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Un siglo de Isaac Díaz Pardo, el artista que se negó a pintar Cuelgamuros

Isaac Díaz Pardo en 2011, ante un autorretrato.

Isaac Díaz Pardo había sobrevivido a la Guerra Civil. Su padre Camilo, egregio galeguista, diseñador gráfico y escenógrafo, no. Lo asesinaron los sublevados y su cadáver apareció en una zanja en la Ulloa (Lugo). Pero Isaac, entonces militante de las Juventudes Socialistas, consiguió escapar, escondido en A Coruña. Ahora discurría la década gris de los 40, la dictadura fascista se asentaba y Díaz Pardo se abría camino como artista en Madrid, a donde se había ido a estudiar a la Academia de San Fernando. Sus retratos eran cotizados entre la ruin, miserable burguesía de la época. Él, a pesar del éxito profesional, no se sentía cómodo. Una oferta de trabajo llegada de la cúpula del régimen acabó de decidirlo: no, se negaba a participar en la decoración de Cuelgamuros. Díaz Pardo regresó a Galicia, abandonó la pintura y, al poco tiempo, partió hacia las Américas. Este sábado, 22 de agosto, hace un siglo del nacimiento en Santiago de Compostela de una de las figuras llave de la cultura gallega del siglo XX, que murió en la misma ciudad en 2012.

Sargadelos: la empresa que siempre fue mucho más

Llegado a América, en concreto a Argentina, un suceso conmovió a aquel hombre pequeño y nervioso: el contacto con el exilio republicano y galleguista. Sobre todo, con Luís Seoane, el pintor tal vez más destacado de la generación de Os Novos, potente poeta que aliaba mito y realismo al modo de Brecht, e intelectual de una envergadura difícilmente mensurable. Durante tres décadas, Seoane y Díaz Pardo formarían el núcleo pensante de una de las más formidables empresas político culturales de la historia de Galicia: la refundación de Sargadelos. Con lo aprendido en la fábrica de cerámica de O Castro (Sada, A Coruña), de la que se había hecho cargo al volver de Madrid a su Galicia natal, y la puesta en marcha de otra factoría en la Magdalena, en Argentina, Díaz Pardo se embarcó en la empresa como principal brazo práctico del diseño teórico de Seoane. Al frente del proyecto, una institución: el Laboratorio de Formas, inspirado a la vez en la Bauhaus alemana y en el socialismo aplicado a las artes de William Morris.

“El Laboratorio de Formas, nacido en la Galicia emigrada como producto de la voluntad de dos artistas, se propone el estudio de las formas desarrolladas en el pasado gallego y las que continúan vigentes, heredadas de ese pasado, en el presente”, decía su manifiesto, publicado en 1970. La restitución de la memoria nacional gallega, quebrada violentamente por la guerra del 36 y la dictadura, y su puesta a disposición de las mayorías populares del país a través, en principio, de la cerámica fue el objetivo primero del nuevo Sargadelos. “A ver si las gentes se enteran de que Galicia tiene una historia, aunque sea metiéndola en los bazares”, afirmó Seoane, quien se encargó de trazar las primeras figuras de la compañía. Roi Xordo, María Castaña, Xelmírez, Pablo Iglesias, Castelao, Rosalía de Castro, el Maestro Mateo, Martin Codax se convirtieron en jarras, medallas, platos u objetos decorativos, forjados con el saber cerámico de Díaz Pardo. La artesanía como soporte de un discurso emancipador. Las artes aplicadas a la busca de la libertad.

Pero Sargadelos enseguida excedió su condición de fábrica de cerámicas. La plusvalía que esta generaba sirvió para financiar un vital complejo cultural que se extendió por toda Galicia e incluso más allá. Las galerías que abrieron por ciudades y pueblos funcionaron, en el tramo final del franquismo, como foco plural de la oposición y hervidero de iniciativas democráticas, además de como tiendas. La editorial Do Castro se encargó de recuperar, entre otros materiales, testimonios y memorias de represaliados y huidos del terror blanco en la pionera colección Documentos para a historia contemporánea de Galicia. Y el Museo Carlos Maside, de cuya fundación este 2020 hizo medio siglo, reunió la más importante colección de pintura gallega en su día contemporánea.

A la muerte de Seoane

Con Luís Seoane muerto en 1979 -al poco de instalarse en Galicia después de 40 años de exilio-, Isaac Díaz Pardo quedó al frente de la idea. Mantuvo el impulso y pintó, dibujó, editó, organizó, escribió, promovió, defendió, recordó. Aunque el ansia social por una cultura politizada había disminuido, un Sargadelos quizás menos militante pero igualmente comprometido navegó el despliegue de la autonomía. Díaz Pardo se convirtió en un bulto inevitable, aquel que ya en los últimos años definía su existencia con un expresivo: “No hice otra cosa que limpiar mierdas y templar gaitas”. Firmaba manifiestos de apoyo al Partido Socialista, tal vez por sentido de la lealtad e irreductible republicanismo y, al mismo tiempo, defendía que Galiza -escrito así, como lo escribía Castelao- es “una nación, pero una nación escarallada”.

La cerámica de Sargadelos continuó siendo, con todo, un símbolo nacional. Regalos institucionales, agasajo de boda, recuerdo, detalle informado, pocos objetos artesanales despertaron tal identificación colectiva en Galicia. También generó beneficios empresariales, muchos, en buena medida reinvertidos en las operaciones culturales del proyecto. Pero la progresiva caída de la tasa de ganancia agitó las aguas del accionariado. En 2007 comenzó un movimiento que, tres años más tarde, desembocó en el alejamiento de Isaac Díaz Pardo del último cargo que mantenía en la compañía. También fue obligado a abandonar el Instituto Galego de Información (IGI), un magnífico edificio a las afueras de Santiago de Compostela, donde se encontraba la sede del Laboratorio de Formas y de toda la maquinaria intelectual de Sargadelos. Sus fondos archivísticos, entre los que figuraban por ejemplo los papeles del Consejo de Galiza -lo más semejante a un Gobierno gallego en el exilio-, fueron depositados en la Cidade da Cultura. El espíritu Sargadelos, ideado en el exilio por Seoane y Díaz Pardo e inspirado en las grandes utopías materiales de las artes europeas, fue desvaneciéndose. Ediciós do Castro cerró, el IGI está abandonado, el Museo Carlos Maside en situación incierta y el Laboratorio de Formas, liquidado. Los nuevos gestores incluso llegaron a valerse de la política Rosa Díez para su publicidad.

Aquel niño de la república, que durante la campaña por el Estatuto de Autonomía en que se había implicado su organización en 1936 pintaba por las paredes de Santiago el UHP (Uníos Hermanos Proletarios) comunista, murió despojado de su proyecto de vida. Xosé Ramón Fandiño, filólogo y estrecho colaborador suyo, acaba de dar a la imprenta una biografía en que lo relata. El Consello da Cultura viene de disponibilizar en la Red su riquísimo epistolario con Luís Seoane. Y la Xunta de Galicia inaugurará el 6 de noviembre, en el Gaiás (Santiago de Compostela), la exposición As miradas de Isaac, comisariada por sus hijos Xosé y Camilo.

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21 de agosto de 2020 - 21:21 h

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