'Birdman' es la primera obra maestra de 2015

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El éxito en Hollywood no depende del talento. A menos, no del talento artístico. Es más bien la maña mercantil y los fuegos artificiales lo que encumbra una película, a su director o a su actor. A día de hoy, la industria del entretenimiento, cuyo primer mandamiento lo puso Billy Wilder –“no aburrir”– empieza y acaba con el cine de superhéroes.

Marvel comenzó siendo el alimento de Hollywood pero ahora es al revés. Es verdad que la mayoría de las películas basadas en los títulos de la editorial de cómics, en ésta o en DC, son espectaculares y algunas gozan incluso de cierta complejidad dramática. Sin embargo, las eternas sagas de supehéroes fagocitan la taquilla, y ninguna película que no esté protagonizada por un tipo con capa sirve como reclamo para atraer masivamente al público.

Es complicado adivinar qué es lo que garantiza el éxito. Sobre esto reflexiona Alejandro González Iñárritu en su última película desde el título: Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia). Es la ignorancia sobre el arte del producto que se nos vende lo que determina nuestra percepción sobre el mismo. Esa ignorancia es dejarnos llevar por una crítica apabullante en la prensa o por un polémico accidente en su estreno mundial. En la actualidad importa poco qué clase de película u obra de teatro sea; siempre que haya un tío con capa, el productor puede respirar tranquilo.

Aquí tenemos capa. Birdman es el superhéroe que Riggan Thomson interpretó en su juventud (un acierto de casting dar el papel al exBatman Michael Keaton). Desde entonces, Thomson sólo es reconocido por ese héroe de acción. Para desembarazarse del pájaro y demostrar al mundo la clase de actor que hay detrás de la máscara, Thomson decide sobrecompensar, adaptando y dirigiendo en Broadway De qué hablamos cuando hablamos de amor, la obra maestra de Raymond Carver. Y la cámara de Iñárritu sigue al actor, y a todas las demás piezas de la obra (secundarios, productor, asistente…) durante los tres días anteriores al estreno.

Fama, reconocimiento y olvido

De alguna manera, este Riggan Thomson creado por Iñárritu es la reencarnación de aquella Norma Desmond (Gloria Swanson) que salió de la cabeza de Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses (ojo al especial de Billy Wilder en la Filmoteca este mes). En la mejor película hecha en Hollywood sobre Hollywood, Wilder jugaba con el paso del cine mudo al sonoro. La violenta mirada de Swanson representa el destrozado ego de una exestrella que intenta recuperar el esplendor perdido.

Iñárritu se centra en la devastadora dictadura del blockbuster de superhéroes sobre la producción cinematográfica. Ambas películas fotografían la soledad, el angustioso y sacrificado camino hacia el reconocimiento y las destructivas consecuencias de la fama.

De la misma forma que Norma Desmon vive fuera de la realidad, Riggan Thomson vive al borde de la esquizofrenia. El alter ego de Keaton escucha las voces de Birdman en su cabeza. El superhéroe que un día interpretó repiquetea la conciencia del actor con ideas que rebosan cinismo y que le empujan a desear su antigua vida. Todo mientras tiene que manejar el casting disfuncional de una obra de teatro que huele a estrepitoso fracaso.

Definición de disfuncional: Zach Galifianakis, el audaz y excéntrico productor de la obra. Emma Stone es la hija y asistente del personaje de Keaton, una joven toxicómana, frágil y con unas cuantas dudas existenciales que resuelve dibujando líneas en un rollo de papel higiénico. Naomi Watts es una de las actrices de la pieza, debuta en Broadway y su inseguridad la devora por momentos. El colmo del caos aparece con Edward Norton, su ex y una consagrada estrella de Broadway que llena los teatros solo con su nombre. Un desbocado actor, arrogante y vanidoso que sólo es capaz de sentir encima del escenario, porque fuera de él está perdido, vacío, no es nadie. En el personaje de Norton vive esa tradición teatral que choca frontalmente con el desencanto hollywoodiense.

Un plano secuencia para desnudar Broadway

Si la gran obra de Hollywood sobre Hollywood es El crepúsculo de los dioses, la gran obra maestra sobre el mundo del teatro en Broadway es Eva al desnudo de Joseph L. Mankiewicz. También en Birdman se retratan los celos entre actores, el fuerte pisoteo de unos sobre otros o la traición. Pero lo que hace única a esta película es el formato que el director mexicano ha elegido para narrar la historia.

Birdman es un solo plano secuencia, un órdago al que sólo Alfred Hitchcock se había atrevido en La soga. Evidentemente hay trampas, varios cortes a lo largo del metraje muy bien disimulados gracias a la perfecta fotografía de Emmanuel Lubezki, pero el efecto de estar ante una película viva, donde los personajes entran y salen y nos guían hacia la historia es asombroso, magnífico.

El valor que demuestra Iñárritu al utilizar esta técnica que requiere un talento inaudito para la planificación lo coloca en el Olimpo de los grandes directores de la actualidad, y al lado de Mankievicz y su clásico sobre Broadway. Birdman es compleja, actual, melancólica y divertida. Es triste pero esperanzadora. Se meterá en la cabeza de los espectadores para no abandonarles en mucho tiempo. La única cura es verla otra vez.

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