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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La Constitución y los estorninos

Imanol Zubero

Me fascina contemplar esas bandadas de estorninos volando con una sincronización perfecta. Cambiando de dirección al unísono, conformando una suerte de cuerpo único, maleable, con una apariencia de solidez que encubre la fragilidad de cada una de las aves que componen el tropel. Pero lo que en la naturaleza alcanza niveles de mágica belleza, en la vida política se convierte en práctica desasosegante.

El PSOE ha decidido apoyar la admisión a trámite de una proposición de ley, presentada Izquierda Plural y el Grupo Mixto, contra aquella reforma-express del artículo 135 de la Constitución de agosto de 2011, reforma liderada por el entonces presidente de Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero y aplaudida casi unánimemente por su partido. Yo estaba allí, no hace falta que nadie me lo cuente. Cuando me encontré en la tesitura de tener que exponer ante el grupo parlamentario socialista las razones por las que no estaba dispuesto a apoyar la reforma, solicité públicamente del entonces candidato a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, que en su equipo de colaboradores más cercanos incluyera, además de las y los inevitables cortesanos, un bufón. Me consta que a todos los presentes en aquella reunión mi solicitud les pareció una impertinencia. No era esa mi intención.

El bufón representa, al menos así lo entiendo yo, a ese personaje que está en la corte pero no es un cortesano, que se sienta junto al trono del rey pero que no aspira a ocuparlo, que le recuerda al gobernante su humana conditio. Seguramente no era aquel el momento de hacerlo, pero lo que intentaba comunicar con aquella intervención era una convicción: que la manera en la que se recluta a los miembros que conforman los equipos que acompañan y aconsejan a los dirigentes políticos, primando sobre todo la identificación plena, la lealtad entendida como comunión de opiniones y convicciones, es una tragedia para la acción política en estos tiempos en los que la incertidumbre exige más reflexión, más contraste, más deliberación y más atención crítica que nunca.

La lealtad malentendida como unanimismo acrítico, como seguidismo de la decisión del líder, conforma ecosistemas políticos en los que la diversidad de opiniones, de experiencias y de percepciones desaparece por completo. Expresiones y consecuencias de este empobrecimiento opinativo y experiencial son los llamamientos a cerrar filas, la penosa práctica de “lavar los trapos sucios en casa”, el control de la crítica mediante la selección del personal y la condena de la discrepancia.

La sustitución de los debates por actos de propaganda, los argumentarios reducidos a una retahila de consignas, la postergación de las voces discrepantes a la hora de conformar listas electorales o puestos de dirección, han convertido a los partidos políticos en auténticas iglesias, en el sentido que la Sociología de la religión da a este término: “una organización predominantemente conservadora, relativamente afirmadora del mundo, dominadora de masas y, por ello, tendiente en su mismo principio hacia la universalidad, es decir, a abarcarlo todo” [Ernst Troeltsch]. Iglesias que llevan consigo su forma de ser y de actuar cuando acceden a las instituciones del Estado.Y por cierto que era eso, un acto litúrgico, pleno de alabanzas y aclamaciones al líder y a su capacidad de visión y de sufrimiento, a medias entre el providencialismo y lo martirial (“el pueblo español sabrá reconocer nuestro sacrificio”), lo que me parecía estar viviendo aquella noche en la que decidí expresar públicamente, porque me parecía lo más normal del mundo hacerlo, mis discrepancias con una decisión que sigo considerando profundamente equivocada. Aunque a lo mejor el equivocado era y soy yo.

Hoy es el día en el que me parece más preocupante esta práctica política estornina que la permanencia del artículo en su momento reformado. Los mismos estorninos que ayer piaban a favor de la reforma hoy pían en su contra. ¿Por qué? ¿Y mañana?

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