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ANÁLISIS

Cómo puede la naturaleza enseñarnos a defendernos de los incendios forestales

La mayoría de los desaparecidos reside en la población de Paradise, de 26.000 habitantes y que fue completamente engullida por las llamas

Alistair Smith / Crystal Kolden

En el siglo XX, los incendios forestales de California rara vez provocaron víctimas mortales entre los vecinos. El incendio de Griffith Park acabó con la vida de 29 personas en 1933, mientras que en el de Oakland de 1991 murieron 25. Esta semana, por cuarta vez en poco más de un año, los incendios forestales son mortales en Estados Unidos. En 13 meses, casi 100 civiles han muerto en los incendios forestales de California y es probable que ese número devastador aumente teniendo en cuenta el recuento de desaparecidos en Paradise, que ya se cifra en más de 600.

Ascienden a 44 el número de muertos en el incendio del norte de California

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Este repunte del número de víctimas mortales se está produciendo en los climas mediterráneos, esto es, regiones con inviernos suaves y húmedos, y veranos cálidos y secos. En los últimos años, en Portugal, España, Grecia, Chile, Australia y Sudáfrica han muerto personas en incendios forestales, y en todo el mundo se preguntan lo mismo: ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos detener el creciente número de muertes por incendios forestales?

Como especialistas en incendios forestales, consideramos que las comunidades tienen que mirar al mundo natural para identificar maneras con las que hacer que nuestros hogares sean más resistentes a los incendios.

La ciencia que estudia los incendios es imprescindible para entender la mecánica del problema: una combinación de cambio climático, expansión de la población y mala gestión de la tierra da como resultado un escenario en el que los incendios forestales explosivos se vuelven más frecuentes y mortales. Pero en lo que hemos sido muy buenos es en identificar soluciones que eviten que la gente muera y que las casas se quemen.

Es complicado porque no podemos llevar a cabo experimentos científicos controlados que repliquen lo que hacen los incendios forestales. Lo que sí podemos hacer, sin embargo, es analizar las historias exitosas, esto es, los lugares donde se esperaba que los incendios fueran desastrosos, pero no lo fueron.

Montecito, en California, estaba en el camino del incendio Thomas en diciembre del año pasado. Esta comunidad está al este de la ciudad de Santa Bárbara y es el hogar de gente famosa y grandes propiedades. Durante los últimos 20 años, la oficina de protección contra incendios de Montecito ha estado trabajando con los residentes para reducir el riesgo de incendios mediante la creación de espacios de defensa alrededor de las casas, el endurecimiento de las estructuras con materiales de construcción menos inflamables, la limpieza de masa vegetal al lado de carreteras principales, la creación de “corta fuegos” de vegetación en zonas críticas, la ampliación de los carriles y los caminos de entrada, así como el desarrollo de planes detallados sobre lo que harían en caso de que se produjera un incendio forestal.

Cuando Thomas llegó a Montecito, lo hizo en las peores condiciones imaginables. Los fuertes vientos de alta mar, similares a los que están provocando estragos en los incendios actuales, hicieron que el fuego fuera extremo y hubiera grandes cantidades de ascuas. Por todas partes, colgaban hojas de palma ardiendo. El inmenso humo cubrió la comunidad, y no se pudieron usar aeronaves para ayudar a los bomberos por culpa del viento.

Los bomberos temieron en aquel momento perder cientos de casas y posiblemente vidas. Pero cuando el humo se fue, solo se habían perdido siete casas por razones aparentemente aleatorias. Y lo que es más importante, nadie resultó herido o muerto.

Fue un gran éxito para los bomberos. Pero también lo fue para las labores de preparación porque apuntan hacia estrategias que se podrían poner en práctica en otras comunidades para reducir los riesgos que plantean los incendios forestales.

De lo que los residentes de Montecito tal vez no se dieron cuenta es de que estaban copiando a la naturaleza en cómo sobrevivir a un fuego, una estrategia conocida como biomimetismo. Algunos árboles han evolucionado para formar una corteza gruesa que sirve como armadura contra el calor de los incendios.

Al igual que esos árboles, los residentes utilizaron estuco y revestimientos de cemento, tejas españolas y otros materiales de construcción menos inflamables. Colocaron pantallas anti-fuego sobre las ventanas e hicieron sus casas menos vulnerables a las ascuas, solucionando algo que a priori parecía menor.

En los bosques adaptados a los incendios, los árboles también tienen relativamente bastante espacio, de manera que, si una planta se incendia, las llamas no pueden propagarse fácilmente a las demás. Los vecinos de Montecito, en particular los que viven a lo largo del borde de las zonas salvajes, adoptaron este sistema alrededor de sus casas, eliminando y convirtiendo los arbustos de la zona muy inflamables en pasto o huertos bien regados.

Las comunidades de todo el mundo pueden reducir el riesgo de incendios eliminando o reemplazando lo que conecta a nuestras casas contra el fuego: muebles de jardín inflamables, vegetación y cortezas, e incluso vallas de madera. Otra estrategia inteligente sería la selección de plantas de jardín, hay algunas que han evolucionado para arder y no producir ascuas, como por ejemplo las plantas crasas. En gran parte del oeste, algunas de las plantas más elegidas para decorar (el enebro, la palma o el ciprés) son de las más inflamables y posiblemente mortales.

El mundo natural ha desarrollado muchas más formas de sobrevivir y utilizar los incendios que los humanos pueden adoptar. Algunas plantas esconden todos sus recursos más valiosos bajo tierra, en sus raíces, lo que les permite volver a crecer rápidamente después del fuego. Muchos animales excavan bajo tierra para esconderse de las llamas y las aves pueden volar alto y lejos del peligro.

Los seres humanos pueden también enterrar las líneas eléctricas (que son el origen de muchos de los incendios forestales causados por el viento) y construir estructuras subterráneas para refugiarse en el lugar. En el oeste, ya instalamos ese tipo de refugios en zonas propensas a tornados, donde ese tipo de sótanos salvaron la vida a los campesinos del fuego.

Los llamamientos para que se restrinjan las nuevas construcciones en zonas propensas al fuego no son realistas: en EEUU, nos basamos en fallas sísmicas, en zonas de tsunamis, en zonas de tornados y en costas que fueron azotadas por huracanes. Además, California alberga algunas de las propiedades más caras del país, y restringir el crecimiento solo serviría para marginar aún más a los más pobres y vulnerables, los que ya sufren la peor parte de los desastres naturales.

Lo que sí que podemos hacer es construir de manera más inteligente y teniendo en cuenta los incendios forestales. Los holandeses han aprendido a vivir con las inundaciones en lugar de luchar contra ellas. En EEUU, necesitamos esperar y prepararnos para el fuego, en lugar de depender de los bomberos para que los detengan. De lo contrario, seguiremos viendo cómo nuestras vidas se esfuman.

Alistair Smith es profesor de ciencias de incendios forestales y Crystal Kolden es profesora asociada de pirogeografía en la Facultad de Recursos Naturales de la Universidad de Idaho.Alistair SmithCrystal Kolden

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Publicado el
16 de noviembre de 2018 - 19:57 h

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