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El jovencísimo talento con el que Apple quiere repetir el éxito de 'Coda'

Javier Zurro

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En el Festival de Sundance de 2021, con el mundo todavía recolocándose tras una pandemia, con las salas de cine a medio gas y en una edición obligada a ser online, Apple compraba una película indie, sin un reparto conocido ni un director relevante por 25 millones de dólares. Una cantidad desorbitada que muchos pensaron que era un error para una película que solo tenía en su haber un premio en un certamen independiente como Sundance. El título de aquel filme era Coda, y lo que ocurrió después es de sobra conocido. La película terminó logrando el Oscar al Mejor película en la edición celebrada este año.

'RRR', el delirante fenómeno indio que triunfa en Netflix tras arrasar en taquilla

Saber más

El remake del título francés La familia Belier, por el que nadie apostaba y por el que la plataforma sacó la chequera, vencía a películas como El poder del perro, West Side Story, Licorice Pizza o Dune. Apple TV+ se convertía así en la primera plataforma en lograr el Oscar a la Mejor película, un hito que Netflix había perseguido durante años y que se le había resistido a pesar de jugar con fuerza al cine de autor produciendo a nombres como Alfonso Cuarón, Martin Scorsese o Jane Campion.

Un año después, la jugada se ha repetido. En un Sundance que se celebraba mitad presencial mitad virtual, Apple acudía con sus ojeadores en busca de su nueva joya. La agraciada fue Cha Cha Real Smooth (Bailando por la vida), de nuevo dirigida por un desconocido y que responde a esa etiqueta de feel good movie que tan bien les ha funcionado con Coda. La película es la segunda del jovencísimo Cooper Raiff, que con solo 25 años ganaba el premio del público al mejor filme de EEUU de esta edición y veía cómo la plataforma compraba su pequeño proyecto por 15 millones. No es la única coincidencia con Coda. Si en aquella era la comunidad sorda la que se veía por primera vez representada en el cine de forma verídica, aquí una de las protagonistas es una joven autista interpretada por una actriz autista. Aquí no hay un ejercicio de exhibicionismo actoral en busca de premios, sino un director buscando ser auténtico. 

Cooper Raiff asegura que prefiere “no pensar en ello”. “No quiero poner esa presión en la película. Me encanta Coda, y creo que Apple hizo con ella un trabajo maravilloso. Es increíble que después de lo que lograron la siguiente película que lancen sea la mía. Eso te hace sentir muy bien, pero son películas diferentes y espero que la gente las vea sin hacer comparaciones”. En Sundance intentó no leer las críticas del filme, pero sí reconoce que cuando Apple compró Cha Cha Real Smooth, se desató “la locura”. “Sentí que lo había conseguido, que iba a poder hacer películas. Estaba sobrepasado. Fue abrumador, porque era el empujón a algo que todavía no consideraba que era. Y era imposible no estar sobrepasado por todas las posibilidades y oportunidades que sabía que iba a tener a partir de ese momento”, dice con honestidad sobre una película que ya se puede disfrutar en la plataforma.

Una película que no solo ha dirigido y escrito, sino que también protagoniza dando vida a Andrew, un joven de 22 años recién salido de la universidad que no sabe qué hacer con su vida y no le queda más remedio que volver con su familia a Nueva Jersey, donde consigue trabajo como animador en las fiestas de bar mitzvá de los compañeros de clase de su hermano pequeño. Allí conoce a Domino y a su hija Lola, que tiene autismo leve. Entre todos se establecerá una hermosa relación donde Cooper Raiff demuestra su capacidad para conmover desde una aparente ligereza. 

“Mi hermana tiene una discapacidad, y mi madre tiene un vínculo eterno con ella, muy específico. La semilla de esta película es ese vínculo, ese lazo”, explica el director, que mezcló esa historia personal con el mundo de las bar mitzvá. Raiff no es judío, pero de pequeño acudió a una escuela judía, algo que le marcó. También el hecho de que una de sus primeras novias fuera “una chica judía llamada Sarah Brooke, durante tres años en el instituto”. Se sentía como “un outsider mirando a esta comunidad” y sentía que el padre de Sarah le miraba “como diciendo, nunca te vas a casar con ella”. 

No me propuso escribir un guion sobre la masculinidad. Mi madre es psicóloga, y ella cree que los sentimientos son maravillosos y creo que ella me enseñó a llorar mucho

Su primera película, Shithouse, hablaba de un chico que iba a la universidad, “una experiencia muy cercana” a su vida real y que hablaba “del dolor de dejar el hogar y crecer en ese momento de transición”. Su segunda película habla del regreso a casa cuando, al acabar la universidad, uno se encuentra en el vacío. Sin un trabajo, sin ser independiente y obligado a volver a la habitación de su adolescencia. Cooper Raiff no fue finalmente a la universidad, pero sintió algo parecido cuando antes de la COVID regresó a casa de sus padres, a su habitación de colegial.

Uno de los elementos más destacados de su película es su retrato de un protagonista que se enamora pero no es un chulo, un presuntuoso. Ni rastro de los 'machitos' que han poblado las ficciones durante años. Una nueva masculinidad que, según Raiff no responde a una intención concreta, sino a hablar de lo que uno conoce. “Yo escribo de lo que sé, y no me propuso escribir un guion sobre la masculinidad. Mi madre es psicóloga, y ella cree que los sentimientos son maravillosos. Cuando tenía seis años siempre me decía que le contara todos mis sentimientos, y creo que ella me enseñó a llorar mucho. Y cuando escribo, solo escribo sobre las cosas que conozco mejor, y sé mucho sobre llorar. Así que creo que también por eso mis personajes lloran”.

A su lado, Dakota Johnson y una revelación llamada Vanessa Burghardt, actriz con autismo que salió de una búsqueda por todo el país. En cuanto la vio, Raiff supo que era ella y se echó a llorar. Al director no le gusta especialmente “el concepto de representación”, y cree que todo nace de que realmente le importan sus personajes. Tampoco le agradaba, inicialmente, la idea de tener un grupo de consultoría para no incurrir en errores en el retrato del autismo, pero finalmente reconoce que “fue un trabajo asombroso”. “No se trata de pensar solo en la representación, esto no va de enseñar a alguien autista, sino de mostrarte a una persona real. Yo quería hacer una película sobre una madre y una chica con una discapacidad, porque es una cosa muy específica que me importa mucho, y me importa porque estaba representando a mi madre y a mi hermana, que moriría por ellas. Quiero hacer películas sobre gente por la que moriría y a la que quiero y quiero que el resto de personas las quieran y las entiendan”.

En sus dos primeras películas ha dirigido, escrito y actuado, pero no quiere que eso se convierta en norma. De hecho, prefiere centrarse en la dirección, pero es consciente de que ese pack parece su carta de presentación: “Creo que lo que vendí con mi primera película fue que hacía todas las cosas, así que eso es lo que interesó a la gente. También pasa, y no quiero decir que la gente no confiara en mí para dirigir una película, pero incluso yo mismo me sentía más cómodo haciendo lo que acababa de hacer porque esa era mi zona de confort, pero después de dos películas siento que ahora sí estoy confiado como director, y quiero estar cercar de mis actores y tan disponible emocionalmente como lo estaba cuando hacía todo”.

En los últimos años, Hollywood ha cazado a los talentos del cine indie para sus grandes producciones. Jon Watts, Colin Trevorrow, James Gunn… Todos fichados por grandes franquicias tras triunfar con sus pequeños debuts. No sería de extrañar que desde Marvel quisieran ese buen rollo que desprende el cine de Cooper Raiff. De momento, el director dice preferir “las películas más personales” y hace un llamamiento a que esas películas más íntimas también “pueden ser realmente grandes”. “Creo que soy bastante ingenuo, realmente, porque, por ejemplo, ahora estoy preparando mi nueva película, The Trashers, sobre hockey, y me parece descomunal. Pienso que es una película muy grande y voy diciendo eso a los jefes de los estudios, que es una película grande, y todos me contestan: '¿De qué estás hablando?'. Así que sí, me gustan las películas personales que hablen de personas reales y situaciones íntimas. Pero yo quiero que me gusten mis películas, y que lleven a la gente a los cines”.

En el Festival de Sundance de 2021, con el mundo todavía recolocándose tras una pandemia, con las salas de cine a medio gas y en una edición obligada a ser online, Apple compraba una película indie, sin un reparto conocido ni un director relevante por 25 millones de dólares. Una cantidad desorbitada que muchos pensaron que era un error para una película que solo tenía en su haber un premio en un certamen independiente como Sundance. El título de aquel filme era Coda, y lo que ocurrió después es de sobra conocido. La película terminó logrando el Oscar al Mejor película en la edición celebrada este año.

'RRR', el delirante fenómeno indio que triunfa en Netflix tras arrasar en taquilla

Saber más

El remake del título francés La familia Belier, por el que nadie apostaba y por el que la plataforma sacó la chequera, vencía a películas como El poder del perro, West Side Story, Licorice Pizza o Dune. Apple TV+ se convertía así en la primera plataforma en lograr el Oscar a la Mejor película, un hito que Netflix había perseguido durante años y que se le había resistido a pesar de jugar con fuerza al cine de autor produciendo a nombres como Alfonso Cuarón, Martin Scorsese o Jane Campion.

Un año después, la jugada se ha repetido. En un Sundance que se celebraba mitad presencial mitad virtual, Apple acudía con sus ojeadores en busca de su nueva joya. La agraciada fue Cha Cha Real Smooth (Bailando por la vida), de nuevo dirigida por un desconocido y que responde a esa etiqueta de feel good movie que tan bien les ha funcionado con Coda. La película es la segunda del jovencísimo Cooper Raiff, que con solo 25 años ganaba el premio del público al mejor filme de EEUU de esta edición y veía cómo la plataforma compraba su pequeño proyecto por 15 millones. No es la única coincidencia con Coda. Si en aquella era la comunidad sorda la que se veía por primera vez representada en el cine de forma verídica, aquí una de las protagonistas es una joven autista interpretada por una actriz autista. Aquí no hay un ejercicio de exhibicionismo actoral en busca de premios, sino un director buscando ser auténtico. 

Cooper Raiff asegura que prefiere “no pensar en ello”. “No quiero poner esa presión en la película. Me encanta Coda, y creo que Apple hizo con ella un trabajo maravilloso. Es increíble que después de lo que lograron la siguiente película que lancen sea la mía. Eso te hace sentir muy bien, pero son películas diferentes y espero que la gente las vea sin hacer comparaciones”. En Sundance intentó no leer las críticas del filme, pero sí reconoce que cuando Apple compró Cha Cha Real Smooth, se desató “la locura”. “Sentí que lo había conseguido, que iba a poder hacer películas. Estaba sobrepasado. Fue abrumador, porque era el empujón a algo que todavía no consideraba que era. Y era imposible no estar sobrepasado por todas las posibilidades y oportunidades que sabía que iba a tener a partir de ese momento”, dice con honestidad sobre una película que ya se puede disfrutar en la plataforma.

Una película que no solo ha dirigido y escrito, sino que también protagoniza dando vida a Andrew, un joven de 22 años recién salido de la universidad que no sabe qué hacer con su vida y no le queda más remedio que volver con su familia a Nueva Jersey, donde consigue trabajo como animador en las fiestas de bar mitzvá de los compañeros de clase de su hermano pequeño. Allí conoce a Domino y a su hija Lola, que tiene autismo leve. Entre todos se establecerá una hermosa relación donde Cooper Raiff demuestra su capacidad para conmover desde una aparente ligereza. 

“Mi hermana tiene una discapacidad, y mi madre tiene un vínculo eterno con ella, muy específico. La semilla de esta película es ese vínculo, ese lazo”, explica el director, que mezcló esa historia personal con el mundo de las bar mitzvá. Raiff no es judío, pero de pequeño acudió a una escuela judía, algo que le marcó. También el hecho de que una de sus primeras novias fuera “una chica judía llamada Sarah Brooke, durante tres años en el instituto”. Se sentía como “un outsider mirando a esta comunidad” y sentía que el padre de Sarah le miraba “como diciendo, nunca te vas a casar con ella”. 

No me propuso escribir un guion sobre la masculinidad. Mi madre es psicóloga, y ella cree que los sentimientos son maravillosos y creo que ella me enseñó a llorar mucho

Su primera película, Shithouse, hablaba de un chico que iba a la universidad, “una experiencia muy cercana” a su vida real y que hablaba “del dolor de dejar el hogar y crecer en ese momento de transición”. Su segunda película habla del regreso a casa cuando, al acabar la universidad, uno se encuentra en el vacío. Sin un trabajo, sin ser independiente y obligado a volver a la habitación de su adolescencia. Cooper Raiff no fue finalmente a la universidad, pero sintió algo parecido cuando antes de la COVID regresó a casa de sus padres, a su habitación de colegial.

Uno de los elementos más destacados de su película es su retrato de un protagonista que se enamora pero no es un chulo, un presuntuoso. Ni rastro de los 'machitos' que han poblado las ficciones durante años. Una nueva masculinidad que, según Raiff no responde a una intención concreta, sino a hablar de lo que uno conoce. “Yo escribo de lo que sé, y no me propuso escribir un guion sobre la masculinidad. Mi madre es psicóloga, y ella cree que los sentimientos son maravillosos. Cuando tenía seis años siempre me decía que le contara todos mis sentimientos, y creo que ella me enseñó a llorar mucho. Y cuando escribo, solo escribo sobre las cosas que conozco mejor, y sé mucho sobre llorar. Así que creo que también por eso mis personajes lloran”.

A su lado, Dakota Johnson y una revelación llamada Vanessa Burghardt, actriz con autismo que salió de una búsqueda por todo el país. En cuanto la vio, Raiff supo que era ella y se echó a llorar. Al director no le gusta especialmente “el concepto de representación”, y cree que todo nace de que realmente le importan sus personajes. Tampoco le agradaba, inicialmente, la idea de tener un grupo de consultoría para no incurrir en errores en el retrato del autismo, pero finalmente reconoce que “fue un trabajo asombroso”. “No se trata de pensar solo en la representación, esto no va de enseñar a alguien autista, sino de mostrarte a una persona real. Yo quería hacer una película sobre una madre y una chica con una discapacidad, porque es una cosa muy específica que me importa mucho, y me importa porque estaba representando a mi madre y a mi hermana, que moriría por ellas. Quiero hacer películas sobre gente por la que moriría y a la que quiero y quiero que el resto de personas las quieran y las entiendan”.

En sus dos primeras películas ha dirigido, escrito y actuado, pero no quiere que eso se convierta en norma. De hecho, prefiere centrarse en la dirección, pero es consciente de que ese pack parece su carta de presentación: “Creo que lo que vendí con mi primera película fue que hacía todas las cosas, así que eso es lo que interesó a la gente. También pasa, y no quiero decir que la gente no confiara en mí para dirigir una película, pero incluso yo mismo me sentía más cómodo haciendo lo que acababa de hacer porque esa era mi zona de confort, pero después de dos películas siento que ahora sí estoy confiado como director, y quiero estar cercar de mis actores y tan disponible emocionalmente como lo estaba cuando hacía todo”.

En los últimos años, Hollywood ha cazado a los talentos del cine indie para sus grandes producciones. Jon Watts, Colin Trevorrow, James Gunn… Todos fichados por grandes franquicias tras triunfar con sus pequeños debuts. No sería de extrañar que desde Marvel quisieran ese buen rollo que desprende el cine de Cooper Raiff. De momento, el director dice preferir “las películas más personales” y hace un llamamiento a que esas películas más íntimas también “pueden ser realmente grandes”. “Creo que soy bastante ingenuo, realmente, porque, por ejemplo, ahora estoy preparando mi nueva película, The Trashers, sobre hockey, y me parece descomunal. Pienso que es una película muy grande y voy diciendo eso a los jefes de los estudios, que es una película grande, y todos me contestan: '¿De qué estás hablando?'. Así que sí, me gustan las películas personales que hablen de personas reales y situaciones íntimas. Pero yo quiero que me gusten mis películas, y que lleven a la gente a los cines”.

En el Festival de Sundance de 2021, con el mundo todavía recolocándose tras una pandemia, con las salas de cine a medio gas y en una edición obligada a ser online, Apple compraba una película indie, sin un reparto conocido ni un director relevante por 25 millones de dólares. Una cantidad desorbitada que muchos pensaron que era un error para una película que solo tenía en su haber un premio en un certamen independiente como Sundance. El título de aquel filme era Coda, y lo que ocurrió después es de sobra conocido. La película terminó logrando el Oscar al Mejor película en la edición celebrada este año.

'RRR', el delirante fenómeno indio que triunfa en Netflix tras arrasar en taquilla

Saber más

El remake del título francés La familia Belier, por el que nadie apostaba y por el que la plataforma sacó la chequera, vencía a películas como El poder del perro, West Side Story, Licorice Pizza o Dune. Apple TV+ se convertía así en la primera plataforma en lograr el Oscar a la Mejor película, un hito que Netflix había perseguido durante años y que se le había resistido a pesar de jugar con fuerza al cine de autor produciendo a nombres como Alfonso Cuarón, Martin Scorsese o Jane Campion.