En Zaramaga con los testigos de la masacre del 3 de marzo de 1976: “La culpa fue también de los empresarios”
Palmira trabajaba en Cegasa, la fábrica de pilas. Siendo veinteañera, era militante “en la clandestinidad” de CCOO. José María, natural de Burgos, vitoriano desde 1961 y treintañero, era amigo de Pedro María Martínez Ocio, de Forjas Alavesas. Mari Carmen, ama de casa, era también vecina del barrio y observadora privilegiada de lo que en sus calles sucedía. En el marco del quincuagésimo aniversario de la matanza del 3 de marzo de 1976 en Vitoria, ejecutada por la Policía Armada en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga, tres de los testigos directos de lo ocurrido exponen para elDiario.es sus personalísimos recuerdos, grabados a fuego en sus memorias. La entrevista tiene lugar muy cerca de donde se produjeron los hechos.
José María ruega que quede claro que “la culpa de que eso llegase adonde llegó fue también de los empresarios” y no solamente de los ‘grises’, los autores materiales de la carga que disolvió una asamblea obrera que se celebraba en el templo. Recalca que ellos, la patronal, fueron los que se negaban a atender las justas reclamaciones económicas de los trabajadores y los que ejecutaban despidos. Los paros en las fábricas, empezando por Forjas Alavesas, se habían iniciado el 9 de enero. Y había habido ya dos huelgas generales antes de la fatídica del 3 de marzo. Palmira asiente con entusiasmo ante el comentario de su compañero: “Muy bien dicho”.
Zaramaga es un barrio humilde de característicos edificios de ladrillos vistos de color rojo, aunque últimamente las reformas en nombre de la eficiencia energética están modificando las fachadas de varios de ellos. Una de estas obras, precisamente, ha hecho desaparecer un gran mural vertical sobre la masacre del 1976 justo delante de San Francisco de Asís. Se está rehaciendo para volverlo a mostrar a la mayor brevedad, indican desde el Ayuntamiento.
Esas casas fueron levantándose en el tardofranquismo para acoger a los obreros que, como José María, llegaban de otras partes de España a trabajar en la nueva industria de Vitoria. Eran de Brozas o de Redecilla del Camino, de Nalda o de Salazar de Amaya. La Vitoria conquistada por los franquistas en 1936 y la que salía del túnel de la dictadura nada tenían que ver: la ciudad era cuatro veces más grande.
Se oían ruidos y tiros. Me acojoné. Me fui con mucha rabia. Llorando.
Se levantaron también varias iglesias. El arquitecto Luis Peña-Ganchegui fue el artífice de una de ellas, la de San Francisco de Asís. Es un lugar singular, cuadrado, sin planta latina y con detalles arquitectónicos muy avanzados para la época. Hace ya cinco años se anunció que aquello iba a pasar a ser un Memorial. El proyecto avanza, sí, pero muy lento. Lentísimo. El templo se cae a pedazos. Padece de goteras, las tejas de pizarra se caen a pares y la maleza se había comido el lugar. El interior está patas arriba. Las obras de reforma solamente han empezado ahora, a muy pocos días del aniversario. San Francisco de Asís no ha llegado a tiempo para hacer nada dentro del lugar donde se produjeron los hechos.
Palmira, procedente de Armiñón, al sur de Álava, se instaló en Vitoria en esos años. “Mi empresa no era de las que estaban en huelga. Pero hacíamos ‘culebrillas’”, cuenta. ¿Qué era eso? Los sindicalistas iban por los puestos de trabajo para que se unieran y protestar. Palmira empezó en el sindicato vertical franquista, en la denominada OSE. “Queríamos derrotarlo desde dentro”, cuenta. Era militante de CCOO, como su marido. “Los empresarios alaveses eran muy, muy ruines. Ganábamos menos que en Bizkaia y Gipuzkoa”, sentencia.
“Todos estábamos pensando que, en el momento en que muriese Franco, podía llegar la democracia, que podríamos tener sindicatos libres y partidos”, prosigue. Pero no fue así automáticamente. Palmira, el 2 de marzo, estuvo en una asamblea en San Francisco de Asís. Y, el 3 de marzo, por la mañana, salieron de la fábrica, en el polígono de Gamarra. “Fue tremendo. Todo el mundo no salía, pero sí salíamos muchos. Se llenaba la calle”, recuerda. En columnas, el centro se fue llenando de huelguistas. Y apareció la Policía. “Frenaban las furgonetas y bajaban como locos. Todos a correr para un lado y para otro. Yo me metí en un portal”. No fue el único en el que se tuvo que refugiar esa mañana.
“Y fuimos a la iglesia por la tarde. Dejé a mi hija con mi madre, que vivía en Coronación. Conmigo estaban algunos de mis hermanos y mi marido. Tiraron botes de humo. Nos ahogábamos. Nos decían ‘Tapaos la boca y tumbaos’. Mi marido y otros rompieron los cristales de las ventanas y ayudaban a salir por los agujeros. La Policía no se metió con la gente que salía por las ventanas”, explica.
José María, Palmira y Mari Carmen ya se conocían. En 2023, participaron en un documental sobre lo ocurrido bajo la dirección de Eloy González Gavilán y con la ayuda de José Emilio Gómez, el alma del centro de mayores de Zaramaga, el Bizan, e hijo también de Honorio, otro de los protagonistas de 1976. María Luisa, otra mujer del barrio, contó en esa cinta algo llamativo: que un policía ayudó a algunas personas a salir por los ojos de buey y que -paradójicamente- les recomendaba ir hacia el matadero, el actual centro cívico de Iparralde, porque sus colegas estaban cargando con todo en el otro lado, el verdadero matadero.
Palmira señala que en un lapso brevísimo tuvo que optar entre asfixiarse o “salir y recibir”. “Opté por salir. Y me dieron”, lamenta. “Creo que no me golpeó con muchas ganas. Porque, con todos los palos que me dio, no salí muy dolorida”, ironiza. Ella cuenta que insultó con ganas al agente, cuyo rostro no recuerda. Un compañero vio la escena y la pudo rescatar. “Se oían ruidos y tiros. Me acojoné”, describe.
“Me fui con mucha rabia. Llorando. Me encontré a mi madre, que bajaba con mi hija. Lo habían oído por la radio”, cuenta. Muchos testigos señalan que los aparatos de FM captaron la señal de la emisora policial, donde se describió lo ocurrido como una masacre. “Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. Cambio”. Su madre, enfadada, insultaba también a los agentes. Las tres mujeres se guarecieron a casa.
Mari Carmen es de los pocos que, en la Zaramaga de 1976, podían decir que eran “vitorianos, vitorianos, vitorianos”. Se instaló al casarse. “Era de la Herrería [del Casco Viejo] y cuando me mandaron venir aquí, me tiré unas lloreras impresionantes. Ahora estoy encantada de vivir donde vivo”, se ríe. “En Vitoria no teníamos ni idea de nuestros derechos. Ni puñetera idea. Me casé con 23 años y entonces tenía 26. Aquí, en Zaramaga, un tal Félix Ormazabal, que era cura [y luego diputado general de Álava y consejero vasco por el PNV], se preocupó de abrir los ojos a los trabajadores”, expone.
Conocía a Pedro María Martínez Ocio. Tenía amistad con él. ¿Cómo me iba a imaginar yo que unas horas más tarde de verlo aquella mañana iba a ser asesinado?
En los días previos, llenos de asambleas, huelgas y movilizaciones, Mari Carmen se pasaba el día en la ventana. “Cada día, un espectáculo distinto”, bromea. Recuerda su calle, Reyes de Navarra, vaciada de coches cada vez que había una reunión en la iglesia. A las 17.00 horas del día de autos, ella estaba en casa, con su marido y sus hijos. Al terminar la carga policial, dijo en voz alta: “Hay que hacer algo”. Y se fue a San Francisco de Asís.
“Ya no había Policía dentro. Pero sí quedaba gente metida en los despachos del cura. No querían salir del miedo, con ataques de histeria”, relata. Ayudó a algunos de ellos. Y salió al exterior. Allí sí que quedaban uniformados. “Me podían haber dado una buena paliza. No era consciente ni de lo que hacía”, piensa ahora. Se veía “sangre” en el suelo. Es muy recordada la fotografía de quien escribió las letras “Justicia” con ella sobre unos baldosines. Mari Carmen cuenta también que “con cuatro cartones” alguien había montado una especie de altar de homenaje. Tenía una vela y una cesta para recoger donativos. “Llegó uno de los coches de Policía. Se bajaron en marcha. A patadas, tiraron todo lo que había allí. Y se llevaron el cesto de monedas. Yo eso lo vi”, opina.
“Cuando era niña, el concepto que tenía de la Policía era que te protegía. En aquellos días, pasaban por la calle y, si nos veían en la ventana, empezaban a gritos. ‘Putas’, ‘zorras’, ‘mentirosas’, ‘¡Adentro!’. Y yo decía: ‘Esto no es la Policía’. Todavía era muy inocente entonces. Luego ya he espabilado. A mí no me entraba en la cabeza”, señala.
José María, en la mañana del 3 de marzo, fue a coger el autobús para ir a su empresa antes de sumarse a la huelga. “No habíamos hecho asamblea ni nada y dijimos de ir y decidirlo ese mismo día. Cuando estábamos esperando al autobús, pasaron dos personas. Una era Pedro María Martínez Ocio. Yo lo conocía. Tenía amistad con él. ‘Oye, ¿qué pasa? ¿Cómo están las cosas?’, le pregunté. ‘El apoyo es masivo’, me dijo”. Martínez Ocio trabajaba en Forjas Alavesas. Tenía 27 años y, unas pocas horas después, fue el primero de los obreros en fallecer por los tiros de la Policía Armada cuando estaba en San Francisco de Asís. Aquí se pueden leer las biografías de las víctimas, así como la lista de heridos.
“¿Cómo me iba a imaginar yo que unas horas más tarde iba a ser asesinado?”, se pregunta en voz alta su amigo. Y sigue con las dudas. “¿Por qué fue asesinada esa persona si lo único que pedía era una mejora laboral?”. “No eran terroristas, como han contado por ahí”, añade. “Recuerdo como si fuera hoy todo lo que pasó aquel día. Todo”, se entristece a sus 85 años.
Mucha injusticia, mucho terror, mucho miedo, mucha impotencia. Ellos estaban organizados; nosotros no
Los funerales por las tres primeras víctimas fueron multitudinarios. Decenas, cientos, miles, decenas de miles de personas se congregaron primero en la misa en la catedral de María Inmaculada, inaugurada apenas siete años antes por el dictador, y luego en un recorrido con los féretros por las calles de la ciudad hasta San Francisco de Asís y el cementerio de Santa Isabel. “Yo pensé: ‘¿Qué puedo hacer yo por esa persona?’. E hice un relevo con el féretro a hombros. Fue en la calle de Francia. Lo llevé entre la estación de autobuses [actual museo Artium] y Jesús Obrero”, expone José María.
Adolfo Garijo tenía apenas 22 años y era cineasta del Colectivo de Cine de Madrid. El 4 de marzo se desplazó desde la capital de España hasta Vitoria y grabó de manera clandestina imágenes de las familias de los asesinados, de testigos dentro de la propia iglesia, los funerales y otros materiales de gran valor histórico. El resultado se llamó ‘Vitoria: marzo de 1976’ y en él aparece, efectivamente, un joven José María portando los restos mortales de su amigo en Francia. TVE se quedó con los derechos del producto, pero lo guardo en un cajón. El vídeo está disponible ahora en YouTube.
José María insiste en que no habrá relato completo del 3 de marzo de 1976 sin que se subraye la responsabilidad de la patronal. “Se han ido de rositas”, repite. La entrevista tuvo lugar poco después de la muerte, a los 100 años, de Juan Bautista Pardo. Magistrado vallisoletano, fue el mediador entre empresarios y obreros tras los sucesos. Decretó, por ejemplo, la readmisión de los despedidos de Forjas Alavesas. En 1989, se convertiría en el primer presidente del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco.
Las fotografías para las entrevistas se hacen, desde luego, en la propia iglesia de San Francisco de Asís. José María cuenta cómo los vecinos de las casas próximas tiraban tiestos para distraer a los agentes de la Policía Armada y que dejaran de apalizar a los asambleístas. Palmira señala las barras metálicas instaladas ‘a posteriori’ en las ventanas redondas del templo. Ahora habría sido imposible huir como hicieron tantas personas. Mari Carmen cree que si la carga se hubiese producido en la cercana iglesia de Belén el resultado habría sido mucho peor, precisamente porque no tiene ventanas. “Mucha injusticia, mucho terror, mucho miedo, mucha impotencia. Ellos estaban organizados; nosotros no”, resume ella sobre el 3 de marzo de 1976 en Zaramaga.