Un mar sin memoria
Hay un concepto en ciencias del mar que se debería enseñar en las escuelas: la amnesia generacional. Suena a jerga médica, pero la idea es sencilla: cada generación toma como referencia el mar de su juventud. En el que se bañaba entonces, en el que pescaba, el que exploraba. Ese mar, el suyo, se convierte en su idea de “normal”. Y como cada generación hereda un mar un poco más vacío que la anterior, nadie percibe la magnitud del desastre. Nuestros abuelos vieron un Mediterráneo lleno de peces grandes, de depredadores, de vida. Nosotros solo vemos lo que queda, y nos parece el mar de siempre. Y ahí está la trampa: el mar balear ha ido perdiendo la memoria poco a poco. Restaurar consiste, en buena parte, en ayudarle a recuperarla.
Porque restaurar no es solo plantar posidonia, es recuperar funciones. Un ecosistema no es un catálogo de especies, es un tejido de relaciones: quién se come a quién, quién limpia, quién construye hábitat, quién mantiene el equilibrio. Cuando desaparecen ciertas piezas, sobre todo las de la base y las de la parte superior, el tejido se rasga. Por eso, restaurar no significa solamente plantar, sino que va mucho más allá. La buena restauración es la que recupera los procesos y las especies clave y permite devolverle al mar su capacidad de funcionar solo.
Y esto, en el fondo, cambia la pregunta. Deja de importar cuántas hectáreas hemos plantado y empieza a importar qué funciones le hemos devuelto al ecosistema. Que no es lo mismo, ni de lejos. La primera se contesta con una foto. La segunda exige entender el ecosistema entero, medir con indicadores serios, esperar años y aceptar que algunos procesos tardan décadas en volver.
Pero empezar la casa por el tejado, plantar antes de proteger, es un orden de prioridades que la naturaleza no entiende ni comparte. Hay que crear espacios sin presiones, como las áreas de protección estricta. No se planta nada. No se extrae nada. Solo se retira la presión y se espera. Y el sistema, si se le deja, se recupera.
Aunque cuidado: proteger tampoco es magia. La protección, por sí sola, no siempre alcanza para recuperar un ecosistema que está muy degradado, fragmentado o expuesto a demasiados impactos a la vez. En esos casos, hay que combinar. Proteger y, además, restaurar activamente. Una potencia a la otra, pero el punto de partida, el paso que casi siempre obviamos, sigue siendo el mismo. Quitar la presión.
Devolverle la memoria al Mar Balear no significa congelarlo en un pasado que resulta imposible. No vamos a recuperar el Mediterráneo de hace siglos y el cambio climático se encarga de recordárnoslo perfectamente cada verano con sus olas de calor. Nuestra referencia para restaurar no puede ser el mar intacto de las postales de antes; tiene que ser un mar que vuelva a funcionar, resiliente, capaz de encajar los golpes que seguro que vendrán. Un mar con sus depredadores, con sus constructores de hábitat, con todas las piezas encajadas en su sitio.
La buena noticia es que el mar tiene una memoria tenaz. Dale protección, quítale las presiones, ten paciencia y empezará a acordarse de lo que fue. La mala es que esa memoria no es infinita. Cada especie que perdemos del todo, cada función que se apaga para siempre, es un recuerdo que ya no vuelve. Restaurar es, en esencia, una carrera contra el olvido. Y el olvido, de momento, nos lleva ventaja
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