CRÍTICA
Mortalmente aburrido e insalvable: el documental sobre Melania Trump es un remake 'trash' de 'La zona de interés'
Mi cita con Melania está programada para el viernes a la hora del almuerzo en un centro comercial a las afueras de Bristol, dentro de un gran cine que parece haber sido barrido y vaciado para la ocasión. Cuando el polémico documental de Brett Ratner, respaldado por Amazon, se estrenó en la Casa Blanca el fin de semana pasado, la lista de invitados incluía a Mike Tyson, la reina Rania de Jordania y el presidente Donald Trump. Hoy solo estamos Melania en la pantalla y yo en la sala. Esto hace que sea un encuentro más exclusivo.
Este ambiente de acogedora cordialidad se prolonga durante los créditos iniciales, momento en el que la relajación desciende y la novocaína hace efecto, mientras la protagonista y productora ejecutiva de la película nos guía, con una lentitud glacial y agónico, a través de los preparativos para la segunda toma de posesión presidencial de su marido. Pasa de la prueba de vestuario a la disposición de la mesa, y de la “cena a la luz de las velas” al “baile bajo las estrellas”, con el rostro tenso y la voz metálica. “La luz de las velas, la etiqueta y mi visión creativa”, dice, como si enumerara los ingredientes de un caldero. “Como primera dama, los niños siempre serán mi prioridad”, dice con voz melosa. Casi nos la podemos imaginar engatusando a esos niños para que entren en su casita de jengibre.
Sin duda, se podría hacer un gran documental sobre Melania Knauss, la ambiciosa modelo eslovena que se casó con un magnate inmobiliario de Nueva York y luego se vio envuelta en el papel de una Eva Braun moderna, pero el horrible documental dirigido por Ratner no lo es en absoluto. Es una de esas pocas películas que no tienen ni una sola cualidad que las pueda salvar. Ni siquiera estoy seguro de que pueda considerarse un documental, sino más bien una elaborada pieza de taxidermia de diseño, terriblemente cara y fría al tacto, ofrecida como un tributo medieval para apaciguar al codicioso rey Trump en su trono.
Y así continúa todo. Melania se mueve por la trama como una autómata apática, hablando constantemente, pero sin decir nada, acompañada desde Mar-a-Lago hasta la Torre Trump y su destino final: la Casa Blanca. El drama se centra principalmente en su preocupación tras comprobar que su blusa blanca le queda demasiado holgada en el cuello y necesita ser cortada y ajustada, para consternación de los sastres. Melania echa de menos a su madre, dice, pero quiere a Michael Jackson y a Barron, y posiblemente también a su marido, aunque el propio Trump es aquí una presencia más bien secundaria, que aparece de vez en cuando para presumir de su victoria electoral y quejarse de que su toma de posesión coincide con las eliminatorias televisadas del fútbol americano universitario. “Probablemente lo hicieron a propósito”, dice.
El documental es desalentador, mortalmente aburrido y espectacularmente poco revelador. La película de Ratner se presenta como una versión dorada y trash de La zona de interés, de Jonathan Glazer, la película que mostraba la vida de ensueño de un comandante nazi y su familia en su casita con jardín junto a Auschwitz. En este caso, una Cenicienta con ojos de botón señala adornos dorados y vestidos de diseñador, distrayéndonos astutamente mientras su esposo y sus compinches se preparan para desmantelar la Constitución y desmantelan el gobierno federal. “Blanco y dorado, eso es muy tú”, le dice uno de sus aduladores mientras Melania Trump se ocupa de la combinación de colores para el baile. La futura primera dama admite que sí, que es cierto.
No es ningún spoiler revelar que, para la satisfacción de la protagonista, la segunda toma de posesión de Trump acaba saliendo a la perfección. Y eso a pesar de la desafortunada coincidencia con la eliminatoria de fútbol americano universitario. También a pesar de la irritante holgura de la blusa blanca de la primera dama. Los preparativos son agotadores, pero la euforia del momento la ayuda a superarlos, hasta llegar a la fiesta bajo las estrellas, donde baila brevemente al ritmo de YMCA, de Village People. “Estar despierta durante 22 horas no me supuso ningún esfuerzo”, afirma efusivamente, lo cual es agradable de oír. Pero la diversión no es contagiosa, los invitados son una pesadilla y dos horas con Melania se hacen eternas.
Traducido por Virginia Sarabia