ENTREVISTA

Cal, voluntario contra el ISIS en Siria y contra los invasores rusos en Ucrania: “En ambos conflictos veo quién sufre y quién se defiende”

Marta Maroto

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Corría la primavera de 2017 en Madrid y remangándose la camisa, dejando al descubierto sus brazos totalmente coloreados de tinta, Cal casi reía: “Lo que más miedo me daba de que Dáesh pudiera secuestrarme en Siria es que me rasparían la piel hasta borrarme los tatuajes porque están prohibidos en su interpretación radical de la fe”. Tenía entonces 28 años y regresaba de pasar más de uno junto a las Unidades de Protección Popular kurdas, conocidas como YPG, la primera línea de defensa contra el ISIS en Siria e Irak.

La vasta geografía de aquellos campos rasos de cultivo en Siria le volvió a la cabeza hace apenas unos meses, cuando se adentraba en el frente de Jersón, ciudad clave del sur recuperada por Ucrania el 11 de noviembre tras una contraofensiva.

Cal, que ahora tiene 33 años, dice que es de origen escocés y prefiere no publicar su apellido, pertenece a una unidad dedicada al reconocimiento del terreno, la avanzadilla previa a la explosión de la artillería. A diferencia de lo que sucede en Siria, en Ucrania, en mitad de los campos ocupados, hay muchas zonas de bosque donde es fácil esconderse.

“¿Por qué la guerra otra vez?”, se hace él mismo la pregunta. Los kurdos, como los ucranianos, sostiene Cal, luchan para defenderse: para defender su tierra, su cultura, su lengua, su memoria. “Ningún bando es totalmente bueno o malo, tanto los kurdos como los ucranianos cometieron y cometen errores y no todos los que luchan por su causa son buenas personas, pero en ambos conflictos veo claramente quién sufre y quién se defiende”. “Al estallar la guerra, para mí, la decisión fue si prefería quedarme viendo aquello desde el salón de mi casa o si estaba en mi mano colaborar para evitar las muertes y que el conflicto acabara lo antes posible”, dice Cal desde Kiev en uno de esos ratos en los que el suministro eléctrico regresa a la ciudad.

Con las imágenes terribles de la masacre de Bucha en la retina, llegó en mayo a la capital ucraniana. Mientras que en Siria el paisaje le era ajeno, extranjero a ojos de un europeo, aquí, la arquitectura ucraniana, el modo de vida y la cultura de la población le resultan más cercanas y familiares.

“Esto está pasando en una ciudad europea que bien podría estar en Escocia, Alemania o España”, señala Cal, que es de Dundee, una localidad de tamaño mediano de la costa escocesa. Según explica, procede de una familia trabajadora y desde muy joven se independizó trabajando “de lo que iba encontrando”, desde la hostelería a la construcción.

elDiario.es no ha podido verificar de forma independiente los detalles de su relato, pero ha visto fotografías de su estancia en Ucrania y en Siria, y ha recibido detalles sobre las circunstancias ahora en Ucrania que concuerdan con sus explicaciones.

Legión internacional

Es complicado tener datos exactos del número y procedencia de los voluntarios y soldados internacionales que se han enrolado en las filas del Ejército ucraniano. Al comienzo de la invasión, el presidente Volodímir Zelenski anunció la creación de una “legión Internacional” y, en las mismas fechas, el ministro de Exteriores anunciaba que cerca de 20.000 personas de hasta 52 países ya se habían movilizado. Por su parte, Rusia publicaba que 16.000 soldados extranjeros se unirían a sus filas, la mayoría procedentes de Oriente Medio.

Cal se plantó en Kiev movido por un sentimiento más de curiosidad y aventura que de temeridad. Un impulso que, según él, es cercano al valor que pueda tener un periodista en zonas de guerra, ya que él quería comprobar de primera mano qué estaba pasando. “Es cierto que muchos chicos jóvenes vienen aquí queriendo experimentar un Call of Duty [un videojuego] en la vida real”, señala con fastidio.

También comenta las mentiras para justificar la invasión de Ucrania que se han difundido en Europa.

“No es cierto que Ucrania esté llena de nazis, como algunos sectores de la izquierda han dicho, me he encontrado con gente buena y trabajadora, de todas las ideologías, que luchamos por un objetivo en común”, explica.

“El 90% de la guerra es esperar”

A los pocos días de instalarse, Cal organizó equipos de formación en combate para los civiles que empuñaban un arma por primera vez. Puso en marcha un equipo de voluntarios internacionales curtido en conflictos como el de Siria o Afganistán a través del que recibían y repartían donaciones de material, organizaban escuadrones, enseñaban a disparar, estrategias de ataque y defensa y cursos de primeros auxilios.

Pero esta guerra era diferente. “Aquí no valen las técnicas de guerrilla o de combate físico que utilizábamos contra el Dáesh. Este es un enfrentamiento de artillería entre dos ejércitos profesionales y vimos que si queríamos instruir soldados para evitar bajas y colaborar en la defensa de los ucranianos, debíamos conocer la primera línea de batalla”, explica Cal desde el antiguo cine y sala de arte donde ha instalado la base de su organización, ‘Tactical Aid Group’ [Grupo de Asistencia Táctica].

Así que junto a dos exmarines estadounidenses contactó con el Ejército ucraniano y tras semanas de papeles y tener en sus manos un buen equipo de casco y chaleco antibalas, algo que ni podría haber soñado en Siria, puso rumbo a Mykolaiv, entonces la última ciudad antes de la región ocupada de Jersón, en el sureste de Ucrania.

Devastada por los misiles rusos y drones iraníes que atacan cada ciertas horas, Cal cuenta que “todo el que ha podido se ha marchado” de la ciudad, desde la que esperó instrucciones. “El 90% de la guerra es esperar”, dice Cal, que recuerda las horas muertas en los puestos fronterizos del Kurdistán, tomando té con mucho azúcar, fumando cigarrillos y haciendo turnos con los prismáticos por si en algún momento aparecía la bandera negra de los terroristas. Aquella batalla era más lenta, cuenta, “en una semana en Ucrania he escuchado más misiles que en un mes en Siria”, explica.

De Mykolaiv se desplazó por fin al frente, donde estuvo algo más de un mes. Aunque ahora repone fuerzas en Kiev, cree que volverá al frente en unos días y espera con eso dar por finalizada su experiencia en primera línea para seguir con su tarea de formar soldados en la retaguardia. Quizá vuelva a casa por Navidad —su madre sufrió tanto cuando marchó al Kurdistán que esta vez no le ha dicho dónde está, de ahí que no quiera mostrar su cara ni apellido en esta entrevista— y el año que viene trabajará sobrevolando zonas destruidas identificando necesidades para empezar la reconstrucción del país.

Las cosas se ven diferentes desde el terreno, pero como casi todos, ve con escepticismo un posible final a esta guerra. “Estamos presenciando un capítulo más del imperialismo ruso, un Estado que reúne muchos elementos para ser llamado fascista. Creo que la manera de parar a Putin es que su propia gente lo eche, pero los rusos están saliendo del país y no se sabe si existe una resistencia interna organizada”, lamenta. “La guerra es la peor experiencia que se puede tener en vida, claro que tengo miedo cuando voy al frente o cuando suenan las sirenas, pero siento que estar aquí es mi misión. Estoy hecho de esto y siento que tengo que estar del lado de los que se defienden”, dice Cal. 

Corría la primavera de 2017 en Madrid y remangándose la camisa, dejando al descubierto sus brazos totalmente coloreados de tinta, Cal casi reía: “Lo que más miedo me daba de que Dáesh pudiera secuestrarme en Siria es que me rasparían la piel hasta borrarme los tatuajes porque están prohibidos en su interpretación radical de la fe”. Tenía entonces 28 años y regresaba de pasar más de uno junto a las Unidades de Protección Popular kurdas, conocidas como YPG, la primera línea de defensa contra el ISIS en Siria e Irak.

La vasta geografía de aquellos campos rasos de cultivo en Siria le volvió a la cabeza hace apenas unos meses, cuando se adentraba en el frente de Jersón, ciudad clave del sur recuperada por Ucrania el 11 de noviembre tras una contraofensiva.

Cal, que ahora tiene 33 años, dice que es de origen escocés y prefiere no publicar su apellido, pertenece a una unidad dedicada al reconocimiento del terreno, la avanzadilla previa a la explosión de la artillería. A diferencia de lo que sucede en Siria, en Ucrania, en mitad de los campos ocupados, hay muchas zonas de bosque donde es fácil esconderse.

“¿Por qué la guerra otra vez?”, se hace él mismo la pregunta. Los kurdos, como los ucranianos, sostiene Cal, luchan para defenderse: para defender su tierra, su cultura, su lengua, su memoria. “Ningún bando es totalmente bueno o malo, tanto los kurdos como los ucranianos cometieron y cometen errores y no todos los que luchan por su causa son buenas personas, pero en ambos conflictos veo claramente quién sufre y quién se defiende”. “Al estallar la guerra, para mí, la decisión fue si prefería quedarme viendo aquello desde el salón de mi casa o si estaba en mi mano colaborar para evitar las muertes y que el conflicto acabara lo antes posible”, dice Cal desde Kiev en uno de esos ratos en los que el suministro eléctrico regresa a la ciudad.

Con las imágenes terribles de la masacre de Bucha en la retina, llegó en mayo a la capital ucraniana. Mientras que en Siria el paisaje le era ajeno, extranjero a ojos de un europeo, aquí, la arquitectura ucraniana, el modo de vida y la cultura de la población le resultan más cercanas y familiares.

“Esto está pasando en una ciudad europea que bien podría estar en Escocia, Alemania o España”, señala Cal, que es de Dundee, una localidad de tamaño mediano de la costa escocesa. Según explica, procede de una familia trabajadora y desde muy joven se independizó trabajando “de lo que iba encontrando”, desde la hostelería a la construcción.

elDiario.es no ha podido verificar de forma independiente los detalles de su relato, pero ha visto fotografías de su estancia en Ucrania y en Siria, y ha recibido detalles sobre las circunstancias ahora en Ucrania que concuerdan con sus explicaciones.

Legión internacional

Es complicado tener datos exactos del número y procedencia de los voluntarios y soldados internacionales que se han enrolado en las filas del Ejército ucraniano. Al comienzo de la invasión, el presidente Volodímir Zelenski anunció la creación de una “legión Internacional” y, en las mismas fechas, el ministro de Exteriores anunciaba que cerca de 20.000 personas de hasta 52 países ya se habían movilizado. Por su parte, Rusia publicaba que 16.000 soldados extranjeros se unirían a sus filas, la mayoría procedentes de Oriente Medio.

Cal se plantó en Kiev movido por un sentimiento más de curiosidad y aventura que de temeridad. Un impulso que, según él, es cercano al valor que pueda tener un periodista en zonas de guerra, ya que él quería comprobar de primera mano qué estaba pasando. “Es cierto que muchos chicos jóvenes vienen aquí queriendo experimentar un Call of Duty [un videojuego] en la vida real”, señala con fastidio.

También comenta las mentiras para justificar la invasión de Ucrania que se han difundido en Europa.

“No es cierto que Ucrania esté llena de nazis, como algunos sectores de la izquierda han dicho, me he encontrado con gente buena y trabajadora, de todas las ideologías, que luchamos por un objetivo en común”, explica.

“El 90% de la guerra es esperar”

A los pocos días de instalarse, Cal organizó equipos de formación en combate para los civiles que empuñaban un arma por primera vez. Puso en marcha un equipo de voluntarios internacionales curtido en conflictos como el de Siria o Afganistán a través del que recibían y repartían donaciones de material, organizaban escuadrones, enseñaban a disparar, estrategias de ataque y defensa y cursos de primeros auxilios.

Pero esta guerra era diferente. “Aquí no valen las técnicas de guerrilla o de combate físico que utilizábamos contra el Dáesh. Este es un enfrentamiento de artillería entre dos ejércitos profesionales y vimos que si queríamos instruir soldados para evitar bajas y colaborar en la defensa de los ucranianos, debíamos conocer la primera línea de batalla”, explica Cal desde el antiguo cine y sala de arte donde ha instalado la base de su organización, ‘Tactical Aid Group’ [Grupo de Asistencia Táctica].

Así que junto a dos exmarines estadounidenses contactó con el Ejército ucraniano y tras semanas de papeles y tener en sus manos un buen equipo de casco y chaleco antibalas, algo que ni podría haber soñado en Siria, puso rumbo a Mykolaiv, entonces la última ciudad antes de la región ocupada de Jersón, en el sureste de Ucrania.

Devastada por los misiles rusos y drones iraníes que atacan cada ciertas horas, Cal cuenta que “todo el que ha podido se ha marchado” de la ciudad, desde la que esperó instrucciones. “El 90% de la guerra es esperar”, dice Cal, que recuerda las horas muertas en los puestos fronterizos del Kurdistán, tomando té con mucho azúcar, fumando cigarrillos y haciendo turnos con los prismáticos por si en algún momento aparecía la bandera negra de los terroristas. Aquella batalla era más lenta, cuenta, “en una semana en Ucrania he escuchado más misiles que en un mes en Siria”, explica.

De Mykolaiv se desplazó por fin al frente, donde estuvo algo más de un mes. Aunque ahora repone fuerzas en Kiev, cree que volverá al frente en unos días y espera con eso dar por finalizada su experiencia en primera línea para seguir con su tarea de formar soldados en la retaguardia. Quizá vuelva a casa por Navidad —su madre sufrió tanto cuando marchó al Kurdistán que esta vez no le ha dicho dónde está, de ahí que no quiera mostrar su cara ni apellido en esta entrevista— y el año que viene trabajará sobrevolando zonas destruidas identificando necesidades para empezar la reconstrucción del país.

Las cosas se ven diferentes desde el terreno, pero como casi todos, ve con escepticismo un posible final a esta guerra. “Estamos presenciando un capítulo más del imperialismo ruso, un Estado que reúne muchos elementos para ser llamado fascista. Creo que la manera de parar a Putin es que su propia gente lo eche, pero los rusos están saliendo del país y no se sabe si existe una resistencia interna organizada”, lamenta. “La guerra es la peor experiencia que se puede tener en vida, claro que tengo miedo cuando voy al frente o cuando suenan las sirenas, pero siento que estar aquí es mi misión. Estoy hecho de esto y siento que tengo que estar del lado de los que se defienden”, dice Cal. 

Corría la primavera de 2017 en Madrid y remangándose la camisa, dejando al descubierto sus brazos totalmente coloreados de tinta, Cal casi reía: “Lo que más miedo me daba de que Dáesh pudiera secuestrarme en Siria es que me rasparían la piel hasta borrarme los tatuajes porque están prohibidos en su interpretación radical de la fe”. Tenía entonces 28 años y regresaba de pasar más de uno junto a las Unidades de Protección Popular kurdas, conocidas como YPG, la primera línea de defensa contra el ISIS en Siria e Irak.

La vasta geografía de aquellos campos rasos de cultivo en Siria le volvió a la cabeza hace apenas unos meses, cuando se adentraba en el frente de Jersón, ciudad clave del sur recuperada por Ucrania el 11 de noviembre tras una contraofensiva.