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Izas, la niña oscense que convirtió el dolor en investigación: “No es aceptable que tu hijo no tenga oportunidad de luchar”

Izas

Naiare Rodríguez Pérez

27 de febrero de 2026 22:19 h

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El 22 de octubre Izas estaba cansada y en casa pensaron que sería uno de esos virus habituales cuando un niño acaba de empezar el colegio. Tenía tres años y hasta entonces su vida había transcurrido con la normalidad despreocupada de la primera infancia. Dos días después, su madre entraba con ella andando de la mano en la consulta del pediatra y salía con la niña en brazos, incapaz ya de sostenerse por sí sola.

“Estábamos muy contentos, teníamos la familia que deseábamos y las niñas eran como todos los hijos de todos los padres, los mejores, las mejores, fantásticas”, recuerda Mónica, madre de Izas.

De hecho, tal y como comparte al elDiario.es, cogió excedencia para estar con ellas y, cuando acabó, lo hizo su marido porque “también las quería disfrutar”. “La palabra fue disfrutar, no cuidar”, añade.

Ese fue el inicio de un recorrido médico que terminó el 1 de febrero, apenas tres meses y diez días después, y que dejó tras de sí no solo la pérdida de una hija, sino también una batalla que todavía continúa. La palabra que cerró el proceso fue gliomatosis cerebri, un tumor cerebral extremadamente agresivo y difuso que, en aquel momento, apenas estaba descrito en la literatura científica.

Los primeros días: dudas y diagnósticos

Tras las primeras pruebas en el hospital de Huesca, Izas fue trasladada al Hospital Miguel Servet de Zaragoza, donde una resonancia permitió emitir un diagnóstico que en aquel momento pareció tranquilizador dentro de la gravedad: encefalomielitis aguda diseminada (EMAD), una enfermedad inflamatoria que, con tratamiento adecuado, suele tener buen pronóstico.

“Nos llegaron a felicitar por lo rápido que habíamos reaccionado”, explica Mónica, quien también recuerda que les dijeron que “la mejoría sería explosiva a partir del tercer día de corticoides”. Sin embargo, llegó el tercer día y no solo no mejoró, sino que el cuarto día estaba peor e Izas empezó a tener una serie de síntomas que “ni siquiera veían en el hospital”.

La inquietud de los padres aumentó hasta que Mónica formuló la pregunta que ahora revive con nitidez: “¿Y si pudiera tratarse de un cáncer?” La respuesta fue negativa y la biopsia cerebral necesaria para confirmarlo nunca se llevó a cabo.

Con el paso de las semanas, la evolución de Izas fue descrita como “tórpida” en los informes clínicos, mientras la familia solicitaba la derivación a un hospital con mayor experiencia en neurooncología pediátrica.

Pidieron el traslado al Hospital Niño Jesús de Madrid, centro de referencia en este tipo de patologías, pero la solicitud fue denegada bajo el argumento de que el equipo estaba capacitado para abordar el caso.

En Aragón se diagnostican alrededor de 40 casos nuevos de cáncer infantil al año, frente a los aproximadamente 1.200 que se detectan en toda España, repartidos además en más de veinte tipos distintos, lo que, según sostiene la familia, “hace difícil acumular experiencia en patologías extremadamente raras”. “Es normal no ser experto en todo”, agrega.

La situación se agravó el 14 de noviembre, cuando Izas sufrió un atragantamiento severo con su propia saliva y sus padres tuvieron que reanimarla en casa antes de regresar a urgencias, donde finalmente fue ingresada tras insistir. “Conseguimos recuperarla porque mi hija mayor tenía muchas bronquitis y sabíamos hacer clapping, técnicas de reanimación en casa. Fue una experiencia tremenda que nadie debería pasar”, subraya.

A pesar de los signos evidentes de deterioro, se programó una nueva resonancia para finales de enero, más de dos meses después. Ante esta espera, la familia tomó la decisión drástica de trasladarse, por su cuenta, al Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, incluso sin disponer de todo el historial clínico completo.

El diagnóstico definitivo: gliomatosis cerebri

En Barcelona, por primera vez, los médicos reconocieron que no sabían con certeza a qué se enfrentaban, y esa honestidad supuso para los padres un alivio.

“Nos dijeron que no sabían lo que tenía, pero que tenían varias teorías. Por fin alguien que nos escuchaba y reconocía que no sabían”, explica Mónica, quien recuerda cómo se organizó una sesión clínica internacional y comenzó a tomar forma la sospecha de gliomatosis cerebri. Se trata de un tipo de cáncer cerebral que infiltra el tejido “como si se esparciera arena sobre el cerebro”, lo que lo hace inoperable y extremadamente difícil de diagnosticar.

“Cuando escuchas ese diagnóstico lo que deberían saber todos es que es el peor que te pueden dar para tu hijo. Es directamente una sentencia de muerte. No hay ninguna posibilidad. A nosotros nos dijeron que sería cuestión de dos o tres semanas”, resume Mónica.

De la pérdida a la acción: la asociación 'Izas, la princesa guisante'

Sin embargo, la historia no terminó el 1 de febrero de 2012. El duelo se transformó en impulso y en 2012 nació la asociación ‘Izas, la princesa guisante’, el nombre del cuento que se inventaron para Izas y que cada noche le leían. Tenían el objetivo claro de impulsar la investigación sobre este tumor prácticamente desconocido y evitar que otras familias se enfrentaran a la misma sensación de desamparo.

Desde entonces, la familia ha denunciado no solo la falta de investigación en determinadas patologías ultrarraras, sino también las dificultades administrativas para derivar a menores a centros de referencia cuando la complejidad del caso lo requiere.

“No entiendo que en el peor momento de tu vida tengas que dedicar tu energía a luchar contra la administración en vez de que la administración luche contigo”, afirma Mónica, además de considerar que “no todas las familias pueden permitirse irse meses fuera de casa” cuando “se pagan 10 euros al día de manutención y 14 de alojamiento”. 

En este sentido, critica que lleven 20 años las cuantías congeladas: “No puede ser. El kilómetro se paga a seis céntimos. Es insostenible”.

Con el tejido cerebral que autorizaron conservar tras el fallecimiento de Izas, la familia organizó un congreso internacional en París que reunió a 38 especialistas en neurooncología pediátrica. El resultado fue la definición de la enfermedad y una guía de cuidados, sentando las bases de una beca internacional de 300.000 euros para investigación coordinada.

De hecho, aunque partían “de la nada”, todos estos avances y esfuerzos durante más de una década han permitido clasificar la gliomatosis en subtipos moleculares, desarrollar modelos experimentales y sentar las bases para un futuro ensayo clínico específico.

Una llamada al impulso y la investigación

Izas tenía tres años cuando murió y, según relata su madre, nunca perdió la conciencia y pudo despedirse de su hermana, de sus profesores y de sus amigos. “Días antes había dicho que quería convertirse en una mariposita rosa. Para nosotros, esa imagen resume la mezcla de fragilidad y determinación que marcó su vida”, sostiene.

“Por cada niño perdido hay una familia perdida”, dice su madre, quien también remarca que “no es aceptable que no haya investigación y que un niño no tenga si quiera opción de luchar”.

Doce años después, el dolor no ha desaparecido, pero tampoco lo ha hecho la convicción de que la investigación no es un lujo ni una opción secundaria, sino una obligación ética. “No es aceptable que un niño no tenga ni siquiera la oportunidad de luchar”, concluye la madre de Izas, quien ha convertido la pérdida de su hija en una forma de resistencia y la ausencia en un compromiso con la investigación que ya ofrece oportunidades a quien las necesita.

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