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El 8-M como hito histórico

Demasiadas primeras veces las mujeres hemos sido noticia en contra de nuestra voluntad No queremos ser pioneras sino iguales. No queremos admiración sino justicia

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El 8 de marzo de 2018 ya forma parte de la Historia con mayúsculas. La justa causa de la igualdad de género cuenta con una fecha señalada más en el calendario de su larga e intensa lucha. La huelga ha supuesto un hito, un extraordinario impulso a las reivindicaciones feministas y una ocasión única para sumar aliados. Por suerte, cada vez más hombres se apartan de la orilla del machismo para fortalecer la democracia. De eso se trata. De alcanzar una democracia plena que dote a las mujeres de su condición de ciudadanía en las mismas condiciones que los hombres. No se trata de un puñado de demandas sectoriales sino de cambiar el modelo de sociedad. De implicar a todos y a todas en un proyecto que haga realidad los postulados teóricos de las sociedades democráticas. Es decir, los derechos no son negociables en función del género.

La discriminación laboral, la brecha salarial, el abrumador desequilibrio del reparto de las tareas domésticas, las trabas para ocupar puestos de responsabilidad o, por supuesto, la violencia machista, son lacras a extinguir en un país que se tiene por avanzado. Qué decir de aquellos en los que la situación de la mujer es de absoluto sometimiento al hombre ¿Cómo es posible que, con estas realidades, se dude de las razones para reivindicar o sean motivo de desprecio o de burla? Hay quienes, con mayor mesura, dicen no haber entendido la convocatoria de huelga feminista del 8-M y no les falta al menos una razón. Es incomprensible que, avanzado el siglo XXI, en una sociedad que se autodefine como moderna haya sido tan necesaria su convocatoria.

Y no para romper con el modelo de sociedad occidental, como, a falta de argumentos, se alertaba desde la derecha, sino justamente para lo contrario. Es decir, para dejar de presumir de su fachada y afianzar sus cimientos porque sin igualdad no hay democracia plena. No cuando se condena a las mujeres, por el hecho de serlo, a un mayor desempleo y precariedad, a un menor salario o a ser víctima de la intolerable violencia machista. Si ese es el sistema a preservar, miedo a romperlo ninguno. Cada paso en esta lucha por la igualdad nos ha costado mucho esfuerzo. Es el esfuerzo que exige caminar por las arenas movedizas de una sociedad patriarcal. El 8 de marzo ha sido momento de parar y de hacerlo con la firme voluntad de no dejar de moverse.

Demasiadas primeras veces las mujeres hemos sido noticia en contra de nuestra voluntad No queremos ser pioneras sino iguales. No queremos admiración sino justicia. Y para ello hay que mojarse. El ‘yo no me meto en eso’ del presidente Rajoy es sinónimo de ‘yo soy cómplice’ de una discriminación incompatible con una sociedad democrática. No hay que olvidar que para que exista la discriminación es necesario que alguien la perpetre y un silencio cómplice que garantice su impunidad. Sobran tantos motivos como faltan argumentos. Nadie ha sido capaz de rebatir las causas de la huelga desde el rigor sino desde la falta de respeto o de la ocurrencia. Porque una triste ocurrencia es, por ejemplo, acusar de ‘frívola’, como hizo la señora Cospedal, una movilización de esta relevancia social. Debería al menos respetar, y no menospreciar, la memoria colectiva de un movimiento que, con su lucha, ha posibilitado grandes avances en el papel social y político de las mujeres.

Algo grave falla en el sistema cuando hay que reclamar lo obvio. Sin embargo, todos estos obstáculos, lejos de conducir al desaliento, han fortalecido esta lucha. Basta ver hoy cómo los distintos movimientos vinculados al feminismo merecen una atención hasta ahora desconocida. Basta comprobar los altos niveles de exaltación de los sectores más reaccionarios de la sociedad para reafirmar que la dirección es la correcta. En todo caso, deben saber que no hay caricatura, ofensa, crítica o desprecio que nos aparte del camino del feminismo como ariete en esta lucha de las mujeres por la igualdad de los derechos y por la democracia paritaria que no es otra cosa que la democracia real.

*Carmen Montón, c onsellera de Sanitat Universal i Salut Pública de la  Comunitat Valenciana

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