Billy Bragg, el cantautor más político que se enfrentó con Margareth Thatcher y ahora se atreve contra Trump y el ICE
Streets of Minneapolis, la canción que Bruce Springsteen ha compuesto a raíz de las maniobras represivas del ICE, ha monopolizado toda la atención, pero el Boss no es el único músico que ha reaccionado con una canción en apoyo a los vecinos de Minneapolis. Ni siquiera el primero. El cantautor inglés Billy Bragg compuso la canción City of heroes tras el asesinato de Alex Pretti. El enfermero sucumbió a los diez balazos de la policía el sábado 24 de enero. Bragg se encerró en su estudio casero el domingo y el lunes colgó la canción en internet.
“El asesinato de Alex Pretti fue terriblemente impactante. Y más aún, cuando todavía nos estábamos recuperando de las imágenes del asesinato de Renée Good. Que se puedan cometer estos crímenes a plena luz del día, frente a una cámara y que ni aun así nadie rinda cuentas solo agrava la injusticia”, denunciaba Bragg sobre las políticas contra la inmigración de Donald Trump el lunes 26 desde su perfil de Substack. Acto seguido, la noticia musical: “Ayer compuse esta canción como un homenaje a la valentía de la gente de Minneapolis que, aun sabiendo que estos matones de gatillo fácil del ICE operan con aparente impunidad y complicidad, siguen dispuestos a arriesgarse para defender su comunidad. Su resistencia es una inspiración para todos nosotros”.
City of heroes son dos minutos y medio airados que contagian la necesidad de rebelarse ante el abuso de poder. Su estribillo es una inequívoca llamada a la acción: “Cuando vinieron a por los inmigrantes, yo les planté cara / Cuando vinieron a por los refugiados, yo les planté cara / Cuando vinieron a por los de cinco años, yo les planté cara / Cuando vinieron a mi vecindario, yo les planté cara”. Nerviosa y austera, solo guitarra acústica y voz, City of heroes recupera el tono beligerante de sus grabaciones de los 80; esas que te agarraban por la pechera y te conminaban a situarte políticamente en tu tiempo. Es una vuelta a los orígenes en toda regla. O, como dicen en inglés, un back to basics.
Con las luchas de ayer y las de hoy
Back to basics es, de hecho, el título del álbum recopilatorio que Bragg publicó en 1987. Reunía sus dos primeros elepés, Life’s a riot with spy vs spy (1983) y Brewing up with Billy Bragg’(1984), y el epé Between the wars (1985). En este último, destacaba Which side are you on?, una canción compuesta en 1931 por la activista Florence Reece, esposa de un líder del sindicato minero de Kentucky. En esa época, Bragg ponía su áspera guitarra al servicio de numerosas causas; por ejemplo, la huelga minera de 1984 en la Inglaterra de Margareth Thatcher. Pero también conectaba luchas del presente con las del pasado.
En City of heroes también recupera ese hábito. La primera estrofa está íntegramente dedicada al párroco alemán Martin Niemöller que, en los años 40, escribió el poema Cuando los nazis vinieron por los comunistas. A través de aquellos versos, Bragg denuncia esa actitud de esquivar los conflictos que no te interpelan hasta que la violencia y la injusticia vienen a por ti y ya no queda nadie que pueda defenderte. “En esta ciudad de héroes aprendemos las lecciones de la historia”, concluye, en referencia a la solidaridad vecinal de Minneapolis.
En la década de los 80, Billy Bragg era omnipresente. Se podía presentar en tiendas de discos o manifestaciones con una mochila en la que llevaba incorporados dos pequeños altavoces, un amplificador y un micrófono que le permitían tocar la guitarra eléctrica y cantar... ¡caminando! No tardaría en consolidarse como el cantautor izquierdista dispuesto a apoyar todas las causas en las que creyera. Y no eran pocas. Sus conciertos solían eternizarse porque entre canción y canción lanzaba alegatos en favor de colectivos y campañas de diversa índole.
Cuando actuó en España en 1990, consciente de que buena parte del público no entendería el inglés, contrató a una persona que traducía sus explicaciones al castellano. Y el recital se eternizaba aún más. Pese a ello, Bragg nunca ha considerado el escenario como un altar. Los Clash le cambiaron la vida, sí, y durante sus primeros años de carrera fue el arquetipo de cantautor punk, pero siempre ha dicho que el verdadero poder de los conciertos no reside en el artista que ocupa el escenario ni en lo que cante o cuente ahí arriba, sino en el hecho de que ese concierto reúna en un mismo lugar a personas con ideales comunes.
Bragg protagonizó una gira cuyo objetivo era reclamar trabajo para los jóvenes. Lideró el colectivo Red Wedge con el que varias bandas inglesas querían decantar las elecciones del lado laborista. Participó en muchos conciertos en favor de los mineros ingleses en huelga. Tocó en la Unión Soviética de Gorbachov y en la Nicaragua sandinista. De esta última experiencia nacería su versión de Nicaragua, Nicaragüita, composición de Carlos Mejía Godoy convertida en himno oficioso de la revolución y que él interpretaría en castellano en el epé The Internationale (1990).
Tras una primera década tan hiperactiva, su producción discográfica se iría espaciando. A finales de los 90, grabó con Wilco dos discos en los que ponían voz y música a poemas del cantautor estadounidense de los años 40 y 50 Woody Guthrie. En lo que llevamos de siglo XXI apenas ha grabado cuatro álbumes. Esta fase menos prolífica y de sonido más adulto ha coincidido con la redacción de varios libros de reflexiones políticas.
Discografía, militancia y sentido del humor
Bragg ha publicado tantos recopilatorios como álbumes originales: trece. La última compilación, The roaring forty (1983-2023)’, resume cuarenta años de carrera en cuarenta canciones. Son estas las que lo han convertido en una voz de referencia en la música y la política. Canciones sobre el desempleo con una profunda conciencia de clase. Canciones sobre la solidaridad en tiempos de desesperación. Canciones sobre ecosocialistas ingleses del siglo XVII. Canciones sobre el poder de los sindicatos. Canciones sobre el militarismo como mecanismo para perpetuar el capitalismo. Aun así, quizá su composición más recordada sea la menos política: “No quiero cambiar el mundo / No busco una nueva Inglaterra / Solo estoy buscando otra chica”, entona con el corazón roto en A new England. En Upfield acuñaría el término ‘socialismo del corazón’ para sintetizar su postura política. Siempre contra el cinismo. Siempre a favor de la empatía.
Apodado el ‘bardo de Barking’, Bragg nunca ha tenido problemas en definirse como cantautor y activista. Ni siquiera cuando, tras unos años 80 en los que la escena musical de su país estuvo muy politizada, el auge del brit-pop y la electrónica lo dejaron algo fuera de juego. A Bragg siempre le importó un bledo convertirse en una caricatura porque era el primero en reírse de sí mismo. Una vez, en un macrofestival, se le acercó un colectivo para pedirle que aconsejase al público utilizar preservativos. Sin problema: lo diría a mitad del concierto. El problema fue que se dejó en el camerino los preservativos que debía mostrar. Su mujer fue a buscarlos y salió al escenario para dárselos, mientras Billy le pedía con señas que no se dejase ver. ¿Por qué? Estaba embarazada de ocho meses y, claro, el público estalló en una monumental carcajada al ver que tío Billy no predicaba con el ejemplo anticonceptivo. Él mismo lo explicaba años después alrededor de una paella en la Barceloneta. Y le saltaban las lágrimas de la risa.
Bragg ha capitaneado campañas como Jail Guitar Doors, para financiar la compra de instrumentos que ayuden a los presos a reinsertarse a través de la música. En 2015 apoyó activamente a Jeremy Corbyn para convertirlo en el candidato que despertase al Partido Laborista. También se ha mostrado favorable a la independencia de Escocia y Gales e incluso se sumó a unas marchas contra el gobierno de derechas que dirigía Australia. El pasado septiembre organizó un concierto para recaudar fondos para el pueblo palestino. Dos días antes interpretó en la calle la última canción que había grabado hasta que el asesinato de Alex Pretti le empujó a componer de nuevo. Es Hundred year hunger y en uno de sus versos subraya que “Israel genera hambruna como arma para su guerra”. No era la primera vez que Bragg cantaba en las calles de Londres. Esa fue su escuela. Pero aquel día eligió una ubicación especial: delante del Parlamento.
‘Tus bandas favoritas odian el fascismo’
La portada del single ‘City of heroes’, publicado únicamente en formato digital, muestra a un manifestante de Minneapolis con una pancarta donde se lee la frase “Todas tus bandas favoritas odian el fascismo”. Ya en los años 80, Billy Bragg insistía en que “las revoluciones no empiezan en las tiendas de discos”. Sin embargo, en momentos tan adversos y frente a tanta indefensión, tres estrofas y un estribillo compuestos desde la otra punta del mundo pueden suponer un reconfortante bálsamo para quienes están sufriendo día a día la violencia policial. La primera reacción de Scott Olson, un seguidor estadounidense de Bragg, al escuchar City of heroes fue escribir unas líneas en el Substack del cantautor.
“Creciendo en Minneapolis, tu disco Back to basics sonó sin parar durante mi adolescencia. Era un vinilo doble de un hombre cuya guitarra eléctrica y canciones conversaban con mi angustia e idealismo juvenil. Fue literalmente la banda sonora de mi camino hacia la madurez. Como un don nadie cuyos sueños de estrella del rock no se hicieron realidad, jamás pensé que una experiencia de mi vida llegaría a oídos de mi héroe. Al fin y al cabo, ¿qué le podría ocurrir a un chico tranquilo del suburbio de un adormecido pueblo del medio oeste? Pero entonces llegaron estas tres últimas semanas y mi héroe compuso una canción sobre ello. Gracias Billy, por ver lo que nos pasaba y por honrar a mi gente con tu regalo. Para mí significa más de lo que jamás podrás llegar a saber”.