Sarkozy exporta la política de culebrón
Juan Carlos Escudier
Además del lógico interés para la prensa rosa, el romance entre Nicolás Sarkozy y Carla Bruni, que en estos días pasean su amor Nilo arriba, Nilo abajo, está llamado a revolucionar el marketing político de los próximos años. Hasta ahora, se suponía que los electores premiaban la estabilidad emocional de sus dirigentes, al punto que una crisis matrimonial no sólo era fuente de infelicidad sino también un lastre en las encuestas. En este nuevo esquema se utiliza profusamente la vida privada para hacer política y se busca el fervor de los ciudadanos, que no saben si han elegido a Napoleón o a Casanova, pero que aprecian la sinceridad del gobernante para proclamar su amor a los cuatro vientos.
Es cierto que el caso de Sarkozy no es extrapolable, porque es difícil encontrar a alguien que trate de desactivar una huelga de transportes anunciando oficialmente la separación de su esposa (Cecilia) o que se lance cual caballero volante a liberar enfermeras o azafatas, ya sean búlgaras o españolas. El diario Le Monde, que a principios de este mes se dedicó a contar las apariciones televisivas del presidente en las seis grandes cadenas francesas para confirmar que estaba hasta en la sopa, ha bautizado sus modos de Sarko-show, una producción del Eliseo en el que se borra la frontera entre vida pública y privada para alimentar en forma de culebrón las pasiones de la plebe.
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