La lealtad
Cuando le llegaron los papeles de la jubilación, una fuerza irresistible lo llevó a replegarse en sí mismo, como si el mundo y él se hubieran puesto de acuerdo en dejar de interesarse el uno en el otro en perfecta sincronía. No le quedaba nadie, o como si no le quedara, y tampoco había tenido nietos, esa especie de reencarnación en vida que permite a tantos recrear su inocencia primigenia y pueril, de modo que pronto empezó a sentirse solo y a la deriva, camino del naufragio. El caso es que de repente le invadió la obsesión de rematar todo lo que tenía a medio hacer. Se puso a organizar la biblioteca, repleta de libros que nunca abría; se emperró en completar una colección de tebeos que se le había quedado coja; hizo encuadernar unos viejos fascículos que tenía pudriéndose en el trastero; comenzó a digitalizar las fotos familiares que acumulaba en bolsas y cajas de zapatos; se dedicó a ordenar todo lo que yacía en los muchos cajones de la casa: libretitas empezadas en las que apenas había un par de anotaciones, agendas con teléfonos de seis dígitos y direcciones obsoletas de gente que ni siquiera recordaba, billetes de tren, entradas de museos o guías de viaje compradas in situ. Y los instrumentos de escritura, mecheros, llaveros y otras baratijas que fue encontrando las puso a la venta en Internet junto con los pocos objetos suntuarios que acumulaba. Presentía que ninguno de los candidatos a ponerle la mortaja sabría valorar nada de todo aquello, la perspectiva de que fuera a parar a la basura lo llenaba de tristeza y, paradójicamente, venderlo le daba un cierto control sobre su destino.
Hasta entonces, la muerte de los otros había alimentado sus ganas de vivir, como si cada vez que alguien la había palmado hubiera sido porque él había esquivado hábilmente la guadaña. Pero ahora sentía que se acercaba el momento de ser el anfitrión de la vieja dama, y se daba cuenta de que todas aquellas tareas que lo apremiaban, aquella necesidad de liberar lastre equivalía a una especie de eutanasia gradual y simbólica. Lo que no esperaba era que a esos apremios se añadiera uno que le asaltó tras descubrir, en un armario, el hatillo de la vieja correspondencia. Allí estaban las cartas de antiguos parientes, con sus fórmulas corteses y protocolarias; las que él mismo había escrito durante la mili, melancólicas e iniciáticas; las de aquella novia, tan neurótica como él, que finalmente alguien le guindó; las de algunas amistades ocasionales y efímeras, que no sabían hasta qué punto lo eran; las de amigos ya desaparecidos o de los que hacía mucho que había perdido la pista… En todas encontraba ecos de malentendidos, agravios y desavenencias. Leyó y releyó las cartas con un desasosiego creciente, hasta que se dio cuenta de que tenía otra misión que cumplir antes de diñarla: la de ajustar cuentas con todo dios. Le asaltó la convicción de que no debía irse al otro barrio sin dejar constancia de lo que sabía de unos cuantos vivos y otros tantos que estaban muertos para, en la medida de sus posibilidades, hacer justicia. Sentía la necesidad de restablecer la verdad en lo concerniente a esas biografías que se entrelazaban con la suya ¿Acaso no estaba poniendo en orden las cosas?… eso también era ponerlas.
Empezó por visitar a amigos y conocidos a los que no había visto en años. Más de uno supuso que quería restablecer unos vínculos que hacía tiempo que se habían roto, pero eso estaba muy lejos de su intención. Solo quería conocer la versión que tenían acerca de experiencias compartidas para poner los puntos sobre las íes en lo que concernía a terceros. Ese no era como el otro se pensaba, aquel otro era peor de lo que todos creían, tal cosa no sucedió como en su momento se dijo, sobre tal otra fulanito mintió como un bellaco… Y a medida que iba avanzando en la tarea, cada vez se sentía peor. Lo de poner las cosas en su sitio no era tan reconfortante como había imaginado. No hacía sino decir la verdad, y, sin embargo, cada vez se sentía más sucio, más abyecto, más infeliz. No dejaba de notar lo mucho que a sus interlocutores les costaba darle crédito. Se mostraban escépticos frente a los datos que él aportaba, se sentían incómodos, y acabó por darse cuenta de que no era porque no le creyeran o porque les perturbara la naturaleza de lo revelado por él, sino por el fastidio de tener que replantearse el relato que a lo largo de los años había encontrado acomodo en su cerebro. Por otro lado, desenmascarando una impostura no conseguía hacer mella en la reputación del farsante y sí en la suya. Cada vez que intentaba cuestionar la reputación ajena, menoscaba la propia, y si lo conseguía, eso no la incrementaba, al contrario. Pretendiendo demoler algún prestigio inmerecido, socavaba el suyo, quedaba como alguien que, en el último tramo de la vida, cuando se espera que uno muestre grandeza, se daba a conocer como un ser vengativo y mezquino.
Pronto llegó a la conclusión de que la amistad parece voluntaria, y puede que en principio lo sea, pero acaba convirtiéndose en una atadura particularmente comprometedora, de un carácter simbiótico parecido al de las relaciones familiares. Ser desleal con un amigo, en algunos aspectos es peor que serlo con alguien de la propia sangre. En el parentesco hay componentes jerárquicos que pueden justificar las rivalidades personales. Hay cosas, como por ejemplo matar al padre, que se consideran saludables y están bien vistas, pero con la amistad no ocurre nada parecido. Todo aquel que delata a un amigo pone en guardia al confidente. La amistad es una relación de igual a igual y de doble dirección. Ser desleal con un amigo es serlo con uno mismo, traicionar lo que ambos han sido. La amistad no es lugar para la redención personal. Hay que elegir entre la lealtad a la ética y la ética de la lealtad (la estética, más bien), y nuestro hombre acabó eligiendo lo segundo en aras de la tranquilidad, que no de la justicia. Le vino muchas veces a la mente aquella oración que tantas veces había repetido cuando era niño, la que habla de perdonar a nuestros deudores, y acabó convencido de que más que una plegaria era un consejo pragmático impregnado de cinismo. O puede que de resignación. Sea como fuere, decidió dejarle la gloria a quien la obtuvo, no importaba cómo ni a costa de quién, la mala fama a quien le tocó cargar con ella, y la chica a quien se la llevó, aun sin dejar de pensar que uno había sido un mal bicho, el otro un calzonazos y el de más allá un aprovechado. Y volvió a sus banales esfuerzos de adecentamiento doméstico, dispuesto a dejar en paz los equívocos que en su día él mismo había contribuido a provocar mediante la complicidad, la pasividad o el silencio, y permitir que el olvido disolviera cualquier ansia justiciera. Seguramente no era la mejor manera de escribir la historia, pero a esas alturas sabía demasiado bien que ni él ni nada de lo que a él le había preocupado alguna vez tenía cabida en ella.