Este otoño irás a la ópera

Dutch National Opera | Benvenuto Cellini por Terry Gilliam

La ópera es un género de muchos milagros: las enfermas terminales agonizan soltando sus mejores y más potentes trinos, los padres asesinan a sus hijas cantando a pleno pulmón y los más salvajes dramas de honor y celos tienen lugar en cualquier patio de vecinos. El melodramma y las voces sobrehumanas conforman una tradición que lleva en sus genes la necesidad de destrozar tabúes y provocar escándalos. Cualquier representación de ópera puede terminar como el rosario de la aurora pero también puede elevarnos a un estado catártico que cambiará nuestra vida para siempre. Lo habitual no es ni lo uno ni lo otro, pero la posibilidad de llegar a disfrutar de uno de esos momentos sublimes es lo que todavía nos anima a hacer colas interminables y gastarnos el dinero que tanto nos cuesta ganarnos.

Los escenarios naturalistas del teatro tradicional cayeron en desgracia en la ópera después de 1951, cuando Wieland Wagner se enfrentó a la ruina del Festspielhaus de Bayreuth con juegos de luces y sombras y escenarios profundos, místicos y minimales. En 1963, Grace Bumbry, soprano afro-americana, interpreta a Venus en Tannhauser haciendo temblar barreras raciales y estereotipos. En los años 70, Patrice Chéreau propone sus incoherencias espacio-temporales y hace que desintegren todas las reglas. En realidad se trataba de demostrar a los fans de Pink Floyd y de Miles Davis que la ópera no era cursi, ni facha, ni mucho menos anticuada. El grito de guerra de los directores de escena sigue siendo: ¡Abajo la ñoñería! Se impone el levitón, un arma muy eficaz para abrir mentes y superar prejuicios.

Lo que ves es lo que hay

¿Qué es lo que podremos ver en las dos grandes temporadas de ópera del Estado Español? ¿A qué nos enfrentamos? ¿Cuántas levitas y uniformes nazis lucirán los cantantes? ¿Cuántos desplantes deberá soportar el paciente espectador con la excusa de la modernez operística? Por una vez, el piensa mal y acertarás, falla dado que van a tener lugar dos estrenos  muy modernos y muy innovadores que tienen muy buena pinta.

La Flauta Mágica mozartiana en versión de Barrie Kosky con el grupo teatral británico 1927 se estrena enero en el Real y en julio en el Liceu. Una pantomima que convierte el conocido cuento de hadas en una película de cine mudo tipo Chaplin o Keaton, con letreros, recortables, marionetas y los típicos juegos de sombras y luces. Toquecillos de cabaret y de dibujos animados y aplicaciones inéditas de la tecnología a la escena. El montaje se estrenó en la Komische Oper de Berlín y ha recorrido muchos escenarios. Sorprendente, alegre, nuevo y muy bonito. La única crítica es que puede descentrar la atención de algunos de los más bellos momentos musicales de la historia. Se estrena enero en el Real y en julio en el Liceu.

El otro gran acontecimiento es el estreno en Barcelona de Benvenuto Cellini de Berlioz en la versión de Terry Gilliam con dirección musical del titular del Liceu, Josep Pons. Una ópera que suele representarse poco y una puesta en escena extravagante, abigarrada y valientemente kitsch. Con gigantes, cabezudos, acróbatas y malabaristas, se cuenta la historia del escultor y orfebre y sus peripecias y persecuciones mientras crea su Perseo con la cabeza de Medusa durante el Carnaval romano. Mucho movimiento, gran sentido del espectáculo y… sospechamos total distracción respecto al hecho musical.

“Nazis… Odio a esos tipos…”

Acaban de concluir las representaciones de Roberto de Veraux de Donizetti en el Real. Muy bien acogido sobre todo por los dos protagonistas Mariela Devia y Gregory Kunde. En el Liceu la temporada comenzó el pasado día 7 con Nabucco de Verdi, un tema bíblico que en esta ocasión se teletransporta al Holocausto nazi. La gestación del nazismo también se insinúa en la coproducción de la Ópera de Zúrich y el Gran Teatre del Liceu del Parsifal que se representará en abril en Madrid (¡Atención! Hablamos del Parsifal que tiene lugar en un hospital desconchado, no el que caminan en la cinta transportadora ni el que se comen unos a otros).

Viktor Ullmann fue un discípulo de Schönberg que murió en Auschwitz. El emperador de la Atlántida fue compuesta en el campo de concentración de Terezín (Theresienstadt), donde se llegó incluso a representar hasta que las autoridades se percataran de que, en realidad, se trataba de una burla de Hitler. La veremos en el Real en junio. El nazismo es un tema muy recurrido por los escenógrafos. Un lugar común de la falta de imaginación y la rutina. Ullmann y el libretista  Peter Kien tuvieron que sufrirlo en la vida real.

Wagner, Verdi, Shakespeare y Cervantes

Más Wagner: El ocaso de los dioses en el Liceo, con los protagonistas vestidos con las inevitables levitas que Dios y Patrice Chéreau mandan. También salen médicos con bata y militares de uniforme. Último capítulo de una Tetralogía que al parecer ha estado a punto de no completarse por causas económicas. Sus protagonistas serán el maestro Pons al frente de la orquesta y los cantantes Lance Ryan e Iréne Theorin.

La prohibición de amar fue la segunda ópera que compuso Wagner y constituyó un fracaso tan impresionante que raras veces se representa. Está basada en Medida por medida de Shakespeare y sirve para celebrar el IV Centenario de la muerte del bardo. No es difícil adivinar que Wagner odiaba el bel canto pero hablaba bien de Bellini. En julio, el Teatro Real presentará I Puritani en una nueva producción del Teatro Real, en coproducción con el Teatro Municipal de Santiago de Chile.

Verdi es el otro compositor que domina habitualmente el cartel operístico: Rigoletto, basada en el Triboulet de Víctor Hugo, con un protagonista que es un villano. Se representa a finales de año en el Real con Leoy  Nucci y Olga Peretyatko en los papeles del bufón y su hija. A ver si la podemos ver en su entorno histórico normal y no en una portada de Village People como la última vez que yo la vi. En abril del 16, ese superhombre del canto lírico llamado Plácido Domingo celebrará su 50 aniversario en el Liceo interpretando el papel principal de Simon Boccanegra. Unas semanas después saltará al Real con un Verdi poco habitual: I due Foscari con Ainhoa Arteta en versión concierto.

Más Verdi en Barcelona: Otello por Aleksandrs Antonenko, Carmen Giannattasio y Marco Vratogna del 21de enero al 7 de febrero. Es el Otello blanco que consiguió pasar por el MET sin que lo pintaran. La acción se ha trasportado al presente, dentro de un descomunal barco de refugiados, y salen uniformes militares por todas partes. Hace más de un siglo que el Otello de Rossini no se representa en el Liceo. El próximo febrero lo podremos ver en versión concierto, es decir, sin nada que distraiga del hecho musical.

El repertorio español contemporáneo ha sido elegido para celebrar los aniversarios de Cervantes y Shakespeare: El caballero de la triste figura de Tomás Marco y 2 delirios sobre Shakespeare de Alfredo Aracil en el Teatro Real, enero y junio respectivamente.

“Gran nuova! Gran nuova!”

Seguramente la novedad más cacareada de la temporada será el debut de Juan Diego Flórez en Lucia di Lammermoor. La rumana Elena Mosuc interpreta a la protagonista. Todo el drama de amor y muerte de Donizetti se desarrolla en una torre inclinada de vidrio que cambia con la iluminación. Abrigos largos de cuero negro en vez de kilts escoceses y trajes de noche muy bonitos para las mujeres. Los diseñadores son Damiano Michieletto y Paolo Fantin con la figurinista Carla Teti. Es el equipo responsable del Guillermo Tell que causó tanto revuelo el pasado verano en el Covent Garden con la escena de la violación.

Written on Skin del londinense George Benjamin será dirigido en Madrid y en Barcelona por el propio compositor. Es una historia medieval algo truculenta con un importante papel femenino a cargo de la canadiense Barbara Hannigan.  Para terminar, será la primera vez que se presente en Madrid Alcina de Haendel en versión escénica, coproducción del Teatro Real, el Teatro de la Maestranza de Sevilla y Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia.

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