Mucho que elegir y poca participación
EEUU es uno de los países de la OCDE donde la afluencia de votantes es más baja. En las primeras elecciones de Obama, las del “Yes, we can”, las de la ilusión para comunidades y generaciones enteras, voto solo el 57% de los ciudadanos que podían hacerlo; en las de 2012, bajó hasta el 54,9%. Hay que remontarse a 1968 para encontrar algún dato por encima del 60%. Solo Polonia, Estonia o Japón presentan peores registros entre los países desarrollados.
El problema es más grave aún cuando se apagan las luces de la gran lucha presidencial y bajamos al terreno concreto de la política local, donde se maneja mucho del poder de una sociedad descentralizada y dividida en pequeñas ciudades o comunidades. En las últimas elecciones para elegir al alcalde de Nueva York la participación fue del 24%. En Detroit, fue del 25% a pesar de que eran las elecciones más determinantes tras declararse la ciudad en bancarrota. En San Antonio, Texas, la participación fue del 14%.
El fenómeno afecta a la vida política mucho más que en otros países, porque en Estados Unidos se vota mucho, se vota todo. Se votan los congresistas cada dos años, se votan los alcaldes o los gobernadores del Estado, pero además se vota para elegir al sheriff, se vota para elegir a los directores de la educación pública de tu ciudad, en algunos casos se vota para elegir a jueces, se vota para elegir fiscales. Y ahí los datos de participación son aún más pobres; en ocasiones apenas unos cientos de votos para poblaciones de un millón de habitantes y para cargos tan determinantes como el del que decide los impuestos que se pagan o los que aprueban el contenido de los libros de texto. Parece que sencillamente es casi imposible seguirle el ritmo a las elecciones.