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El Cáceres Blues Festival crece hacia dentro con un escenario reorientado, un gesto feminista y un concierto solidario que redefine su sentido

Concierto de Ángela Hoodoo en la Plaza de Santa María
7 de octubre de 2026 10:34 h

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Sacar adelante un festival, cruzar los dedos por el tiempo y que después parezca que todo fue fácil. La decimoquinta edición del Cáceres Blues Festival ha puesto un punto seguido después de meses de trámites, cambios y decisiones de última hora, con un concierto en COCEMFE como uno de los momentos más especiales y una apuesta renovada por cuidar el escenario, el patrimonio y al público. Y, este año, con un gesto inaugural que marcó el tono de la edición: el festival se abrió con Koko Blues, una propuesta que recorre la historia de la mujer en el blues y que subrayó desde el primer minuto la presencia femenina en el cartel, donde cuatro de las nueve bandas estuvieron lideradas por mujeres.

Cuando un festival termina y el público se marcha, queda la sensación de que todo ha sucedido de una manera bastante sencilla. Se encienden las luces, salen las y los músicos, suena la música, la gente baila, se sirven cervezas y, unas horas después, el espacio vuelve a quedar vacío. Si además no llueve, el sonido funciona, los artistas llegan a tiempo y no ocurre nada especialmente grave, parece que todo estaba previsto.

Pero un festival no se parece demasiado a eso desde dentro.

Jorge Quesada acaba de cerrar la edición número 15 del Cáceres Blues Festival con una mezcla bastante reconocible de cansancio y satisfacción. Han sido meses de trabajo y, especialmente desde mayo, una sucesión de trámites, gestiones, problemas que resolver y decisiones que tomar para poner en pie una nueva edición de un festival que ya tiene un lugar consolidado en la agenda cultural de Cáceres.

Durante toda la semana, las previsiones meteorológicas insistían en que el sábado iba a llover. No un poco, sino prácticamente con la seguridad que permiten los modelos meteorológicos. Quesada llegó a tener a la inteligencia artificial pendiente de los distintos pronósticos para intentar averiguar qué iba a pasar. Las predicciones eran contundentes. Así que el sábado por la mañana, a las diez, estaba recogiendo tres carpas para tenerlas preparadas por si eran necesarias que finalmente no lo fueron.

Y esa pequeña diferencia entre que llueva y que no llueva puede ser, en un festival al aire libre, mucho más importante de lo que parece. Puede determinar que una edición sea recordada como un éxito o que la organización tenga que afrontar una sucesión de problemas logísticos que cambian por completo el desarrollo previsto.

El domingo, de hecho, sí llegó la lluvia, pero para entonces el festival tenía previsto el escenario de la clausura en el Corral de las Cigüeñas y todo estaba preparado y cubierto con carpa. La despedida pudo celebrarse con normalidad y con la música de Cooking Raw Blues, una banda con integrantes de Madrid y de La Vera, que puso el punto final a una edición que Quesada considera especialmente satisfactoria.

El festival empieza mucho antes de que llegue el primer músico

Quesada asumió la organización en mayo, cuando el calendario ya apretaba. El festival no partía de cero: estaba consolidado, existía una experiencia previa y la antigua asociación había dejado buena parte del camino aprendido. “Nos han ayudado muchísimo y nos han guiado en cómo ir haciendo cada trámite”, explica.

Pero que un festival esté consolidado no significa que organizarlo resulte sencillo. Al contrario. Hay permisos, contratos, escenarios, electricidad, sonido, alojamientos, barras, seguros, artistas, horarios, espacios, logística, proveedores, cartelería, comunicación y una larga lista de asuntos que tienen que encajar al mismo tiempo. Y cuando se trata, además, de un festival gratuito, la estructura económica depende necesariamente del respaldo de las instituciones y de la colaboración de empresas y entidades.

En esta edición, el Cáceres Blues Festival ha contado con apoyo económico de la Junta de Extremadura, la Diputación de Cáceres, el Ayuntamiento de Cáceres y la Universidad de Extremadura. El Ayuntamiento ha aportado también apoyo logístico, incluida la cesión del espacio, el escenario y la electricidad. A eso se han sumado los colaboradores del festival: el Corral de las Cigüeñas, Cervezas Ámbar, el Hotel Alfonso IX y Sonido Barragán.

La parte musical, paradójicamente, ha sido probablemente una de las más sencillas de resolver. Dentro de la asociación hay personas con un amplio conocimiento del circuito del blues y de los artistas y bandas que pueden formar parte de un cartel. La dificultad estaba en conseguir que todo lo demás funcionara alrededor de la música. Y eso, durante estos meses, ha significado resolver problemas prácticamente a diario. Hasta que llega el momento en que se encienden las luces y, desde fuera, parece que todo estaba controlado.

Un concierto que cambió el sentido del festival

Si la organización tuviera que quedarse con un solo momento de toda la edición, no elegiría necesariamente uno de los grandes conciertos. Se quedaría con una mañana. Antes del festival, la organización había pensado mantener una actividad que ya había realizado otros años: llevar a los colegios una propuesta de divulgación sobre el blues y acercar la música a los estudiantes. Sin embargo, este año la respuesta de los centros educativos consultados no fue la esperada.

En lugar de abandonar la idea, se decidió cambiarla. El resultado fue un concierto solidario en COCEMFE. Allí tocaron Los Eslim. Se montó el escenario en el patio y se sacó a los usuarios del centro para que pudieran participar de la actividad. Y aquella mañana terminó convirtiéndose, para la organización, en algo más importante que una actividad paralela del programa. “Si tuviera que quedarme con un evento de todo el festival sería con ese”, explica Quesada. Porque allí el objetivo no era llenar una plaza ni conseguir que cientos de personas acudieran a un concierto. Era algo bastante más sencillo y, al mismo tiempo, bastante más difícil de medir: llevar cultura musical a personas que no siempre tienen las mismas posibilidades de acceder a ella y conseguir que pasaran un rato agradable.

“Poder llevarles cultura y hacerles pasar un rato agradable creo que es un trabajo que debería hacer la sociedad si queremos hablar de un acceso a la cultura universal”, sostiene. Para Quesada, esa idea también tiene que ver con la aspiración de una ciudad que quiere ser capital cultural. No solo con organizar grandes acontecimientos, sino con preguntarse a quién llegan y quién puede participar en ellos.

Por eso aquella mañana en COCEMFE terminó siendo, para él, uno de los momentos que mejor explican el sentido del festival.

Un escenario que se mueve seis metros y cambia la plaza

También hubo cambios que quizá el público no identificó conscientemente, pero que formaban parte de una de las apuestas de esta edición: mejorar el espacio. El escenario se desplazó unos seis metros hacia la izquierda respecto a anteriores ediciones y se giró aproximadamente treinta grados.

El cambio tenía varios objetivos. Por un lado, abrir el pasillo que se formaba a la derecha del escenario y evitar que se produjera allí un embudo de personas. Por otro, mejorar la visibilidad de la parte posterior de la catedral de Santa María. También se desplazó la mesa de sonido hacia la derecha para alejarla de la zona de las barras.

Son decisiones que pueden parecer menores cuando se observa el festival desde el público, pero que tienen una importancia considerable cuando se trata de conseguir que cientos de personas puedan moverse por un espacio histórico con comodidad.

La organización también iluminó en azul una de las torres del entorno, incorporó una pantalla gigante al escenario y cuidó especialmente la estética de esta edición. Se mantuvo la identidad gráfica del festival y se reforzó la decoración con fotografías de la propia asociación, distribuidas por las barras y las zonas de merchandising.

Había, además, una dificultad evidente: estaban trabajando en un espacio monumental en el que no se podían pegar carteles ni colocar elementos de cualquier manera sobre las paredes. La solución fue tan sencilla como visual: utilizar cuerdas, como si se tratara de un tendedero, para colgar la información. Allí aparecieron los carteles de las barras, las indicaciones sobre la prohibición de servir alcohol a menores y las fotografías, entre otros contenidos. El mismo criterio se mantuvo en las distintas zonas del festival, incluida la de merchandising y la zona de los puestos de comida.

La idea era que el espacio se reconociera como festival sin que el festival terminara imponiéndose sobre el patrimonio.

Ocho horas después, todo vuelve a estar limpio

Hay otra cifra que los organizadores consideran especialmente importante, aunque no sea una de las que suelen aparecer en los carteles de un festival. Ocho o diez horas después de terminar la actividad, el espacio estaba de nuevo completamente limpio. Incluso, sostiene, “igual o mejor” de lo que la organización se lo había encontrado.

La cuestión no es menor cuando el escenario está instalado en el entorno monumental de Cáceres. La posibilidad de seguir celebrando actividades culturales en estos espacios depende también de que quienes los utilizan sean capaces de respetarlos. Para la organización, dejar el espacio en buenas condiciones forma parte del propio festival.

Y también lo ha hecho el sonido. Durante toda la actividad se realizó un control monitorizado del volumen. Según los datos facilitados por la organización, los niveles se mantuvieron entre seis y ocho decibelios por debajo del límite legal durante todo el festival. La intención era doble: cumplir con los límites establecidos y conseguir que eso no significara renunciar a la calidad sonora.

Quesada atribuye buena parte del resultado al trabajo de Juan Carlos Barragán, responsable del sonido, a quien define como “el mejor técnico de Santa María” y, con una sonrisa, quizá también “de Extremadura”.

Un festival lleno, pero sin efecto lata de sardinas

El público respondió. Una de las características más destacable es que el festival estuvo muy lleno, pero sin que esa afluencia se tradujera en una sensación de agobio. Había espacio para bailar y para desplazarse. No era, explica, esa imagen habitual de algunos grandes conciertos en los que el público intenta colocarse lo más cerca posible del escenario y termina comprimido, “como una sardina en lata”. Aquí la experiencia era otra. La gente podía disfrutar de la música, moverse y mantener una cierta comodidad incluso con el espacio lleno.

Ese equilibrio entre afluencia y comodidad también estaba detrás de algunas de las decisiones organizativas de esta edición. Una de ellas fue la incorporación de los llamados “pistoleros de cerveza”: personas con mochilas que recorren el recinto repartiendo cerveza, una fórmula que ya se utiliza en otros festivales y que la organización decidió probar en Cáceres. “El viernes funcionó especialmente bien”.

Más socios pese a subir la cuota

Otra de las buenas noticias para el festival ha llegado por el lado de la asociación. El número de socios se ha duplicado respecto al año anterior, pese a que la cuota ha pasado de 15 a 25 euros.

La organización quiso compensar ese esfuerzo haciendo que quienes sostienen el festival durante el resto del año tuvieran una experiencia especialmente cuidada durante los días del evento. Los socios contaron con descuentos en las barras y en el merchandising y tuvieron acceso a una comida en el Corral de las Cigüeñas que este año se reservó exclusivamente para ellos. En torno a 150 personas participaron en esa comida. También tuvieron un aseo privado. Puede parecer un detalle pequeño, pero la organización lo planteó desde una idea muy sencilla: cuando estás viendo a un grupo que te gusta, no quieres perderte parte del concierto porque tienes que hacer cola para utilizar un servicio. “Queríamos hacerles sentir especiales”, explica la dirección de esta última edición. Al fin y al cabo, son quienes ayudan a que el festival pueda continuar. Y la respuesta de este año ha sido contundente.

Camisetas, fotografías y una ciudad que vuelve a sorprender

El merchandising también ha funcionado por encima de las previsiones. La organización había preparado camisetas para esta edición y prácticamente ha agotado las existencias. Pero uno de los efectos que más satisfacción ha producido entre quienes organizan el festival no tiene que ver con las ventas. Tiene que ver con los músicos. Buena parte de los artistas que llegaron desde fuera de Extremadura no conocían Cáceres de primera mano. Y, según explica Quesada, muchos se han marchado sorprendidos por la ciudad.

La experiencia de llegar a la parte antigua, recorrerla y tocar en un espacio como el entorno de Santa María termina siendo también una forma de promoción de la propia ciudad. “Se han ido todos enamorados de Cáceres”, resume. El festival, en ese sentido, funciona también como una pequeña embajada cultural. Los músicos llegan para tocar y terminan descubriendo una ciudad que después pueden contar en otros lugares.

El Hotel Alfonso IX y un escenario más pequeño

La programación no se limitó al escenario principal. El Hotel Alfonso IX volvió a acoger actividades y organizó una comida con su tradicional arroz, además de una sesión vinculada al festival. También se inauguró allí una exposición de acuarelas de José Luis Naranjo. Según la organización, todas las obras expuestas fueron vendidas.

Y esta edición incorporó además un nuevo espacio: el escenario de Los Siete Jardines. Allí se planteó un concierto más íntimo, con Lino Vishnudatt, Troy Nahumko y otros invitados vinculados al circuito de festivales. El formato era diferente al del escenario principal. Menos público, mayor cercanía y una relación distinta entre los músicos y quienes estaban escuchando. También se llenó. Y también dejó la sensación de que el festival puede crecer sin necesidad de hacerlo siempre hacia escenarios más grandes.

Una noche sin teléfono

Y, por supuesto, están las cosas que no aparecen en ningún programa. El viernes, después de una jornada especialmente intensa porque es el día en que se concentra buena parte del montaje, Quesada terminó cerca de las dos de la madrugada. Entonces descubrió que no tenía su teléfono.

No sabe con certeza si lo perdió o si alguien se lo llevó. Lo que sí sabe es que durante aproximadamente una hora la situación se convirtió en una auténtica pesadilla. El móvil no era un objeto cualquiera. Era el contacto con los grupos, con el hotel, con proveedores y con buena parte de las personas que tenían que estar coordinadas al día siguiente. Y el festival no podía esperar. El teléfono acabó apareciendo en el Corral de las Cigüeñas, y ha extraído una conclusión práctica para próximas ediciones: encontrar alguna manera de llevar el teléfono perfectamente localizado cuando se está en medio de una organización de este tamaño. Una cinta, un cordón, un lacito. Lo que sea.

La organización desde alguien que no viene del blues

Hay otra particularidad en la persona que este año ha estado al frente de la organización. Quesada no procede específicamente del mundo del blues. Él mismo se define, con humor, como una especie de “tecnócrata del blues”. Pero cuenta con una junta directiva en la que sí hay personas que conocen profundamente el género y su circuito.

Entre ellas está Troy, al que señala como una referencia y como alguien que lleva toda la vida vinculado al blues. Y está también Roser, presidenta de la Asociación de Blues de España, una de las grandes conocedoras del género y una persona que, por su presencia habitual en festivales, conoce de primera mano cómo funcionan estos acontecimientos.

Para Quesada, contar con ese conocimiento dentro de la asociación ha permitido que su papel no consistiera en tener que saberlo todo sobre el blues, sino en conseguir que todas las piezas necesarias para que el festival funcione estuvieran en su sitio. La música necesita músicos. Pero un festival necesita mucho más.

La memoria, las facturas y la lista de cosas que mejorar

Al final, cuando todo se recoge y la ciudad vuelve a su ritmo, queda esa certeza íntima que no aparece en ninguna memoria ni en ninguna factura: que durante tres días un grupo de personas consiguió que Cáceres respirara de otra manera. Que hubo quien descubrió el blues por primera vez, quien volvió a enamorarse de una plaza que creía conocer, quien sintió que la música también podía llegar a un patio de COCEMFE o a un escenario pequeño en Los Siete Jardines. Que la lluvia decidió esperar, que las mujeres ocuparon el lugar que tantas veces se les negó en la historia del género y que un festival gratuito, sostenido por una asociación y por una ciudad, volvió a demostrar que la cultura no es un lujo, sino una forma de estar juntos. Así que cuando se apagan las luces y solo queda el cansancio, lo que permanece es una emoción sencilla y difícil de explicar: la de saber que, contra todos los pronósticos, Cáceres tuvo su fin de semana de blues y lo hizo suyo. Hasta el año que viene.

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