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A medida que uno va acumulando experiencia, se va dando cuenta de lo imperfecta que es la imagen del mundo. Sabemos que tales hechos no sucedieron como los narran, que tal lugar no es como generalmente se le describe o que tal persona no era como ha pasado a la historia, bien por habilidad propia o porque a algunos así les pareció conveniente. Lo sabes porque estabas allí, porque vivías allí, porque participaste en aquello, porque la conociste. Pero los matices que podrías introducir en esos relatos se perderán contigo. No puedes hacer nada para corregirlos y, si pudieras, tal vez no te molestarías en hacerlo, porque piensas que no vale la pena. Actuarías como el honesto James Stewart en El hombre que mató a Liberty Valance, cuando el periodista de su pueblo le aconseja que imprima la leyenda y no aquello que los dos saben que pasó realmente. Imprimamos la leyenda y dejemos que los ideales mantengan su prestigio y los mitos su reputación en nuestro frágil imaginario para que todo cuanto hacemos siga teniendo sentido. Ya hemos sufrido bastante al enterarnos de que la Tierra no es el centro del universo, el hombre es tan solo un mono infatuado, Dios no existe, e incluso la conciencia a la que tan firmemente nos agarramos es poco más que un fenómeno alucinatorio. Solo falta que alguien nos diga que ese pequeño universo mental nuestro está lleno de falsificaciones. Para qué desmitificar a un abuelo o destrozar el recuerdo de un paraíso perdido. A uno le asalta el temor de que si nos pasamos de rosca siendo sinceros, haciendo que prevalezca nuestra lucidez, la deriva del ser humano, huérfano de toda fuente de autoridad fiable, sea ya definitiva. Pero lo que a pequeña escala, lo que en el ámbito privado es un ejercicio de piedad o de indiferencia, a escala colectiva es un grave error.

Hace veintipocos años, durante la presentación a los medios de La muerte de nadie, el documental sobre el crimen de Estado cometido en 1974 en la persona de George Michael Welzel, a quien se había dado a conocer como Heinz Chez, una periodista preguntó al que esto escribe si, en tanto que guionista y director de la cosa, había sido «objetivo». En la sala de los cines Verdi de Madrid había bastante gente y yo estaba ofuscado por el pánico escénico que por entonces me invadía cada vez que tenía que hablar en público. Aquel día, además, había cámaras de televisión, el colmo del horror. El periódico para el que trabajaba aquella mujer no podía ser más reaccionario y la pregunta era retórica, una acusación implícita, así que sentí la urgencia de rebatirla. Sin embargo, tras dudar varios segundos, demasiados, contesté con un escueto y desafiante «no», sin más explicaciones. No pude darlas porque en aquellos momentos no las tenía. Por supuesto que no había sido imparcial. De un lado teníamos a un paria asesinado a sangre fría, y de otro al Estado totalitario que pretendía quedar impune ante la historia después de anonimizarlo y darle garrote de la manera más sádica. Mi juicio era neutral, pero yo no, y salí jodido del trance por no haber sabido matizar mi respuesta. Había querido ser objetivo, pero sobre todo había querido ser veraz, y por eso, precisamente, no me había limitado a exponer los hechos documentados, no solo. Cómo hacerlo, si precisamente uno de los más destacados era que habían manipulado y ocultado documentos, si había testimonios que no querían hablar o mentían abiertamente. A veces, para ser veraz no puede uno limitarse a contar la verdad, y más allá de restablecer la identidad de la víctima yo había intentado dirigir la atención del espectador hacia los agujeros del relato oficial, recurriendo a una esforzada contextualización, lanzando sospechas de manera puntual y dando algún que otro palo de ciego. Procurando, eso sí, que todos esos mecanismos quedaran bien a la vista del espectador.

Es algo a lo que cualquier historiador se enfrenta todos los días y tiene que resolver con rigor metodológico, sin valerse de algunos recursos narrativos que yo me pude permitir. Hace tiempo que la historia quiere ser una ciencia y asume la imposibilidad de ser plenamente objetiva, no quiere ser la creadora y guardiana de un relato oficial, sino una herramienta para generar espíritu crítico. Pero ahora que la mentira se ha convertido en una arma de destrucción masiva, la honestidad procedimental, en vez de ponerlo a salvo, se vuelve contra quien la practica. Cogida por el rabo, algunos marrulleros vinculan la desconfianza epistemológica con ese relativismo tan arraigado en la opinión pública, según el cual todo es opinable, la verdad es relativa y todos los relatos son interesados. Todo indica que en el futuro cualquier investigación de carácter histórico será mucho más complicada que hasta hace poco, y no solo por eso. A principios de siglo, la versión oficial de lo que sucedió con Chez circulaba intacta, tal como nos había llegado a lo largo de los años desde el tosco pero omnímodo centro de propaganda del poder político-militar franquista. El foco de las mentiras estaba entonces perfectamente localizado, mientras que ahora la desinformación está descentralizada y tiene un origen incierto y una apariencia democrática. La estrategia de la posverdad es la de robarles a los historiadores su materia prima, que es la fiabilidad del registro sobre el pasado, mientras nos roba a todos la fiabilidad del presente.

Nuestra deriva colectiva será definitiva si perdemos todo anclaje firme a los hechos, algo que no está tan lejos viendo hasta donde llega no ya el descrédito de la realidad —expresión que Joan Fuster acuñó para referirse al arte realista—, sino también el descrédito de cualquiera de sus representaciones, incluyendo las que hasta ahora se consideraban fidedignas, como la fotografía o cualquier otro tipo de registro documental directo. Ahora, en vez de ocultar la información, se la multiplica a través de una cadena infinita de espejos deformantes, de manera que el mundo se ha convertido en un enorme artefacto artístico, es decir, en lo que antes era un dispositivo que mediatizaba nuestra relación con el mundo factual y nos ayudaba a percibirlo mejor. Ese es un poder que el arte está perdiendo a la carrera. Los artificios que nos deberían dar las claves de una realidad perfectamente identificable son ahora autoreferenciales, se han convertido en la realidad misma. En una época en que la realidad todavía era creíble, a partir de la evidencia de que el arte modelaba nuestra percepción Oscar Wilde afirmó que «la vida imita al arte más que el arte a la vida», de ahí que cuando estábamos delante de una puesta de sol decíamos que parecía una postal. Ahora decimos que parece un vídeo de TikTok y, los más avispados, que está hecha con inteligencia artificial, como las falsas imágenes de ciudades sepultadas por la nieve que nos han colado durante las últimas tormentas en Kamchatka. Hemos llegado a un punto en que es imposible distinguir cualquier falsificación de lo que siempre hemos considerado verdadero. Ahora mismo, cualquier cosa dicha por Trump es indistinguible de lo que diga un parodiador suyo, cualquier bulo es indistinguible de una noticia verídica, cualquier previsión disparatada, indistinguible de lo que es realmente plausible. Nuestra habilidad para modelar la vieja realidad ha acabado con ella, la hemos agotado. Ahora toca lidiar con la nueva —a la que ya no tiene sentido llamar virtual en oposición a una real—, y nos encontramos como al principio de los tiempos, estupefactos ante lo que se presenta ante nuestros ojos, tratando de dibujarlo torpemente en las paredes de la cueva mientras las fieras rondan afuera, porque todavía no disponemos de un lenguaje apropiado para nombrarlo.