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Las mujeres de Kenia que rompen rocas y estereotipos

El grupo de mujeres del subcondado de Tindiret, en Kenia, que trabaja la roca para poder enviar a sus hijos al colegio

Tom Matoke

Kenya —

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Son las 8 de la mañana en la aldea rural de Sarwat, Kenia, y 15 mujeres se encuentran sentadas cada una sobre un montículo de grava, con pesados martillos en sus manos. Golpean rocas, provocando un ruido tan fuerte que se puede oír desde lejos. Con cada golpe, perturban la tranquilidad del ganado que las rodea, y que está esperando recibir su ración de comida diaria. Imperturbables, las mujeres, de edades que van desde los 23 hasta los 65 años, golpean las rocas cada vez con más fuerza, rompiéndolas en pequeños trozos para hacer grava, o gravilla, que luego se utilizará para proyectos de construcción.

Es aquí, en un sitio que han alquilado entre las colinas rocosas de la circunscripción de Tinderet, en el oeste de Kenia, donde estas mujeres se ganan el pan de cada día. Rompen roca tras roca, buscando satisfacer la creciente demanda de grava de pueblos cercanos, y de los lejanos también. 

Forman parte del Grupo de Autoayuda de Mujeres de la Comunidad de Chepkemel y llevan 12 años trabajando como trituradoras de roca para ayudarse económicamente entre todas. Lo hacen, dicen, para ganar el dinero necesario para mantener a sus hijos. Algunas se ven incluso obligadas a llevar a sus hijos al trabajo con ellas porque no tienen a nadie más que pueda cuidarlos.

En las últimas décadas, los grupos de autoayuda de mujeres que llevan a cabo iniciativas comunitarias de autodesarrollo como esta han crecido considerablemente en este país de África Oriental, especialmente en las zonas rurales. En los años 70, por ejemplo, había casi 3.000 grupos activos en el país. En 1990, la cifra se había multiplicado por diez, y desde entonces no ha dejado de crecer, según diversos estudios. Y aunque algunos de esos grupos siguen formando parte del sector informal, muchos están ahora registrados legalmente y pueden obtener financiación o préstamos.  

Estas iniciativas son aún más importantes en Kenia, que ocupa el puesto 95 de 156 países en el Informe Global sobre la Brecha de Género 2021 del Foro Económico Mundial, y donde persisten grandes desigualdades entre hombres y mujeres, especialmente en materia de acceso a la educación y a la sanidad, y de representación y participación económica de las mujeres en el mercado laboral. 

En los últimos 10 años se han hecho esfuerzos legislativos para garantizar la igualdad de género en todos los sectores. La nueva Constitución, más progresista, aprobada en 2010, es ejemplo de ello. Pero las mujeres siguen estando expuestas a la pobreza de forma desproporcionada, en gran medida por los estereotipos que persisten en cuanto a los roles de género. 

Las mujeres también controlan menos tierras y recursos que los hombres, lo que limita su plena participación en la economía del país. Según ONU Mujeres, aunque, por ejemplo, más del 80% de las mujeres keniatas trabajan en pequeñas explotaciones agrícolas, solo el 1% de ellas son propietarias de tierras. Tienen acceso a menos del 10% de la financiación disponible y a menos del 1% de los créditos agrícolas.

Ruth Soi, de 65 años y madre de siete hijos, es la mayor del grupo. Sabe bien lo mucho que han tenido que trabajar para mantener a sus familias en un contexto difícil. “Gracias al trabajo de nuestras manos hemos podido enviar a nuestros hijos a la escuela, a veces incluso a la universidad, mientras cuidamos de los más pequeños en casa”, dice. “Algunas tienen hijos pequeños a los que todavía están amamantando. Tener un espacio de trabajo con solo mujeres les permite traer a sus bebés, y así todas podamos cuidarlos mientras trabajamos”.

Con su esfuerzo, están rompiendo tanto las rocas como el estereotipo que sostiene que solo los hombres pueden realizar este tipo de trabajos. Y con cada contrato, pagan una factura más.

Everlyne Chirchir, otra miembro del grupo, dice que el proceso de transformar las rocas en una tonelada de grava —la unidad de medida en la industria de la construcción— les lleva al menos tres días. Hasta ahora, el grupo ha recibido pedidos de clientes como escuelas locales y otros proyectos de construcción, a menudo en condados lejanos como Kisumu, Kakamega y Uasin Gishu.

Pero aunque esta actividad ha mantenido a las mujeres durante muchos años, muchos de sus clientes se plantean ahora comprar grava procesada a máquina, que tiene una textura más refinada. Algunos incluso amenazan con esta alternativa para pedir reducciones de precios, dice Chirchir.

“Antes ganábamos hasta 1.200 chelines kenianos [11 dólares] por tonelada de grava. Ahora sólo ganamos 700 chelines por tonelada”, añade. “A veces pasamos un mes entero sin registrar un solo pedido. Pero no perdemos la esperanza.”

Estas mujeres, que viven en parcelas minúsculas y rocosas que no son aptas para la agricultura comercial, no tienen otra alternativa que triturar roca para ganarse la vida. Practican una agricultura exclusivamente de subsistencia, cultivando hortalizas, maíz y judías para alimentarse a sí mismas y a sus familias. 

El arduo proceso de trituración y amontonamiento de rocas les ha dejado cicatrices por todo el cuerpo. Pero a pesar de ello y de la mengua de las ventas de su grava, especialmente a causa de la pandemia de COVID-19, no están dispuestas a renunciar.

Afortunadamente, apunta Soi, acaban de recibir un pedido de varias escuelas locales, lo que aumentará sus tan necesitados ingresos.

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