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Entrevista

Lois Pérez, escritor: “Tenemos miedo del fascismo, tenemos miedo de todo, yo quise escribir una novela sin miedo”

El escritor gallego Lois Pérez

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —

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Por el Nautilus, un popular chiringuito en la playa de Areosa, San Vicente do Mar, península de O Grove, en las Rías Baixas gallegas, ha pasado el quién es quién de la música indie española. Y quizás esta noche toque, por sorpresa, Leiva. Todo el mundo se lo pregunta. Si es que no lo hace antes en el Frank sin Ancla, a 200 metros del Nautilus, la sala decorada con pianos y órganos que abrió Pedro Paeso, hasta no hace mucho amigo íntimo de Jimmy, el del Nautilus. El lugar convoca a políticos, periodistas, amantes del pop rock, actores, escritoras o cineastas, hay sexo o promesa de sexo, drogas, alcohol, confusión nocturna, un escenario brillante en el corazón del eterno verano. Hoxe toca Leiva? (Xerais, 2026, en gallego), la primera novela para adultos del narrador y poeta Lois Pérez (Lugo, 1979), arranca en un paisaje conocido y con una mirada distante, por momentos sarcástica. “Cualquier ficción se alimenta de la realidad”, argumenta divertido en esta entrevista con elDiario.es, “no tenemos otra cosa que percibir que la realidad”.

Pero el libro, construido sobre un enjambre de capítulos donde los personajes hablan en primera persona, va más allá del cuadro de costumbres en los locales de moda. La memoria política de la izquierda nacionalista en los 70, el tránsito hacia la muerte de un padre enfermo de ELA, una poeta en crisis que se cruza con un actor inseguro, la huida hacia el final de la noche de un camarero perseguido por acreedores son algunas de las varias tramas que convergen en el Nautilus. “Supongo que por influencia de mis lecturas, quise hacer un artefacto literario heterogéneo”, defiende Pérez. Hay thriller, hay intimismo, hay crónica, hay diálogos casi de comedia, hay tragedia. Y no hay miedo, aduce, ni político ni estilístico. “Ahora tenemos miedo de lo que pueda traer el fascismo, tenemos miedo de lo que pueda traer lo nuclear. Yo quería desprenderme del miedo. Tenemos miedo en todo, entonces yo quería escribir algo sin miedo”, explica.

Hasta ahora solo había publicado narrativa juvenil. ¿Por qué ha dado el paso a la novela adulta?

Yo escribí antes para adultos que literatura infantil o juvenil, pero es cierto que sufro mucha inseguridad, mucho miedo, en el proceso. Nunca las tengo todas conmigo. Y aún antes escribí poesía, de modo un poco accidental, en la que tengo aún más dudas y más miedo. Pero al final de Long Play (Xerais, 2018, libro de poemas) había un relato, como quien tira una piedra a un pozo a ver cuándo suena. Ahora estaba escribiendo algo sobre la Marcha de Xove en los 70 [contra un proyecto de central nuclear que no se llegó a construir] a partir del cuaderno de un delator que registraba los movimientos de mi padre y que mi propio padre encontró en su trabajo...

¿Recoge la historia en Hoxe toca Leiva?

Ese cuaderno dio lugar a varios meses de escritura. De 300 páginas que había escrito rescaté unas 30. El resto no me convencía, estaba mal resuelto, un poco inconexo, faltaban cosas. Pero vino la covid. Entonces escribí accidentalmente para niños porque le escribí a mi hijo para leerle algo por la noche. Era un pequeño texto que tenía que ver con mi infancia en Ribadeo (A Mariña, Lugo) y fue el germen de a A gruta da torre (Xerais, 2022), la primera novela infantil, que ganó el premio Agustín Fernández Paz y está siendo muy leída. Entré en una dinámica no planeada. Hice dos novelas infantiles más, A tribo do mar (Xerais, 2023) y Cartas na escuridade (Cuarto de Inverno, 2024). Ese trabajo en la narrativa juvenil me ayudó a explorar lo que hago cuando escribo.

El cuaderno está relacionado con la parte más directamente política de la novela, cierta reivindicación de la generación de los 70 que militaba en la izquierda nacionalista. Pero ¿cómo llegaron los demás elementos, materiales diversos?

A mí me gustaba hacer, supongo que por influencia de lecturas, un artefacto literario heterogéneo. Vi claro que me apetecía armar una historia que tuviese un poco de todo. Quería volcar la experiencia personal de ciertos asuntos. Tenía interés en rescatar la memoria política de la generación de mis padres. Además, mi padre, que murió hace tres años, sufría un proceso durísimo de ELA. Pero también tenían que estar el humor y la música. Le daba vueltas a como abrir y cerrar todos esos materiales cuando, en medio del verano, en compañía de muy buenos amigos, vi en O Grove un escenario para indagar y acercarse a esa historia.

Es un artefacto heterogéneo en las historias que confluyen en él, pero también en los registros: hay sátira, hay intimismo, hay crónica, hay costumbrismo, hay parodia. ¿Cuáles fueron los mayores riesgos de gobernar tantos estilos?

Algo que encuentro mucho cuando leo y también cuando escribo es el miedo. Estamos viviendo con mucho miedo. Ahora, en este contexto, tenemos miedo de lo que pueda traer el fascismo, tenemos miedo de lo que pueda traer lo nuclear -que también está de fondo en la novela. Yo quería desprenderme del miedo. Tenemos miedo en todo, entonces yo quería escribir algo sin miedo. Y sentía que tenía que hacerlo a través de voces distintas y de explorar esas voces. El riesgo es no sonar creíble, o sonar demasiado correcto debido a convenciones literarias que a mí no me importan. El riesgo es que se confundan las voces. Quiero pensar que pueden identificarse. Al mismo tiempo en esas voces hay siempre un tránsito entre lo externo, fugaz, anecdótico, momentáneo, y lo introspectivo.

De hecho, la narración oscila entre dos polos, un hedonismo un poco frívolo -el mundo del Nautilus y los personajes que desfilan por él- y, del otro lado, la enfermedad mortal y la memoria política.

Aún le estoy poniendo las palabras al asunto, pero fue algo buscado. Tengo muy presentes las Lecciones americanas de Italo Calvino, que hablan de profundidad pero también de ligereza. Al mismo tiempo, quería recrear lo interno y lo externo, con el contraste del humor. Y en el fondo hay esa idea de que escribir es como buscar un futuro anterior, un futuro anterior suspendido del espacio y del tiempo real. En esa ficción intento encontrar algo que no sé exactamente lo que es, pero que revela algo de la memoria personal o colectiva. No me interesa tanto una trama cerrada como ese futuro anterior que levanta de repente una composición de los hechos.

Al mismo tiempo, la novela posee una voluntad realista, casi naturalista, hay mucho oído en los diálogos.

Quería partes más crudas, más directas, más plásticas, una lengua lejos de la norma, y que por acumulación generase capas que al final son corrientes de pensamiento a las que doy forma antropomorfa. Buscaba ese contraste entre lo más incorrecto e inmediato, espontáneo, trabajado por lo que se oye, y esas partes más introspectivas, más abstractas. Casi todos los personajes están en el centro del verano, viviendo el sueño de una noche de verano, pero dentro de ellos suceden otros tiempos y otros pensamientos. Me interesaba ese contraste.

En la novela hay bastante sexo y muchas drogas. ¿Faltan en la literatura gallega?

Cuando leemos o escribimos siempre vemos las dimensiones más íntimas, como pueden ser la intoxicación o el sexo, con nuestros prejuicios, con filtros de todo tipo, fruto también de ciertas convenciones, pero cualquier tema, cualquier material, es susceptible de ser tratado literariamente. Esa parte del sexo y las drogas no pretendía ser estereotipado, sino explorar el terreno y ver qué sucedía.

Forma parte de la vida y por lo tanto de la literatura.

¡Claro! Yo lo veo así. Era someter esas cuestiones a un tratamiento literario y remover a quien lee, porque a lo mejor no esperan esa escena, esas partes más bizarras. Creo en esa superposición de capas que al final crean una atmósfera: el centro del verano por un lado, la memoria política por otro.

Hay incluso cuadros de costumbres que no aparecen habitualmente en la literatura gallega. Esa sátira del faranduleo -los músicos, el cine, periodistas dipsómanos-...

A veces hay un componente de provocación y ciertos diálogos rozan la caricatura. En en otros tramos de la novela esos mismos personajes están, sin embargo, debatiéndose con cuestiones mucho más serias. La realidad que habitamos. Uno puede estar en una situación divertida y banal o frívola y al mismo tiempo el rumor, la corriente subterránea de tu vida y tus preocupaciones está ahí latiendo, de fondo. Quería recrear eso.

El paso de lo feliz y desinhibido a lo catastrófico y viceversa.

Hay un anhelo también. En el fondo es un libro sobre el anhelo.

Eso enlaza con los escenarios principales: el verano, la playa, la música en directo, los cuerpos.

Quería perforar ese cuadro aparentemente banal y frívolo y ver lo que había por debajo. Y la música también tenía que estar por alguna parte.

La novela pone además en juego la memoria política de la generación de los 70, en concreto la de militancia en la izquierda nacionalista.

También es un libro político. Hay un conflicto entre lo nuevo y lo viejo a varios niveles. La memoria de los últimos 70 es la memoria de la generación de mis padres. Son personas que vivieron esos años muy violentos, entre el final del franquismo y la predemocracia o la democracia, años muy convulsos. Y ese choque entre lo viejo, las estructuras de los estertores del franquismo, que choca de frente con una nueva generación que quiere romper con eso y llevar su vida y el mundo hacia otro lado. Es algo que le debemos a la generación de nuestros padres.

¿La literatura gallega le ha hecho justicia a esa generación política como sí ha hecho con otras etapas históricas convulsas?

Creo que no, todavía no. O yo no lo conozco. Alguna cosa sí he leído algo. En concreto recuerdo un manuscrito, como miembro de un jurado, sobre un episodio en Santiago de Compostela en los últimos 70. Era buenísimo, pero no resultó premiado y no sé de quién es. Hay otros períodos, como la Guerra Civil, sobre los que sí hay mucha literatura. Pero sí falta profundizar en esos cinco años.

Ese tránsito, esa transición.

Es un territorio interesante. Tenía ganas de, por un lado, tratar esa memoria histórica colectiva pero por otro hacer un libro sobre el presente. Veo mucha novela histórica, que me parece muy bien, pero quería hablar de algo del presente. La literatura gallega tiene ahí tarea, un territorio de posibilidades.

Al final, en Hoxe toca Leiva? convergen muchas Galicias distintas pero presentes. Incluso esa memoria histórica de los 70 es relativamente reciente y todavía condiciona la actualidad.

Sí, desde luego. Muchas personas que vivieron esa etapa siguen siendo determinantes en la vida política. En cualquier caso, esa Galicia de la Nautilus y las salas de conciertos me interesaba también desde el punto de vista sociológico, antropológico, sin ser yo un experto en esas disciplinas, pero sí me parecía interesante…

La literatura es antropológica aún involuntariamente.

Puede ser. Reflejas un momento histórico y en él se abre toda la gama de posibilidades y de mundos diferentes que conviven, estratos sociales que se mezclan. Me apetecía mucho explorar qué sucedía ahí y si podía dar una historia que mereciese la pena escribir y, con suerte, leer.

¿Y cómo cree que lo van a recibir en O Grove cuando vuelva este verano?

[Risas] Espero que me vean con simpatía y que entiendan que se trata de una ficción literaria. Cualquier ficción se alimenta de la realidad, no tenemos otra cosa que percibir que la realidad. Además, es un libro que también celebra la música en directo, los locales de conciertos. Independientemente de gustos, las salas de conciertos promueven cultura y ayudan de algún modo a despegarse de esta sobredosis de realidad terrible. He disfrutado mucho en esos lugares.

La pasada semana, usted ha sido el rostro de la protesta contra la moción de censura del PP, apoyada en una tránsfuga, contra el actual gobierno local progresista de Lugo. Además, milita en la izquierda nacionalista de Anova. ¿Sigue vigente la figura del escritor comprometido o prefiere separar facetas?

Un escritor tiene que ser independiente, pero eso no significa desentenderse de los problemas que nos afectan como ciudadanos. A veces se tiende a caricaturizar al escritor comprometido. Me ha pasado estas semanas, me han insultado pero también caricaturizado. Pero escribo para ponerle palabras a lo que sentimos, a lo que sucede, a los agravios que sufre la gente común, la que sufre el peso de la historia. Tenemos que levantar acta. No está pasado de moda y no es incompatible con hacer buena literatura. Y como otros ponen ladrillos, nosotros ponemos palabras, que son nuestra materia de trabajo. Es una obligación moral, hasta el final.

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