Ser un empresario de éxito no te convierte en un buen presidente
Trump no es el primer empresario que llega a la Casa Blanca. O por ser más preciso, no es la primera persona con experiencia previa como empresario que se convierte en presidente de EEUU. En The Atlantic, se preguntan si eso es una ventaja o no. “Herbert Hoover ganó millones como consultor de minería. Jimmy Carter dirigió una rentable explotación agrícolas de cacahuetes. George Bush dirigió una compañía petrolífera”, recuerda John Paul Rollert. Hay precedentes pero ninguno comparable a la trayectoria de Trump.
“Lo más sorprendente que descubre un nuevo presidente es que su mundo no es monolítico”, dijo un asesor de Truman a Theodore White en el libro 'The Making of the President 1960'. “En el mundo de un presidente, dar una orden no cierra la discusión. Puedes dar un puñetazo a la mesa o volverte loco o provocar la confusión e irte luego al campo de golf. Pero no se consigue que se haga nada sin besar ni engatusar a todo el mundo una y otra vez, o amenazar o forzar a la gente”.
El presidente de la compañía, alguien como Trump, está acostumbrado a impartir órdenes y que se cumplan, y como mucho acepta los consejos de un grupo muy reducido de asesores. Eso fomenta su mentalidad autoritaria hasta que llega a la conclusión de que esa es la única forma posible de dirigir la compañía.
Delegar en los miembros del Gobierno, ser consciente de las limitaciones de la Administración a la hora de solucionar problemas complejos, aceptar críticas de personas u organizaciones externas o reconocer que los intereses de otros países pueden ser tan legítimos como los del tuyo... todo eso es muy diferente y es lo que se espera de un presidente.