Meritocracia y otras memeces

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Decía un querido amigo mío que “realmente la vida la viven cuatro mientras los demás somos meros figurantes”. Lo expresó después de que le mostrara algunas de las magníficas mansiones de la Costa Brava, solo visibles desde el mar. Ello fue posible porque a raíz de su boda, le regalé un fin de semana en mi pequeño velero de ocho metros, ejerciendo por mi parte de patrón/anfitrión. 

 Es evidente que la frase no tenía nada de fantástico, refleja sin más la realidad de nuestro mundo, aunque encontremos numerosos matices, siendo nuestro caso de los afortunados entre los parias de la tierra, los que recibimos las migajas que sobran de sus comilonas, habiendo el otro extremo, quienes están sufriendo explotación salvaje, hambre, persecución, guerra….

El hecho de tener ya unos pocos años de vida, estando sin duda más cerca del fin de la travesía que del puerto de partida, hace que se acumule en mí el hastío ante la indigencia humana de tantos, que pone difícil mantener el equilibrio en la balanza por parte de la mayoría de buenas personas, buenas en algunos casos al extremo que confirmaría aquello de “tan buenas tontas”.

 No son pocos los casos de corrupción sufridos, que han enriquecido de paje a rey, con el sudor de nuestra frente. Harto de ver cómo los espabilados se llenan los bolsillos con millones de euros de todas, harto de empresarios y políticos corruptos, que nos hablan de meritocracia, de la necesidad de esforzarnos, de que hay que trabajar más y exigir menos, de la “insostenibilidad” de nuestros servicios públicos, de los recortes en educación y sanidad, de la venta de lo construido por todas nosotras en lo que llaman privatización, de la venta/regalo a sus amigos de las empresas públicas, de la ocupación de consejos de administración por parte de quienes debían velar por los intereses generales, de los rescates a la banca (cuyos planes de pensiones son la supuesta alternativa a tener una jubilación digna) mientras se cuestiona la viabilidad de las pensiones públicas. Harto de aguantar a los canallas que llevan a los pueblos a la guerra, que se enriquecen con la muerte de miles de seres humanos, harto de quienes nos intentan engañar por mantenerse en el poder, harto de sus lacayos, egoístas imbéciles que se creen recibirán su parte del botín sin saber que mañana pueden ser carne de cañón de sus amos. Harto de estar harto.

Estos días nos levantamos con las últimas hazañas de nuestros emprendedores patrios, el colega del ministro y el novio de la presidenta. Ejemplo donde los haya de la “meritocracia” nacional. Mientras que la pandemia nos encerraba en casa, y por nuestras calles apenas solo circulaban ambulancias y coches fúnebres, mientras que miles de personas se arriesgaban para salvar vidas, darnos de comer o sostener los servicios vitales, mientras que en la sociedad dominaba el miedo y la preocupación ante el nuevo virus y morían miles de congéneres, amigos, familiares, otras se enriquecen especulando con lo básico, con la inestimable ayuda de ser, en un caso, asesor de un ministro, en el otro cónyuge de la presidenta de la Comunidad de Madrid. 

Y no son los únicos, evidentemente. Otros “prohombres de bien”, aristócratas, hijos de…, forman parte de esa estirpe de seres humanos que engordaban sus cuentas vendiendo mascarillas a precio de oro, se compraban lamborghinis y pisos de lujo, mientras nuestra gente mayor era abandonada en las residencias “de pobres”, y tantos perecían sin poder ni tener el consuelo de un familiar o amigo. Mientras nuestros sanitarios se dejaban la piel para salvar a la población enferma, y eran víctimas preferidas de la Covid, otros contaban los billetes y se reían de nuestras miserias. 

Pero vamos, esto es el capitalismo, amigos.

Hoy, cuando cada vez nos cuesta más llegar a fin de mes, a aquellos que llegaban, cuando la vivienda es un lujo inasumible para una gran parte, la comida se encarece y los salarios apenas suben, hoy tenemos que seguir soportando las sandeces de algunos políticos impresentables que se ríen de nuestras miserias, que no les importa en absoluto la vida y sufrimientos de la “plebe”, harto de los medios de comunicación que son “la voz de su amo”, y harto de esa parte de la población que se cree a salvo o incluso ser socio de “los espabilados y espabiladas”.

El sistema apadrina esto y mucho más, como Robin Hood inverso, roba a los pobres para dárselo a los ricos. Y mientras tanto, les reímos las gracias a los criminales, incluso se les da reconocimiento y honores, les votamos y aplaudimos. A cambio, la maravillosa libertad de tomarse una caña o “a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”. Todo mientras esperamos a ver si nos toca ser la próxima víctima del depredador, el próximo muerto por enfermedad o guerra, el próximo desahuciado.

La guinda del pastel, transmisión y bombo de la boda del alcalde de la capital, en otro bochornoso espectáculo de la caspa patria, de la cutre exhibición de los que se suponen mandan, los elegidos, de aquellos que se piensan solo deben rendir cuenta ante su dios hecho a medida. Otro aquelarre de quienes quieren dejar claro que aún existen las dos españas, “una la que muere y otra que bosteza”

Mientras tanto, los de abajo, educamos a nuestros hijos en la importancia del esfuerzo, de adquirir conocimientos para tener un trabajo digno. Les inculcamos los valores humanistas de honradez, justicia, igualdad, les enseñamos a respetar a su prójimo, a ser solidarios y empáticos, a colaborar y participar. Es evidente que nos equivocamos, les condenamos a seguir siendo los explotados del futuro. Deberíamos —quizás solo quizás— prepararlos para ser espabilados, emprendedores de verdad, de los que hacen fortuna con el esfuerzo y las vidas ajenas. Deberíamos quizás por su bien, a pesar de que ello nos genere arcadas, porque al final de esto se aprovechan estos sinvergüenzas, de que no tengamos estómago para ser como ellos.

Con todo esto, ¿cómo puede uno no ser feliz al ser un súbdito del Reino de España?, otra maravilla de los tiempos modernos ( o no tan modernos), tener monarca hereditario por la gracia de dios. ¿Cómo puede uno no sentirse un patriota, y llorar ante los colores de nuestra insignia rojigualda? 

Sobre todo, eso, llorar, ante tanta indigencia.

Todo atado y bien atado.

  • Enric Tarrida (1962) ha trabajado desde los 16 años en el mar, como pescador primero y marino mercante después. Ha sido Patrón de embarcaciones de Salvamento Marítimo. Militante del sindicato CGT.