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Los voluntarios, el alivio de las personas que están solas: “Son nuestros ángeles custodios”

Rosa agarra con su brazo derecho el muslo de su pierna izquierda. La levanta. “¿Ves hasta dónde soy capaz de subir la rodilla y el pie?”, dice con un tono dulce, las eles bien catalanas. “Se nota cómo estás mejorando: hace unas semanas no la podías mover tan bien”, contesta una voz masculina –madura, acento castellano–, la del hombre que está a su lado. 

Aunque se tratan con la cercanía que concede la ternura –y aunque por edad podría serlo–, el hombre que se sienta junto a Rosa en un sofá de tonos rojizos no es el hermano pequeño, ni el primo, ni el sobrino, ni el ahijado, ni, tampoco, un viejo amigo de esta mujer que lleva seis meses ingresada en Sant Joan de Déu. Ella –73 años acabados de cumplir– se recupera de un accidente cerebrovascular y él –dos años después de haber cerrado un negocio que le ha permitido retirarse antes de la jubilación– es uno de los voluntarios que regalan tiempo –un par de ratos de media hora cada semana– a los pacientes de este hospital de Palma –propiedad de una fundación católica, pero integrado en la red pública de las Illes Balears– que no esperan visitas.

–Juanjo –suelta Rosa, mirando a su compañero de asiento, que sonríe–, los voluntarios de este hospital sois nuestros ángeles custodios.

– ¿Por qué lo dice, Rosa?

– Porque nos llevan a paseo, a un bar que está aquí detrás, nos bajan a misa los domingos, nos escuchan. Es precioso todo esto; una cosa bonita. Yo me había cuidado toda la vida. Vicios, ninguno. Ni beber, ni fumar, nada. Pero, sin avisar, un día tuve este problema de salud. Y todo ha cambiado. Personalmente, no tengo familia. Soy de Girona, de un pueblo muy pequeño de l’Empordà que se llama Rupià y vine a Mallorca con 28 años. A trabajar. Con mi madre y mi compañero. Los dos ya se murieron. Hay familiares que viven en Catalunya y en Madrid… pero como si no tuviera a nadie. Sólo a esta gente: los médicos, las enfermeras, todo el personal del hospital, los voluntarios. Ellos son los que me preguntan qué me duele, qué necesito, cómo he pasado el día… con los que hablo de cosas importantes.

–Hasta de metafísica –tercia Juanjo–, y si no tenemos la respuesta, nos la inventamos.

–Más o menos.

Responde Rosa. Un amago de risa ilumina las arrugas de su cara.

Hay familiares que viven en Catalunya y en Madrid… pero como si no tuviera a nadie. Sólo a esta gente: los médicos, las enfermeras, todo el personal del hospital, los voluntarios. Ellos son los que me preguntan qué me duele, qué necesito, cómo he pasado el día… con los que hablo de cosas importantes

Un problema creciente sin apenas estadísticas

– En Sant Joan de Déu estamos haciendo un trabajo de concienciación –por ejemplo, en las escuelas e institutos– a la larga con este tema, para que no deje de tratarse ni siga siendo un tabú. Para los que somos boomers, la soledad no deseada es una realidad que tenemos encima: entre 1955 y 1975 nacimos catorce millones de personas en España. No hay ni residencias ni cuidados para toda esta gente, y muchos de nosotros no hemos tenido hijos. Y no hay que vivirlo como un drama, te ha llevado la vida ahí, pero sí se debe afrontar a nivel sociosanitario.

Para los que somos 'boomers', la soledad no deseada es una realidad que tenemos encima: entre 1955 y 1975 nacimos 14 millones de personas en España. No hay ni residencias ni cuidados para toda esta gente, y muchos de nosotros no hemos tenido hijos. Y no hay que vivirlo como un drama, te ha llevado la vida ahí, pero sí se debe afrontar a nivel sociosanitario

Esta reflexión, hilada por Carmen Terrafeta –responsable de Obra Social y Voluntariado de los tres centros sanitarios que gestiona en Mallorca esta orden hospitalaria presente en más de medio centenar de países–, la reflejan varios textos publicados en revistas académicas y, también, las estimaciones de organismos independientes. No hay datos oficiales, pero vivir sin una red de apoyo –donde prima tanto lo económico como lo afectivo– empieza a ser un problema en España. Serio y difícil de abordar. En las Illes Balears, la Conselleria de Benestar Social descarga la responsabilidad a los programas de acompañamiento que ofrecen los municipios. En el Reino Unido, en cambio, ya existe un departamento gubernamental que se ocupa en específico de esta cuestión. Un factor cultural: en inglés –como ocurre en otras lenguas, pero no en castellano ni en catalán– se distingue entre solitude (la soledad querida, buscada, anhelada) y loneliness (la soledad indeseada, impuesta, hiriente).

Según el estudio anual que elabora el Observatorio de la Soledad No Deseada –uno de los tentáculos de la Fundación ONCE–, el 20% de los habitantes de nuestro país encajarían en un gran grupo social tan invisible como anónimo. Un porcentaje que sube al 50% en el caso de las personas con discapacidad y –demostrando que sentirse solo no es ni mucho menos un problema exclusivo de los ancianos– al 25% de los jóvenes menores de treinta años. 14.141 millones de euros –el 1,17% del PIB anual– es lo que le costaría la soledad no deseada –eso afirma este observatorio– a las arcas del Estado.

Según el estudio anual que elabora el Observatorio de la Soledad No Deseada, el 20% de los españoles encajarían en un gran grupo social tan invisible como anónimo. Un porcentaje que sube al 50% en el caso de las personas con discapacidad y –demostrando que sentirse solo no es ni mucho menos un problema exclusivo de los ancianos– al 25% de los jóvenes menores de treinta años

'Abuelos en venta'

Cuando escucha estas cifras al otro lado del teléfono es difícil imaginarse a Juan Malagón levantando una ceja. Los porcentajes no le son ajenos. Este malagueño comparte varios detalles biográficos con Rosa. Comparten generación –nacieron a principios de los cincuenta– y origen peninsular –del interior de Málaga–, emigró a Mallorca –también en busca de trabajo, durante la década de los noventa– y ha visto como “cuando se acercaba la Navidad, la cantidad de ingresos de mayores aumentaba una barbaridad”: Juan fue durante una etapa de su vida técnico de mantenimiento de un hospital público del Ib-Salut. “Y te dabas cuenta”, dice, “porque a mí me ha gustado siempre hablar con todo el mundo y acababas teniendo relación cercana con muchos pacientes, que más de un abuelo estaba allí no porque se encontrara muy mal de salud sino porque la familia tenía otros planes –un viaje, por ejemplo– para las vacaciones donde la persona mayor no encajaba”. 

Ahora que ya anda jubilado, cuando Ariadna –su nieta mayor– le propuso aparecer en un proyecto que ha realizado con otras compañeras para una asignatura del grado universitario –estudia Publicidad y Relaciones Públicas en la Universitat Autònoma de Barcelona–, Juan no dudó. Puri, su mujer, tampoco. Prestaron su imagen para protagonizar una campaña que –utilizando las técnicas de marketing que cabalgan sobre el algoritmo en las redes sociales y en plataformas de comercio online– traspasaba –gratis– a miembros de la tercera edad en época navideña. El título elegido era un aguijonazo: Abuelos en venta.

Juan Malagón, jubilado y ex trabajador hospitalario, vio durante años cómo muchos mayores ingresaban en Navidad no por enfermedad, sino por abandono familiar; hoy pone rostro, junto a su mujer, a 'Abuelos en venta', una campaña ideada por su nieta Ariadna para denunciar la soledad no deseada

– Es curioso –confiesa Juan– porque es verdad que mi mujer y yo hemos sido para Ariadna, y el resto de los nietos, una especie de canguros y hemos pasado mucho tiempo con ellos cuando eran pequeños, pero yo nunca le había contado a mi nieta lo que vi en aquel hospital que trabajé. Que se haya preocupado por este tema me hace sentirme muy orgulloso de ella.

– ¿Crees, Juan, que los veinteañeros de hoy en día, que viven dentro de internet y las redes sociales desde que eran niños, son más conscientes de este problema?

– No lo creo. Si le das un libro a un chaval sería capaz de pasar las páginas de papel como si tocara una pantalla. Hay una generación que está creciendo sola y aislada: antes se jugaba en la calle y ahora está prohibido prácticamente. No sé si la soledad, la suya y la de sus mayores, sea algo que les preocupe, yo no les veo mucho énfasis, creo que la sociedad en la que vivimos se ha vuelto muy individualista. Primero me divierto y, después, si queda algo de tiempo, para la familia.

Hay una generación que está creciendo sola y aislada: antes se jugaba en la calle y ahora está prohibido prácticamente. No sé si la soledad, la suya y la de sus mayores, sea algo que les preocupe, yo no les veo mucho énfasis, creo que la sociedad en la que vivimos se ha vuelto muy individualista. Primero me divierto y, después, si queda algo de tiempo, para la familia

– ¿Chicas como Ariadna serían una excepción?

– Diría que sí. Al final, cada uno repite lo que ve en su casa. Nosotros hemos pasado mucho tiempo con nuestros tres hijos y ellos han repetido lo mismo con sus hijas. Somos miembros de una iglesia evangélica, va con nuestros valores. Lo raro ha sido, por ejemplo, pasar separados esta Navidad: mi mujer y yo nos hemos vuelto a Málaga hace unos meses, y no pudimos venir a Mallorca hasta justo después de las fiestas. Pero hay mucho contacto. Eso sí: que no suframos soledad no deseada no significa que no pensemos en ella. Está en nuestro día a día.

Bajo el pijama blanco de voluntario, Juanjo viste ropa gris, ancha, cómoda, deportiva. A juego con unas bambas con cámara de aire. El pelo y la barba –canosos–, muy bien recortados y, protegiendo la mirada, un modelo de gafas –doble puente, cristales ahumados– de los que siempre vuelven a ponerse de moda. El outfit contrasta con la rebeca granate y el jersey lima-limón que lleva puestos Rosa. Es la tarjeta de presentación de alguien que ya no es joven pero que se siente como tal. Hasta cierto punto. “Yo he tratado siempre de cuidarme mucho, evitando los excesos, haciendo deporte”, explica Juanjo, “pero tengo que admitir que ser acompañar a estas personas ha cambiado la relación que tenía tanto con la enfermedad como con la soledad. Antes no las veía de frente y ahora las toco cada semana; yo nunca pensé que iba a envejecer, pero en ese camino estamos todos. Personas como Rosa me lo están enseñando”.

Ocurrió así: hace dos inviernos, Juanjo pedaleaba sobre su bici por la costa sur de Palma –hoteles y discotecas cerrados, barriadas donde vive la mano de obra turística, parques, algunos pinares que resisten entre el cemento del kilométrico paseo marítimo– cuando cruzó por delante de Sant Joan de Déu. Se fijó en las instalaciones, magnas –18.000 metros cuadrados, doscientas camas, un geriátrico con capacidad para cincuenta mayores–, entró a curiosear y le hablaron de los programas de voluntariado que impulsaba este hospital. Él –dice– también estaba –a su manera– solo. Sin hijos ni pareja, acababa de regresar a Mallorca –de donde se siente, pese a haberse criado en Guadalajara, allí nació– tras una etapa en Madrid, donde había gestionado una peluquería. Cerró el negocio, arregló “unos asuntos”, hizo “números” y vio “que podía vivir más o menos bien sin trabajar” hasta que me llegara el momento de cobrar la pensión. Entonces volvió a la isla. En Sant Agustí, el barrio de Palma donde vive, empezó a fijarse en toda la gente que baja “sola” al bar, que sube “sola” a casa con las bolsas de la compra cuando viene del supermercado. Algunas de las personas que observaba Juanjo eran muy mayores. Otras, no tanto.

– ¿Te viste reflejado en tus vecinos, Juanjo?

– Me imagino que todo suma. Ahora cuido más las relaciones que tengo, como si fueran un tesoro. También me cuido el triple a nivel de salud. No con la idea de no caer enfermo sino de que, cuando caiga, esté lo mejor posible. He envejecido un poquito mentalmente. Sin juzgarlo –no sé si es bueno o no es malo–, pero creo que el batacazo que me habría dado antes con mi forma de pensar no es el que me voy a dar ahora. Sé adónde voy y sé que estamos en un mundo muy diferente al que había hace apenas treinta o cuarenta años: los padres de la gente de la mayoría de la gente de mi generación no se han muerto en residencias, se les cuidaba en casa cuando estaban muy mayores. Te hace sentirte bastante empoderado el trato con personas que no conocías con esta confianza y cariño. Si tengo un don es saberle dar la tortilla a los estados anímicos de los demás.

Rosa y Juanjo se levantan del sofá. Él la toma del brazo, ella se apoya en un andador donde se han incrustado dos pelotas de tenis para que las patas traseras se deslicen con facilidad por las baldosas de un pasillo por el que avanzan lento. Pasito a pasito, en dirección a un cuadro donde está pintado João Cidade Duarte. El soldado hispanoportugués –al que canonizaron en el Vaticano por crear, a mediados del siglo XVI, una orden mendicante que, desde Granada, se dedicó a atender enfermos sin recursos– observa a la pareja saliendo a una terraza amplia a la que azota el viento. Hoy no es día de tomar allí un baño de sol de invierno. El mar está embravecido. El viento azota las copas de los árboles. Rosa y Juanjo aceptan salir “un minuto” para dejarse retratar. Será un recuerdo de la amistad que han tejido en el hospital. Si ella termina de recuperarse y consigue el alta, el programa de voluntariado de Sant Joan de Déu quizás los conecte de nuevo por teléfono. Mientras tanto, seguirán hablando de la reencarnación cuando se encuentren cara a cara. Ambos creen en ella.