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Gener Usuga, candidato a la Cámara de Representantes de Colombia en el exilio: “La regularización es reconocer la dignidad de quienes ya forman parte del país”

Hablar de migración suele implicar cifras, estadísticas o debates políticos, pero rara vez se construye desde la experiencia personal de quienes la viven. Gener Usuga encarna esa dimensión humana del fenómeno migratorio. Activista social, organizador político y candidato a la Cámara de Representantes de Colombia por la circunscripción internacional, Usuga lleva casi dos décadas viviendo fuera de su país. Su historia es la de un exilio forzado: tuvo que abandonar Colombia tras sufrir tres secuestros y un atentado perpetrado por grupos paramilitares, además del asesinato de varios miembros de su familia. Desde entonces reside en París, donde combina trabajos en el sector de la construcción con un activismo centrado en la defensa de los derechos de la diáspora colombiana y de las personas migrantes en general.

Su trayectoria política y social se articula en torno a la idea de la llamada “Colombia extendida”: los cerca de diez millones de colombianos y colombianas que viven fuera del país y que, pese a su peso demográfico y económico, siguen teniendo una representación limitada en la agenda política nacional. Usuga ha participado en iniciativas de visibilización del exilio colombiano y en espacios de diálogo sobre memoria, migración y derechos humanos, impulsando redes internacionales de apoyo a la diáspora y promoviendo su organización política. Su trabajo persigue que el Estado colombiano reconozca el exilio político como una consecuencia directa de décadas de violencia estructural y conflicto armado.

El perfil de Usuaga cobra especial relevancia en un momento en el que el debate migratorio vuelve a ocupar el centro de la agenda pública europea, y particularmente española. El Gobierno de España ha iniciado el proceso para aprobar una regularización extraordinaria que podría permitir obtener permisos de residencia y trabajo a alrededor de medio millón de personas migrantes que ya viven en el país.

¿Cuál es la realidad que viven en la actualidad los migrantes en España?

Son muchas realidades. En el caso colombiano —que es aquel que más conozco— hay distintos tipos de migración. Existe un grupo de ciudadanos que salen del país para proteger su vida, debido a los grandes problemas que existen en Colombia con la violencia y los grupos armados. Este es mi caso. Somos personas en riesgo que hemos tenido que elegir entre quedarnos y morir o salir y salvar nuestras vidas y la de nuestras familias.

Luego está la migración por estudios, que es minoritaria pero se debe tener en cuenta. Y está la gran mayoría, que es la migración económica: personas que salen a trabajar y a intentar cumplir sus sueños porque su país de origen, en este caso Colombia, no ha generado políticas económicas que les permitan hacerlo allí.

Existe el derecho a migrar, pero en el caso colombiano la gente no se va porque se aburra de su país. El 99,99% sale porque se ve obligada a abandonar Colombia por una razón u otra.

¿Qué situación se vive actualmente y durante las últimas décadas en Colombia? ¿Qué realidad ha obligado a tanta gente a salir?

Colombia es un país inmensamente hermoso, pero también un país donde se construyó un legado narcotraficante que, al mismo tiempo, dio lugar a una política paramilitar de ultraderecha que ha gobernado durante mucho tiempo. Esa ultraderecha, asociada con el paramilitarismo y el narcotráfico, hizo que hasta hace unos cuatro años fuera muy difícil vivir allí. La riqueza se concentra en unos pocos y el resto vive en una pobreza muy grande, con pocas oportunidades para estudiar o avanzar económicamente.

Se puede trabajar, claro, pero la realidad económica del país no permite avanzar más allá de sobrevivir. Además, existe persecución política contra quien piensa diferente. En 2021 hubo 1.255 asesinatos de líderes y lideresas sociales. Fuimos el primer pueblo que caminó tres fronteras a pie desde París hasta La Haya, ante la Corte Penal Internacional, para denunciar lo que consideramos un genocidio: el asesinato sistemático de líderes sociales en Colombia.

En los últimos tres años y medio ha comenzado un cambio con la elección del primer presidente progresista, Gustavo Petro. Ha sido un proceso difícil porque no ha tenido mayorías en el Congreso, pero se han dado avances.

Por ejemplo, el salario mínimo, que él llama “salario vital”, ha subido un 100 % en tres años, pasando de un millón de pesos colombianos a dos millones. También se han entregado 900.000 hectáreas de tierra a campesinos dentro de una reforma agraria. Es un cambio lento. Ha despertado al pueblo, pero también ha generado polarización: hoy parece que se es de ultraderecha o de izquierda. Eso hace que quienes estamos fuera no sintamos aún garantías suficientes para regresar.

Además, el contexto latinoamericano es complicado. La migración es un fenómeno mundial y también hay un proceso de derechización global que, en muchos países, se traduce en persecución a la población migrante. Se nos culpa de los problemas del país, cuando no es así. España, en cambio, está reconociendo a la población migrante con el reciente proceso de regularización.

España se ha consolidado como uno de los principales destinos de la migración latinoamericana. Más allá del idioma y los vínculos culturales, ¿qué factores empujan a emigrar hacia aquí?

La gente suele ir donde existe cierta seguridad económica. Si alguien logra trabajar y organizarse económicamente en un país, otros quieren ir allí. La migración funciona mucho por el “voz a voz”, alguien cuenta que le va bien y que le tratan bien, y otros le siguen.

En el caso de los colombianos en España, que creo que hoy somos una de las principales comunidades migrantes, influye la posibilidad de venir con visa, el trato recibido y el hecho de que antes de esta nueva regulación, en tres años una persona podía regularizar su situación si cumplía ciertas condiciones. Saber que con esfuerzo en tres años se pueden obtener papeles hace que el destino resulte atractivo.

La regularización se presenta como una medida social, pero también tendrá efectos económicos y políticos. ¿Quién crees que se beneficiará?

Hablar del futuro es delicado, porque solo podemos suponer. Hace más de 20 años que no se realiza un proceso así. Creo que se pueden beneficiar todos. La población migrante, porque podrá trabajar en mejores condiciones y cotizar para una pensión, algo fundamental. Por ejemplo, en Francia conozco personas que llevan 20 años trabajando en negro y no pueden acceder a una pensión. En España, un migrante puede pensionarse.

También puede beneficiar al país receptor, especialmente en un contexto de envejecimiento de la población, porque más personas cotizando ayudan a sostener el sistema. Hay también un tema de talento que debemos tener en cuenta: médicos, abogados o científicos que hoy trabajan en empleos precarios podrían homologar títulos y aportar plenamente a la sociedad.

Es posible que la carga social aumente en algún aspecto, y el Estado deberá evaluarlo con el tiempo, pero creo que el balance será positivo para ambos países.

Regularizar implica reconocer a personas que ya están trabajando, aunque sea en economía sumergida.

Exactamente. Esa población ya está aquí y no se va a ir. Regularizar puede reducir el estrés y mejorar incluso la salud mental de cientos de miles de personas, he oído cifras de hasta 600.000.

¿Qué le dirías a quienes creen que la regularización significa absorber problemas sociales de otros países?

Si esa población no trabajara y hubiera que sostenerla completamente con ayudas públicas, sería distinto. Pero la regularización permite trabajar de manera formal y cotizar. Hagamos un ejercicio: sacar a todos los migrantes de España o Francia durante dos días. ¿Qué pasaría con la economía? Se vería gravemente afectada. Los migrantes consumen en el país donde viven: pagan alquiler, comida, transporte, ropa, medicinas.

Este es un debate necesario para comprender la realidad del migrante. No podemos mantener a una población escondida como mano de obra barata sin derechos. Si una persona contribuye al enriquecimiento de un país con su trabajo, debe tener mínimos derechos de dignidad.

Una propuesta que tengo es que Colombia revise tratados bilaterales para incluir el trato digno a los trabajadores migrantes en cualquier país receptor.

A veces da la sensación de que se reproducen jerarquías sociales dentro de las propias comunidades migrantes.

Sí, puede ocurrir. También influye el país de origen y, en algunos casos, el racismo. No se trata igual a todos los migrantes: depende de si son más indígenas, más negros o de qué país vienen. A veces se trata distinto a un chileno o un argentino que a un colombiano o un venezolano.

El mundo debe avanzar en la humanización. Ser del norte o del sur no nos hace más o menos humanos. La diferencia es una riqueza, no un motivo de discriminación.

¿Podrías comentar algunas de tus propuestas o ideas para esa candidatura?

Creo que lo principal es la organización política y social de los colombianos y colombianas en el exterior. Estamos todos regados por su lado, no hay una entidad más allá de una bandera, no hay algo que nos anime a juntarnos. No hay vertebración.

Entonces pienso primero en la organización política y social. Estamos proponiendo crear unas mesas que se van a llamar “Somos Migrantes”, que vamos a instalar por todo el mundo para que los colombianos y colombianas en el exterior puedan reunirse, dialogar, conversar y conocerse. Somos un país de muchas culturas, y necesitamos entendernos. A partir de ahí, saber qué necesitamos y desarrollar políticas públicas de inclusión para que estemos todos dentro.

Luego, como propuestas en el Congreso de la República, propongo que el Estado colombiano reconozca el fenómeno migratorio colombiano como un hecho grave. Hay casi 10 millones de colombianos por el mundo. El Estado no reconoce que existe un fenómeno migratorio de esa magnitud.

Diez millones de personas, casi el 20% de la población, no salen de un país simplemente porque quieren. Hay responsabilidades y hay causas: falta de inclusión, falta de políticas públicas para desarrollar la vida económica, laboral o educativa, y falta de garantías de seguridad. Ese reconocimiento generará muchas preguntas, incluso a nivel internacional, porque mucha gente en el mundo no sabe que el fenómeno migratorio colombiano tiene esa dimensión.

Lo segundo es que se reconozca al colombiano y la colombiana en el exterior como sujetos de derechos políticos plenos. Cuando salimos de Colombia, el Estado se olvida de nosotros: perdemos acceso a pensión, salud o vivienda. El vínculo queda reducido a consulados que prestan servicios, pero no a un reconocimiento político real. El Estado debe volver a incluirnos dentro de sus políticas públicas.

La tercera propuesta es cambiar la circunscripción especial por una circunscripción territorial. Hoy se nos trata como una minoría, pero 10 millones de personas no somos una minoría. Estamos regados por todo el mundo como un territorio. Eso permitiría igualdad de derechos políticos y sociales respecto a los colombianos dentro del país, mejores atenciones consulares y un estudio profundo de acuerdos bilaterales con países receptores de migrantes.

Todo esto debería conducir al diseño de una política de retorno para quienes quieran volver a Colombia en condiciones dignas. No todos los colombianos en el exterior hacen dinero ni se vuelven ricos. Se calcula que el 75 % no tiene una posición económica que le permita regresar tranquilamente. El Estado debe preparar condiciones de retorno para una población que ha sostenido la economía popular.

El año pasado enviamos 13.098 millones de dólares en remesas, casi el 4% del PIB. Frente a eso, debemos ser reconocidos y contar con garantías de retorno.

Hablábamos antes del contexto mundial, con imágenes muy fuertes en Estados Unidos de detenciones de inmigrantes por parte del ICE, mientras España adopta medidas opuestas. ¿Qué consecuencias crees que puede tener este modelo diferente?

Creo que hace de España una nación más humana. No significa llamar a toda la migración del mundo, pero sí reconocer que existe una población migrante que aporta a la sociedad española. Reconocer su existencia como seres humanos ya es importante. No se trata de pertenecer a España, sino a la humanidad, y esa humanidad merece vivir con dignidad.

Muchos hablan del tema en términos económicos; yo lo veo desde el lado humano. Ese reconocimiento es un avance civilizatorio: reconocernos diferentes, pero iguales como seres humanos.

¿Crees que la diáspora colombiana en España está preparada para convertirse en un actor social y político más visible?

La ciudadanía siempre está preparada. Quienes muchas veces no han estado preparados son los gobernantes. Cuando aparece un liderazgo que convoca y organiza, la gente participa, debate y se involucra. El problema en Colombia es que la política ha sido traicionera y ha engañado a la población; prueba de ello es que el 20% vive fuera del país.

Tenemos que reconstruir la confianza para que la gente termine autoorganizándose. Esa es la gran posibilidad si cambiamos la forma de hacer política.

Para terminar, ¿qué le pedirías a los gobernantes de España y de Colombia?

Pediría una sola cosa: escucharnos. Escuchar, hablar y debatir. Ahí es donde podemos entendernos, conocernos y encontrar grandes ideas. Escucharnos: ese es el llamado. Si nosotros permitimos que los cambios que propongamos sea a través de la escucha, del diálogo, de la inclusión, yo creo que eso en algún momento va a generar un efecto. Es precisamente el no hablar, el no conversar, el no reconocer al ser humano lo que nos ha excluido. Hablábamos ahora, ahí caemos en el racismo y caemos en todo, caemos en el posicionamiento del dinero, en las clases.

Y yo creo que tenemos que apuntarle hoy a un mundo que está tan turbio como el que tenemos hoy, que es un mundo que se ha desarrollado a nivel económico y tecnológico, pero no a nivel humano. Yo creo que el buscar la humanidad, el defender el planeta, el luchar contra el cambio climático, que de alguna forma también es un patrón que obliga a las personas a moverse, a irse a otros sitios, a migrar. Pues yo creo que eso podría en un futuro llevarnos a entendernos, a comprendernos.

Y el día que estemos amenazados como humanidad, el día que estemos amenazados como humanidad, pues ese día será el diálogo, el juntarnos, lo que nos va a hacer reflexionar. Entonces, ¿por qué esperar hasta allá? Pues comencemos a hablar ahora, en términos políticos, económicos, sociales, como sean, pero comencemos a escucharnos desde ahora. Eso es lo importante.