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Opinión - 'En la España de hoy...', por Esther Palomera

OPINIÓN

Desde el privilegio: viva el antiguo régimen

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El discurso de la izquierda apunta muchas veces a los hijos de papá, hijos del privilegio, que acceden muy jóvenes a puestos bien remunerados en el mundo de la empresa privada y nacen con una agenda bien nutrida de contactos bajo el brazo. Esos nepo babies que no saben cómo se pagan las cosas son un poco como los niños pequeños, que creen que el dinero se compra con la tarjeta. Qué graciosos y qué ridículos en los vídeos de 'barrio rico'. Pero esto no va de ellos, sino de otro tipo de privilegio: no son pocos los campos profesionales, muchos de ellos en el sector público, que se rigen por leyes escritas en un lenguaje indescifrable, normas crípticas que solo ellos conocen. Cuando no tienes a un familiar en el sector, resulta muy difícil acceder a la información y elegir con fundamento una salida profesional más digna o más estimulante que lo que has escuchado cada noche en la cocina. El sueño legítimo de vivir mejor que los padres, vaya. 

Fue ya bastante tarde cuando me enteré de que existía algo llamado la carrera diplomática, porque que se dice muy bajito y nadie sabe muy bien cómo se entra, salvo los que lo saben y acceden como toca, cuando toca. Después no entendí, aunque quiero creer que alguien me lo dijo, que era mucho mejor escribir la tesis con becas pre-doctorales y que la cosa no iba de ser independiente o de salirle gratis al Estado, sino de qué méritos cuentan más en los baremos y concursos. Ahora que ya han pasado las elecciones a rector en la Universitat de València estaría bien, como rezaba el programa ganador, hablar de un secretismo del que el sistema universitario no está exento. También del caciquismo solapado que lleva a algunos docentes universitarios con poder a susurrar en los oídos de sus mejores alumnos: venga usted a mi despacho. 

Hay una carrera académica como hay una carrera diplomática. También existe la carrera judicial y la carrera en el Cuerpo de Policía. Esta última a priori menos cotizada, diríamos, pero también con su intríngulis y tejemanejes. Después tenemos sectores cerrados, similares a los gremios, donde es realmente difícil entrar sin un contacto: pienso en los estibadores, por ejemplo. Díganme, en qué otros sectores hay carreras apetitosas y no lo sabemos los demás. Es decir, en qué inencontrable pliego, escrito en un lenguaje burocrático incomprensible, se anuncian plazos de inscripción de muy pocos días, cupos especiales, plazas para familiares. Dónde sigue vivo el antiguo régimen y parece que la supervivencia de un grupo en particular dependa del secreto de sus condiciones de trabajo. Ni siquiera hablamos de la carrera política ni de sus asesorías a dedo, porque resulta muy descorazonador, pero de todos es sabido que son la joyita de la corona.

Ahora dudo y me pregunto si pasar a formar parte del privilegio debería ser el deseo común a todos. Si no daría en una suerte de pesadilla arribista de aspirantes a registradores de la propiedad, agregados culturales y vampiros del sistema. Chupatintas del BOE. ¿De qué sirve coger el camino ascendente, el que te lleva más arriba, el que te propulsa por encima de tus familiares? Me imagino que, sobre todo, para sentir cierta culpa de clase como le pasó a Annie Ernaux: fíjense que en castellano tenemos el desclasamiento, pero no su antónimo. Sí que están surclasser, en francés, y upgrading, en inglés. Es sintomático que una palabra no exista en una lengua. En francés, por ejemplo, no existe lo barato, solo lo peu cher (poco caro). Por el contrario, en español tenemos la baratija, el baratero o el verbo baratear. Y un bazar de nombre fascinante que se ve desde la autovía de Madrid: Chollos El Barato.

Me imagino que, sobre todo, para sentir cierta culpa de clase como le pasó a Annie Ernaux: fíjense que en castellano tenemos el 'desclasamiento', pero no su antónimo

Pero en España tenemos la picaresca desde tiempos inmemoriales, palabra que ha viajado así a otras lenguas. Bienvenida sea pues la culpa de clase de quien acceda a la información que no le estaba destinada y logre hacerse un hueco a codazos. Saludos a los talentosos Mr. Ripley que se cuelen en las fiestas donde no los esperaban, a los que tengan que hacer serios esfuerzos para explicarle a su familia de qué trabajan. Le habrán metido un buen gol al sistema de secretos que sigue vigente todavía y, de paso, a los que todavía preguntan, cuando conocen a alguien, a qué se dedican tus padres.