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Entrevista

Maryam Madjidi, escritora: “La igualdad de oportunidades en Francia es una farsa”

La escritora Maryam Madjidi.

Emma Reverter

Barcelona —
19 de octubre de 2026 21:54 h

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Maryam Madjidi (Teherán, 9 de agosto de 1980) tenía seis años cuando llegó a Francia con sus padres, exiliados políticos iraníes. Creció en Drancy, en la periferia parisina. Años después convirtió esa experiencia en literatura: en Marx y la muñeca, premio Goncourt a la primera novela en 2017, reconstruye el exilio familiar y su relación con las dos lenguas y culturas que la habitan. En La edad ridícula aborda las inseguridades de la adolescencia y cuestiona la promesa de igualdad de oportunidades de la escuela francesa. Ambos libros están publicados en español por la editorial Minúscula.

La escritora ha participado en la Bienal de Pensamiento de Barcelona, en el CCCB, en un momento en que miles de jóvenes se movilizan en Francia para reclamar mejores condiciones educativas. Sus reivindicaciones dan una nueva actualidad a las preguntas que recorren su obra: ¿hasta qué punto estudiar permite cambiar de vida? ¿Qué obstáculos encuentra quien crece en la periferia?

En esta entrevista la autora afirma que se trata de una reclamación legítima y que es importante hacer una cobertura mediática más profunda que muestre las raíces del problema y no se centre únicamente en las acciones de unos pocos violentos.

Cuando ve a los estudiantes de secundaria manifestarse para reclamar mejores condiciones educativas, ¿reconoce en ellos algo de la adolescente que fue?

Sí, no es una cuestión generacional. Se ve que lo que yo sufrí en los años 90, es decir, la farsa de la igualdad de oportunidades. Me hicieron creer que la República era igualdad de oportunidades para todos. De hecho, no era así en absoluto. Porque yo lo descubrí más tarde, cuando entré en un sistema elitista y me di cuenta por completo de que estaba excluida de ese sistema. Por eso, creo que hoy, lo que está ocurriendo más de 30 años después, con la protesta de los alumnos de secundaria y de los universitarios, es exactamente lo mismo. Están denunciando un sistema educativo injusto, con diferencias muy, muy grandes en cuanto a nivel, recursos económicos y también recursos culturales. Me parece que su protesta es realmente legítima.

¿Cree que los medios de comunicación caen en estereotipos cuando cubren las protestas?

Es muy interesante porque en Francia, la cobertura mediática de las protestas, según algunos medios —no todos, pero digamos que la mayoría— son, por desgracia, medios que han sido comprados por multimillonarios. Se trata, pues, de canales de noticias continuas que ofrecen una imagen muy negativa de las protestas porque se centran únicamente en los alborotadores. Pero hay que decirlo claramente: los alborotadores son un fenómeno muy minoritario. Son el 10% de los jóvenes que están en la calle. El 90% son pacíficos, tienen reivindicaciones justas, nobles y legítimas.

En Francia estamos ante una lucha y una protesta que afecta a diferentes niveles de la sociedad

Y el problema es que los alborotadores siempre hacen más ruido. Como hacen más ruido, resulta más espectacular y los medios de comunicación transmiten la imagen de que las protestas son violentas, de que hay que meterlos en la cárcel, etc. Por lo tanto, los medios de comunicación y los periodistas tienen la responsabilidad de distinguir claramente, por un lado, a los alborotadores —evidentemente, no voy a defender eso, deben ser juzgados—. No se puede aceptar tal violencia. Pero, por otro lado, hay que mostrar que las reivindicaciones de los alumnos de secundaria y los universitarios están justificadas y denuncian un sistema injusto que hay que reformar sin falta.

En España vemos un malestar creciente de los profesionales de la educación y de los profesionales del sistema sanitario.

En Francia los estudiantes universitarios y de secundaria no están solos. También cuentan con el apoyo de sus profesores, ya que estos también sufren condiciones laborales muy difíciles, con clases masificadas. Cuando faltan, no se les sustituye. Hoy en día, también nos enfrentamos, por así decirlo, a una falta de reconocimiento de su trabajo. No cuentan con el apoyo de la dirección de sus centros, ni del ministerio, ni del Gobierno. Por eso, a ellos también les resulta muy difícil trabajar como es debido. En Francia, además, también cuentan con el apoyo de los chalecos amarillos, que también se manifestaron el sábado porque la vida es cara, porque la inflación no deja de aumentar, porque el precio del combustible también ha subido y porque no hay ayudas sociales para ellos. Todos los sindicatos han apoyado este movimiento. Nos encontramos ante una lucha y una protesta que realmente afecta a diferentes niveles de la sociedad. No se trata solo de los estudiantes de secundaria.

Ha ganado el premio Goncourt y es una escritora prestigiosa. ¿Qué le diría a aquellas personas que puedan pensar que es un ejemplo de que el sistema funciona, de que existe la movilidad social y de que el sistema no está roto?

Precisamente, yo represento dos cuestiones. Yo no soy la prueba de que el sistema funciona, ya que el sistema elitista me excluyó. Por eso, no había sitio para mí en la clase preparatoria en un prestigioso instituto. Después, encontré caminos un poco tortuosos, por así decirlo, para abrirme paso y alcanzar lo que quería alcanzar. Pero no fue el Estado francés quien me hizo un regalo. Y, en segundo lugar, yo represento la importancia del sistema público. ¿En qué sentido? Yo provengo de un entorno modesto. Mis padres no podían comprarme libros, así que ¿dónde los encontraba? En la biblioteca municipal. Cursé toda mi etapa escolar en centros públicos. Y después, recibí una beca del Estado en la universidad, pero eso también es el servicio público, también es una ayuda social. Así que, si se quiere, yo represento, por así decirlo el éxito del sistema público que desde hace 10 o 15 años los distintos gobiernos están desmantelando. Si mi éxito se debe a algo, si es que se puede hablar de éxito, se lo debo, ante todo, al sistema público francés.

Enseña francés a menores no acompañados. Cuando los escucha, ¿cuáles son las principales dificultades y puntos de dolor que expresan?

Hace 10 años que trabajo en un centro de la Cruz Roja Francesa. Desde hace cinco años, somos testigos de cómo una prefectura emite órdenes OQTF “obligación de abandonar el territorio francés”. Así pues, sistemáticamente, a los jóvenes a los que acompaño, cuando cumplen 17 años y medio, casi 18, les imponen una OQTF. Cuando cumplen la mayoría de edad entran, pues en una situación realmente difícil. Porque, a menudo, se trata de jóvenes que están formándose en un oficio. Tienen un jefe, están en un programa de formación profesional, por ejemplo, como panaderos, cocineros, electricistas, fontaneros, lo que sea. Cuando les llega esta obligación, suelen estar en medio de años de esfuerzo de formación profesional. ¿Cuál es el mensaje? En realidad, lo que se les está diciendo es: “No os queremos”.

“Los estudiantes en Francia denuncian un sistema injusto que hay que reformar sin falta”

Mis alumnos se dedican a ámbitos profesionales a los que los franceses no quieren dedicarse. Es decir, oficios difíciles: la cocina, la restauración, la panadería, todo lo relacionado con los oficios de la construcción. Son oficios duros. Los jóvenes franceses no se decantan por estas ramas, por lo que hay una escasez. Al mismo tiempo, en lugar de decir: “Vamos a regularizar vuestra situación, necesitamos trabajadores, necesitamos jóvenes que se dediquen a estos oficios”, se les impide acceder a ellos. Es una auténtica locura. Es incomprensible.

¿Es un problema de elitismo o de racismo?

Está relacionado. Nos damos cuenta de ello porque las clases populares suelen proceder de la inmigración. Hoy en día nos enfrentamos, de hecho, a la cuestión de la inmigración, que es una cuestión muy, muy política. Por eso, los candidatos, para conseguir votos, se centran en esta cuestión y culpan de todos los problemas de la sociedad a los inmigrantes, a los refugiados, a quien sea, para decir: “Si ellos dejan de venir, las cosas irán mejor”. Pero eso es una mentira contra la que hay que luchar porque los estudios sociológicos demuestran que un inmigrante en Francia también genera riqueza porque trabaja y paga sus impuestos. Por lo tanto, regularizar es también permitir eso, es decir: “Formas parte de esta sociedad, tienes papeles, vas a pagar impuestos, así que también vas a contribuir a la riqueza del país”. Porque siempre resulta más fácil, por así decirlo, atacar y criticar al extranjero, al que está fuera, que ver los verdaderos problemas internos del país y buscar soluciones.

“Yo no soy la prueba de que el sistema funciona, ya que el sistema elitista me excluyó”

Si pudiera cambiar una o dos cosas del sistema educativo francés, pensando en la niña que fue y en los jóvenes que se manifiestan hoy en día, ¿cuál sería su prioridad?

Siempre es la misma cuestión: dotar de presupuesto. Hay que destinar dinero a la educación nacional. Sé que, en Francia, ya se destina un presupuesto importante, pero no es suficiente. Eso se ve claramente. En cuanto se destinen más fondos a este ministerio, podremos sustituir a los profesores que faltan, tendremos clases menos masificadas y podremos ofrecer actividades culturales y todo aquello que también contribuya a abrir la mente de estos niños. La forma de construir una sociedad justa pasa por la escuela. Hay una frase de Víctor Hugo que me llevó a decidirme a ser profesora. Decía en el siglo XIX: “Abrid escuelas y cerraréis las cárceles”. Y es realmente así. La educación es, en definitiva, un indicador de la salud de una sociedad. Cuanto más desarrollada esté su educación, mejor le irá a esa sociedad.

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