El Dedo de Dios, Moon Beach o Cueva de la Luz: el turismo e Instagram cambian los topónimos de las calas de Ibiza

Pablo Sierra del Sol

Eivissa —

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En Eivissa hay muchos lugares con nombres casi olvidados. Lugares que no se llaman como los llama la gente. Al menos, la mayoría. Sobre todo, en determinados ambientes, muy relacionados con el turismo. Si a un visitante le preguntáramos en el aeropuerto, a punto de tomar el avión de regreso a casa, por s’Ullal de na Colom, sa Pedrera de Cala d’Hort o es Cap Bernat probablemente pondría cara de interrogación. No sería extraño, en cambio, que los hubiera visitado durante sus vacaciones. Y que a su perfil de Instagram hubiera subido un buen número de fotos disparadas en unos sitios que se han convertido en icónicos para muchos usuarios de esta red social.

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Escenarios instagrameables, un adjetivo que algún día llamará a la puerta de la RAE, que suman millones de likes cada año, etiquetados con nombres que nada tienen que ver con su topónimo oficial. Hasta hace unas décadas eran puntos remotos, apenas conocidos por los pescadores que navegaban hasta allí para tirar sus redes al mar. Pero hasta estos tres rincones –una gruta perforada en un acantilado, una cala de piedras bajo una empinada ladera y un peñasco a un centenar de metros del litoral– ha llegado el turismo.

Ahora estos parajes son más conocidos por denominaciones que transpiran un aroma new age: Cueva de la Luz, Atlantis o El Dedo de Dios. Hay muchos más casos parecidos en Eivissa. Pueden contarse por decenas. Lugares a los que, blogs y webs, primero, y, sobre todo, las redes sociales, después, han dado fama, renombrándolos con un topónimo sacado de la manga. Misticismo mediante, casi siempre. Ni siquiera hablar catalán libra al turista de la tentación de saltar sobre la toponimia oficial.

Un fenómeno que comenzó hace tiempo

Sin embargo, este fenómeno comienza mucho antes de que internet marcara el compás de nuestras vidas. “En los años setenta no había conciencia para conservar los topónimos originales. Casi la única preocupación que tenía la sociedad ibicenca era edificar y, en aquellas urbanizaciones, ponerle el nombre que se le ocurriera al promotor. Ese es uno de los orígenes de los intentos de sustitución toponímica que sufrimos en esta isla”, comenta Enric Ribes Marí.

Él es miembro de la sección filológica del Institut d’Estudis Catalans y la toponimia siempre ha estado en el centro de sus intereses lingüísticos: fruto de sus investigaciones ha publicado tres libros que recogen la nomenclatura de los accidentes costeros de Sant Antoni, Sant Joan y Vila. El próximo año ese trabajo se completará con dos títulos más: sobre el litoral de Santa Eulària y la zona norte de Sant Josep, escritos conjuntamente con Neus Marí Planells e Irene Tetteh Morcilo.

“Desde que me compré un Seat 600 cuando cumplí los dieciocho años. Con el carné recién estrenado me dediqué a recorrer Eivissa. Entonces la mayoría de carreteras actuales eran caminos sin asfaltar. Apenas había carteles y tenías que preguntarle a los vecinos que te encontrabas en las casas de campo por el nombre de los lugares. Esa memoria se está perdiendo, y era la única forma que tenía de orientarme junto a algunos mapas militares, los único que había”, explica.

El filólogo nació en 1955, así que aquellas excursiones motorizadas ocurrieron en los últimos años del desarrollismo franquista. “Evidentemente, los nuevos nombres que se creaban eran en castellano… pero tampoco se respetaban los topónimos catalanes. Un caso paradigmático son las urbanizaciones que se construyeron en es Puig d’en Fita, una montaña, bastante alargada, entre Cala Llonga y Santa Eulària”. Esos vecindarios, la mayoría casas unifamiliares, bien pegadas al litoral, se llaman Valverde, Montañas Verdes, Siesta… “Si llamas a un repartidor”, explica Ribes, “tienes que decirle uno de esos nombres porque está claro que el topónimo oficial no lo va a conocer”.

El cambio de nombre en las calas

Para Maurici Cuesta, vocal de la Junta directiva del Institut d’Estudis Eivissencs y profesor de Historia y Geografía en un instituto, se ha llegado a una situación preocupante “por la desidia de las instituciones durante demasiado tiempo y por la falta de interés de algunos empresarios por conservar los topónimos”. Cita Cuesta algunos ejemplos, todos relacionados con calas “a las que no llegas por carreteras más o menos principales: ahí sí se han instalado carteles y señales de tráfico y eso ayuda a que tanto residentes como visitantes se aprendan el topónimo”.

En las playas más apartadas echa de menos el historiador señalizaciones que informen y contextualicen sobre el nombre del lugar. “A es Racó d’en Xic”, una zona nudista situada cerca de las Platges de Comte (a las que en castellano suele llamarse Cala Conta, en otra traducción libérrima), “se le conoce como Cala Escondida”. Y añade: “O a s’Estanyol, una de tantas calas a las que se llamaba así porque en todas ellas se forma un estanyol, un pequeño estanque, en la desembocadura de sus torrentes, cuando llovía, ahora la llaman Cala Bonita. ¿Por qué? Como pasa en es Racó des Xic, porque el nombre del restaurante o del chiringuito ha pasado por encima del topónimo”.

“Es un caso preocupante porque lo comercial no barra lo cultural”, dice José Antonio Roselló. Este abogado, vicepresidente de la Confederación de Asociaciones Empresariales de Baleares (CAEB) y su principal representante en las Pitiüses, considera que el fenómeno está “apreciablemente extendido”. Y amplía su punto de vista: “Es un tema que se da especialmente en las redes sociales. A veces, impulsado por un establecimiento que está ubicado en la zona porque considera que el nuevo nombre puede resultar más atractivo. Pero son iniciativas singularizadas. Nosotros, como organización empresarial, no hemos intervenido para nada en esto. No objetamos a lo que diga la gente, pero desde un punto de vista formal creemos que se debe mantener la toponimia oficial. Es un hecho histórico, los nombres no se pueden cambiar así como así”.

Es un caso preocupante porque lo comercial no barra lo cultural. A veces, está impulsado por un establecimiento que está ubicado en la zona porque considera que el nuevo nombre puede resultar más atractivo. Creemos que se debe mantener la toponimia oficial

Otro de los lugares que parecen rebautizados sin remedio es un tramo de la costa del Pla de Corona, en el municipio de Sant Antoni, al que llaman Las Puertas del Cielo. La razón, un pequeño restaurante cercano a un acantilado desde el que se ve la puesta de sol. “Si nos remite a una canción”, dice Maurici Cuesta, mencionando sin nombrarla al Knockin’ on Heaven’s Door de Dylan, “parece que el nombre sea más atractivo, pero aquello son es Hortets de Corona”.

“Y sa Penya Esbarrada y, sobre todo, s'Esboldregat d'en Jordi”, amplía Enric Ribes, “porque esa nueva denominación, que me parece lo más cursi que pueda uno imaginarse abarca un tramo de costa bastante grande”. Y añade: “Se ha bautizado de una manera que no tiene ningún sentido, pasando por delante de topónimos que, como suele pasar en cualquier sitio, no se ponían por capricho: allí había huertos, de ahí es Hortets; hay una peña partida en dos: esbarrada; y sobre todo es salida natural del agua de lluvia que va a la mar, es decir, un esboldregat. Como estaba en la finca de Can Jordi lleva ese nombre. Por eso me extraña que los dueños de esa casa, que fueron los que abrieron el restaurante que hay allí no reivindican el nombre original. Una cosa es ponerle a tu negocio el nombre que tú quieras y otra olvidarte de quien eres”.

No solo en Eivissa

Eivissa no es un caso aislado. Ribes habla de balearización porque “en Mallorca la sustitución toponímica también es un fenómeno muy extendido”. El pasado 13 de agosto, Antoni Janer, filólogo clásico y periodista, publicó un hilo de Twitter en el que repasaba algunos cambios de nombre en busca de “más glamour” para un lugar que, en su momento, empezó a explotarse turísticamente.

“Cala Blava, en Llucmajor, se llamaba Cala Mosques. S’Estany d’en Mas, en Manacor, se sustituyó por Cala Romántica. El 31 de marzo de 1964 la neotoponimia ya tenía una base legal. El ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, aprobó la orden por la cual se creaba el Registro de denominaciones geoturísticas. Otros nombres inventados basados en el márquetin son Bellavista (Llucmajor), Palmanova (Calvià) o Platja de Palma, que abraza los núcleos de Can Pastilla, Can Pere Antoni, el Coll d’en Rabassa, les Meravelles o s’Arenal”.

Janer utilizó como percha para publicar esa recopilación de neotopónimos en la red social fue la polémica decisión del Consell mallorquín de patrocinar con dinero público el campo de fútbol de Son Moix y renombrarlo como Visit Mallorca Estadi.

“Seguramente se trata de modas. En muchas ocasiones estos cambios de nombre se deben al impacto que tienen las redes sociales los comentarios y publicaciones de personas que llaman a los sitios de forma diferente. Hay topónimos tradicionales que solamente conoce la gente más local, pero no los turistas. Puede ser que pase eso, pero sin más. Nosotros no nos hemos parado a analizar el tema”, dice Alejandro Sancho.

Seguramente se trata de modas. En muchas ocasiones estos cambios de nombre se deben al impacto que tienen las redes sociales los comentarios y publicaciones de personas que llaman a los sitios de forma diferente

Directivo en una de las principales cadenas hoteleras de capital ibicenco, Sancho preside Fomento de Turismo desde octubre de 2019. La institución nació en 1933 para desarrollar una industria que aunque explotó tras la entrada de España en el Plan Marshall por los efectos devastadores de la Guerra Civil, ya se consideraba incipiente. Durante la II República, de hecho, se habían construido también los primeros hoteles que tuvo la isla.

Sus nombres o eran genéricos –Montesol– o incluso reproducían la toponimia oficial –Portmany– y nada tenían que ver con “el tropicalismo” que empapó el naming turístico en los setenta y ochenta, como recuerda Maurici Cuesta: “Entonces todo eran boraboras y waikikis, si no te transportaba a Florida o Hawái no valía. Eso ha llevado a que algunos tramos de Platja d’en Bossa o de sa Canal, la playa que comúnmente se llama ses Salines, sean conocidos por el nombre de ciertos chiringuitos”.

Bienvenido a Ibiza Town

El cuento, sin embargo, viene de lejos y ha producido anécdotas divertidas. Rigoberto Soler, un pintor alcoyano, que vivió en Santa Eulària entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado, le cambió el nombre a uno de los muchos estanyols que había en la costa ibicenca. Levantó allí una barraca, la pintó de azul y el enclave se convirtió en es Niu Blau. Antes, en 1909, su paisano Vicente Blasco Ibáñez había publicado Los muertos mandan, una novela negrísima y navajera ambientada entre Eivissa y Mallorca. Entonces era imposible imaginar que los turistas que treparían más de un siglo después hasta la torre de defensa levantada frente a los islotes de es Vedrà y es Vedranell seguirían llamándola “torre del Pirata”. El mismo topónimo que había acuñado el escritor y político valenciano para situar uno de los escenarios de su historia.

Un cartel morado, con el escudo del Consell d’Eivissa, recuerda, sin éxito, a quien se acerca que al torreón se le ha conocido como des Savinar o des Cap des Jueu, tanto monta, desde que se construyó en el siglo XVIII. Porque la toponimia tradicional suele ser siamesa. Si no que se lo digan a los habitantes de la capital insular: donde hay un paseo arbolado que recuerda a un general que nació pero nunca vivió en la isla (Vara de Rey / s’Alamera), una calle que recuerda a un rey cartaginés pero huele a medicamentos (Anníbal / de ses farmàcies) y que pese a llamarse oficialmente Eivissa, a secas, cuando se la nombra en catalán todo el mundo se refiere a ella como Vila, sin restarle un ápice de importancia. Una fórmula tan arraigada como oficiosa. En todo caso, más antigua que la solución Ibiza Town, la manera que utiliza la comunidad británica, turistas y residentes desde hace muchos años, para diferenciar la ciudad de la isla.

Volver a los orígenes

Con este panorama, ¿es irreversible el proceso de sustitución toponímica? “Mutatis mutandis”, contesta Enric Ribes. Haciendo los cambios necesarios. Por eso, dice el lingüista, la castellanización de los topónimos catalanes que se experimentó desde la implantación de los Decretos de Nueva Planta, a principios del siglo XVIII, cuando la Corona de Aragón perdió sus fueros tras la Guerra de Sucesión, ha tenido y tiene vuelta atrás.

Él lo vivió de cerca durante la década de los ochenta, cuando, como independiente en el PSOE, fue concejal en el Ajuntament d'Eivissa, miembro del primer Consell Insular y diputado en el Congreso. “Ya en democracia recuperamos la forma tradicional de llamar a nuestros pueblos y parroquias, en catalán. Podría haberse desarrollado de forma más activa, pero en cierta forma se están recuperando las antiguas véndes, las divisiones rurales que tienen nuestras parroquias. El Consell de Formentera es un ejemplo en ese sentido porque, además de un valor histórico y cultural, le ha dado un sentido práctico: permite ubicar de forma más sencilla a los vecinos que viven en el campo, que son la mayoría”.

“Después, es verdad que toda la migración castellana ha cambiado ciertos topónimos. Pero, fíjate qué curioso. No siempre se traducen, muchas veces simplemente se adaptan: por eso nadie dice que va al barrio de las higueruelas sino al de las figueretas. De ahí, a nivel social, es muy fácil volver a ses Figueretes, que es el nombre real. En cambio, si es Caló de s’Illa pasa a ser Moon Beach para el resto del mundo, ¿cómo vamos a hacerles entender que esa cala no se llama así? La presión que provocan esas prácticas turísticas siempre será peor que los efectos que causen los flujos migratorios, que, por otro lado, son más naturales. Desde el Consell, y los ayuntamientos, se ha trabajado, pero creo que se podría hacer más”, añade.

Toda la migración castellana ha cambiado ciertos topónimos. Pero, fíjate qué curioso. No siempre se traducen, muchas veces simplemente se adaptan

Alejandro Sancho, que lleva años sentándose en las reuniones donde se decide qué tipo de promoción se hará en las ferias turísticas, reconoce que desde la máxima institución insular nunca han tratado el problema de la sustitución toponímica como una preocupación.

José Antonio Roselló, por su parte, propone una vía intermedia para contener el fenómeno: “No se puede poner puertas al campo. Si un nombre tiene éxito y aceptación  para designar un lugar, mientras quede claro que hay un topónimo oficial, no habría mucho más que decir. Hay que mantenerlo siempre y estar atentos”.

“Será difícil, el sector turístico es un lobby demasiado fuerte. Se ve de forma clara en lo arrinconado que está el topónimo oficial de la isla, Eivissa, frente al que se usa comercialmente, Ibiza”, apunta Cuesta. Sancho responde: “La marca Ibiza tiene tantos pros que es inevitable no usarla. La conocen en todo el mundo y desde el sector nos hemos esforzado en los últimos diez años en lanzar varios productos que la refuercen alargando la temporada en los meses de primavera y otoño. El valor y la fuerza del nombre Ibiza son impagables. Sus cinco letras tienen un valor internacional que ya la quisieran el resto de destinos turísticos o cualquier marca comercial del sector que fuera”.

Será difícil, el sector turístico es un lobby demasiado fuerte. Se ve de forma clara en lo arrinconado que está el topónimo oficial de la isla, Eivissa, frente al que se usa comercialmente, Ibiza

La marca Ibiza tiene tantos pros que es inevitable no usarla. La conocen en todo el mundo. El valor y la fuerza del nombre Ibiza son impagables

Enric Ribes ofrece una alternativa, nunca consumada por ningún gobierno insular. “Ni de izquierdas ni de derechas”. Si el nombre que recoge la ley (desde 1986) es Eivissa, basta introducirlo en el Registro de Entidades Locales, un organismo dependiente del Ministerio de Política Territorial, para que en todos los mapas oficiales, por ejemplo, la isla aparezca como Eivissa en vez de Ibiza. “¿Por qué no lo hace el Consell? ¿Tiene miedo de la reacción de los empresarios? No lo entiendo. El caso más claro lo tienes en Catalunya. Allí tienen claro que si van a promocionarse a los países anglosajones o nórdicos se venden como Catalonia. Se puede fortalecer y fomentar el uso de Eivissa a la vez que se promociona Ibiza como destino turístico”, comenta.

El lingüista también cree que “mientras se conserva la memoria debe ampliarse la mirada”, recordar en todo momento que la toponimia es dinámica. “Refleja un tiempo, pinta su paisaje histórico. Es decir, lo que nos está pasando ahora por causas que derivan principalmente de la economía ya ha pasado antes por otros motivos. En el siglo XVIII, Manuel Abad y Lasierra, el primer obispo que tuvieron las Pitiüses, se inventó las parroquias, nuestros pueblos actuales, y cambió el nombre de zonas que ya tenían su propio topónimo”.

Hoy conviven las dos formas, la del nombre del santo y la del lugar: Sant Mateu d’Aubarca, Sant Jordi de ses Salines, Sant Vicent de sa Cala… “Mucho antes los romanos sucedieron a los púnicos y cambiaron muchos nombres. Y que a la conquista catalana algunos le podemos tener mucho cariño, porque los sentimos nuestros antepasados, pero hicieron muchísimas barrabasadas, también en este sentido. A partir del siglo XIII, centenares de topónimos árabes se dejaron de usar y muchos ni siquiera estaban documentados. En cambio, y eso es lo interesante, de una época a otra algunos topónimos se conservan o se adaptan”, añade. Ahí están Balansat, Benimussa o Benirràs, de origen árabe. O Portmany, que viene de la Edad Antigua y se encuentra, adaptado al castellano, en otras zonas de presencia púnica como la costa murciana.

“Es un proceso natural. Un tema que está en estudio actualmente es el origen del topónimo Eivissa. Si los púnicos llamaban a la isla Ibosim y los romanos, Ebusus, ¿cómo se llegó al árabe Yabisa? Pues probablemente por la breve dominación bizantina, que apenas dura un siglo, y que introdujo en el topónimo una vocal griega que sonaría como ei. Se trata de, sin rasgarnos las vestiduras, investigar para conservar porque si perdemos los topónimos estamos borrando la memoria colectiva de todo un pueblo”, concluye.

En Eivissa hay muchos lugares con nombres casi olvidados. Lugares que no se llaman como los llama la gente. Al menos, la mayoría. Sobre todo, en determinados ambientes, muy relacionados con el turismo. Si a un visitante le preguntáramos en el aeropuerto, a punto de tomar el avión de regreso a casa, por s’Ullal de na Colom, sa Pedrera de Cala d’Hort o es Cap Bernat probablemente pondría cara de interrogación. No sería extraño, en cambio, que los hubiera visitado durante sus vacaciones. Y que a su perfil de Instagram hubiera subido un buen número de fotos disparadas en unos sitios que se han convertido en icónicos para muchos usuarios de esta red social.

Cómo Menorca ha conseguido huir del turismo de masas y del ladrillo (por ahora)

Más

Escenarios instagrameables, un adjetivo que algún día llamará a la puerta de la RAE, que suman millones de likes cada año, etiquetados con nombres que nada tienen que ver con su topónimo oficial. Hasta hace unas décadas eran puntos remotos, apenas conocidos por los pescadores que navegaban hasta allí para tirar sus redes al mar. Pero hasta estos tres rincones –una gruta perforada en un acantilado, una cala de piedras bajo una empinada ladera y un peñasco a un centenar de metros del litoral– ha llegado el turismo.

Ahora estos parajes son más conocidos por denominaciones que transpiran un aroma new age: Cueva de la Luz, Atlantis o El Dedo de Dios. Hay muchos más casos parecidos en Eivissa. Pueden contarse por decenas. Lugares a los que, blogs y webs, primero, y, sobre todo, las redes sociales, después, han dado fama, renombrándolos con un topónimo sacado de la manga. Misticismo mediante, casi siempre. Ni siquiera hablar catalán libra al turista de la tentación de saltar sobre la toponimia oficial.

Un fenómeno que comenzó hace tiempo

Sin embargo, este fenómeno comienza mucho antes de que internet marcara el compás de nuestras vidas. “En los años setenta no había conciencia para conservar los topónimos originales. Casi la única preocupación que tenía la sociedad ibicenca era edificar y, en aquellas urbanizaciones, ponerle el nombre que se le ocurriera al promotor. Ese es uno de los orígenes de los intentos de sustitución toponímica que sufrimos en esta isla”, comenta Enric Ribes Marí.

Él es miembro de la sección filológica del Institut d’Estudis Catalans y la toponimia siempre ha estado en el centro de sus intereses lingüísticos: fruto de sus investigaciones ha publicado tres libros que recogen la nomenclatura de los accidentes costeros de Sant Antoni, Sant Joan y Vila. El próximo año ese trabajo se completará con dos títulos más: sobre el litoral de Santa Eulària y la zona norte de Sant Josep, escritos conjuntamente con Neus Marí Planells e Irene Tetteh Morcilo.

“Desde que me compré un Seat 600 cuando cumplí los dieciocho años. Con el carné recién estrenado me dediqué a recorrer Eivissa. Entonces la mayoría de carreteras actuales eran caminos sin asfaltar. Apenas había carteles y tenías que preguntarle a los vecinos que te encontrabas en las casas de campo por el nombre de los lugares. Esa memoria se está perdiendo, y era la única forma que tenía de orientarme junto a algunos mapas militares, los único que había”, explica.

El filólogo nació en 1955, así que aquellas excursiones motorizadas ocurrieron en los últimos años del desarrollismo franquista. “Evidentemente, los nuevos nombres que se creaban eran en castellano… pero tampoco se respetaban los topónimos catalanes. Un caso paradigmático son las urbanizaciones que se construyeron en es Puig d’en Fita, una montaña, bastante alargada, entre Cala Llonga y Santa Eulària”. Esos vecindarios, la mayoría casas unifamiliares, bien pegadas al litoral, se llaman Valverde, Montañas Verdes, Siesta… “Si llamas a un repartidor”, explica Ribes, “tienes que decirle uno de esos nombres porque está claro que el topónimo oficial no lo va a conocer”.

El cambio de nombre en las calas

Para Maurici Cuesta, vocal de la Junta directiva del Institut d’Estudis Eivissencs y profesor de Historia y Geografía en un instituto, se ha llegado a una situación preocupante “por la desidia de las instituciones durante demasiado tiempo y por la falta de interés de algunos empresarios por conservar los topónimos”. Cita Cuesta algunos ejemplos, todos relacionados con calas “a las que no llegas por carreteras más o menos principales: ahí sí se han instalado carteles y señales de tráfico y eso ayuda a que tanto residentes como visitantes se aprendan el topónimo”.

En las playas más apartadas echa de menos el historiador señalizaciones que informen y contextualicen sobre el nombre del lugar. “A es Racó d’en Xic”, una zona nudista situada cerca de las Platges de Comte (a las que en castellano suele llamarse Cala Conta, en otra traducción libérrima), “se le conoce como Cala Escondida”. Y añade: “O a s’Estanyol, una de tantas calas a las que se llamaba así porque en todas ellas se forma un estanyol, un pequeño estanque, en la desembocadura de sus torrentes, cuando llovía, ahora la llaman Cala Bonita. ¿Por qué? Como pasa en es Racó des Xic, porque el nombre del restaurante o del chiringuito ha pasado por encima del topónimo”.

“Es un caso preocupante porque lo comercial no barra lo cultural”, dice José Antonio Roselló. Este abogado, vicepresidente de la Confederación de Asociaciones Empresariales de Baleares (CAEB) y su principal representante en las Pitiüses, considera que el fenómeno está “apreciablemente extendido”. Y amplía su punto de vista: “Es un tema que se da especialmente en las redes sociales. A veces, impulsado por un establecimiento que está ubicado en la zona porque considera que el nuevo nombre puede resultar más atractivo. Pero son iniciativas singularizadas. Nosotros, como organización empresarial, no hemos intervenido para nada en esto. No objetamos a lo que diga la gente, pero desde un punto de vista formal creemos que se debe mantener la toponimia oficial. Es un hecho histórico, los nombres no se pueden cambiar así como así”.

Es un caso preocupante porque lo comercial no barra lo cultural. A veces, está impulsado por un establecimiento que está ubicado en la zona porque considera que el nuevo nombre puede resultar más atractivo. Creemos que se debe mantener la toponimia oficial

Otro de los lugares que parecen rebautizados sin remedio es un tramo de la costa del Pla de Corona, en el municipio de Sant Antoni, al que llaman Las Puertas del Cielo. La razón, un pequeño restaurante cercano a un acantilado desde el que se ve la puesta de sol. “Si nos remite a una canción”, dice Maurici Cuesta, mencionando sin nombrarla al Knockin’ on Heaven’s Door de Dylan, “parece que el nombre sea más atractivo, pero aquello son es Hortets de Corona”.

“Y sa Penya Esbarrada y, sobre todo, s'Esboldregat d'en Jordi”, amplía Enric Ribes, “porque esa nueva denominación, que me parece lo más cursi que pueda uno imaginarse abarca un tramo de costa bastante grande”. Y añade: “Se ha bautizado de una manera que no tiene ningún sentido, pasando por delante de topónimos que, como suele pasar en cualquier sitio, no se ponían por capricho: allí había huertos, de ahí es Hortets; hay una peña partida en dos: esbarrada; y sobre todo es salida natural del agua de lluvia que va a la mar, es decir, un esboldregat. Como estaba en la finca de Can Jordi lleva ese nombre. Por eso me extraña que los dueños de esa casa, que fueron los que abrieron el restaurante que hay allí no reivindican el nombre original. Una cosa es ponerle a tu negocio el nombre que tú quieras y otra olvidarte de quien eres”.

No solo en Eivissa

Eivissa no es un caso aislado. Ribes habla de balearización porque “en Mallorca la sustitución toponímica también es un fenómeno muy extendido”. El pasado 13 de agosto, Antoni Janer, filólogo clásico y periodista, publicó un hilo de Twitter en el que repasaba algunos cambios de nombre en busca de “más glamour” para un lugar que, en su momento, empezó a explotarse turísticamente.

“Cala Blava, en Llucmajor, se llamaba Cala Mosques. S’Estany d’en Mas, en Manacor, se sustituyó por Cala Romántica. El 31 de marzo de 1964 la neotoponimia ya tenía una base legal. El ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, aprobó la orden por la cual se creaba el Registro de denominaciones geoturísticas. Otros nombres inventados basados en el márquetin son Bellavista (Llucmajor), Palmanova (Calvià) o Platja de Palma, que abraza los núcleos de Can Pastilla, Can Pere Antoni, el Coll d’en Rabassa, les Meravelles o s’Arenal”.

Janer utilizó como percha para publicar esa recopilación de neotopónimos en la red social fue la polémica decisión del Consell mallorquín de patrocinar con dinero público el campo de fútbol de Son Moix y renombrarlo como Visit Mallorca Estadi.

“Seguramente se trata de modas. En muchas ocasiones estos cambios de nombre se deben al impacto que tienen las redes sociales los comentarios y publicaciones de personas que llaman a los sitios de forma diferente. Hay topónimos tradicionales que solamente conoce la gente más local, pero no los turistas. Puede ser que pase eso, pero sin más. Nosotros no nos hemos parado a analizar el tema”, dice Alejandro Sancho.

Seguramente se trata de modas. En muchas ocasiones estos cambios de nombre se deben al impacto que tienen las redes sociales los comentarios y publicaciones de personas que llaman a los sitios de forma diferente

Directivo en una de las principales cadenas hoteleras de capital ibicenco, Sancho preside Fomento de Turismo desde octubre de 2019. La institución nació en 1933 para desarrollar una industria que aunque explotó tras la entrada de España en el Plan Marshall por los efectos devastadores de la Guerra Civil, ya se consideraba incipiente. Durante la II República, de hecho, se habían construido también los primeros hoteles que tuvo la isla.

Sus nombres o eran genéricos –Montesol– o incluso reproducían la toponimia oficial –Portmany– y nada tenían que ver con “el tropicalismo” que empapó el naming turístico en los setenta y ochenta, como recuerda Maurici Cuesta: “Entonces todo eran boraboras y waikikis, si no te transportaba a Florida o Hawái no valía. Eso ha llevado a que algunos tramos de Platja d’en Bossa o de sa Canal, la playa que comúnmente se llama ses Salines, sean conocidos por el nombre de ciertos chiringuitos”.

Bienvenido a Ibiza Town

El cuento, sin embargo, viene de lejos y ha producido anécdotas divertidas. Rigoberto Soler, un pintor alcoyano, que vivió en Santa Eulària entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado, le cambió el nombre a uno de los muchos estanyols que había en la costa ibicenca. Levantó allí una barraca, la pintó de azul y el enclave se convirtió en es Niu Blau. Antes, en 1909, su paisano Vicente Blasco Ibáñez había publicado Los muertos mandan, una novela negrísima y navajera ambientada entre Eivissa y Mallorca. Entonces era imposible imaginar que los turistas que treparían más de un siglo después hasta la torre de defensa levantada frente a los islotes de es Vedrà y es Vedranell seguirían llamándola “torre del Pirata”. El mismo topónimo que había acuñado el escritor y político valenciano para situar uno de los escenarios de su historia.

Un cartel morado, con el escudo del Consell d’Eivissa, recuerda, sin éxito, a quien se acerca que al torreón se le ha conocido como des Savinar o des Cap des Jueu, tanto monta, desde que se construyó en el siglo XVIII. Porque la toponimia tradicional suele ser siamesa. Si no que se lo digan a los habitantes de la capital insular: donde hay un paseo arbolado que recuerda a un general que nació pero nunca vivió en la isla (Vara de Rey / s’Alamera), una calle que recuerda a un rey cartaginés pero huele a medicamentos (Anníbal / de ses farmàcies) y que pese a llamarse oficialmente Eivissa, a secas, cuando se la nombra en catalán todo el mundo se refiere a ella como Vila, sin restarle un ápice de importancia. Una fórmula tan arraigada como oficiosa. En todo caso, más antigua que la solución Ibiza Town, la manera que utiliza la comunidad británica, turistas y residentes desde hace muchos años, para diferenciar la ciudad de la isla.

Volver a los orígenes

Con este panorama, ¿es irreversible el proceso de sustitución toponímica? “Mutatis mutandis”, contesta Enric Ribes. Haciendo los cambios necesarios. Por eso, dice el lingüista, la castellanización de los topónimos catalanes que se experimentó desde la implantación de los Decretos de Nueva Planta, a principios del siglo XVIII, cuando la Corona de Aragón perdió sus fueros tras la Guerra de Sucesión, ha tenido y tiene vuelta atrás.

Él lo vivió de cerca durante la década de los ochenta, cuando, como independiente en el PSOE, fue concejal en el Ajuntament d'Eivissa, miembro del primer Consell Insular y diputado en el Congreso. “Ya en democracia recuperamos la forma tradicional de llamar a nuestros pueblos y parroquias, en catalán. Podría haberse desarrollado de forma más activa, pero en cierta forma se están recuperando las antiguas véndes, las divisiones rurales que tienen nuestras parroquias. El Consell de Formentera es un ejemplo en ese sentido porque, además de un valor histórico y cultural, le ha dado un sentido práctico: permite ubicar de forma más sencilla a los vecinos que viven en el campo, que son la mayoría”.

“Después, es verdad que toda la migración castellana ha cambiado ciertos topónimos. Pero, fíjate qué curioso. No siempre se traducen, muchas veces simplemente se adaptan: por eso nadie dice que va al barrio de las higueruelas sino al de las figueretas. De ahí, a nivel social, es muy fácil volver a ses Figueretes, que es el nombre real. En cambio, si es Caló de s’Illa pasa a ser Moon Beach para el resto del mundo, ¿cómo vamos a hacerles entender que esa cala no se llama así? La presión que provocan esas prácticas turísticas siempre será peor que los efectos que causen los flujos migratorios, que, por otro lado, son más naturales. Desde el Consell, y los ayuntamientos, se ha trabajado, pero creo que se podría hacer más”, añade.

Toda la migración castellana ha cambiado ciertos topónimos. Pero, fíjate qué curioso. No siempre se traducen, muchas veces simplemente se adaptan

Alejandro Sancho, que lleva años sentándose en las reuniones donde se decide qué tipo de promoción se hará en las ferias turísticas, reconoce que desde la máxima institución insular nunca han tratado el problema de la sustitución toponímica como una preocupación.

José Antonio Roselló, por su parte, propone una vía intermedia para contener el fenómeno: “No se puede poner puertas al campo. Si un nombre tiene éxito y aceptación  para designar un lugar, mientras quede claro que hay un topónimo oficial, no habría mucho más que decir. Hay que mantenerlo siempre y estar atentos”.

“Será difícil, el sector turístico es un lobby demasiado fuerte. Se ve de forma clara en lo arrinconado que está el topónimo oficial de la isla, Eivissa, frente al que se usa comercialmente, Ibiza”, apunta Cuesta. Sancho responde: “La marca Ibiza tiene tantos pros que es inevitable no usarla. La conocen en todo el mundo y desde el sector nos hemos esforzado en los últimos diez años en lanzar varios productos que la refuercen alargando la temporada en los meses de primavera y otoño. El valor y la fuerza del nombre Ibiza son impagables. Sus cinco letras tienen un valor internacional que ya la quisieran el resto de destinos turísticos o cualquier marca comercial del sector que fuera”.

Será difícil, el sector turístico es un lobby demasiado fuerte. Se ve de forma clara en lo arrinconado que está el topónimo oficial de la isla, Eivissa, frente al que se usa comercialmente, Ibiza

La marca Ibiza tiene tantos pros que es inevitable no usarla. La conocen en todo el mundo. El valor y la fuerza del nombre Ibiza son impagables

Enric Ribes ofrece una alternativa, nunca consumada por ningún gobierno insular. “Ni de izquierdas ni de derechas”. Si el nombre que recoge la ley (desde 1986) es Eivissa, basta introducirlo en el Registro de Entidades Locales, un organismo dependiente del Ministerio de Política Territorial, para que en todos los mapas oficiales, por ejemplo, la isla aparezca como Eivissa en vez de Ibiza. “¿Por qué no lo hace el Consell? ¿Tiene miedo de la reacción de los empresarios? No lo entiendo. El caso más claro lo tienes en Catalunya. Allí tienen claro que si van a promocionarse a los países anglosajones o nórdicos se venden como Catalonia. Se puede fortalecer y fomentar el uso de Eivissa a la vez que se promociona Ibiza como destino turístico”, comenta.

El lingüista también cree que “mientras se conserva la memoria debe ampliarse la mirada”, recordar en todo momento que la toponimia es dinámica. “Refleja un tiempo, pinta su paisaje histórico. Es decir, lo que nos está pasando ahora por causas que derivan principalmente de la economía ya ha pasado antes por otros motivos. En el siglo XVIII, Manuel Abad y Lasierra, el primer obispo que tuvieron las Pitiüses, se inventó las parroquias, nuestros pueblos actuales, y cambió el nombre de zonas que ya tenían su propio topónimo”.

Hoy conviven las dos formas, la del nombre del santo y la del lugar: Sant Mateu d’Aubarca, Sant Jordi de ses Salines, Sant Vicent de sa Cala… “Mucho antes los romanos sucedieron a los púnicos y cambiaron muchos nombres. Y que a la conquista catalana algunos le podemos tener mucho cariño, porque los sentimos nuestros antepasados, pero hicieron muchísimas barrabasadas, también en este sentido. A partir del siglo XIII, centenares de topónimos árabes se dejaron de usar y muchos ni siquiera estaban documentados. En cambio, y eso es lo interesante, de una época a otra algunos topónimos se conservan o se adaptan”, añade. Ahí están Balansat, Benimussa o Benirràs, de origen árabe. O Portmany, que viene de la Edad Antigua y se encuentra, adaptado al castellano, en otras zonas de presencia púnica como la costa murciana.

“Es un proceso natural. Un tema que está en estudio actualmente es el origen del topónimo Eivissa. Si los púnicos llamaban a la isla Ibosim y los romanos, Ebusus, ¿cómo se llegó al árabe Yabisa? Pues probablemente por la breve dominación bizantina, que apenas dura un siglo, y que introdujo en el topónimo una vocal griega que sonaría como ei. Se trata de, sin rasgarnos las vestiduras, investigar para conservar porque si perdemos los topónimos estamos borrando la memoria colectiva de todo un pueblo”, concluye.

En Eivissa hay muchos lugares con nombres casi olvidados. Lugares que no se llaman como los llama la gente. Al menos, la mayoría. Sobre todo, en determinados ambientes, muy relacionados con el turismo. Si a un visitante le preguntáramos en el aeropuerto, a punto de tomar el avión de regreso a casa, por s’Ullal de na Colom, sa Pedrera de Cala d’Hort o es Cap Bernat probablemente pondría cara de interrogación. No sería extraño, en cambio, que los hubiera visitado durante sus vacaciones. Y que a su perfil de Instagram hubiera subido un buen número de fotos disparadas en unos sitios que se han convertido en icónicos para muchos usuarios de esta red social.

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Escenarios instagrameables, un adjetivo que algún día llamará a la puerta de la RAE, que suman millones de likes cada año, etiquetados con nombres que nada tienen que ver con su topónimo oficial. Hasta hace unas décadas eran puntos remotos, apenas conocidos por los pescadores que navegaban hasta allí para tirar sus redes al mar. Pero hasta estos tres rincones –una gruta perforada en un acantilado, una cala de piedras bajo una empinada ladera y un peñasco a un centenar de metros del litoral– ha llegado el turismo.