Ventanas
Lo difícil es encontrarle un sentido a la vida y conformarse con lo que te depara la suerte, que a fin de cuentas es lo que ha de gobernar tu discurrir por este planeta. Lo demás, todo lo demás son asuntos sencillos que se ventilan con tazas de café, paseos, pucheros de garbanzos, visitas al médico, crucigramas que se resuelven al amanecer cuando el cerebro apenas se ha despertado, largas tardes de invierno viendo llover o ventanas por las que discretamente se mira al vecindario para atender a cuanto sucede a nuestro alrededor.
Mientras escribo estas líneas en la casa de enfrente un hombre en camiseta mira por la ventana. No es corriente esta imagen. En el pasado era más habitual eso de asomarse a la ventana —en camiseta o en camisa, que eso iba en gustos—, para mirar cómo la vida transcurría en los paisajes que uno vislumbraba desde sus ventanas. Ahora ya solo nos asomamos a la pantalla del televisor, del móvil o del ordenador creyendo que la vida discurre en ella e ignorando que bajo nuestro balcón o nuestra ventana los niños aún entran y salen de la escuela, que el panadero de la esquina habla con el repartidor de butano en un tono de voz tan elevado que puedes entenderlo fácilmente cuando asegura que le faltan pocos meses para jubilarse o que la vecina del sexto derecha camina apoyada en un bastón porque bajando las escaleras la otra tarde se torció el tobillo del pie derecho, según le comenta a la dependienta de la perfumería que fuma a la entrada de su local, y así, lenta, rutinaria, frágil, la vida pasa encadenando una sucesión de pequeños hechos que nosotros desconocemos porque estamos pendientes tan solo de cuanto acontece en nuestras numerosas pantallas...
La vida que pasa. La vida que se nos escapa. La vida que se desatiende porque, una vez despojados del horario laboral, vivimos nuestras vidas mirando culebrones, telenovelas turcas, dramas victorianos, vídeos gastronómicos, históricos, pornográficos, tertulias fatigosas, discursos bobos de políticos bobos y penaltis no pitados. El hombre de la casa de enfrente, pelo rizado, ojos grandes, como de vaca adormilada, continúa mirando fijamente la calle como si esperase la aparición de alguien. Hacía muchos años que no veía una de estas camisetas de algodón sin mangas, blancas, mohínas, jornaleras. Unas camisetas que me retrotraen a la infancia. No hay profundidad en la vida. Tan solo distintas ventanas desde las que contemplar distintos paisajes...