Mojar pan en aceite
La pregunta del secretario del Tesoro de EEUU descolocó a Rodrigo Rato: “¿Y para qué quiere España entrar en el G8 si nunca propone nada?”. Así es la diplomacia estadounidense, entendida como el arte de decir lo conveniente en cada negociación, no lo que el otro quiere oír. En castellano, “ser diplomático” se interpreta como ser educado, respetuoso, no ofender ni molestar. La diplomacia yankee es diferente, y empieza por llamar a las cosas por su nombre. Rato habla un buen inglés. Si hubiese llegado a presidente del Gobierno, habría sido el primero de la historia de España con esa mínima medalla. Pero sus modos son de castellano viejo; la sombra del imperio perdido, la maldición del hidalgo.
Aquella reunión secreta se celebró en Washington, en el año 2001. De un lado de la mesa, el secretario del Tesoro estadounidense, Paul O’Neill. Con él, tres sherpas, esos asesores que acompañan a los líderes en su ascenso durante las cumbres internacionales. Del otro, Rodrigo Rato, en aquel momento vicepresidente económico del Gobierno, acompañado por otras tres personas de su equipo a las que convocó a la reunión en el último momento, al enterarse de que O’Neill no iría solo. Rato tenía un encargo de José María Aznar: negociar el apoyo estadounidense para que España pudiese sentarse en el G8. “¿Por qué tenéis tanto interés en estar ahí?”, decía O’Neill. “Si España nunca plantea nada en ninguna cumbre y se limita a sumarse a lo que dice un país o el otro”.
La reunión empezó mal y tampoco acabó bien. Los resultados nunca llegaron. A pesar de la foto de las Azores y de los pies de Aznar sobre la mesa del rancho texano de George W. Bush, España no logró entrar en el club. EEUU al final dio su apoyo, aunque no sirvió de nada. Aznar peloteó al sheriff, pero olvidó que en el G8 hay siete socios más. De propina, perdió el tren para ser miembro del G20: Aznar no peleó por formar parte de este grupo porque temía que el premio de consolación le cerrase el paso hacia el G8. El bigote que siempre estará al lado de Bush se la jugó a todo o nada. El resultado fue nada de nada para España. Hasta que llegó Zapatero.
El propio Mariano Rajoy, el lunes en Tengo una pregunta para usted, reconoció entre los méritos del presidente del Gobierno el haber logrado que España se sentase en las últimas cumbres del G20. Aquella apuesta de Zapatero fue tan valiente como arriesgada. Puso sobre el tapete gran parte de su capital político en una jugada generosa: si ganaba lo hacía España y si perdía sólo él pagaba con su prestigio.
El salto salió bien, a pesar del pánico de muchos de sus colaboradores, que temían que se tratase de uno de sus habituales ataques de optimismo antropológico; esa inquietante imagen que da a veces Zapatero de ser como un niño que cree que un deseo se hará realidad si cierra los ojos, aprieta los puños y lo pide en voz alta con todas sus fuerzas. Y el presidente acierta cuando dice que querer es poder (el otro extremo es peor aún, algo muy español: no atreverse a nada por miedo al ridículo). Pero, como cantan los Stones, no siempre puedes conseguir lo que deseas.
Esta vez el deseo se cumplió y España ha estado ahí, en la cumbre. Pero la vieja pregunta de Paul O’Neill a Rodrigo Rato aún permanece en el aire. ¿Y para qué quería España sentarse en el G20 si no ha propuesto nada y sólo se ha sumado a la postura de otros? ¿Qué ha aportado al texto final?
Zapatero, en la rueda de prensa del jueves en Londres, dejó ver su orgullo porque España se cuente entre los vencedores en uno de los debates más espinosos de la cumbre, el de los paraísos fiscales. Y también presumió de que él siempre había estado a favor de terminar con el secreto bancario. Sin embargo, en el documento oficial de propuestas que España presentó para la cumbre de Londres no figuraba ni una línea sobre estas cuevas piratas, no vaya a ser que molestase a alguien. Y el verdadero mérito de que los paraísos fiscales estén hoy más acosados que nunca corresponde al que de verdad lanzó el órdago: el presidente francés, Nikolas Sarkozy. España tuvo un papel en este tema, es cierto, pero fue el de un buen secundario, ocupado en intermediar para que el francés que tiraba de la cuerda no la rompiese.
Hay una anécdota del periodista José Antonio Martínez Soler que ilustra muy bien en qué consiste la mejor tradición de las relaciones internacionales de los distintos gobiernos de España. Fue en 1995, durante la visita del presidente estadounidense Bill Clinton a España, en un importante encuentro a solas con Felipe González en la Moncloa. Mientras esperaba para la rueda de prensa posterior, a Martínez Soler le entraron ganas de orinar, así que se puso a buscar un baño. Por error, acabó abriendo la puerta de la sala donde estaban sentados Clinton y Felipe, junto con los dos embajadores y un par de asesores más. “Me los encontré frente a unos platos de aceite, en una degustación. Felipe le estaba enseñando a Clinton cómo mojar pan en aceite”, recuerda Martínez Soler, que dio una vuelta a la sala rodeando la mesa con cara circunspecta, saludó a un Felipe que le miraba anonadado y salió después por la misma puerta, abandonando la trascendental cumbre bilateral.
Clinton, Bush, Obama: las últimas décadas de política exterior española se pueden resumir según la relación frente a Estados Unidos, una variable que fija todas las demás posturas. Después de que Felipe mojase pan en aceite con Clinton, Aznar pasó a poner los pies encima de la mesa con Bush, y ahora, cuando Obama dice ven a Afganistán, Zapatero lo deja todo. Y está bien que los presidentes presuman de aceite, se pongan cómodos en el rancho del rey del mundo y se sienten con los que mandan. Pero si España quiere pintar algo en la política internacional del nuevo orden mundial, también hace falta una voz propia, independiente de lo que diga EEUU o de que gobiernen republicanos o demócratas. Aunque para eso no basta con decir “sí” o “no” a lo que inventen ellos.
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