Rosa, rosae
Umberto Eco sostuvo que los libros y la lectura son una forma de inmortalidad “hacia atrás”. No porque nos hagan más longevos, como la dieta mediterránea o la caminata diaria, sino porque le dan más espesor a la vida. Quien no lee tiene una sola vida que vivir, mientras que quien lee en abundancia disfruta y padece con gran número de ellas.
Todas se subrogan a la suya por un tiempo, el de la lectura, y a la vez le inyectan savia nueva y le abren no solo horizontes, paisajes y geografías desconocidos, sino también ocasiones para experimentar sensaciones y emociones nuevas y conocer íntimamente a personas atrayentes o repelentes. Y por supuesto, le abren pasadizos en el tiempo: quien lee el Nuevo Testamento asiste a la Encarnación, quien lee al Marqués de Sade se pone en la piel de Justine o de sus corruptores varones en plena Francia revolucionaria, quien lee a Galdós revive episodios nacionales de la mano de Gabriel Araceli o Salvador Monsalud, los lectores de Philip K. Dick se asoman a un futuro de androides y ovejas eléctricas en un planeta devastado por la contaminación radioactiva.
Cada libro añade un mundo amueblado con más o menos detalle al nuestro de serie y el lector se convierte en el único habitante que participa de todos esos multiversos, el nombre que se repite en los dramatis personae de todos, en tanto lector. Se trata de una potencia cuasi divina: estamos presentes en cada uno de esos mundos narrativos, por lo demás bastante estancos entre sí. Un infiltrado en nómina, testigo mudo de lo que sucede, cordialmente empadronado, nacionalizado o asimilado en cada uno de esos territorios sin tener que renunciar a la ciudadanía de los demás y a la suya propia de origen (que felizmente relativiza).
Ahora que hay tantos salvapatrias que quieren cerrar fronteras y expulsar a inmigrantes y que el fascismo eterno, que ya describió Eco en un texto de hace treinta años, cobra fuerza, qué bueno sería que pudiéramos practicar una hospitalidad recíproca. Ya que las novelas nos acogen como lectores en sus territorios, hacer nosotros lo propio con autores en apuros y hasta con sus personajes. Qué me dicen de empadronar a Simbad, Sherezade y Aladino (los emires que se queden en sus emiratos, con el emérito, ese exiliado fiscal). Seguiríamos con Zhivago, Emma Zunz, el Maestro y Margarita, la Maga y su hijo Rocamadour, el Eternauta, Gibreel Farishta y Saladin Chamcha, Arturo Belano y Ulises Lima. Repatriaríamos a Juan de Mairena, Jusep Torres Campalans y Leticia Valle.
De hecho Eco, del que se cumplen ese año diez desde que nos dejó, nos sugirió que el lector es el reanimator que insufla vida nueva a cada libro, hasta entonces cuerpo inerte cerrado y en un estante de la biblioteca, como una momia en reposo a la espera del conjuro, como si las páginas mecanografiadas fueran vendas de las que tiramos para despertar a la criatura, que la lectura hace levantarse y andar: un lázaro sobre el que operamos un cotidiano milagro.
Así que la lectura es un feliz intercambio de dones. El lector activa con cada lectura un mundo incompleto, perezoso, reticente. Pero ese mundo, una vez activado, le traslada un soplo vital de vuelta, le regala un lugar en él, le deja pistas para encontrar el sendero en el bosque narrativo, que es a veces intrincado. Borges dijo que todo laberinto es una representación espacial de la eternidad. Él se figuraba el paraíso como una biblioteca laberíntica, que es mucho más entretenida que un laberinto a secas: un Borges vidente se pasaría el día fatigando sus infinitos anaqueles, como también sin duda el propio Eco.
En una paradoja muy borgiana, la primera y más famosa novela de Eco tiene como protagonista, sin embargo, un libro que mata. Mata a quien lo abre para leerlo, a quien lo hojea, de manera que la muerte es segura, solo la rapidez con que adviene está asociada a la avidez que despierta y al tiempo que el curioso lector dedica a pasar sus páginas. Que ese libro fuera una apología de la comedia pero deparara un trágico final a su lector, en un ejemplar único que al final acaba destruido y perdido para la Humanidad, es ya un sarcasmo. Tanta transfusión de vida mutua entre libro y lector para llegar a este contraejemplo.
La novela de Eco alcanzó un extraordinario éxito. La historia de un libro maldito porque bendice la risa en un severo ambiente monástico medieval, con su scriptorium, su herbarium y su laberíntica biblioteca, con dos monjes que recuerdan a parejas de detectives bien conocidas (Holmes y Watson, Starsky y Hutch, los Sonny Crockett y Rico Tubbs de Miami Vice, Morgan Freeman y Brad Pitt en Seven…), con muertes horripilantes y sórdidas, con todo el despliegue del método de investigación policial y forense bien conocido gracias a la novela, el cine y las series del género, con los papeles secundarios del abad, el inquisidor, los herejes y las presuntas brujas, y el antagonista. Todo ello resultó cautivador para el lector: el primer best seller “de calidad”, a pesar de contener largos párrafos en latín sin traducir (o por eso mismo).
Las aventuras de Guillermo y Adso fueron adaptadas al cine, luego al teatro, como audiolibro, musical, ópera, cómics, juegos de mesa, videojuegos, una serie de televisión... También hay citas: vemos a la pareja de detectives medievales en un episodio de Los misterios de Laura, y no podemos dejar de verlos cuando los caballeros jedi Qui-Gon Jinn y su discípulo, Obi-Wan Kenobi, llegan a la nave de la Federación del Comercio como embajadores del Canciller.
Libro vivificado pues homenajeado, parodiado, objeto de pastiches, de sesudos comentarios exegéticos (las Apostillas fueron la respuesta del propio autor a todos estos), reutilizado en sketches, aludido en anuncios publicitarios. Novela posmoderna que hace extenso uso de la intertextualidad, la cita, la alusión, la ironía, el homenaje, la parodia, y que es a su vez “posmodernizada” y convertida en novela de culto por lectores cooperativos que hacen de ella objeto de intertextualidades, citas, alusiones, ironías, homenajes y parodias…
La rosa es el epítome de la belleza, pero también de la fugacidad. Contar una rosa la dota de una suerte de inmortalidad, y cada relato que incluye una rosa nos inyecta un poco de su fragancia y su lozanía. Es verdad que una rosa olería igual de bien aunque se llamara de otra manera, pero también es verdad que, tras siglos de costumbre y sedimentos depositados sobre la palabra rosa, sería un despropósito insistir en su arbitrariedad, en su contingencia.
Aunque las rosas desaparecieran de la faz de la Tierra por una plaga botánica que solo las afectara a ellas, en su nombre seguiría resonando el Cantar de los Cantares, la poesía renacentista, la pintura prerrafaelita, Gertrude Stein y la canción de Mecano, la guerra de las Dos Rosas, la rosa de los vientos. Añoraríamos la rosa el día de Sant Jordi, cuando cada libro regalado la recordaría.
Los libros tienen hojas más longevas que las de las rosas, pero también están sometidas a caducidad y precariedad, como lo muestra el manuscrito sobre la comedia de Aristóteles en la novela de Eco. No es el caso de El nombre de la rosa, que ha tenido un destino editorial y cultural mucho menos convulso y aclamado por crítica y público. No mata, ni mucho menos, sigue en cambio vivificando lecturas y reescrituras incesantes.