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La anomalía

València —

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Domingo por la mañana, principios de los noventa. El IVAM está en el apogeo de su prestigio internacional. No recuerdo si la exposición es de Walker Evans o Lewis Hine, puede que de ninguno de los dos. En todo caso, se trata de una de esas muestras aparentemente modestas que los que quieren denostar la labor del museo llaman «de gabinete». Llevo a mi hijo de la mano, pero estoy más atento a las fotos que de él, que apenas tiene seis o siete años, quizá menos. En un momento dado, me pregunta qué veo de especial en esas imágenes que cuelgan de la pared y me doy cuenta de la distancia que se está generando entre ambos. Lo que respondo no debe de satisfacerle mucho, porque vuelve a preguntar una y otra vez con una vehemencia malhumorada. Mi babeo ante esas fotos, pequeñas, en blanco y negro, le resulta incomprensible, parece que deja en evidencia alguna carencia intelectiva suya que lo frustra profundamente. «Qué es eso tan admirable que ves ahí, que yo no lo pillo», parece decir. Y está claro que mis improvisadas explicaciones no consiguen disipar su malestar, más bien al contrario. Atisbo en su comportamiento el de aquel que se siente insultado frente a un cuadro de Picasso o de Bacon porque no entiende la manera de retorcer la realidad del pintor ni el pretencioso discurso del crítico que supuestamente tendría que dar luz sobre el asunto. Normalmente, interpretamos esa actitud como la manifestación de una ignorancia recalcitrante, reaccionaria y agresiva. Y, sin embargo, en mi hijo, cuyas maneras me remiten de manera inquietante a las de aquel otro espectador, veo intactas la inocencia y la genuina curiosidad con las que me había sorprendido no mucho tiempo atrás cuando, observando la luna llena, me preguntó cómo narices se mantenía flotando allá arriba, por qué no se caía. Bien porque entonces le hube dado una explicación convincente, bien porque su fe en mi autoridad estaba aún intacta, aquella vez había conseguido dejar satisfecha su inquietud. Este domingo, frente a estas fotografías cuya relevancia se le escapa, no.

Me apresuro a decir que con el tiempo mi hijo acabó comprendiendo qué hermanaba las fotos que colgaban de las paredes del IVAM, los cuadros de Muñoz Degrain que le llevaban a ver los del colegio y los dibujos de Tom y Jerry que veía en la tele. Aprendió, con bastante esfuerzo, seguramente, que el arte nace de una actitud conscientemente estésica, crítica y analítica, que da lugar a distintas maneras de ver la realidad y permite a quienes saben hacerlo, quieren y les dejan, mostrarlas a los demás. Quiero creer que, entre otras cosas, llegó a entenderlo observándome mientras yo, tratando de imitar a aquellos fotógrafos cuyas obras colgaban de las paredes de los museos, robaba fotos por la calle con actitud de entomólogo aficionado. Un día me dijo: «Sé lo que estás haciendo», y vi que, mientras yo iba tomando imágenes disimuladamente con el disparador, él las tomaba con los ojos. Pero, a raíz de aquello, siempre me había preguntado cuántos de aquellos que se habían sentido perplejos frente a las exposiciones del IVAM de la época —y las dedicadas a la fotografía no eran, ni de lejos, las que podían resultar más ajenas e incomprensibles si las comparamos con las dedicadas a las vanguardias rusa y húngara, al cartel polaco o De Stijl— habían conseguido dar ese paso. Siempre me había inquietado la posibilidad de que una mayoría, que por aquel entonces no se atrevía a chistar, no lo hubiera logrado, se hubiera quedado con la sospecha de estar siendo estafada por unos esnobs, a solas con su palmo de narices. Muchos nos sentíamos a gusto rodeados de toda aquella espuma, teníamos acceso a un caudal cultural con el que ni siquiera nos habíamos atrevido a soñar pocos años atrás. Pero, ¿qué pasaba con los que no percibían ahí sino una pedante e indescifrable alharaca?

El museo valenciano, cabe recordar, había conseguido en muy poco tiempo convertirse en un referente mundial y, durante unos años, en el más prestigioso de España en lo que a arte moderno se refiere, incluso tras la inauguración del Reina Sofía, el Guggenheim o el MACBA, que son ligeramente posteriores. Y fue gracias, entre otras cosas, a aquellas exposiciones «pequeñas» que, acompañadas de unos elaborados catálogos que se convertirían en material para estudiosos, descubrían al público local los movimientos artísticos del siglo XX antes de iniciar una exitosa itinerancia fuera de Valencia. Poco más de un cuarto de siglo después, todo eso adquiere el aspecto de una anomalía, de una alucinación de la que forman parte todos los auditorios y contenedores culturales que empezaron a proliferar como setas a lo largo del territorio, y, sobre todo, la gran cantidad de revistas primorosamente diseñadas, surgidas de todas partes, con las que España, tras el paréntesis franquista, parecía querer recobrar el tono intelectual de la II República. No era ningún secreto que muchas de aquellas publicaciones se beneficiaban de las ayudas a la edición que las instituciones autonómicas o nacionales, directamente o a través de las cajas de ahorros y otras entidades públicas, otorgaban para modernizar su imagen. Había una complicidad palpable entre la relativamente nueva clase dirigente, ansiosa de prestigio, y una clase intelectual esforzadamente cosmopolita, largamente frustrada y deseosa de protagonismo, que estaba dispuesta a darle a la patria, fuera esta la que fuera, el lustre que necesitaba. Algo que, todo hay que decirlo, acabó resultando para algunos un provechoso y gratificante modus vivendi.

Todo ese tinglado comenzó a desmoronarse con el siglo. Se suele culpar del declive a Internet, pero sospecha uno que la llegada de ese quinto jinete del Apocalipsis no hizo sino darle una nueva dimensión al problema y, si acaso, ocultarlo y contribuir a que creciera amparado en su invisibilidad. Aquel abundante y ecléctico menú cultural a la gente cada vez se la soplaba más o le resultaba más críptico, incluyendo a su supuesto público objetivo, que era muy minoritario al lado de todos los que pensaban que no se les había perdido nada dentro de un museo o entre las páginas de cualquier revista que no llevara los resultados de la quiniela y la programación de la tele. Así que tanto la demanda como la oferta evolucionaron impulsadas por una estrategia de marketing político más eficaz y rentable en más de un sentido. Se organizaron con gran éxito exposiciones espectaculares de temática conocida y contenido previsible (Velázquez, Goya, Dalí, Sorolla). Poco a poco se fue dejando de subvencionar el pensamiento especulativo y se empezaron a financiar aparatosos eventos y estrepitosos artefactos arquitectónicos. Un dirigente obtenía más rédito inaugurando un edificio salpicado de trencadís, cual gotelé de nuevo rico, que financiando una exposición sobre Kasimir Malevich que solo iban a ver cuatro gatos o manteniendo viva una revista de ensayos filosóficos que leían, a lo sumo, tres o cuatro mil pirados. Que todo fuera más caro no dejaba de ser una ventaja. Se fue consumando la rebelión contra la autoridad del conocimiento por parte de una población que, según iba quedando manifiesto, por lo que fuera había encontrado en la bienintencionada cultura oficial anterior un mecanismo de humillación. Y como es bien sabido, la reacción defensiva de quien se siente inferior suele ser el rencor y el desdén. «No lo entiendo, ergo es una estafa, y el que se las da de entendido, un farsante»: toda la epistemología populista está ahí condensada. Ridiculizar a aquel que se identifica como experto o va de «intenso» se convirtió en una cuestión de higiene, en una terapia asequible y adictiva que lo liberaba a uno de molestos complejos. La reivindicación de la ignorancia permite al ignorante sentirse «auténtico» y, además, libre de la necesidad de aprender. Las publicaciones de culto fueron yéndose al garete en fila india, y los museos renunciaron a su papel prescriptor y se volcaron en la nobilísima misión de acercarse al pueblo. Lo hicieron de un modo literal, los de un lado explotando la nostalgia acrítica, organizando muestras de carácter costumbrista o abiertamente comercial, y los del otro inspirándose en las más osadas iniciativas inclusivas. De manera que las exposiciones empezaron a encajar en las variopintas expectativas del espectador mayoritario, a generar una especie de mainstream demagógico que unos practicaban en su asalto a las instituciones culturales y otros en su intento de resistir tras sus muros. Quedó claro que, si bien habíamos sido alguna vez modernos, si bien había parecido que lo habíamos vuelto a ser, nuestra vocación, en términos generales, no era esa. Cuando el mar salta por encima de los espigones y se lleva por delante playas y paseos planificados con esmero, se suele decir que la naturaleza siempre acaba reclamando lo que es suyo. Así ocurre también con la ignorancia resentida cuando se cabrea y se crece. No se le pueden poner diques, no hay voluntad neoregeneracionista o despotismo ilustrado que la contenga, se apodera hasta del último rincón de la vida pública, comenzando por el de la política, y obliga a replantearse el modo de combatirla.