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ENTREVISTA

Narges Mohammadi, Nobel de la Paz: “Recibí el premio mientras estaba presa en una cárcel iraní”

Retrato de Narges Muhammadi en 2025.

Emma Reverter

Barcelona —
8 de octubre de 2026 22:34 h

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La cárcel atraviesa la vida de Narges Mohammadi (Irán, 1972), pero también su manera de entender la libertad. Esta física, periodista y activista es una voz destacada en la lucha contra las ejecuciones y los derechos de las mujeres. Tanto, que fue condenada a 44 años de cárcel y 154 latigazos. Finalmente, estuvo presa más de una década, de la cual pasó 161 en aislamiento. Fue, de hecho, en ese periodo cuando fue galardonada con el Nobel de la Paz, un premio que tuvieron que recoger sus hijos en su nombre.

Ahora publica sus memorias, escritas durante el tiempo que pasó en la cárcel gracias a que sus compañeras de prisión y visitantes fueron sacando los manuscritos clandestinamente. Una mujer nunca deja de luchar: Mi lucha por la libertad, la democracia y los derechos humanos en Irán (Finestres Ensayos / Folch i Folch, en catalán) recorre su camino hacia el activismo y la represión sufrida en su país. Al igual que sus memorias, que fueron construyéndose a partir de fragmentos, las respuestas de esta entrevista llegaron en nueve audios diferentes de WhatsApp. La activista afgana Zuhal Sherzad ha traducido los mensajes en farsi al inglés.

En Una mujer nunca deja de luchar describe el aislamiento en la cárcel a través de la luz, los sonidos y la pérdida de toda noción del tiempo. ¿Qué aspecto de esa experiencia cree que sigue siendo más difícil de transmitir a quienes no la han vivido?

En el aislamiento, en los pabellones de seguridad o cuando nos someten a un interrogatorio se da una pérdida inexplicable de autonomía y de capacidad de elección hasta el cero absoluto. No creo que haya ninguna otra situación en la que suceda eso. En el aislamiento intentan despojar a una persona de su humanidad. Y, cuando logran arrebatarle a una persona su identidad y su personalidad, pueden tomar el control de su mente y alcanzar sus objetivos de seguridad y políticos.

El encarcelamiento en régimen de aislamiento, con su espacio minúsculo y su puerta cerrada, sin luz ni aire, puede reproducirse fuera de la cárcel y uno puede crearse una imagen o imaginarse a sí mismo en un espacio así. Pero lo que no se puede explicar es el momento en el que hacen que tu voluntad tienda a cero. Escribí en mi libro que, en ese momento, la voluntad del interrogador tiende al infinito. Y lo que ocurre es que, al perder tu identidad, personalidad y sentido del yo, te aferras a algo que se considera a sí mismo un poder absoluto.

La descripción de régimen de aislamiento de sus memorias va mucho más allá de la soledad más absoluta.

Estar solo en régimen de aislamiento no equivale a estar solo fuera de él. Llevar a una persona a confundir estos dos tipos de soledad con dos tipos diferentes de lugares es un error.

¿Qué aprendió de las otras mujeres de la cárcel que no hubiera podido aprender fuera?

En el pabellón general aprendí mucho de mis compañeras de prisión. Que, incluso en circunstancias difíciles, es posible llevar una vida junto a personas que tienen creencias diferentes, perspectivas distintas e incluso, en ocasiones, puntos de vista opuestos. Quizá fuera un lugar para poner en práctica el concepto de un “mundo compartido” que vemos en los análisis de Hannah Arendt. Un espacio donde, a pesar de nuestras diferencias y conflictos, podemos ser amigos, conversar y definir los intereses y las pérdidas de todos los que vivimos bajo la represión de un gobierno. Allí se pueden organizar actividades de participación ciudadana y política.

El autoritarismo perturba la vida de quien se le opone e impide que se desarrolle, incluso a la hora de hacer amigos y entablar relaciones

Cuenta que sus padres se opusieron a su matrimonio con un activista porque temían que ambos acabaran en la cárcel. ¿Cuándo se dio cuenta de que el miedo también podía condicionar su relación con las personas que más le querían?

Una de las consecuencias del autoritarismo es que las personas desconfíen unas de otras. La gente hace cálculos políticos antes de entablar cualquier relación, incluso si esa relación no es política, aunque sea emocional o simplemente una amistad. Hay quien se lo pensaba dos veces antes de acercarse a quienes que eran perseguidos, vigilados, encarcelados o sometidos a un trato severo por parte del Gobierno. Si veían que acercarse a ellas tenía un coste, no lo hacían.

El autoritarismo crea esas condiciones. Perturba la vida de quien se le opone mediante distintos métodos y sistemas, e impide que esa persona se desarrolle, incluso a la hora de hacer amigos y entablar relaciones. Lo he sentido y observado muchas veces en grupos y entre las personas de mi entorno. Siempre que consideraban que acercarse a mí y entablar una amistad conmigo —por ser una presa política conocida y por la hostilidad del Gobierno hacia mi persona— podría acarrearles problemas, intentaban mantener las distancias.

En varios momentos del libro se aprecia una tensión entre ser madre y mantener su compromiso con la lucha política. Tras tantos años viviendo en Francia, ¿cómo ven sus hijos tu lucha? ¿Y cómo vive esa tensión hoy en día?

He oído a mis hijos, Edi y Kiana, decir muchas veces: “Mamá, estamos orgullosos de tu lucha”. Pero, al mismo tiempo, percibo un profundo dolor en sus palabras y en sus ojos. A veces siento que, tal vez porque defendí los derechos humanos, los de la infancia, de las mujeres y porque mis hijos crecieron en Francia y están familiarizados con estos conceptos, quizá sean realmente personas que pueden estar orgullosas de tener a alguien así, a una madre así, en sus vidas.

Pero siempre me recuerdo a mí misma que esto no impide que yo les haya hecho daño. Han experimentado un dolor muy, muy profundo en sus dieciocho o diecinueve años de vida y no sé qué huellas de ese dolor permanecen en su interior. Quizá ni siquiera ellos mismos puedan expresarlo adecuadamente. Siento que es una situación complicada que no se puede abordar fácilmente.

Tras recibir el premio Nobel de la Paz, ¿cambió algo en su capacidad de actuar o en la forma en que le trataban las autoridades iraníes?

La realidad es que recibir el premio Nobel de la Paz no solo me llenó de orgullo, sino que también me aportó una sensación interior de paz. Me demostró que existen conceptos compartidos entre los seres humanos de todo el mundo: la búsqueda de la libertad, de la justicia, la democracia y la paz.

Y me alegra mucho ser yo también una de esas partículas minúsculas en este mundo compartido y complejo, avanzando en la misma dirección y en sintonía con los demás. Espero que el resultado de todo esto se haga patente para todos los seres humanos, porque todos tenemos un deseo de libertad, de justicia y de expresarnos. Muchas personas están participando, luchando y batallando en este camino, y espero que todos veamos los resultados de estos esfuerzos.

Usted no pudo ir a recibir ese premio

No. Lo recibí mientras estaba presa en una cárcel iraní. Recuerdo que el 19 de Azar [fecha del calendario solar iraní: azar es el noveno mes del año y coincide con parte de noviembre y diciembre. Ese día coincide con el 10 de diciembre], era el Día de los Derechos Humanos y fue el día en que se celebró la ceremonia en Oslo, donde mis hijos fueron a recoger el premio en mi nombre.

Las autoridades iraníes, con el fin de demostrarme que este premio no tenía ninguna importancia para ellos, me citaron en la oficina de la prisión ese mismo día, exactamente a la misma hora en que se celebraba la ceremonia. Me entregaron una notificación y presentaron nuevos cargos en mi contra, y, de acuerdo con dicha notificación, fui citada a comparecer ante el tribunal. A partir de entonces, se abrieron uno tras otro varios procesos en mi contra y recibí múltiples condenas. Estas sentencias se acumularon unas tras otras.

A partir de entonces, la situación empeoró considerablemente y el Gobierno intentó, mediante las fuerzas de seguridad, la presión psicológica y las privaciones que sufrí en prisión, hacernos comprender a mí y a la sociedad que este tipo de apoyo no tenía ningún efecto sobre la República Islámica.

Las mujeres han alcanzado un grado de poder en los círculos políticos y de influencia social tales, que desempeñarán un papel significativo en el futuro político de Irán

¿Qué percepción sobre las mujeres iraníes le gustaría cuestionar entre quienes observamos la situación desde Europa? ¿Qué aspectos de sus vidas, sus diferencias o sus formas de resistencia tendemos a pasar por alto?

La forma en que se percibe en Occidente a las mujeres de Irán es que, en esencia, son víctimas. Y con mucha menos frecuencia se las reconoce como agentes. Aunque tras el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” demostramos al mundo nuestra capacidad de acción, sigue sin existir la percepción de las mujeres iraníes como agentes de cambio.

Veo el destino último de la sociedad iraní en la democracia. Con la diversidad y la pluralidad de opiniones que existen a lo largo y ancho del vasto territorio de Irán, desde Sistán y Baluchistán, hasta el Kurdistán; desde Juzestán hasta Jorasán, y con el notable crecimiento de la concienciación entre la población, especialmente entre los jóvenes y las mujeres, nos estamos encaminando hacia una gran democracia.

A pesar de la represión, de los obstáculos tan, tan extraños y difíciles que se plantean, es aquí donde la cuestión de las mujeres se convierte en uno de los temas centrales del debate. Mi percepción es que las mujeres iraníes han alcanzado un nivel de poder en los círculos políticos y de influencia social tales, que también desempeñarán un papel significativo en el futuro político de Irán.

¿Qué deberían escuchar los gobiernos europeos de las mujeres iraníes antes de decidir cómo relacionarse con la República Islámica?

Es muy importante que, a lo largo de todo el proceso de formación, consolidación, establecimiento y continuidad de la democracia, se tenga siempre en cuenta a las mujeres. La democracia carece de sentido si no se respetan los derechos humanos de las mujeres y la igualdad de derechos. Si no se respeta a la mitad de la población, hablar de derechos humanos carece de sentido. Siempre que se presta poca atención a los derechos de las mujeres, los cimientos de la democracia y los derechos humanos se debilitan y se vuelven inestables. No es cierto que la democracia se mantenga estable para siempre sin prestar atención a los cimientos que la sostienen y sin reforzarlos.

No es cierto que la democracia se mantenga estable para siempre sin prestar atención a los cimientos que la sostienen y sin reforzarlos

Muchas mujeres que leerán esta entrevista viven en países cuya legislación protege sus derechos. Según su experiencia, ¿qué señales de alerta les instaría a no ignorar cuando esos derechos empiecen a erosionarse?

La medida de los derechos humanos y la democracia en las sociedades actuales son los derechos de las mujeres. En las sociedades en las que los derechos de las mujeres son una prioridad, cabe esperar una democracia significativa y profunda. Y cabe recordar que la democracia nunca se ha conseguido fácilmente. Es resultado de luchas, de toma de conciencia y de mucha resistencia.

Incluso después de que se haya consolidado la democracia, su continuidad y solidez pueden ser motivo de preocupación y de serias inquietudes. Preservar la democracia puede requerir, en el mundo actual, incluso más acción y atención que las que se necesitaron en el pasado para crearla.

Y lo mismo ocurre con los derechos: aunque se hayan convertido en ley, no significa que estén a salvo. Pueden estar expuestos a formas de daño que ni siquiera nos resultan claras o evidentes y que siguen siendo desconocidas. La sociedad debería ser consciente de cualquier tipo de violación o recorte de sus derechos y responder ante ellos, porque pueden verse recortados poco a poco, hasta tal punto que volvamos al pasado. Y no debemos permitir que se produzca un retorno al pasado.

Traducido del farsi al inglés de Zuhal Sherzad

Traducido del inglés al español por Emma Reverter

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