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25 años del ‘Arde’ de Migala: así se reconstruye un disco de culto

Clara Nuño

16 de mayo de 2026 22:11 h

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Les pasaron cosas que no eran normales y ellos lo vivieron como si fuera lo más corriente del mundo. Lo cuenta Abel Hernández con una sonrisa mientras echa la vista atrás desde sus cincuenta y recuerda lo que fue Migala, un grupo de chavales que quería pasarlo bien, que quería hacer música y a los que no les importaba otra cosa que no fuera su música, su sonido, el amor al arte. Un grupo de chavales que acabó de gira por EEUU, donde llegaron impulsados por Stuart David (cofundador y bajista de Belle and Sebastian, además de colaborador de Looper), y que consiguió una gran acogida de público y crítica en Francia, Bélgica, Alemania, Portugal u Holanda. También en España, claro, donde 44, su tercer trabajo, es considerado uno de los discos más importantes de aquello que comenzaba a llamarse ‘indie español’.

Activos entre 1996 y 2005, Migala fue un experimento colectivo, más que una banda, liderado por Abel Hernández, y los hermanos Coque y Diego Yturriaga como cabezas más visibles. Asimismo, participaron Jordi Sancho, Rubén Moreno y Rodrigo Hernández, junto a otros miembros variables, como Nacho Vegas. Su obra, que consiguió hacerse con sonido muy reconocible por su estilo y arreglos musicales, bebía mucho del rock, el punk y el pop anglosajón. La mayoría de sus letras, de hecho, son en inglés.

“Eso es, quizá, lo que más me choca desde el hoy: escucharme cantar en inglés, me genera cierto conflicto”, admite Abel Hernández en conversación con este periódico al ser preguntado por cómo ha sido asomarse a su pasado desde el presente con la remasterización de Arde (2000), que esta primavera la discográfica Acuarela Discos ha lanzado en vinilo por primera vez, con una edición remasterizada desde cero mediante la recuperación de los archivos originales. Igualmente, esta actualización de su obra incluye un insert con letras y créditos ampliados y un QR que da acceso a contenido inédito de la banda.

“Es una reedición bastante especial no solo porque sea en vinilo, sino porque el proceso de remasterizar desde cero ha sido tan laborioso como bonito, casi de arqueología sonora”, apunta el músico, que señala que han buceado en sus viejos ordenadores y programas y que han abierto sus proyectos de Cubase originales para volver a volcar la mezcla con una mayor calidad que la que tuvieron entonces. “Hemos entrado hasta las tripas de Arde, pero tampoco lo hemos cambiado mucho, mantiene su esencia”, asegura para señalar que los discos, o al menos un disco como este, se quedan en el limbo del tiempo; entre el pasado y el futuro. “No me suena a viejo, desde luego, aunque quede fatal que lo diga yo”, se ríe para añadir que, como crítico, además de músico, al asomarse de nuevo a Arde ha visto que este conserva la efervescencia, ingenuidad y creatividad de lo que fue aquello.

“Hay que tener en cuenta que Arde llegó en nuestro momento cumbre, en el momento en el que empezábamos a saber qué era lo que estábamos haciendo y en el que confluyó la creatividad de todos los que estábamos involucrados”, desarrolla el entrevistado. “Ahí ya sabíamos lo que es la producción musical, aunque si miras los materiales y los medios que teníamos y lo comparas con los equipos de bandas que están empezando hoy es alucinante. Tienen material profesional desde el principio”, asegura.

Ellos, con los medios del ahora, han retocado una mezcla que, a sus ojos, “estaba muy mal masterizada”, opacada por las deficiencias propias que tenían entonces y por la dificultad que tuvieron para escuchar lo que estaban mezclando. “El máster era una cosa muy básica, no tiene nada que ver con lo que podemos hacer ahora. Y no es porque no se pudiera hacer entonces, sino porque nosotros no sabíamos hacerlo”, agrega.

A pesar de esa producción que Hernández llama “amateur”, el Arde original fue el álbum en español mejor valorado por Pitchfork (revista online americana de crítica musical, lanzada en 1995 por el escritor Ryan Schreiber como un blog musical independiente), llegando a obtener una nota casi perfecta. Un 9,3 sobre 10. “Pero es que el Pitchfork de aquellos años no es lo que es hoy”, protesta sonriente el músico. “No tenía la relevancia que tiene ahora, era una cosa más hipster, aunque sí que es verdad que tuvimos una gran acogida desde el principio, tanto del público como de la crítica especializada. Y nosotros casi no nos dimos ni cuenta. Estábamos muy poco atentos, no nos extrañó que Arde funcionara tan bien. Nos resultó algo normal, esperable, aunque no lo fuera en absoluto”, rememora.

Por eso, entre otras cosas, han decidido echar la vista atrás y no asomarse únicamente al disco en sí. Un disco que, confiesa, hacía años que ninguno de ellos escuchaba hasta el final. Quizá alguna canción suelta de vez en cuando, pero nada más. Hasta que surgió y se materializó la idea de volver a meter las manos en las tripas de lo que fue su buque insignia. De hecho, otra de las razones era ver quiénes eran ellos entonces, cómo lo vivieron, si siguen siendo las mismas personas o si son otras. Y si sus proyectos artísticos actuales salen del mismo sito del que salió aquel. Eso sí, sin los ojos de la morriña. Como mera curiosidad.

La huella en los otros

“Lo planteamos como un reencuentro no nostálgico (en el aquí y ahora) de algunos de los que integramos aquello y también con los que fuimos y ya no somos”, explica Hernández, añadiendo que les parece que, en su caso, lo que pasaba de puertas para adentro, esa intimidad de un pequeño colectivo de amigos que hacían cosas por amor al arte, quizá fue más importante que lo que terminaron haciendo público. “Lo planteamos sin demasiadas jerarquías a priori entre categorías como música/no música, objeto artístico/no artístico”, desarrolla para explicar que ese archivo, aún en crecimiento, puede incluir todo tipo de materiales surgidos en su década en activo. “Más adelante veremos qué cosas hacemos públicas, qué se edita en formato físico y cuáles nos guardamos para nosotros”, apunta.

“Destacamos tanto, quizá, por nuestras influencias”, interviene Rodrigo Hernández, hermano y compañero de banda del anterior, que ha escuchado en silencio el discurso de Abel. “Teníamos un espectro muy amplio, no estábamos escuchando lo que escuchaba, en general, la gente de nuestra edad”, continúa para señalar que todo eso se les coló dentro. Desde las múltiples ramificaciones del jazz, hasta el folk americano, pasando por el post punk. Fueron novedosos en un momento en el que lo que hoy llamamos indie en España era, a sus ojos, algo más sencillo de interpretar. “De repente llegaron estos raritos que éramos nosotros y volcamos en nuestro trabajo toda la curiosidad que llevábamos encima. Eso es lo que nos llevó a hacer lo que hicimos”, ilustra Rodrigo.

Lo que hacíamos era un poco rarito en su momento. Es lo que provocó tan buenas primeras críticas, parecía como si hubiéramos abierto un portal

Su sonido característico y la temática del disco, que no era otra cosa que el paso a la madurez, el hacerse adultos, el dejar de ser críos, el tener problemas y desencantos de los de verdad, resuenan en muchas bandas nacionales actuales. Preguntados por dónde se encuentran y se reconocen, los hermanos sonríen, piensan en alguien (o, más bien, ‘álguienes’) y dicen que no. Que prefieren no dar nombres porque no saben cómo han llegado a su proceso creativo. Si, efectivamente, se inspiraron en ellos, o si ha sido su propio camino el que les ha llevado a ese lugar. “Hay veces que dices, ¡coño!, si suena muy parecido a lo que hacíamos nosotros, ¿no?, pero tampoco sabes si han cogido el atajo o llegado por su propio pie”, dice Abel.

“Ahora ya no, pero lo que hacíamos era un poco rarito en su momento. Yo creo que eso es lo que provocó tan buenas primeras críticas, parecía como si hubiéramos abierto un portal”, apuntala Rodrigo. Tanto que, si Arde hubiera salido hoy, probablemente habría pasado desapercibido. Enterrado entre tanta música nueva constante, en el deseo de destacar que tienen todos siempre y que, ahora, permite producir más que nunca. O puede que se hubiera viralizado porque algún chaval hubiera escogido alguna de sus canciones para ponerla de fondo a su vídeo vertical de menos de minuto y medio de duración. Estos son los escenarios que baraja Abel Hernández al ser preguntado, porque considera que cualquier cosa es posible. Pero admite decantarse, sobre todo, por el primero. Por la nada.

“Hoy hay más música, hay más facilidades para hacer las cosas, pero también más competencia, una atención mucho más dispersa y, sobre todo, mucha menos originalidad. Por un lado, ya se ha hecho todo y, por otro, hay mogollón de bandas con propuestas interesantes y la gente se rompe la cabeza pensando en cómo destacar, en cómo llamar la atención”, argumenta Abel Hernández. “Hoy, las cosas que funcionan mínimamente tienen un trabajo de marketing y de inversión publicitaria detrás. Y, nosotros, con ese tema fuimos muy descuidados, demasiado descuidados”, continúa para finalizar con que, probablemente, el impacto habría sido muy diferente.