‘Sants’, una hipnótica película de atracos para un barrio “con sustrato anarquista y nombre religioso”

Javier Zurro

San Sebastián —

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El cineasta Mikel Gurrea, que sorprendió a todos en 2022 con Suro, buscaba sobre qué escribir su nueva película. Le gusta partir de “un lugar real”. Paseaba por su barrio, el barcelonés Sants, y se dio cuenta de que en las calles por las que paseaba había una película de ficción. “Empecé a interrogar el barrio con esa mirada de ficción, con esa idea de misterio. Sants es un barrio bastante cotidiano en apariencia. Es un barrio con un tejido asociativo muy fuerte. Ves muchos grupos de gente haciendo cosas. Algunas las comprendes, otras no porque no perteneces. Es un barrio con un sustrato anarquista muy potente pero que tiene un nombre muy religioso. Significa santos en catalán”, cuenta Gurrea del origen de su nuevo proyecto, Sants, con el que compite por la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián. 

Ese choque entre un nombre religioso y un barrio donde a priori no hay nada santoral le hizo investigar y leer. Descubrió la iglesia que da nombre al barrio y fue a verla. Siempre estaba cerrada. Ahí apareció la imagen primigenia de Sants, la idea de “una iglesia cerrada, como una caja fuerte, llena de tesoros que alguien podría robar”. Leyendo sobre el tema descubrió a Erik el belga, un ladrón de arte que dejó memorias en las que describía “los robos con ambigüedad y ambivalencia”. “Prácticamente parecía que hablaba de devoción, la devoción de sustraer en lugar de colocar, pero era devoción por el objeto artístico y casi una devoción de religiosidad. Eso me interesó mucho. Entonces empecé a jugar con el personaje de Lali, que iba a ser una ladrona, que iba a ser una tía que respondía un poco al arquetipo de la drifter, una persona que vive de forma nómada”, explica.

Escribió una escena, que acabaría en la película, y a partir de ahí empezó a tirar el hilo para completar esta película atípica, hipnótica y mágica sobre una joven que descubre en el robo de arte un don, y acaba dentro de una comunidad liderada por una chamaca que le promete la pertenencia a un grupo, pero también que cuidará a su madre enferma mientras trabaje para su grupo de robos de obras religiosas. Un filme que llega con un timing curioso. Cuando la escribieron fue el robo del Louvre. Poco antes de estrenarla fue el del tesoro de Villena: “Mucha gente nos decía que no era real lo que contábamos, y es más real de lo que pensábamos”.

En Sants está ese juego entre lo profano y lo religioso en todo momento. En sus imágenes, en su trama. Y eso habla de un país en el que la presencia de lo católico sigue atravesando todo, incluso a los que no creen. Para Guerra, la gente que roba también idolatra esas imágenes de una forma similar, por lo que “iconoclasta e idolatría son al final dos caras de la misma moneda”. “Para mí era potente para mover la película en el espacio entre estas dos cosas”, añade.

En el centro del filme, y como contrapunto a la protagonista que interpreta una Victoria Luengo que vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices del momento, coloca a un personaje hipnótico. Una ex monja, líder del grupo y que vende al mejor postor las obras a la que interpreta de forma misteriosa Eulalia Ramón, “la única que se le puede intuir un ideario más allá del de formar parte de una red de cuidados”, como la describe su director. 

Es un colectivo que hace cosas interesantes, que pone en juego una red, pero ella es la jefa. Mi ideario, mi creencia, es que tenemos que desconfiar de las estructuras piramidales

Ella se define como “una ladrona de ladrones”. Pero Mikel Gurrea hace que todo en ella sea sospechoso. Nunca sabemos si hay sinceridad en lo que dice. “Es un personaje que habla mucho con aforismos, que pontifica un poquito. Me divertía mucho no dejarlo claro. Me parecía que era potente darle a ella ese ideario para justificarse, pero quería que fuese un personaje esquivo que al final, es la líder piramidal de una estructura. Es un colectivo que hace cosas interesantes, que pone en juego una red de cuidados y favores, pero ella es la jefa. Mi ideario, mi creencia, es que tenemos que desconfiar de las estructuras piramidales”, opina.

En ese juego de lo milagroso, Gurrea cree que lo más cercano a un milagro que ocurre en el filme es que “alguien venga a tu vida y te diga que puede hacerse cargo de los cuidados a los que enfrentarse”. “Imagina que alguien pueda eximirse de esa responsabilidad, porque ese es un melón que no lo tenemos nada resuelto socialmente. No tenemos una estructura pública que, cuando hay que cuidar, se encargue y es jodido. En las ciudades eso se vive de una forma muy solitaria, entonces era muy suculento que ella ofreciera eso. Los líderes son persuasivos a menudo porque saben identificar la necesidad”, apunta.

Igual que la personalidad de su protagonista va a “la deriva”, también en lo estético quería ser “juguetón y no ir en línea recta”. Se basó en las películas de robos en donde el robo “parece un ritual”, y menciona a Rififí y Topkapi, de Jules Dassin, “que tienen este punto de juego y de ficción, pero que luego son metódicamente muy precisas”. También algo de Irma Vep, de Olivier Assayas, la película de 1996 que junto a su director de fotografía, Julián Elizalde, analizaron para trasladar los travellings con zoom que le dan a la película “fluidez e inestabilidad, una sensación de escapismo que tiene que ver con lo meta, con la ficción y la realidad”.