción de autor

Bayona es un cineasta con los arrestos suficientes como para tomar riesgos en plena superproducción. Sabe cómo detonar el factor sorpresa entre las gentes que sienten haberlo visto todo desde sus butacas y como realizador, tiene un talento formidable. Es capaz de ‘darle la vuelta’ a un volcán, con furia de apocalipsis, y convertirlo en un inmenso reloj de arena que inicia su particular cuenta atrás. Toda una película.

El volcán entra en erupción en la Isla Nublar, aquel parque de atracciones temático donde campaban a sus anchas formidables especies de dinosaurio en la pasada entrega de ‘Jurassic World’ (2015). Con ello, enciende la mecha de un interesante dilema moral que tiene mucho de provocación. Es el punto de partida de la película. El Dr. Ian Malcolm (Jeff Goldblum), el brillante pelmazo que recordaba hace 21 años la Teoría del Caos, lo pone encima de la mesa en su regreso a la saga: “¿Serán el hombre y la mujer capaz de dejar que la naturaleza siga su curso para corregir la alteración que le permitió  transformarla para siempre?” O lo que es lo mismo, ¿está preparada la humanidad para rescatar a los dinosaurios de los efectos devastadores del volcán que arrasará la Isla Nublar? Porque aquellas especies pretéritas que habían dado un salto abismal en el tiempo gracias a la tecnología genética tienen, en la película, los días contados. Y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), la doctora que dirigía con mano de hierro el parque de atracciones, acaba pidiéndole ayuda a Owen Grady (Chris Pratt), el cuidador estrella de dinosaurios, para participar en una misión de rescate que cuenta con un curioso patrocinador. Un multimillonario con nostalgia de soñador (James Cromwell, magnífico en el papel).

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 ‘La noche del cazador’, de Charles Laughton: en lo más profundo del miedo

Un predicador recorre en su coche varios pueblos sureños de Estados Unidos. Tiene una curiosa conversación con dios, mediante la cual descubrimos desde el minuto uno que los caminos del Señor que ha elegido esta sombría figura desembocan en el asesinato de viudas inocentes. Se trata del inmenso y aterrador Harry Powell (Robert Mitchum) uno de los personajes más siniestros de la historia del cine de terror, quien acaba coincidiendo en la cárcel con Ben Harper, un hombre a punto de ser ahorcado que, hablando en sueños, da a conocer a Powell que su último botín está escondido en alguna parte. La decisión del predicador al salir de la penitenciaría es acercarse entonces a la familia del ajusticiado, casarse con la viuda y hacerse cargo de sus dos hijos, los verdaderos portadores del secreto.

Así comienza ‘La noche del cazador’, uno de los cuentos de terror más escalofriantes de la historia del cine, todo un prodigio de simbología de terrores infantiles, dirección fotográfica y ritmo narrativo que ha necesitado de muchos años para ocupar el lugar que merece entre los clásicos del séptimo arte. Plagada de mensajes y con un guion inspirado en un texto original de David Grubb, el guionista James Agee convirtió la historia en una alegoría de la maldad absoluta y psicopática, enfrentando ambos elementos a la inocencia y al heroísmo infantil, con claras influencias del expresionismo alemán. Un cuento de niños que no es para niños, y que hoy pervive por todas las innovaciones mágicas que la original cámara de Laughton aportó en una década devorada por el cine negro.

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Milos Forman y la revolución soñada

“Tenía talento e imaginación”. Por eso Kirk Douglas decidió enviarle a Checoslovaquia  un guion junto a una oferta de trabajo. Corrían los años 60. El texto nunca llegó a manos de Milos Forman, según se dice, porque fue interceptado por los censores de aduanas del régimen soviético. En aquel libreto ‘extraviado’, sin embargo, había quedado escrito su destino. Tenía título. Se llamaba ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’, era una adaptación cinematográfica de la novela de Ken Kesey y era un extraño, pero lúcido, canto a esa libertad que siempre se sueña, pero se soporta con dificultad. Tuvieron que pasar algunos años más hasta que el ‘hijo del hijo del trapero’, Michael Douglas, le volviera a brindar la oportunidad de rodarla. Realizó una impresionante obra maestra y conquistó la historia del cine. Ya de paso, logró los Oscar de las principales categorías en 1975.

Milos Forman era un hombre sencillo, inteligente, apasionado, de refinado sarcasmo y un genio detrás de las cámaras. Falleció a mediados de abril,  a los 86 años, tras una corta enfermedad.

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‘Inmersión’, de Wim Wenders: en la zona del Hades

A Danielle (Alicia Vikander), biomatemática, le queda muy poco tiempo para alcanzar su sueño: “tocar los límites de la vida”, pero en lo más profundo del océano. Va a participar en una misión en la que, a bordo de un submarino, se adentrará en los ‘confines’ del mar, en la ‘zona del Hades’, para descubrir y estudiar allí rastros biológicos. James (James McAvoy) es un agente del MI6 que se está preparando para un objetivo suicida: desarticular un comando yihadista en Somalia. Danielle y James, habitantes de destinos singulares, se encuentran en un hotel en Dieppe (Normandía) y se enamoran sin remedio.

Los dos personajes protagonizan ‘Inmersión', la última película de Wim Wenders y una adaptación de la novela homónima de J.M Ledgard. Es una cuidada producción que parte de una historia que son muchas otras y se ve frecuentada por espías, científicos, terroristas, amantes de la naturaleza y personas que buscan el sentido de la vida en cualquier rincón fortuito de sus experiencias. Todo ello para hablar del amor y de las ausencias.

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‘El insulto’, de Ziad Doueiri: memoria sin cicatrizar

Todo comienza con un descuido. Toni (Adel Karam), un cristiano libanés, se pone a regar las plantas de su casa sin prestar demasiada atención. El agua que malgasta termina desembocando en la cabeza de Yasser (Kamel El Basha), un palestino refugiado en Beirut que se encontraba en aquellos precisos momentos trabajando como jefe de obra en la misma calle de la casa del cristiano. Ambos se enredan en una discusión y Yasser, un tipo de naturaleza tranquila, acaba perdiendo los papeles e insultando a Toni. Herido en su orgullo, el cristiano decide demandar al palestino. El juicio se convertirá en un tenso espectáculo donde aflorarán intereses políticos, vendettas y las heridas abiertas de un país con un pasado trágico. La película se llama ‘El insulto’.

Uno de los principales aciertos de este film, firmado por el libanés Ziad Doueiri y nominado a la Mejor Película Extranjera en los Premios Oscar 2018, es su capacidad para convertir una anécdota, un desencuentro atolondrado entre dos hombres en una crisis nacional de dimensiones desorbitadas. Y que además el efecto ‘bola de nieve’ resulte completamente creíble y palpite con ritmo humano porque le sigue la pista al viaje psicológico que experimentan sus protagonistas a lo largo de su enfrentamiento.

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A favor y en contra de ‘¡Ay, Carmela!’, de Carlos Saura

Hoy queremos viajar casi tres décadas en nuestra máquina del tiempo con motivo de las celebraciones relacionadas con la proclamación de la Segunda República Española. Lo hacemos para recordar una de las películas más premiadas de la historia de los Premios Goya. Consiguió en 1990 un total de trece estatuillas y fue la reina absoluta hasta que en 2004 ‘Mar adentro’ de Alejandro Amenábar la superó en el ranking con un galardón más. Pero por entonces, la gran fiesta del cine español tan sólo tenía cinco años de vida y esta tragicomedia del gran Carlos Saura se convirtió no sólo en una revisión totalmente novedosa de la Guerra Civil Española sino en uno de las mejores colaboraciones del realizador aragonés con Rafael Azcona.

‘¡Ay, Carmela!’ fue el resultado de la adaptación cinematográfica que ambos llevaron a cabo de la pieza teatral homónima de José Sanchis Sinisterra, y hace años también visitó los teatros españoles de la mano de José Bornás. Tanto en teatro como en la gran pantalla, la historia tomó el nombre de una de las canciones del folclore español más representativas de los tablaos milicianos y de los recuerdos del bando republicano, “El paso del Ebro”. Con ella también se bautizó al personaje femenino protagonista, interpretado por una grandiosa Carmen Maura, componente junto a su pareja Paulino (Andrés Pajares) y al mudo Gustavo (Gabino Diego) de un trío de cómicos que son hechos prisioneros por militares del lado nacional en plena contienda, viéndose obligados a actuar para ellos. 

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