Reflexiones por escrito de una narradora oral

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Me presento: soy una persona comprometida, como todas las demás. Lo que ocurre es que no siempre sabemos con qué causas estamos comprometidas. Yo, en cambio, soy muy consciente de las mías y no las disimulo. Además, soy narradora oral.

En 2026, la narración oral es una profesión a la que una puede dedicarse a tiempo completo y, si se trabaja con constancia, ganar lo suficiente para pagar las facturas de la canasta básica. Es también una profesión desconocida, a menudo confusa y, probablemente, con futuro. O eso quiero creer, aunque resulte difícil afirmarlo con rotundidad en un mundo que se mide —literalmente— por su cercanía al colapso.

El llamado reloj del Apocalipsis o Doomsday Clock marca en 2026 los 85 segundos antes de la medianoche, el punto más cercano a la catástrofe desde su creación en 1947. Una advertencia simbólica que responde a tensiones nucleares entre grandes potencias, al debilitamiento de los acuerdos internacionales de control de armas, a los conflictos armados y riesgos geopolíticos globales, al avance acelerado de tecnologías como la inteligencia artificial, al cambio climático y a las amenazas biológicas.

Nada de esto es ajeno a la narración oral. Nunca lo ha sido. Basta con mirar hacia atrás. Puedo proponer cuentos —muchos de ellos milenarios— que dialogan directamente con estas preocupaciones: En busca del sol, de la tradición china, para hablar de tensiones entre grandes potencias; Las lanzas enterradas, de la cultura shona, sobre pactos frágiles y acuerdos rotos; Un tambor que llamaba a todos, de la tradición mandinga, o Las cuerdas del trineo, del imaginario inuit, sobre la guerra y sus consecuencias; El espejo que obedecía, de la cultura yoruba, para reflexionar sobre tecnología y poder; o El llanto de los pajarillos, de la tradición chippewa, que nos enfrenta al deterioro del equilibrio natural.

En menos de media hora puedo construir una sesión de narración oral para pensar colectivamente sobre lo que se nos viene encima. No por estrategia, sino porque así funciona mi cabeza: cada suceso, cada emoción, convoca un cuento. También porque leo mucho, es cierto.

Una característica fundamental de la narración oral es que nadie cuenta cualquier cosa. Contamos lo que necesitamos contar. Lo que nos importa. Por eso, quien venga a escucharme se encontrará siempre con una fuerte presencia del ecologismo, del feminismo y, en definitiva, de los derechos humanos y de los derechos de los animales.

Habrá quien piense que eso es forzar los relatos. Sin embargo, la experiencia demuestra justo lo contrario: la tradición oral, en la mayoría de los casos, ya gira alrededor de estos pilares. No porque yo los imponga, sino porque han sido vitales para la supervivencia —material y simbólica— de las comunidades humanas.

Solo una vez me vi obligada a cambiar drásticamente un cuento. Ocurrió porque me lo pedían año tras año, pese a que siempre advierto que Los tres cerditos y el lobo feroz no forma parte de mi repertorio. Desde niña rechacé esa historia excesivamente moralizante y aleccionadora. Pero el guion de la vida me empujó a escribir un contracuento igual de moralizante que el original, aunque por motivos muy distintos.

En otra ocasión tuve que enfrentarme al reto de contar un relato sobre violencia vicaria, en un acto en torno al libro Nerea, Martina y el latido de las mariposas, basado en el asesinato de Nerea y Martina en 2018, con su madre presente. Puede parecer que la tradición oral no tiene nada que decir sobre esto. Pero se equivocan. La violencia vicaria está profundamente vinculada al sistema político patriarcal y los cuentos —de múltiples culturas— llevan siglos alertándonos de ello.

La ciencia también ha entrado en el mundo de los cuentos. El sistema de clasificación Aarne-Thompson-Uther (ATU) permite rastrear patrones narrativos comunes. En el tipo ATU 707, Los tres hijos maravillosos o Los niños dorados, encontramos innumerables variantes en las que, para castigar a una mujer, se la acusa falsamente de haber dado a luz a animales o monstruos. Sus hijos son asesinados o apartados para condenarlos a la miseria. Europa medieval, China, culturas inuit o tradiciones del África subsahariana: el abanico es tan amplio como inquietante. Elegir un relato adecuado me llevó varios días.

Usar relatos para sostener causas no es algo nuevo. Todas las religiones lo han hecho —y lo siguen haciendo— para explicar el mundo y llegar al corazón de creyentes y no tan creyentes. Hoy el marketing y la política nos dicen que han descubierto el storytelling, como si el relato emocional fuera una innovación reciente. El relato al servicio de una causa, justa o injusta, parece ser una constante de la condición humana.

Aun así, muchas personas se definen neutrales para protegerse del conflicto que implica ser y estar en el mundo. Nos repiten: “no mezcles la política en esto”, como si la política no fuera algo tan inevitable como el nitrógeno en el aire. Yo, como narradora oral, prefiero asumirlo: contar es tomar partido, incluso cuando fingimos no hacerlo.