Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
Los caballos del mal
“Ni el ruido de las cacerolas ni el de otros aceros puede interrumpir el desarrollo de la democracia en este país”. Era el 3 de octubre de 1982; hablaba el alcalde de València, Ricard Pérez Casado, en la inauguración de la Mostra de Cinema Mediterrani. El 23 de febrero del año anterior los tanques de la base militar de Bétera habían ocupado la ciudad por orden del capitán general Jaime Milans de Bosch, como parte de la intentona golpista que incluyó la toma del Congreso de los Diputados por el entonces teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. La Mostra de 1982 proyectaba por primera vez en España la versión íntegra de Riso amaro (Arroz amargo), de 1948, dirigida por Giuseppe de Santis y protagonizada por Silvana Mangano, ya que la única que se había visto en España hasta entonces estaba mutilada por la censura franquista. “Una y otra vez”, dijo, “parece que los caballos del mal se empeñen en cabalgar por los caminos de este país. Pero la Mostra es una vez más el marco de referencia de pueblos de distintas hablas en libertad”.
Impresionado por la muerte de Pérez Casado, recuerdo que lo conocí el 24 de febrero de 1981. Yo había llegado a Valencia el día anterior para hacerme cargo de la delegación del diario El País. Viví la noche del golpe con grandes dificultades para comunicar con la redacción en Madrid por el colapso de las líneas telefónicas. A la mañana siguiente me dirigí a la Capitanía General y pedí una entrevista con Milans del Bosch que no me concedió, como parecía previsible. Fui entonces al ayuntamiento, donde me recibió el teniente de alcalde Vicent Garcés, quien me facilitó el acceso al alcalde. Conservé las declaraciones que me hizo en una cinta de cassette, que le regalé en 2017.
Ricard Pérez Casado había llegado de forma accidentada a la alcaldía, tras la patada política de la dirección del PSPV-PSOE, encabezada por Joan Lerma, a su antecesor, Fernando Martínez Castellano, en puridad el primer alcalde democrático de Valencia tras la dictadura. Como recuerda José Manuel Alcañiz, en un excelente y muy documentado artículo publicado en este diario, cinco días después el nuevo alcalde sufrió las agresiones e insultos de algunos energúmenos durante la Procesión Cívica del Nou d’Octubre. Eran los grupos anticatalanistas de lo que se dio en llamar Bunker Barraqueta, que agitaban la vida pública animados por una UCD que acabó siendo barrida en las elecciones de 1982.
Serían las 4.30 o las 5.00 de la madrugada del 9 de septiembre de 1983. Me despertó el timbre del teléfono. “Están quitando el caballo”. Era la voz de Joan Álvarez, jefe de prensa de Pérez Casado. Aunque con notable retraso, la retirada de la estatua ecuestre del dictador Francisco Franco, obra de José Capuz, daba cumplimiento a un acuerdo unánime de la corporación municipal de 27 de abril de 1979, que decidía “la retirada de la vía pública de los símbolos y figuras de la etapa no democrática”. Quizás cuando Pérez Casado se refería a “los caballos del mal” en la inauguración de la Mostra de 1982 incluía el que aún entonces presidía la que se llamaba plaza del País Valenciano. El monumento a Franco se había convertido en objeto de culto de grupos ultraderechistas, que periódicamente colocaban flores en su pedestal y habían situado una bandera de España en la mano derecha de la efigie del dictador, que iban renovando.
La retirada de la escultura fue accidentada, duró 11 horas y acabó siendo ejecutada por un grupo de militantes de izquierda, después de que renunciaran los trabajadores municipales, ante las agresiones de los ultraderechistas, que fueron toleradas por la policía. Pérez Casado recibió críticas por la operación. Incluso se dijo que perdió la opción a ser nombrado ministro por Felipe González, entonces presidente del Gobierno. En cualquier caso, pese a las dificultades, las resistencias y las oposiciones, no se podía permitir que la efigie del dictador siguiera presidiendo la principal plaza de Valencia.
Todo el mundo alaba ahora las grandes iniciativas de Pérez Casado que han conformado la Valencia actual, como el Jardí del Túria, el plan del Saler, la recuperación del centro histórico o el Palau de la Música, para el que cedió los terrenos y cuya gestión asumió. En aquel momento no fue tan fácil. Y no solo por las críticas de la oposición, sino también por las de sus propios compañeros de partido, dentro y fuera del ayuntamiento. Ya en octubre de 1983 amenazaba con dimitir por discrepancias con el sector de su grupo más afín al presidente de la Generalitat y secretario del PSPV, Joan Lerma. Estas tensiones fueron continuas y precipitaron su dimisión el 30 de diciembre de 1988. Él mismo insistía más de 10 años después en que no podía “hacer cumplir y defender los acuerdos del pleno”.
Ricard tenía un acusado espíritu crítico, sentido del humor y tendencia a la fina ironía, además de un alto nivel cultural. Todo ello proporcionaba atractivo a su figura, pero casaba mal con el talante y nivel de muchos de sus compañeros de partido y de grupo, que, por decirlo finamente, no compartían ninguna de estas virtudes. Por fortuna sus proyectos gozan hoy de amplio reconocimiento. Su recuerdo invita a no bajar la guardia frente a los caballos del mal.